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Relatos Ardientes

Nuestro aniversario terminó siendo un trío

Me despertó el olor a café recién hecho. El sol de mayo atravesaba las cortinas de lino blanco y proyectaba franjas doradas sobre las sábanas revueltas. Llevaba un rato entre dormida y despierta, sin decidirme por ninguna de las dos opciones. Ocho años. Esa mañana se cumplían ocho años desde que Sergio y yo firmamos aquel papel que, según él, era solo un trámite burocrático para formalizar lo que ya éramos.

La puerta de la habitación se abrió con el empujón cauteloso de quien lleva las manos ocupadas. Sergio entró sosteniendo una bandeja de madera con una destreza envidiable. Dos tazas de café humeante, un vaso de zumo recién exprimido, unas tostadas con mermelada. Lo que me robó el aliento no fue el desayuno, sino el atuendo: llevaba un delantal de cocina verde anudado al cuello y a la cintura, y absolutamente nada más. Cuando se giró para dejar la bandeja sobre el colchón, la visión fue inmejorable.

—Feliz aniversario —murmuró, con esa media sonrisa torcida que seguía funcionando sobre mí exactamente igual que la primera vez.

Encontré el sobre blanco que descansaba contra el vaso de zumo. Dentro había un tarjetón elegante: un bono regalo para una sesión privada en un hammam del centro, circuito termal completo más masaje de sesenta minutos para dos personas.

—¿Un baño árabe? —pregunté, mirándolo por encima del papel.

—Un hammam privado. Solo nosotros dos. Esta tarde.

Desayunamos sin prisa, robándonos trozos de tostada y contando anécdotas que ya habíamos contado mil veces. Pero la visión de Sergio con aquel delantal tenso por razones evidentes fue haciendo imposible que la conversación siguiera siendo inocente. Cuando su mano se posó sobre mi rodilla, recordé que teníamos que salir en menos de dos horas y lo aparté con más resistencia de la que debería haberme costado.

***

El hammam ocupaba la planta baja de un edificio antiguo del barrio viejo. Cruzar sus puertas fue como entrar en otro siglo. El ruido de la calle desapareció al instante, absorbido por la acústica densa de los arcos de ladrillo y los techos abovedados. El aire olía a maderas aromáticas y a humedad cálida. Faroles de cobre perforado proyectaban celosías de luz sobre los azulejos de las paredes, y la temperatura era lo suficientemente alta como para que el cuerpo empezara a aflojarse desde el primer paso.

La recepcionista nos explicó el protocolo con una amabilidad susurrada y nos guio hacia los vestuarios separados. En el mío encontré unas chanclas de goma y una toalla enorme. Me desnudé en silencio y me puse el bañador que había elegido aquella mañana: una pieza negra de corte alto que se ceñía a mis caderas y recogía mi pecho con una firmeza que tardé veinte minutos en conseguir delante del espejo.

La piscina termal era una alberca oval bordeada de mármol oscuro. Cuando salí, Sergio ya estaba dentro hasta los hombros, con los brazos apoyados en el borde y los ojos cerrados. Al escuchar mis pasos, los abrió. La forma en que me miró fue suficiente para que el calor del agua me pareciera frío en comparación.

Estábamos solos. Bajé por las escalinatas y el agua me recibió como un abrazo líquido, caliente y pesado, que relajó cada músculo de mi espalda al instante. Nos buscamos en la esquina más apartada. Sus manos encontraron mis caderas bajo la superficie y yo envolví sus caderas con mis piernas.

—Ocho años —dije.

—Y sigues poniéndome la misma cara que la primera noche.

El calor del agua amplificaba cada roce. Cuando su boca rozó mi cuello, emití un sonido que no había planeado emitir en un espacio que no era nuestro dormitorio.

Una empleada apareció al borde de la piscina con una discreción impecable. Nos mostró cuatro frasquitos pequeños y nos explicó que necesitaban nuestra elección de aceite esencial para el tratamiento.

—Argán, jazmín, sándalo o flor de azahar —enumeró.

Sergio me miró. Yo miré los frascos.

—Azahar —respondimos los dos a la vez.

La chica asintió y se retiró con la misma discreción con la que había llegado. Sergio soltó una carcajada baja que me vibró en el pecho.

***

La sala privada olía exactamente a lo que habíamos pedido. Era un espacio pequeño, con paredes de obra encalada y media docena de velas en nichos de piedra. En el centro, dos camillas paralelas separadas por menos de un metro. Nos indicaron que nos tumbáramos boca abajo.

Me acomodé en la camilla de la izquierda. Una empleada me ayudó a colocarme, sostuvo la toalla en el aire el tiempo justo mientras me dejaba caer sobre el acolchado tibio, y la extendió sobre mi cuerpo antes de salir y cerrar la puerta. Hundí el rostro en el agujero circular y cerré los ojos. Escuché a Sergio hacer lo mismo a mi derecha.

No tardaron en volver. Pasos descalzos sobre la cerámica, dos pares. Uno ligero y otro más pesado. Por las sombras que alcanzaba a distinguir desde el agujero, los pies delicados se detuvieron junto a Sergio y los más grandes, junto a mí. Mi masajista era un hombre.

Sus manos aterrizaron en mi cuello con una firmeza que me arrancó un suspiro inmediato. Unas palmas anchas y calientes, empapadas en aceite de azahar, que comenzaron a trabajar la base del cráneo con una presión rítmica y precisa. Bajó a los hombros, a los trapecios, desanudando la tensión acumulada con movimientos largos y pesados. No había prisa en sus manos. Era alguien que sabía exactamente lo que hacía.

Recorrió mis brazos hasta las muñecas, amasó el centro de mis palmas con los pulgares, tomó mis dedos entre los suyos y tiró suavemente de cada falange. Era un preámbulo minucioso, ejecutado a fuego muy lento, y yo me fui derritiendo sobre el acolchado con la misma lentitud.

Cuando volvió a mi espalda y comenzó a descender por la columna, la toalla que me cubría de cintura para abajo fue desplazándose hasta quedar arrugada sobre mis caderas. Trabajó las lumbares con los pulgares en movimientos circulares profundos y desde allí sus manos se separaron hacia los flancos, trazando el recorrido de mis costillas. Al cerrar el movimiento, sus dedos rozaron, con una suavidad que me cortó la respiración, la curvatura exterior de mis pechos aplastados contra la camilla.

Fue un contacto breve. Podría haber sido accidental. El calor que me subió por el cuello no tenía nada de accidental.

A escaso metro de distancia, el sonido suave de unas manos mucho más finas trabajando la piel de Sergio me confirmaba que él recibía exactamente el mismo trato. La idea de que a mi marido lo tocara una mujer mientras un desconocido iba desnudando mi cuerpo por partes me disparó una electricidad espesa directo hacia las entrañas.

El masajista se desplazó hacia los pies de la camilla. Agarró el dobladillo inferior de la toalla y tiró de ella con parsimonia calculada, dejando mis piernas al descubierto hasta el pliegue inferior de los glúteos. Cuando posó las manos en mis pies, mis terminaciones nerviosas colapsaron. Abarcó mis empeines con las palmas, usó los pulgares para trazar círculos profundos en la planta, tiró de cada uno de mis dedos con una firmeza que mezclaba el dolor con el placer de la forma más desconcertante.

Para subir por mis pantorrillas y muslos, dio un paso adelante y pegó el cuerpo al borde de la camilla. Mis pies, suspendidos en el aire, chocaron contra él. A través de esa conexión percibí la textura de la tela fina que llevaba puesta y, debajo, la tensión muscular de sus cuádriceps cargando el peso del cuerpo. Eso fue suficiente para entender la envergadura del hombre que tenía a mi espalda.

Sus manos envolvieron la parte posterior de mis muslos y fue separando mis piernas poco a poco con una fluidez asombrosa. En cada pasada sus pulgares se deslizaban por la cara interna, subiendo más con cada regreso. Al llegar al límite de la tela, sus dedos se detuvieron unos segundos en la mismísima frontera de mi sexo. No llegó a tocarme de forma directa, pero la certeza de que el calor que irradiaba mi centro húmedo no le estaba pasando desapercibido llegó con toda claridad.

Y entonces, con un tirón suave e ininterrumpido, la toalla cayó al suelo.

El contraste del aire frío de la sala contra la piel ardiendo de mi intimidad fue un golpe de realidad brutal. Estaba completamente expuesta ante un hombre que no era mi marido. El pudor y la excitación llegaron juntos, mezclados en una proporción que no sabía cómo gestionar.

Sergio lo ha organizado todo desde el principio.

La certeza me golpeó con una claridad aplastante. El bono regalo, la sala privada, el masajista de manos enormes para mí y una mujer para él. Todo encajaba. Y saberlo, lejos de escandalizarme, me inyectó una dosis de deseo tan bestial que apoyé la frente contra el acolchado y cerré los ojos.

Las manos del masajista regresaron, esta vez con aceite fresco. Se posaron de lleno sobre mis glúteos y los trabajó con una presión espectacular, hundiéndose en la carne, separando ligeramente bajo la excusa clínica de liberar la musculatura profunda. Cada deslizamiento rozaba el límite exacto de lo tolerable. Luego descendió por los muslos, las corvas, los gemelos, los pies, y empezó de nuevo. No había prisa. Se estaba recreando.

De pronto, el contacto cesó. El silencio en la sala duró unos pocos segundos. Y entonces escuché algo que me heló: un roce suave, el sonido inconfundible de una tela deslizándose y cayendo al suelo junto a la mía.

El chico se había quitado la ropa.

***

Me indicó con un empuje suave en los hombros que debía darme la vuelta. Obedecí. Cuando rodé sobre la camilla y quedé boca arriba, lo primero que hice fue girar la cabeza hacia la derecha.

Sergio estaba tumbado boca arriba. Y la masajista, de pie a su lado, lo acariciaba con una lentitud hipnótica. La confirmación me cortó el aliento: ella también estaba desnuda. Era joven, de unos veinticinco años, con la piel morena y el cabello rizado recogido en un moño bajo. Complexión atlética, los pechos pequeños y firmes, y se movía con la naturalidad de quien no distingue entre su cuerpo y su trabajo. Sobre el pubis de Sergio, una erección evidente que el vaivén de las manos de la chica hacía crecer con cada movimiento.

No pude seguir mirando. Mi masajista se había colocado en la cabecera de mi camilla, detrás de mi cabeza. Al levantar la vista, lo vi por primera vez al natural: joven, de unos treinta años, con el pelo oscuro húmedo por el vapor y los ojos negros mirándome con una intensidad que no dejaba dudas. Desde esa perspectiva invertida, su sexo pendía semierecto a escasos centímetros de mi cara, grueso y palpitante, con una gota transparente que engordaba lentamente en la punta.

Ahuecó mis mejillas con sus manos y comenzó a trabajar mi frente, mis sienes, los pómulos. Un masaje facial exquisito que hubiera resultado absolutamente relajante de no ser porque, al inclinarse sobre la camilla para alcanzarme, sentí el roce fugaz de su pecho desnudo acariciando mi cabello.

Sus manos descendieron por mi cuello hasta los hombros. Desde allí, con una fluidez que no dejaba espacio para el pudor, resbalaron por mi esternón y se posaron sobre mis pechos. Empezó de forma aparentemente pulcra, trazando círculos amplios que esparcían el aceite, pero mis pezones endurecidos arañaban su palma en cada pasada y el chico no pudo ignorarlo. Sus dedos se cerraron sobre mi carne con una mezcla de curiosidad genuina y urgencia que me arrancó un gemido que no esperaba oír.

Por encima de mi propia respiración rota, capté el sonido agitado de Sergio en la camilla contigua. Giré la cabeza. La masajista había abandonado el lateral y ahora estaba inclinada sobre él, con la cabeza bajando y subiendo con una cadencia lenta y deliberada, y la mano de Sergio descansaba con una naturalidad pasmosa sobre la cadera desnuda de la chica.

Ver a mi marido así me inyectó una corriente de celos calientes que no quemaban sino que alimentaban. Y mientras lo observaba, las manos del masajista continuaron descendiendo por mi abdomen hasta rozar la frontera del pubis. Me revolví sobre la camilla, incapaz de mantener la compostura.

Sus dedos se abrieron paso entre mis muslos y los empujaron hacia afuera. Mis rodillas cayeron pesadamente a los lados, abriéndome por completo. Y entonces su palma se posó, pesada y ardiente, directamente sobre mi sexo.

El peso de esa mano fue el detonante que hizo saltar mi último resquicio de contención. Alargué la mano hacia su cadera y mis dedos encontraron lo que estaban buscando. Lo apreté sin preámbulos, sintiendo cómo latía bajo mi puño, cómo se endurecía del todo con esa presión directa. Empecé a moverme con una urgencia que no tenía nada que ver con la sutileza.

Mientras mi mano trabajaba sobre él, sus dedos se hundieron en mi interior. La penetración me arrancó un grito que rebotó contra las paredes encaladas. Me arqueé sobre el acolchado, busqué más profundidad, clavé las uñas en el tapizado. Sus dedos se movían con la misma precisión que había aplicado durante toda la sesión, curvándose hacia arriba, encontrando exactamente el punto que yo llevaba media hora suplicando en silencio.

***

No sé cuánto tiempo pasó en aquella espiral. Lo que sí recuerdo es el momento en que el masajista retiró sus dedos, se incorporó y apoyó las manos a ambos lados de mis caderas. El crujido sordo de la camilla cuando subió sobre mí fue obsceno y maravilloso a la vez. Se acomodó entre mis muslos. La punta de su miembro, empapada en aceite de azahar y en mi propio flujo, rozó mi entrada. Y con un empuje lento y firme, se hundió en mi interior hasta la base.

El impacto me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en el tapizado. Giré la cabeza instintivamente hacia la derecha, buscando el ancla visual de mi marido.

La masajista estaba a horcajadas sobre Sergio, dándome un perfil perfecto de su figura atlética. Las dos camillas de madera crujían en una sinfonía que llenaba la sala. Los ojos de Sergio no estaban en la chica que lo montaba. Estaban clavados en mí.

Llevé los dedos a mi clítoris y me toqué sin vergüenza, buscando el ritmo que me faltaba. El masajista se movía con embestidas cortas y pesadas que hacían gemir la madera bajo nuestros cuerpos. En la camilla de al lado, la chica también había llevado su mano a su propio sexo, frotándose al mismo compás, con los ojos cerrados y el cuello echado hacia atrás.

Cuando llegué al límite, me rompí desde adentro hacia afuera. Las contracciones me sacudieron en oleadas largas y violentas que atraparon al masajista dentro de mí. Un grito largo y sin censura escapó de mi garganta, seguido casi al instante del gemido agudo de la masajista al otro lado de la sala. Dos orgasmos femeninos en el mismo espacio, conectados por el aceite y el vapor y el fuego cruzado de aquella tarde.

***

El masajista se retiró y me ayudó a bajar de la camilla con una cortesía casi anacrónica después de lo que habíamos compartido. Me dejé caer de cuclillas en el estrecho pasillo entre ambas mesas. La masajista de Sergio ya se estaba acuclillando a mi lado. Nuestras rodillas se rozaron. Aceite, calor y el eco de sus propios clímax. Era una cercanía extraña y eléctrica.

La masajista sujetó a Sergio con la mano y abrió la boca sobre él. Yo sujeté al masajista con la mía y lo guié hacia mis labios. Sus sabores eran distintos pero el aceite de azahar lo mezclaba todo en una sola textura cálida y espesa.

Me aparté un momento. La masajista levantó la cabeza. Nuestras miradas se encontraron a escasos centímetros, húmedas y sin defensas, y antes de que ninguna de las dos tomara la decisión de hacerlo, nuestras bocas se buscaron. El beso fue voraz y honesto. El sabor era una mezcla de aceite de azahar, sal y los dos hombres que acabábamos de compartir.

Aquella estampa fue el golpe de gracia para ellos. Escuché a Sergio romperse primero, con un jadeo grave y sostenido que llenó la sala. El masajista lo siguió unos segundos después. Recibimos el final de los dos juntas, con la cara vuelta la una hacia la otra y los labios aún en contacto.

***

Después hubo toallas, silencio y el sonido de ropa acomodándose en la penumbra. Los masajistas salieron con una discreción que ya no tenía ningún sentido pero que igualmente se agradecía. Sergio y yo nos quedamos solos, de pie junto a las camillas, todavía empapados en aceite de azahar.

Me acerqué a él. Rodeé su nuca con el brazo y lo besé despacio, con el sabor del hammam en los labios y ocho años de historia en el fondo del pecho.

—Feliz aniversario —le susurré cuando nos separamos.

Soltó una carcajada ronca que me vibró en el esternón.

—Feliz aniversario. Aunque acabo de complicarme mucho la vida para el año que viene.

Apoyé la frente en su hombro y me permití reírme de verdad, con una ligereza que no era del todo normal después de lo que acababa de ocurrir, pero que resultaba perfectamente coherente si te llamabas como me llamaba yo y llevabas ocho años casada con él.

Salimos del hammam cuando el sol ya empezaba a bajar sobre los tejados. El aire de la calle olía a frituras y a primavera tardía, y yo sentí, con una claridad extraña y sosegada, que aquella tarde habíamos bajado a algún lugar del que no se regresa igual. Y que no quería regresar.

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Comentarios (10)

RodrigoBCN

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

solitaria_bn

Que manera de festejar un aniversario jajaja. Me encanto de principio a fin

ElProfe47

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas. Muy bueno!!!

Perla22

La tension que se va armando al principio es perfecta, se nota que sabe escribir. Felicitaciones

MarcosRio

Genial!!! Sergio es el tipo de sorpresa que no te esperas en un aniversario jaja

Luisa_M

Me recordo a algo que nos paso en un viaje con mi pareja... en fin jaja. Excelente relato!

tinta_y_morbo

Buenisimo, mas de esta categoria por favor!

Richi_54

La narrativa fluye muy natural, sin apuros. Quede con ganas de leer el proximo

NocheMilán

excelente!!!

CarlosLector

Como se te ocurrio la idea de esa escena de los masajistas? muy original y bien ejecutada

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