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Relatos Ardientes

El claro junto al río donde aprendí a mirar

La mañana había amanecido despejada y el calor ya se sentía antes de las nueve. Andrés cargó las cañas en la bicicleta junto a Marco y Sebastián, y los tres pedalearon por el camino de tierra que bordeaba los eucaliptos del fondo del barrio. Llevaban gaseosas frías, sanguches envueltos en papel de aluminio y la promesa vaga de un día sin obligaciones.

El tramo del río que conocían era ancho y tranquilo, protegido por sauces y arbustos que filtraban el sol y creaban una especie de recinto natural con el suelo blando y la orilla cubierta de piedras planas. Era el lugar perfecto para pescar bagres y no pensar en nada durante unas horas. Marco clavó los anzuelos con rapidez. Sebastián empezó a hablar de una chica de su facultad. Andrés escuchaba a medias.

Tenía veintiún años y era el tipo de persona que prefería observar antes que actuar. En el barrio lo conocían como el hijo del mecánico de la esquina, un chico tranquilo que estudiaba administración y ayudaba a su padre los sábados en el taller. Nadie sospechaba nada particular de él. Nadie sabía lo que Andrés sabía sobre sí mismo desde hacía varios años.

El primer recuerdo llegó solo, como siempre llegaba cuando el silencio se volvía demasiado cómodo.

***

Tenía dieciséis años y era un sábado de febrero con un calor insoportable. Su vecina del fondo, Irene, una mujer de cuarenta y pico que vivía sola la mayor parte del año porque su marido trabajaba en otra ciudad, tenía la ventana del dormitorio entreabierta. Era la única ventana que daba al pasillo exterior del garaje, ese pasillo estrecho por donde Andrés pasaba cuando iba a buscar la pelota que se perdía en el patio vecino.

No había planeado nada. Caminaba distraído con la pelota bajo el brazo cuando escuchó la voz de un hombre. Frenó. La persiana estaba a media altura. Cualquier persona sensata habría seguido de largo.

Andrés se paró en puntas de pie y miró.

Irene estaba de espaldas a la ventana, sentada encima de un hombre que él no conocía. Se movía despacio, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en el pecho del hombre para equilibrarse. No gemía fuerte: era casi un murmullo, algo entre el suspiro y la respiración honda, como quien trata de no ser escuchado y al mismo tiempo no puede callarse del todo.

Andrés no se movió. El corazón le latía con fuerza pero los pies no obedecían la orden de irse. Se quedó observando durante no supo cuánto tiempo. Cuando finalmente se alejó, tenía las manos temblando y la pelota apretada contra el pecho.

Esa noche no pudo dormir. Reproducía la escena en bucle: la espalda de Irene, el movimiento pausado de sus caderas, la cara del hombre mirando el techo con los ojos entornados. Había algo en el hecho de ver sin ser visto que le producía una excitación diferente a todo lo que había sentido antes. No era solo deseo. Era algo más difícil de nombrar, que tenía que ver con el secreto y la distancia. Con la sensación de poseer una imagen que nadie más tenía.

En los años siguientes, Andrés aprendió a reconocer ese impulso y a convivir con él sin demasiadas preguntas.

***

—Voy a probar más arriba —dijo Andrés, dejando la caña apoyada en una piedra—. Ese recodo parece más hondo.

Marco levantó la vista un segundo y asintió. Sebastián seguía hablando.

Andrés avanzó río arriba entre los arbustos. La vegetación se hacía más densa y el sonido del agua tapaba casi todo lo demás. Caminaba sin destino concreto cuando escuchó algo que lo detuvo en seco.

Gemidos. Bajos y rítmicos, mezclados con el golpe sordo de dos cuerpos moviéndose juntos.

El instinto hizo el resto.

Se agachó y avanzó entre la maleza con cuidado, apartando las ramas sin hacer ruido. Encontró un claro pequeño junto a la orilla donde el río formaba una curva, y desde un hueco entre las hojas podía ver sin ser visto.

En la manta extendida sobre el suelo estaba Sofía.

La conocía de vista desde hacía tres años, desde que los Paredes se mudaron a la cuadra paralela. Sofía tenía unos cuarenta y cinco, el pelo negro cortado a la altura del hombro y esa manera de moverse que hacía que la gente se diera vuelta en cualquier lugar. Era profesora de algo, Andrés nunca supo de qué exactamente. La saludaba cuando se cruzaban en la calle. Nada más.

Ahora estaba arrodillada frente a un hombre de unos sesenta años, de pelo cano y torso descubierto, que Andrés no conocía de nada. El hombre le tenía las manos enredadas en el pelo y ella lo tomaba con la boca, despacio, mirándolo de vez en cuando con esa expresión que mezcla concentración y placer en proporciones iguales.

—Así —dijo el hombre con voz grave—. Justo así.

Sofía respondió con un sonido que no eran palabras.

Andrés se quedó quieto. El calor del mediodía le pegaba en la nuca pero no lo registraba. Todo su sistema nervioso estaba concentrado en ese claro, en esa manta, en los sonidos que llegaban entre el rumor del agua. Sintió la misma tensión de siempre: el pulso acelerado, la respiración contenida, la excitación mezclada con algo parecido a la vergüenza que, con los años, había aprendido a distinguir del arrepentimiento real. No eran lo mismo. La vergüenza, en cierta medida, le gustaba. El arrepentimiento nunca lo había sentido.

Bajó la mano despacio y la apoyó sobre el pantalón, sin abrirlo todavía. Solo dejó la presión ahí, mientras seguía mirando.

El hombre levantó a Sofía por los hombros y la recostó en la manta. Ella se acomodó con naturalidad, como quien ha hecho ese movimiento muchas veces, y lo dejó ponerse encima. Se besaron largo, sin urgencia. Andrés notó eso: la ausencia de prisa. No era el sexo ansioso y torpe de los jóvenes. Era otra cosa. Había una economía en cada gesto, una confianza construida en el tiempo, que él reconocía sin poder del todo explicar.

El hombre empezó a besarle el cuello, el hombro, la curva del pecho. Sofía cerró los ojos y arqueó la espalda levemente. Tenía las manos apoyadas en la nuca de él, guiándolo sin forzarlo.

Andrés abrió el pantalón.

—Ven —dijo Sofía con voz ronca—. Ya.

El hombre se acomodó entre sus piernas. Lo que siguió fue directo, sin ceremonias: el movimiento lento al principio, el jadeo de ella, el ritmo que fue encontrándose solo, como siempre termina encontrándose. Sofía puso una mano en la cadera de él, ajustando el ángulo. El hombre la sujetó por la cintura y aceleró.

—Más —dijo ella.

Y él le dio más.

Andrés se masturbaba con movimientos pausados, controlados, aprendidos de años de práctica solitaria. No quería terminar pronto. Quería seguir viendo el torso de Sofía moviéndose con el ritmo del hombre, la forma en que ella giraba la cabeza hacia el costado cuando el placer se intensificaba, los dedos de él apretando la carne de sus caderas. Cada detalle era una imagen para archivar.

Los gemidos de Sofía se hicieron más frecuentes. El hombre cambió el ángulo, inclinándose un poco más hacia adelante, y ella emitió un sonido diferente, más grave, que a Andrés le resultó casi demasiado íntimo de presenciar. Mirar aquello era entrar a una habitación donde no lo habían invitado, y esa transgresión era exactamente lo que hacía insoportable la excitación.

—Ahí —dijo ella—. No te muevas de ahí.

El hombre obedeció. Mantuvo la posición y el ritmo, y los gemidos de Sofía fueron escalando de manera gradual, sin artificio, hasta que su cuerpo se tensó y se sacudió en una serie de contracciones visibles. Apretó la mano del hombre y dijo algo en voz demasiado baja para que Andrés lo captara desde su escondite.

Después, el hombre la hizo darse vuelta. Sofía se acomodó sobre la manta, con la espalda recta, y lo dejó entrar desde atrás. Ahora Andrés podía ver su cara con claridad: los ojos entornados, la boca levemente abierta, la concentración de alguien que está exactamente donde quiere estar.

—Me gusta así —dijo Sofía—. Así me gusta mucho más.

El hombre le puso una mano en la espalda y comenzó a moverse con más fuerza. El sonido del río se mezclaba con el de ellos dos. Andrés aceleró el ritmo de su mano.

Había algo en la escena que iba más allá de la excitación física: era el acceso a algo privado. No robado en el sentido brutal, sino tomado con cuidado, sin que nadie supiera. La imagen le pertenecía solo a él. El gemido de Sofía, los pulgares del hombre recorriendo su columna, el sonido rítmico del encuentro: todo eso quedó archivado en algún lugar dentro de su cabeza donde nadie más podía entrar.

Sofía llegó por segunda vez con la cabeza inclinada y los hombros temblando. El hombre siguió unos instantes más y luego se retiró, inclinándose sobre ella. Los dedos de ambos se entrelazaron sobre la manta durante un momento largo y quieto.

Andrés se corrió casi al mismo tiempo, mordiéndose el labio, con la vista fija en los dos.

***

Se limpió como pudo y volvió con sus amigos. Sebastián había pescado un bagre mediano. Marco dormitaba con el sombrero sobre la cara.

—¿Algo por allá? —preguntó Sebastián.

—Nada —dijo Andrés—. Agua nomás.

El resto de la tarde lo pasó en silencio, con la caña en la mano y la mente en otra parte. La imagen de Sofía sobre la manta circulaba detrás de sus ojos. La voz ronca pidiendo más. La manera en que sus caderas se habían movido al encuentro del hombre como si llevaran un ritmo propio desde hacía mucho tiempo.

Cuando volvieron en bicicleta al atardecer, Andrés ya sabía que iba a regresar.

***

Volvió dos días después, solo. Dejó la bicicleta entre los árboles y caminó por la orilla hasta el mismo claro. No había nadie. Se quedó media hora sentado en una piedra, mirando el agua, diciéndose que era una tontería haber venido.

Los encontró cuando estaba a punto de irse.

Llegaron desde el camino de tierra, ella adelante y él unos pasos detrás. Sofía llevaba el pelo recogido y una bolsa liviana. Hablaban en voz baja, riendo de algo. Andrés se metió entre los arbustos sin pensarlo, los pies moviéndose solos.

Esa segunda vez, Sofía se sentó encima del hombre, de frente, con la columna recta y las manos apoyadas en su pecho. Empezó a moverse en círculos lentos, cerrando los ojos. El hombre le tenía las manos en las caderas, no para guiarla sino para sentirla. La diferencia era sutil pero visible, y Andrés la registró sin saber bien por qué le parecía importante.

Durante un buen rato, Andrés solo observó sin tocarse. A veces hacía eso: construía la escena en la memoria con más cuidado, como si estuviera fotografiando algo. La luz de la tarde filtrándose entre las hojas. El sonido del río mezclado con los gemidos bajos de Sofía. La cara de ella cuando el placer dejaba de poderse disimular.

Cuando finalmente bajó la mano, duró poco. El orgasmo fue rápido y lo dejó con una calma particular que solo ese tipo de excitación le producía. Después se quedó mirando unos minutos más, ya sin tocarse, hasta que los dos se levantaron, recogieron la manta y se fueron caminando juntos entre los árboles.

Luego se fue sin hacer ruido.

***

Con el tiempo aprendió sus rutinas. Los martes y los viernes por la tarde, cuando el calor del día empezaba a ceder. Siempre el mismo claro, la misma manta, la misma naturalidad entre los dos que hablaba de algo construido durante mucho tiempo. No sabía quién era el hombre. No le importaba saberlo.

En sus noches solitarias, Andrés reproducía las escenas con una fidelidad que a veces lo sorprendía. El modo en que Sofía pedía más, la textura de los sonidos mezclados con el río, los detalles pequeños que a nadie más habrían importado: la forma en que ella movía los dedos sobre la espalda del hombre justo antes de correrse, o cómo el hombre le decía algo al oído y ella respondía con una risa baja y cómplice antes de que el ritmo volviera a acelerarse.

Había noches en que Andrés se preguntaba qué decía eso de él. La respuesta que encontraba siempre era la misma: que la distancia le daba algo que el contacto directo no podía darle. Que mirar sin ser visto era la única situación en que se sentía completamente presente y completamente libre al mismo tiempo. Que aquella primera tarde frente a la ventana de Irene había revelado algo verdadero sobre su naturaleza, algo que podía rechazar con culpa o simplemente aceptar con honestidad.

Había elegido aceptarlo.

No lo consideraba un problema. Lo consideraba una parte de sí mismo tan constitutiva como cualquier otra, tan difícil de explicar y tan real como el resto.

Y mientras existiera ese claro junto al río, y esa manta, y esos dos cuerpos que no sabían que tenían un testigo silencioso entre los arbustos, Andrés seguiría volviendo. Llevaría sus imágenes de vuelta a casa, las reproduciría en la oscuridad de su habitación, se sentiría completamente vivo en el único lugar que conocía para estarlo.

Eso lo tenía absolutamente claro.

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Comentarios (8)

CaminanteLibre

tremendo relato!! me tuvo pegado de principio a fin

NocheLector77

me encanto como lo fuiste construyendo sin apuro, dejando que la tension creciera sola. eso es lo que lo hace tan bueno

Luciano_Pescador

jajaja fue a pescar y pesco otra cosa... genial el planteo

pampero1979

me trajo un recuerdo de cuando era pibe, esas cosas que ves sin querer y que no se olvidan nunca. muy bien narrado, se siente real

Daniela_Sur

y despues que paso?? se cruzó con la vecina al otro dia?? necesito la continuacion urgente!!

Monika40

esa tension de quedarse quieto sin poder moverse... ay, eso es lo mejor del genero. felicitaciones

RosendoK

de los mejores relatos de voyerismo que lei por aca. bien escrito, bien narrado y con mucho detalle en lo que siente el que mira, no solo en lo que ve. gracias por compartir

Valentina_03

se hizo corto, queria mas :)

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