La tarde de trío que empezó con una película
Fui a ver una película con mi mejor amigo y su novia, pero cuando él salió un momento, ella me arrinconó y todo cambió.
Fui a ver una película con mi mejor amigo y su novia, pero cuando él salió un momento, ella me arrinconó y todo cambió.
Los oí follar en nuestra cama hasta el amanecer, pero lo peor no fue escucharla gemir con él: fue descubrir lo que yo también quería.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Fui al club pensando en unas copas y terminé de rodillas, con la boca llena y el cuerpo pidiendo más de lo que creía soportar.
Cuando apagamos las luces de la Sala 4 y Marte nos tiñó de rojo, supe que ya no íbamos a sobrevivir solo con oxígeno.
Bajé las escaleras vestida para servirles tragos, pero todos en esa sala sabían que el verdadero premio de la partida no estaba sobre la mesa, sino entre sus manos.
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Connor no hablaba una palabra de español, así que cuando empecé a desnudar a mi mujer delante de él, no entendió nada hasta que ya era demasiado tarde para irse.
Entró buscando un consolador y terminó arrodillada en una cabina a oscuras, sin saber cuántas manos la tocaban ni cuántas bocas esperaban su turno.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Bajé al jardín dispuesta a llamar a la policía. No imaginé que terminaría de rodillas, entregada a los tres extraños que se escondían en la casa de invitados.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Ese bañador apenas las cubría, y cada día la piscina enseñaba un poco más de piel. Nadie sospechaba hasta dónde llegarían los vecinos cuando cayera la última prenda.
Bajé la guardia un segundo y Renata ya había cerrado la puerta con llave. Conocía mi secreto, y pensaba usarlo para conseguir exactamente lo que quería de mí.
Desperté con las manos de Lina untándome crema en la espalda; ninguno imaginaba que esa mañana en la piscina seríamos seis cuerpos sin reglas ni pudor.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Le dije que entrara sola, como si no me conociera, y que hiciera lo que quisiera si algo le gustaba. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa tarde.
Mi mujer siempre fantaseaba con que otro la tuviera delante de mí. Aquella tarde, en una parada solitaria de la autovía, un extraño pidió fuego y todo dejó de ser un juego.