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Relatos Ardientes

La confesión que nunca escribí en mi turno de noche

El lobby olía a madera encerada y al café que Daniela se había servido tres horas antes y que ya estaba frío en la taza. Eran casi las once de la noche, su hora favorita del turno: los huéspedes encerrados en sus cuartos, el zumbido del aire acondicionado como única compañía, el reloj de pared adelantándose dos segundos por hora como hacía siempre.

Llevaba dieciocho años en la industria hotelera y los últimos cuatro en este establecimiento. Conocía el ritmo de la noche como conocía su propia respiración. Por eso reconoció enseguida que algo se desviaba de lo habitual cuando un golpe seco de tacones rompió el silencio del mármol.

Clac. Clac. Clac.

Levantó la mirada y por un instante olvidó cómo se sonreía con cortesía. La mujer que cruzaba el lobby caminaba como si el piso fuera suyo. Vestido negro corto, de tela elástica que crujía con cada paso. Tacones rojos. Un labial del mismo color que parecía recién aplicado. Masticaba un chicle con la calma de quien sabe que la están mirando.

—Buenas noches —dijo Daniela, ajustándose la corbata sobre la camisa blanca—. ¿En qué puedo ayudarla?

—En mucho me podés ayudar, linda —respondió la mujer. Tenía una voz ronca, arrastraba las eses—. Vengo a ver al señor Sebastián Carrasco.

Daniela tipeó el apellido. La pantalla devolvió la nota: «Se permite el acceso de una acompañante a la habitación cuarenta y siete».

—Perfecto. Necesito su nombre para el registro de visitas.

—La trola —dijo la mujer sin pestañear.

Daniela parpadeó. Sintió que las orejas se le calentaban de golpe.

—¿Cómo dice?

—Que soy la trola que pidió Sebas —repitió ella con una sonrisa ladeada—. ¿O acaso no me veo como una?

—Yo… le preguntaba el nombre para el sistema —balbuceó Daniela, intentando recuperar el tono profesional.

—Perdoname, hermosa. Me llamo Camila —dijo la mujer, y justo en ese momento cerró los labios para hacer explotar un globo de chicle. El pop resonó en el vestíbulo vacío como un disparo de salida—. ¿Y vos?

—Daniela —respondió en un susurro.

—Lindo nombre… y más linda quien lo lleva. ¿Me llevás? Me pierdo enseguida en estos lugares tan elegantes.

Daniela asintió sin confiar en su voz. Salió del mostrador, tomó la tarjeta maestra y caminó hacia el ascensor escuchando, sin querer, la sinfonía desigual: sus mocasines bajos contra los tacones rojos de Camila, marcando el pulso de una noche que apenas empezaba.

El ascensor subió con un ronroneo hidráulico. El cubículo era reducido y Daniela podía oír la respiración pausada de Camila, el leve roce del bolso contra la tela del vestido.

—¿Hace mucho que trabajás acá? —preguntó Camila. Su voz, sin el ruido del lobby, sonaba más profunda, casi un ronroneo que rebotaba contra el acero.

—Cuatro años en este hotel —respondió Daniela sin apartar la vista de los números digitales—. Pero estoy en la industria hace dieciocho.

Camila silbó bajo, un sonido de aire entre los dientes.

—Dieciocho años —repitió, dando un paso más cerca. El chasquido de los tacones sobre el piso metálico fue nítido—. Eso es mucha gente atendida, Daniela. Me imagino que a esta altura ya reconocés cuándo alguien entra a un hotel sabiendo exactamente qué vino a buscar, ¿no?

Camila se le pegó a la espalda. Daniela escuchó el crujido de la cartera de cuero, el chicle masticado a la altura de su oreja.

—Dieciocho años siendo una chica buena, siguiendo las reglas —susurró Camila, y su aliento caliente le erizó la nuca—. Esta noche, el único sonido que me gustaría que sigas es el de mi voz.

El ascensor seguía subiendo. Camila se separó apenas y la observó de arriba abajo.

—Pero si sos una nena —dijo, estirando la mano para apretarle la mejilla con un gesto casi maternal pero cargado de intención.

—Tengo treinta y ocho —respondió Daniela manteniendo la voz firme.

—Bien llevados, entonces. ¿Cuántos me dabas a mí?

—No me refería a la edad. Le preguntaba por su profesión.

Las puertas se abrieron antes de que Camila pudiera contestar. Salió primera al pasillo y el sonido de los tacones sobre la alfombra fue lo único que se oyó hasta que decidió responder.

—Desde chica trabajo de puta —dijo con una naturalidad que dejó a Daniela sin aire—. Y no solo atiendo hombres, por si alguna vez te pica la curiosidad.

Llegaron a la habitación cuarenta y siete. Daniela dio dos golpes secos. La puerta se abrió y apareció Sebastián: cuarenta y dos años, recién afeitado, el pelo blanco contrastando con una bata de seda negra.

—Vaya, al fin —dijo él. Tenía una voz profunda, mandona.

—Lo bueno se hace esperar, bombón —respondió Camila con un ronroneo, entrando como si fuera la dueña.

—Pasá.

Daniela hizo ademán de retirarse.

—Listo, los dejo. Que tengan una buena noche.

—Esperá, querida —la detuvo Sebastián—. Subinos una botella de champagne, por favor. La de la casa está bien.

—Por supuesto.

La puerta se cerró con un clic definitivo y Daniela se quedó un instante en el pasillo, apoyada contra la moqueta del muro, con un calor difuso subiéndole por el cuello.

***

La zona de servicio era el otro mundo del hotel: cocina abierta, fluorescentes blancos, vapor de planchas y el tintineo permanente de los cubiertos.

—Tomás, ¿podés llevar una botella a la cuarenta y siete?

—Imposible, Dani —contestó el camarero sin frenar el paso—. Tengo que entrar el pedido de la treinta y ocho ya.

El metal de la campana cubriendo el plato resonó con un clanc seco. Daniela suspiró.

—Está bien. La llevo yo.

Tomó la cubeta de plata. El tintineo del hielo contra la botella la acompañó por el pasillo de servicio, por el ascensor de empleados, hasta el corredor de las habitaciones premium, donde la moqueta granate amortiguaba todo y solo quedaban las luces tenues y la sensación de que el resto del mundo estaba durmiendo.

Se detuvo frente a la puerta cuarenta y siete. Levantó el nudillo para golpear.

Y se quedó paralizada.

A través de la madera fina —porque era fina, lo sabía mejor que nadie, lo sabía por las quejas que llegaban siempre desde la cuarenta y ocho— los sonidos eran inequívocos. El chasquido de la saliva. La succión rítmica. Los gemidos roncos de Sebastián golpeando contra la puerta como si quisieran salir. El crujido del colchón. Una risa breve, vibrante, de Camila.

Daniela cerró los ojos. Apretó el asa de la cubeta. El tintineo del hielo le pareció ridículo, un sonido pequeño comparado con la tormenta del otro lado.

No podía irse sin entregar el pedido. Pero tampoco podía golpear ahora.

O al menos eso fue lo que se dijo.

Solo me quedo hasta que terminen y entrego rápido, pensó. No es voyerismo. Es prudencia.

Lo segundo era una mentira tan grande que ni a sí misma se la creyó.

***

Adentro, el ritmo cambió. Daniela escuchó cómo Camila se separaba de él con un chasquido húmedo de labios. Después, una orden murmurada que no llegó a entender. Después la voz de Sebastián, baja, gruñendo elogios que se mezclaban con jadeos.

—Mirá esto, bombón. Sentí cómo te abrazan.

El roce constante. Un deslizamiento húmedo, rítmico. El choque suave de algo contra algo. Daniela no necesitaba ver para saber lo que estaba pasando: Camila se había inclinado sobre Sebastián y lo aprisionaba entre los pechos.

—Qué rico, mi amor. Qué delicia.

La voz de Sebastián venía desde el fondo de la garganta. Era el tipo de voz que un hombre solo tiene cuando ha perdido la posibilidad de elegir lo que dice.

Daniela apoyó la frente contra el marco. La cubeta seguía en su mano, congelando los dedos contra el metal. El uniforme se le sentía dos talles más chico, de pronto. Se aflojó la corbata sin pensarlo. El nudo cedió con un susurro de seda.

Después, dentro de la habitación, hubo una pausa. Y entonces:

—Cogeme como una perra —dijo Camila, con un jadeo que era mitad ruego y mitad orden.

Daniela se mordió el labio. Sintió que algo se le derretía por dentro de la pollera tubo, un calor líquido que la hizo apretar los muslos.

El plaf, plaf, plaf empezó casi de inmediato. La pelvis de él contra la cola de ella. La cama crujiendo a un ritmo que no admitía objeción. Los gritos de Camila —una risa histérica, cargada de placer— mezclados con los gruñidos guturales de Sebastián.

—¡Qué dura que la tenés, hijo de puta!

—¡Tomá, putita! ¡Tomá!

Daniela sentía cada palabra como un latigazo. Los veinte minutos siguientes fueron lo más cerca que estuvo en su vida de querer abandonar un puesto de trabajo en plena guardia.

Dejó la cubeta sobre una mesa de arrimo del pasillo, un pequeño altar con un florero de flores secas. Sus manos temblaban demasiado para sostenerla derecha. Se aflojó del todo la corbata, desabrochó los tres primeros botones de la camisa. El chasquido plástico de cada botón le sonó a una promesa.

El pasillo estaba desierto. Las cámaras del corredor cuarenta enfocaban hacia el ascensor; donde ella estaba, justo frente a la cuarenta y siete, era un punto ciego. Lo sabía porque ella misma había mapeado los puntos ciegos en su primer mes. Toda recepcionista de noche los conoce.

Pegó la oreja a la puerta. El ritmo cambió de nuevo. Se separaron. Hubo un clic de cajón, el sonido de un envase plástico, un froush de gel deslizándose.

—¿Qué es eso? —preguntó Camila, jadeante.

—Lo que sigue —respondió Sebastián.

—Eso es otro precio, bombón.

—Lo pago. Lo que sea.

Daniela apretó los dientes. Los oídos le zumbaban. Sintió cómo su propia respiración se sincronizaba con la de ellos del otro lado.

—Despacito, ¿eh? —pidió Camila.

El nuevo tono en su voz —más agudo, más expectante— le rompió a Daniela la última costura de decoro. Se levantó la pollera tubo hasta la cintura. La fricción de la tela sintética contra los muslos sonó como un fush. Sus dedos se deslizaron por debajo del elástico de la bombacha y encontraron lo que ya sabía que iba a encontrar: empapado, caliente, palpitando al ritmo de los gemidos del otro lado.

—¡Dale, papito, ponemela toda! —gritó Camila, un grito agudo, claro, atravesado por algo que no era solo placer.

Daniela cerró los ojos. Movió los dedos en círculos, lento al principio, después más rápido, copiando un ritmo que no era suyo, apropiándose de él como si le perteneciera por derecho de auditorio. Con la otra mano se apretaba el pecho por encima del corpiño de encaje. Los pezones le dolían contra la tela.

—¡Aaaa-pa-pa-pa! —el grito siguiente de Camila fue desgarrador y triunfal a la vez, la ovación de quien encontró lo que vino a buscar.

El plaf, plaf, plaf reanudó con violencia renovada. La cama gritaba bajo ellos. Daniela se mordió el dorso de la mano para no acompañarla con su propia voz. Sentía su humedad chapotear contra sus dedos, un schlap, schlap rítmico que en cualquier otra circunstancia se hubiera escuchado en el pasillo entero, pero que aquí quedaba enmascarado por la sinfonía mayor de la habitación cuarenta y siete.

Le faltaba poco. Lo sentía subir como una marea, desde los muslos hacia el ombligo. Apretó los dientes. Cerró los ojos hasta hacerse daño.

—¡Voy a acabar! —gritó Sebastián adentro—. ¡Voy a acabar ya!

—¿Dónde, papito? —jadeó Camila.

—En tus tetas…

El silencio breve que vino después —el de Camila acomodándose, el de Sebastián masturbándose con jadeos cortos como un fuelle— fue el segundo en el que Daniela también se rompió. El cuerpo entero se le tensó como una cuerda de violín. Un gemido largo, mudo, pegado a la palma de su mano, le escapó de la garganta. Sintió el espasmo y el calor empapándole los dedos, y el pasillo girando un instante.

Quedó apoyada contra la madera, con la frente pegada a la puerta, oyendo cómo del otro lado la tormenta también llegaba a su fin: un tchick, tchick, tchick rítmico, una carcajada suave de Camila, un suspiro hondo de Sebastián, y después solo el zumbido del aire acondicionado y el latido de su propio corazón resonando en sus oídos como un tambor lejano.

***

Le tomó un par de minutos volver a ser ella. Se acomodó la pollera, abrochó los botones uno a uno con dedos que ya no temblaban tanto. Se anudó la corbata mirando su reflejo borroso en una placa metálica del pasillo. Levantó la cubeta. El clic del hielo contra la botella le confirmó que la Daniela profesional estaba en su sitio.

Dio dos golpes secos.

Toc, toc.

La puerta se abrió. Sebastián apareció todavía envuelto en la bata de seda, con el pelo algo revuelto y la cara aflojada en esa expresión que solo tienen los hombres recién atendidos.

—Cómo tardaste, querida —dijo, con una voz relajada, casi amable. Tomó la cubeta y el metal sonó al chocar con su anillo—. Gracias.

—Que la disfruten —contestó Daniela con la sonrisa profesional que llevaba dieciocho años perfeccionando.

La puerta se cerró tras ella. Caminó por el pasillo con los hombros altos, las manos quietas, el corazón todavía golpeándole las costillas como si quisiera salirse.

***

El reloj de pared marcaba la una y veinte cuando los tacones rojos volvieron a romper el silencio del lobby.

Clac, clac, clac.

Camila caminaba hacia la salida luciendo impecable, como si las dos horas anteriores no hubieran existido. El labial recién retocado. El pelo apenas más despeinado. La actitud de dueña intacta.

Al pasar frente al mostrador se detuvo. Apoyó una tarjeta sobre el mármol. El golpe suave de la cartulina contra el frío del mostrador fue lo único que se oyó.

—¿Y esto? —preguntó Daniela, mirando el nombre impreso.

—Por si querés llamarme. Es mi tarjeta personal. Atiendo a mujeres también, ¿te acordás?

Daniela sintió un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con la profesionalidad.

—Gracias —murmuró.

—Ah, y tomá. —Camila sacó dos billetes verdes de la cartera y los deslizó sobre el mostrador. El crujido del papel sonó a algo que Daniela no estaba lista para nombrar.

—¿Esto?

—Por la atención, muñeca —susurró Camila con una sonrisa cómplice—. Fuiste una excelente audiencia.

Daniela levantó la vista. Camila la miraba con una certeza absoluta, la misma con la que había entrado al hotel hacía dos horas. Sabía. Sabía perfectamente que Daniela había estado del otro lado de la puerta. Tal vez lo supo desde el ascensor; tal vez desde antes.

—No sé qué decir —admitió Daniela.

—No digas nada. Llamame.

Camila le tiró un beso al aire —un muack sonoro, juguetón— y caminó hacia la puerta giratoria. Los tacones rojos se desvanecieron en el ruido lejano de la calle.

Daniela se quedó mirando la tarjeta. Un nombre, un teléfono móvil, una dirección de correo. Nada más. Cuando guardó los billetes bajo el cajón —no eran para ella, técnicamente, pero esa noche todas las técnicas habían dejado de existir hacía rato— le temblaron de nuevo los dedos.

Volvió a sentarse. El zumbido del aire acondicionado y el adelanto rítmico del reloj de pared le devolvieron la noche. Le quedaban cinco horas de turno, dieciocho años a la espalda y una tarjeta dentro del bolsillo del chaleco.

Llamala mañana, pensó. O pasado. O nunca.

Lo de nunca no se lo creyó.

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Comentarios (8)

NocheReader22

tremendo!!! me quede sin palabras, ojala haya continuacion

Marcos_BsAs

Que historia! El enganche desde el principio con el turno de noche me atrapo de entrada. No pude parar de leer

Ceci_GBA

excelente!!! sigue asi que escribis muy bien

nochequemata

Me recordo algo que me paso a mi en el trabajo hace tiempo, esa sensacion de saber que algo esta pasando y no poder hacer nada jaja. Espero que continues!

NoraCba_lect

Muy bien escrito, se nota que hay algo de real en esto. El detalle de apoyada contra la madera me parecio muy cinematografico. Quede con ganas de mas, espero la segunda parte!

Diegote_77

la tension desde el primer parrafo... me engancho totalmente. Genial

Rulo_Mdq

Que bien narrado, te mete en la situacion sin necesitar tantos detalles. Se hizo corto :)

VikingoPBA

De las mejores confesiones que lei aca. Seguí escribiendo, tenes talento para esto

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