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Relatos Ardientes

La fiesta donde mi pareja me prestó a sus amigos

Mateo y yo decidimos arrancar el verano con una reunión «tranquila» en un departamento que alquilamos en pleno centro. Era la primera vez que íbamos a juntar a sus amigos más cercanos en un mismo lugar y, aunque el plan oficial era charlar y tomar algo, los dos sabíamos que la noche podía terminar de otra manera. Ya lo habíamos hablado, ya lo habíamos fantaseado, y esa tarde nos miramos con la complicidad de siempre.

Llegamos antes que el resto para acomodar todo. Apenas cerré la puerta del departamento, sentí las manos de Mateo en mi cintura y supe que las cervezas iban a tener que esperar. Él sabe que no puedo quedarme a solas con él demasiado tiempo. Algo en su perfume, en su forma de mirarme, me empuja a arrodillarme.

—Sabés que vamos a llegar tarde a nuestra propia fiesta —dije, mientras le mordía el cuello.

—Sabés que me gusta llegar tarde —contestó.

Mi outfit estaba pensado al milímetro. Falda corta de vuelo en negro que apenas cubría lo necesario, medias de seda con costura trasera, una blusa de encaje transparente con manga larga y un corpiño rojo intenso que dejaba poco a la imaginación. Debajo, una tanga minúscula con estampado de leopardo y una cinta negra en la cintura que destacaba contra mi piel blanca. Cuando me vi al espejo, supe que iba a ser una noche larga.

Me arrodillé frente a Mateo como si rezara. Le bajé el pantalón con una sola mano y me deleité un segundo viéndole la verga ya dura, esa vena que siempre me fascina recorriéndola entera. La punta brillaba mojada, esperándome.

Me la metí entera de un solo movimiento. Los ojos se me llenaron de lágrimas, la baba escurrió hasta mi escote, y aproveché esa saliva para impregnarme la cara, las mejillas, el cuello. Quería salir a recibir a sus amigos con su olor encima.

—¿Querés que te haga acabar antes de que lleguen, o lo guardamos para después? —pregunté, con la verga todavía dentro de la boca.

Mateo me agarró del pelo y respondió con un empujón suave. Eso era todo lo que necesitaba saber. Se la chupé como si me fuera la vida en eso, sintiendo cómo se hinchaba contra mi paladar, hasta que terminó dentro de mi boca con un gruñido contenido. Tragué casi todo. Me limpié las comisuras con los dedos, los lamí frente a él, y me retoqué el labial como si nada hubiera pasado.

***

El timbre sonó veinte minutos después. Mateo me miró de arriba abajo, sin disimulo.

—¿Lista?

Asentí y abrí la puerta. Diego y Bruno entraron con una sonrisa de oreja a oreja, cargando botellas y bolsas con picada. Los saludé con un beso largo en la mejilla, abrazándolos un poco más de lo necesario, sintiendo cómo sus manos rozaban mi cintura. Les estoy pasando el sabor de su amigo y no tienen idea.

Las primeras conversaciones fueron normales. Risas, anécdotas viejas, el sonido de las cervezas al destaparse. Pero las miradas no eran normales. Recorrían mi blusa, mis piernas, el dobladillo de la falda. Yo lo notaba. Mateo lo notaba. Nadie decía nada.

—¿Quieren otra? —pregunté, levantándome con calma exagerada y apoyándome en el hombro de Diego para impulsarme.

Caminé hacia la cocina sabiendo que tenía tres pares de ojos clavados en mi espalda. La falda se movía al ritmo exacto de mis pasos. Me agaché frente a la heladera más despacio de lo necesario, sintiendo cómo la tela subía y dejaba ver el inicio de mis nalgas por encima del borde de las medias. Me quedé así un par de segundos, respirando.

Cuando volví, Mateo me sonreía con una mezcla de orgullo y deseo. Diego y Bruno trataban de mirar a otro lado y fracasaban. Les entregué las cervezas en mano, una por una, asegurándome de que el roce no fuera casual.

***

—Tengo una propuesta —dije, sentándome en el apoyabrazos del sofá, justo al lado de Mateo—. Hoy ustedes pueden tener algunos privilegios que normalmente solo tiene él. Pero las reglas las pongo yo. ¿De acuerdo?

Diego se atragantó con la cerveza. Bruno se quedó mirando el techo como si ahí estuviera la respuesta. Los dos asintieron.

Crucé las piernas con lentitud calculada, dejé que la falda subiera unos centímetros más, y volví a la barra por otra ronda. Esta vez, al pasar entre la mesa ratona y el sofá, mi culo rozó primero la cara de Diego y después la de Bruno. No pedí disculpas. Seguí caminando.

Volví con tres botellas. Antes de entregarlas, lamí la espuma desde la base hasta la punta, despacio, mirándolos a los ojos. Le di un sorbo lento a cada una. Que se acuerden de esta imagen para siempre.

—¿Bailamos? —le dije a Mateo, poniendo nuestra canción.

Él me agarró con fuerza, me hizo girar, me levantó la falda con cada movimiento. Diego y Bruno no parpadeaban. Cuando terminó la canción, en lugar de bajarme la falda, me la subí del todo y los miré.

—Sé que se mueren de ganas. Mejor miren bien.

—Nos gusta —dijo Bruno, con la voz ronca—. Pero queremos más. Queremos tocar.

—Gánenselo. Convénzanme.

***

Volvimos a la conversación, pero ya nadie hablaba en serio. Las miradas eran descaradas, las erecciones marcaban los pantalones, el aire del departamento era denso. Yo lo notaba todo y me mojaba más con cada segundo. En su cabeza no existe ninguna otra mujer en el mundo. Solo yo.

—Estas medias me incomodan —dije al rato—. ¿Les molesta si me las saco?

Me paré de espaldas a ellos y empecé a bajarlas con una lentitud insoportable. Cuando llegaron a la altura de las pantorrillas, mi culo quedó al alcance de sus ojos, dividido apenas por el hilo de la tanga. Las bajé hasta los tobillos y me quedé así un instante, doblada, ofreciéndoles la imagen completa.

—Qué alivio —dije al incorporarme.

Mateo soltó una risita y miró a sus amigos.

—Si ella se pone cómoda, ustedes también. ¿No?

—Sí —dijeron al unísono, como dos chicos que descubren un regalo.

—Entonces yo sigo —dije.

Me bajé la falda dándoles la espalda, me saqué la blusa de frente, y me quedé en tanga, corpiño y tacones. Soy de complexión atlética, pechos grandes que ningún corpiño termina de esconder, nalgas que levantan miradas en cualquier lugar. Cuando me di vuelta, los tres se quedaron sin palabras.

—¿Qué? ¿Voy a ser la única cómoda?

En segundos, los tres estaban en bóxer.

***

Caminé por detrás del sofá, pasando los dedos por sus nucas, sus hombros, sus pechos. Los hacía estremecerse con caricias mínimas. Después fui hasta la cocina por más cervezas, sabiendo que cada uno de mis pasos era observado. Cuando volví, Mateo me agarró de la cintura y me puso entre sus piernas, frente a sus amigos.

—¿Les gusta? —les preguntó, abriendo mis nalgas con las dos manos—. Sin las medias se ve mucho mejor.

—Sí —respondieron.

—¿Quieren tocar?

—Sí.

—Esperen. —Mateo me miró—. Amor, ¿estás de acuerdo?

—Son tus amigos —dije, sosteniéndole la mirada por encima del hombro—. Pero que sean delicados. Si se pasan, se acaba todo.

Las seis manos cayeron sobre mi cuerpo al mismo tiempo. Mateo me besaba la boca mientras Diego y Bruno me amasaban las nalgas, las caderas, la cintura. Sentí lenguas también, recorriéndome la espalda baja, mordiendo apenas, lamiendo como si fuera el postre más rico que hubieran probado. Me apreté contra Mateo para no caerme.

Cuando ya no podía más, los frené.

—Suficiente. Vuelvan a sus lugares.

Diego y Bruno se sentaron como dos chicos que acaban de romper algo en silencio. Yo respiraba agitada, con los pezones duros marcando el corpiño, sintiendo a Mateo duro contra mi muslo.

***

Volví al sofá, pero esta vez me senté entre Mateo y Diego. El sillón era para tres y éramos cuatro. Cada movimiento generaba un roce nuevo. Yo bajaba la mano sobre las piernas de los dos que tenía al lado, dejaba que mis dedos cayeran sobre los bultos de sus bóxers, los apretaba apenas.

—¿Y yo? —protestó Bruno desde el otro extremo—. Estoy muy lejos.

Me incliné por encima de Mateo, con las tetas rozando el pecho de Diego, hasta alcanzar la verga de Bruno con la mano. Cuando intenté volver, Mateo y Diego no me dejaron. Me agarraron de las piernas y me acomodaron boca abajo sobre los tres: mis pechos sobre la verga de Bruno, mi sexo sobre la de Mateo, mis piernas sobre las de Diego.

—Esa no la vi venir —reí—. Pero ya que estoy acá, masaje. Suaves. Solo caricias.

Las seis manos volvieron a recorrerme. Yo apretaba las vergas por encima de los bóxers, sintiendo cómo se endurecían más con cada caricia. Se me escapó un gemido. Mateo, que sabe leerme, me preguntó al oído si podía tocarme.

—Sí, amor —murmuré—. Pero solo vos.

Corrió la tanga a un costado y sus dedos entraron sin esfuerzo. Estaba empapada. Acabé dos veces casi sin darme cuenta, mordiendo el hombro de Bruno para no gritar, con las manos agarrando todo lo que podía agarrar.

***

Cuando me levanté, las seis manos me ayudaron y se aprovecharon. Yo me reí.

—No crean que no siento esos apretones de más.

Mateo me mostró los dedos brillantes. Me incliné y se los chupé uno por uno antes de besarlo en la boca.

En ese momento sonó el celular. Era Lucía.

—Llega en diez minutos.

—Bueno, chicos, hay que arreglarse para que la nueva no vea el desastre que armamos.

—Antes —dijo Diego—, no nos mostraste las tetas.

Bajé el corpiño y se las apreté frente a ellos, con las manos llenas, los pezones duros apuntándolos. Los tres se agarraron las vergas por encima de los bóxers ya mojados.

—Sáquenlas. Yo también quiero ver.

Las tres vergas afuera. Yo apretándome los pechos, ellos masturbándose mirándome. Me arrodillé.

—No se las voy a chupar, no se ilusionen. Solo quiero que guarden esta imagen.

Empecé a turnar las manos sobre los tres, escupiendo en mis palmas para que se sintiera mejor. La excitación me ganó. Sin pensarlo, me metí la verga de Mateo entera de un solo golpe, mientras seguía con las otras dos en las manos. El pelo me molestó.

—Sosténganmelo —dije, con la verga en la boca—. No voy a soltar las suyas.

Los dos me agarraron el pelo con cuidado mientras yo se la chupaba a su amigo. Me empujaron hasta que me ahogué, hasta que las lágrimas me corrieron el delineado.

—Por favor —rogó Bruno—, una mamada también.

Solté la verga de Mateo y los miré desde abajo, con los lentes torcidos y los tres miembros en mis manos.

—No va a pasar. Mis reglas. Saquen una foto mental para acordarse.

Y me reí como una loca, posando con la verga de Mateo apoyada en el labio inferior, las otras dos firmes en cada mano. Que se la lleven a la cama esta noche. Que sueñen con esto.

***

Volví a vestirme. La tanga ya no servía: estaba empapada. Me la saqué frente a ellos, sin pudor, abrí las nalgas un instante para que vieran hasta el alma, y me hice una colita con la tanga usada en lugar de una hebilla.

—Bruno, andá a mi cartera. Traeme otra tanga, la que más te guste.

Volvió casi corriendo. Eligió una de encaje negro. Me la puse delante de los tres, levanté la falda para mostrarles cómo se metía entre mis nalgas y cómo se marcaba adelante.

—¿Eligió bien Bruno?

Diego y Mateo asintieron sin palabras.

El timbre sonó. Me apuré a ponerme las medias. Era Lucía, sola: su amiga había cancelado a último momento. Entró pidiendo disculpas, aclarando que ella no se perdía esta fiesta por nada del mundo, que Mateo le había hablado mucho de mí.

Le sonreí, le di un beso en la mejilla, y miré a Mateo por encima del hombro.

Continuará.

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Comentarios (9)

Damian77

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

RominaGV

Dios mio que relato... quede sin palabras al terminarlo. cuando sale la segunda parte??

Marcelo_BA

tremendo final, no me lo esperaba para nada jaja

LectoraNocturna

Me encanto como esta contado, se siente muy real. Me hizo acordar algo que me paso a mi hace tiempo jaja. Espero que haya mas!

Carlitos_MZA

Para cuando la segunda parte??? me quede con ganas de mas

Fabiola88

El comienzo te atrapa al instante. De las mejores historias de esta categoria sin dudas

viajero73

Muy buena! gracias por compartir

nico_cba

se hizo corto para lo bueno que es :)

RubenSur23

La tension del principio es lo que mas me gusto, muy bien llevada. Ojala haya continuacion!

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