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Relatos Ardientes

El tren que perdí me llevó al cuarto de mi hermana

Aquel viernes de octubre estaba marcado en rojo en mi calendario desde hacía tres meses. Tenía el pasaje en la mano, una mochila pequeña con dos camisas planchadas y una botella de vino que Marina me había pedido la noche anterior. No nos veíamos desde julio. Cuatrocientos kilómetros y un trabajo nuevo se interponían entre nosotros, y yo había contado los días como un adolescente impaciente.

Llegué a la estación con quince minutos de margen y, aun así, perdí el tren. Una protesta cortaba la avenida principal y mi taxi se metió en una calle paralela que terminaba en una obra. Cuando salté del auto y corrí los últimos doscientos metros, las luces traseras del último vagón ya se alejaban por la curva. Me dejé caer en un banco del andén y miré el horario impreso en la pared como si pudiera cambiarlo a fuerza de mirarlo.

Probé suerte en la boletería. No quedaba nada hasta el lunes. Probé los autobuses: agotados. Pregunté por un alquiler de auto y los precios me hicieron reír sin ganas. Llamé a Marina y le dejé un audio largo, intentando que la voz no se me quebrara. Después tomé otro taxi de vuelta a casa, con la mochila aún colgada del hombro y la botella tibia entre las manos.

Vivía con mi hermana Camila desde que nuestros padres se habían mudado al campo. La casa era de los dos, una propiedad vieja en el centro con pisos de madera y una escalera que crujía siempre en el cuarto escalón. Camila tenía veintitrés años y trabajaba en una librería del barrio. Yo tenía veintiséis, programaba para una empresa de logística y, hasta ese viernes, era el hermano mayor más serio que cualquiera podía imaginar.

Abrí la puerta de calle sin hacer ruido. La idea de explicarle a Camila que no me había ido me daba pereza. Ella había planeado tener la casa para ella sola, había comprado vino, había hablado de invitar a unas amigas. Pensé que estaría fuera. Subí las escaleras tratando de evitar el cuarto escalón.

La puerta de su habitación estaba entreabierta. Una franja de luz amarilla cortaba el pasillo en dos. Pasé por delante con la intención de seguir hasta la mía, pero un sonido me detuvo en seco. No era música. No era el televisor. Era una respiración.

Me quedé inmóvil. Tendría que haber seguido caminando. Tendría que haber tosido, hecho ruido, anunciado que estaba en casa. En lugar de eso, di un paso atrás y me apoyé contra la pared del pasillo, oculto en la sombra que dejaba el aplique apagado.

Camila estaba sobre la cama, completamente desnuda. La había visto en pijama mil veces, en toalla saliendo del baño, en bikini en la piscina del club. Nunca así. Nunca con la espalda arqueada y los muslos abiertos y una mano moviéndose entre ellos con un ritmo que no admitía interrupciones.

Esto está mal. Vete.

El pensamiento llegó claro y se fue solo. Me quedé. Camila había crecido en mi cabeza como una niña con trenzas y rodillas raspadas, y la mujer que tenía delante no encajaba con esa imagen por ningún lado. Tenía los pechos pequeños y firmes, los pezones rosados endurecidos por el aire frío del cuarto. Tenía un tatuaje pequeño en la cadera izquierda que yo no recordaba haberle visto nunca: una luna creciente del tamaño de una moneda. Tenía la respiración entrecortada y el pelo desparramado sobre la almohada.

Sus dedos entraban y salían con una cadencia que parecía ensayada. Con la otra mano se acariciaba el pecho, después el cuello, después volvía al pecho. Cada tanto soltaba un gemido bajo, contenido, como si todavía tuviera miedo de que la oyeran aunque supuestamente estuviera sola en la casa.

Sentí mi propia respuesta antes de tomar conciencia de ella. La erección me empujaba contra la tela del pantalón y mi mano, traidora, se había apoyado encima sin que yo lo decidiera. Apreté los dientes. Esto no estaba bien. Esto estaba muy mal. Pero no me moví.

Camila cambió de posición. Se giró ligeramente, se apoyó en un codo y, por un momento, quedó orientada hacia la puerta. Yo me hundí más en la sombra. Ella tenía los ojos cerrados. Su mano descendió otra vez y, esta vez, lo vi todo: el surco brillante, los dedos entrando hasta los nudillos, la forma en que las caderas se le levantaban un poco de la cama para acompañar el movimiento.

Me bajé el cierre del pantalón en silencio. Me la saqué. Empecé a moverme la mano con la misma cadencia que ella, espejo contra espejo. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Sabía perfectamente con quién. No paré.

Ella gimió más fuerte, una nota larga que se quebró en la última sílaba, y todo su cuerpo se tensó como una cuerda de guitarra. Vi cómo se arqueaba, cómo apretaba los muslos contra la mano, cómo el pecho le subía y bajaba a un ritmo que no podía controlar. Después se quedó quieta, con una sonrisa pequeña en la boca y los ojos todavía cerrados.

Yo no había terminado, pero no me importó. Me guardé la erección como pude, me alejé de la puerta dando pasos largos sobre los calcetines, crucé el pasillo y me encerré en mi habitación con el corazón latiéndome en la garganta.

***

Apoyé la espalda contra la puerta y me quedé ahí, escuchando. Nada. Camila no me había visto. Nadie había gritado. La casa seguía igual de silenciosa que antes.

Me desnudé despacio, doblé la ropa sobre la silla porque las manos necesitaban hacer algo, y me metí en la cama. Apagué la lámpara. La oscuridad no ayudó. La imagen de mi hermana —porque eso era, mi hermana, no podía decirlo de otra manera— seguía proyectada en el techo como si alguien hubiera dejado un proyector encendido.

La erección no se iba. Volví a tomarla con la mano, cerré los ojos y me dejé caer en lo que estaba pasando. Pensé en el tatuaje de la luna. Pensé en el ruido que había hecho al venirse. Pensé en cómo se había arqueado. Mi mano se movía cada vez más rápido y yo sabía que estaba a punto de terminar cuando la puerta de mi habitación se abrió.

Disimulé tarde y mal. Camila encendió la luz del techo y yo me quedé congelado, con la sábana enredada hasta la cintura y la cara probablemente roja como un tomate.

—Pensé que te habías ido —dijo. Llevaba puesta una bata corta, blanca, atada con un cinturón flojo. El pelo le caía mojado sobre los hombros. Acababa de ducharse.

—Perdí el tren —respondí con una voz que no parecía la mía—. Voy mañana, si consigo pasaje.

Asintió. No dijo nada más. Cruzó la habitación y se sentó en el borde de mi cama, con una calma que me desordenaba más que cualquier reproche. Sus ojos bajaron a la sábana, se detuvieron donde la tela se levantaba, volvieron a mi cara.

—¿Cuánto tiempo estuviste mirando? —preguntó. No era una acusación. Era una pregunta.

Abrí la boca para mentir y no salió nada. Bajé la vista. Ella se rio bajito, sin maldad, y me apoyó una mano en el muslo por encima de la sábana.

—Sentí la madera del piso —dijo—. Hay una tabla que cruje, en el pasillo, a la altura de mi puerta. La conozco desde que tengo doce años.

El estómago se me cayó al suelo. Ella había sabido que yo estaba ahí. Había seguido mientras yo miraba.

—Camila, yo…

—Calla.

Tiró de la sábana con un movimiento corto y la dejó caer al pie de la cama. Quedé desnudo, con la erección apuntando al techo y todas mis defensas en el suelo. Esperé un grito, un golpe, una expulsión de la casa. En lugar de eso, ella se desató el cinturón de la bata y la dejó caer sobre la silla.

—Si vas a pensar en alguien esta noche —dijo, ya de pie, ya desnuda otra vez delante de mí—, que sea con conocimiento de causa.

Se inclinó sobre la cama y me agarró con una mano. La piel de sus dedos estaba fresca, recién duchada, y la diferencia de temperatura me hizo cerrar los ojos un segundo. Cuando los abrí, ella ya estaba bajando la cabeza.

—No tienes que decir nada —me dijo en voz baja, como si estuviera explicando una tarea sencilla—. Quédate quieto.

Su lengua trazó un recorrido lento desde la base hasta la punta. Yo apreté las sábanas con las dos manos. Nunca, en veintiséis años, nadie me había hecho aquello con esa lentitud, con esa atención al detalle. Las novias anteriores habían sido apuradas, distraídas, técnicas. Camila parecía estar leyendo cada reacción mía y ajustando lo que hacía como quien afina una radio vieja.

Subió y bajó varias veces, alternando la lengua con los labios, los labios con la mano. Cada tanto se detenía un segundo a mirarme, a cerciorarse de que seguía respirando. Yo no respiraba. Yo estaba flotando.

—Camila —dije, porque sentí que estaba por terminar y quería avisar.

—Lo sé —murmuró sin levantar la cabeza—. Quiero.

Esa palabra fue el final. Me corrí dentro de su boca con un temblor que me sacudió la espalda contra el colchón. Ella no se movió. Se tragó todo, se incorporó despacio, se pasó el dorso de la mano por los labios y sonrió.

***

Se quedó un rato sentada al borde de la cama, en silencio, hasta que las dos respiraciones bajaron a un ritmo parecido. Después se puso la bata, ajustó el cinturón con un nudo flojo y caminó hasta la puerta.

Antes de salir se dio vuelta.

—No hace falta que me espíes —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Cuando tengas ganas, avísame. Los hermanos estamos para cuidarnos.

Apagó la luz y cerró la puerta. Yo me quedé tendido en la cama, con la mirada en el techo y una mezcla de vergüenza, deseo y alivio que no sabía dónde acomodar.

***

Pasaron años. Marina y yo nos casamos un otoño y nos separamos en otro. Camila se casó con un arquitecto serio que la adora y al que yo aprecio sinceramente. Vivimos en ciudades distintas. Nos vemos en cumpleaños, en navidades, en algún almuerzo de domingo en la casa del campo. Hablamos de trabajo, de hipotecas, de gatos.

De vez en cuando, cuando coinciden las vacaciones y nuestras parejas se duermen temprano, ella aparece en la cocina a las tres de la mañana, descalza, con una taza vacía en la mano. Y entonces volvemos, durante un rato corto, a aquella tabla que cruje en el pasillo. Es nuestro secreto. Y, después de tantos años, sigo sin saber si lo guardo por ella o por mí.

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Comentarios (9)

Carmencita_88

Que relato tan intenso!! me dejo sin palabras, necesito la segunda parte ya!

SolMorales

Por favor que haya continuacion, quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues

DiegoBA_lector

tremendo, me tuvo enganchado desde el primer parrafo

NochesDeVerano

Bien escrito, se nota que hay trabajo detras. Me recordo a situaciones de esas donde uno no sabe como reaccionar en el momento. Sigue publicando!

Balta63

excelente!!!

VeronicaLP

El final me dejo con mucha intriga, como va a seguir esto? Muy buen relato!

ElTigreN

De los mejores que lei en mucho tiempo. La tension que construye es perfecta, no se apresura y eso se agradece. Espero que haya continuacion.

stahl79

buenisimo, sigue asi!!

Santi_baires

se hizo corto jaja, quiero saber que paso despues!!

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