El claro junto al río donde aprendí a mirar
La mañana había amanecido despejada y el calor ya se sentía antes de las nueve. Andrés cargó las cañas en la bicicleta junto a Marco y Sebastián, y los tres pedalearon por el camino de tierra que bordeaba los eucaliptos del fondo del barrio. Llevaban gaseosas frías, sanguches envueltos en papel de aluminio y la promesa vaga de un día sin obligaciones.
El tramo del río que conocían era ancho y tranquilo, protegido por sauces y arbustos que filtraban el sol y creaban una especie de recinto natural con el suelo blando y la orilla cubierta de piedras planas. Era el lugar perfecto para pescar bagres y no pensar en nada durante unas horas. Marco clavó los anzuelos con rapidez. Sebastián empezó a hablar de una chica de su facultad, de cómo se la había cogido en el baño de un boliche la semana anterior. Andrés escuchaba a medias.
Tenía veinticuatro años y era el tipo de persona que prefería observar antes que actuar. En el barrio lo conocían como el hijo del mecánico de la esquina, un chico tranquilo que estudiaba administración y ayudaba a su padre los sábados en el taller. Nadie sospechaba nada particular de él. Nadie sabía lo que Andrés sabía sobre sí mismo desde hacía varios años.
El primer recuerdo llegó solo, como siempre llegaba cuando el silencio se volvía demasiado cómodo.
***
Tenía diecinueve años y era un sábado de febrero con un calor insoportable. Su vecina del fondo, Irene, una mujer de cuarenta y pico que vivía sola la mayor parte del año porque su marido trabajaba en otra ciudad, tenía la ventana del dormitorio entreabierta. Era la única ventana que daba al pasillo exterior del garaje, ese pasillo estrecho por donde Andrés pasaba cuando iba a buscar la pelota que se perdía en el patio vecino.
No había planeado nada. Caminaba distraído con la pelota bajo el brazo cuando escuchó la voz de un hombre y el crujido rítmico de un elástico de cama. Frenó. La persiana estaba a media altura. Cualquier persona sensata habría seguido de largo.
Andrés se paró en puntas de pie y miró.
Irene estaba de espaldas a la ventana, montada a horcajadas sobre un hombre que él no conocía. Estaba completamente desnuda, con la espalda sudada brillando bajo la lámpara de la mesita. Se movía despacio, subiendo y bajando sobre la verga del tipo, y Andrés podía ver con nitidez cómo la polla gruesa y mojada entraba y salía del coño abierto de la mujer cada vez que ella se dejaba caer. Tenía las manos apoyadas en el pecho del hombre para equilibrarse, y las tetas pesadas le colgaban hacia adelante con un leve bamboleo en cada embestida. No gemía fuerte: era casi un murmullo, un «ah, ah, ah» entrecortado, algo entre el suspiro y la respiración honda, como quien trata de no ser escuchado y al mismo tiempo no puede callarse del todo.
—Así, puta, así —le decía el hombre con la voz pastosa, agarrándole las nalgas con las dos manos y separándoselas—. Mové ese culo.
Irene obedeció. Empezó a cabalgarlo más rápido, con el culo rebotando contra las caderas del tipo, y Andrés vio cómo él le metía un pulgar mojado de saliva entre las nalgas y lo hundía ahí, en el agujero del culo, mientras ella seguía ensartándose en la polla. La vecina soltó un gemido más grave, más animal, y empezó a correrse ahí mismo, apretando el coño alrededor de la verga del hombre con una serie de espasmos que Andrés pudo ver con claridad porque la carne le temblaba en los muslos.
Andrés no se movió. El corazón le latía con fuerza pero los pies no obedecían la orden de irse. Tenía la polla durísima dentro del short, apretada contra la tela, y no se atrevía a tocársela ahí parado por miedo a que lo escucharan. Se quedó observando durante no supo cuánto tiempo, hasta que el hombre la tiró de espaldas sobre la cama, le abrió las piernas y le empezó a coger el coño a estocadas secas, hasta sacarse la polla a último momento y correrse a chorros sobre las tetas y el vientre de Irene. Cuando finalmente se alejó, tenía las manos temblando y la pelota apretada contra el pecho para disimular el bulto.
Esa noche no pudo dormir. Reproducía la escena en bucle: la espalda de Irene, el movimiento pausado de sus caderas, la verga brillante entrando en su coño, el chorro de semen cayendo sobre su piel. Se la pajeó cuatro veces hasta que se quedó dormido con la mano todavía manchada. Había algo en el hecho de ver sin ser visto que le producía una excitación diferente a todo lo que había sentido antes. No era solo deseo. Era algo más difícil de nombrar, que tenía que ver con el secreto y la distancia. Con la sensación de poseer una imagen que nadie más tenía.
En los años siguientes, Andrés aprendió a reconocer ese impulso y a convivir con él sin demasiadas preguntas.
***
—Voy a probar más arriba —dijo Andrés, dejando la caña apoyada en una piedra—. Ese recodo parece más hondo.
Marco levantó la vista un segundo y asintió. Sebastián seguía hablando.
Andrés avanzó río arriba entre los arbustos. La vegetación se hacía más densa y el sonido del agua tapaba casi todo lo demás. Caminaba sin destino concreto cuando escuchó algo que lo detuvo en seco.
Gemidos. Bajos y rítmicos, mezclados con el golpe sordo de dos cuerpos moviéndose juntos, y el chasquido inconfundible de una polla hundiéndose en una boca mojada.
El instinto hizo el resto.
Se agachó y avanzó entre la maleza con cuidado, apartando las ramas sin hacer ruido. Encontró un claro pequeño junto a la orilla donde el río formaba una curva, y desde un hueco entre las hojas podía ver sin ser visto.
En la manta extendida sobre el suelo estaba Sofía.
La conocía de vista desde hacía tres años, desde que los Paredes se mudaron a la cuadra paralela. Sofía tenía unos cuarenta y cinco, el pelo negro cortado a la altura del hombro y esa manera de moverse que hacía que la gente se diera vuelta en cualquier lugar. Era profesora de algo, Andrés nunca supo de qué exactamente. La saludaba cuando se cruzaban en la calle. Nada más.
Ahora estaba completamente desnuda, arrodillada frente a un hombre de unos sesenta años, de pelo cano y torso descubierto, que Andrés no conocía de nada. El tipo tenía la polla gruesa y larga, de glande oscuro y venas marcadas, y Sofía se la estaba chupando con una devoción que a Andrés le secó la boca. Le tenía las manos enredadas en el pelo y ella se la tragaba hasta el fondo, hundiendo la nariz en el vello cano del pubis, aguantando ahí dos o tres segundos antes de retirarse despacio con los labios bien apretados alrededor de la verga, dejando un hilo de saliva colgando del mentón.
—Así —dijo el hombre con voz grave—. Justo así. Chupámela toda, puta.
Sofía respondió con un gemido ahogado contra la polla y le lamió los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca con una lentitud que Andrés sintió como un calambre entre las piernas. Después volvió al tronco de la verga y empezó a pajeársela con las dos manos mientras le chupaba el glande, haciendo ruidos húmedos, con la lengua girando alrededor de la punta hinchada.
Andrés se quedó quieto. El calor del mediodía le pegaba en la nuca pero no lo registraba. Todo su sistema nervioso estaba concentrado en ese claro, en esa manta, en los sonidos que llegaban entre el rumor del agua. Sintió la misma tensión de siempre: el pulso acelerado, la respiración contenida, la excitación mezclada con algo parecido a la vergüenza que, con los años, había aprendido a distinguir del arrepentimiento real. No eran lo mismo. La vergüenza, en cierta medida, le gustaba. El arrepentimiento nunca lo había sentido.
Bajó la mano despacio y la apoyó sobre el pantalón, sin abrirlo todavía. Solo dejó la presión ahí, mientras seguía mirando.
El hombre levantó a Sofía por los hombros y la recostó en la manta. Ella se acomodó con naturalidad, como quien ha hecho ese movimiento muchas veces, abriendo las piernas sin pudor. Andrés le vio el coño con claridad: depilado, de labios gruesos, brillante de humedad, con el clítoris hinchado asomando entre los pliegues. El tipo se agachó entre sus muslos y empezó a lamérselo con avidez, hundiendo la lengua en la raja mojada, chupándole el clítoris con los labios, metiéndole dos dedos al mismo tiempo que giraba la lengua.
—Ay, hijo de puta —gimió Sofía, agarrándole la cabeza y apretándosela contra el coño—. Comémelo, comémelo todo, no pares.
Andrés abrió el pantalón y se sacó la polla, ya durísima y goteando. Se la empezó a trabajar despacio, con la vista fija en la lengua del tipo entrando y saliendo del coño de Sofía, en los dedos que la cogían con un ritmo preciso mientras ella movía las caderas al encuentro de la boca. Se corrió ahí, en los labios del hombre, con un grito ronco que espantó a los pájaros de los árboles cercanos. Andrés vio el chorro de flujo brillante bajar por el mentón del tipo, que se lo limpió con el dorso de la mano antes de subir a besarla en la boca, pasándole su propio sabor.
—Ven —dijo Sofía con voz ronca—. Ya. Metémela de una.
El hombre se acomodó entre sus piernas, se agarró la polla por la base y le pasó el glande por la raja empapada, embarrándoselo bien antes de empujar. Andrés vio cómo la verga desaparecía centímetro a centímetro dentro del coño, abriéndolo, y cómo Sofía arqueaba el cuello y abría la boca en una «o» muda al sentirla entera. El tipo se quedó un instante hundido hasta los huevos, moliendo las caderas en círculos, y después empezó a cogerla con empujones largos y pausados, sacándola casi hasta la punta y volviendo a enterrársela entera. El coño de Sofía chapoteaba con cada embestida.
—Más —dijo ella—. Más fuerte, cogéme más fuerte.
Y él le dio más. El hombre la agarró de la cintura y empezó a cogérsela en serio, con las nalgas tensándose cada vez que se la enterraba, y el sonido de los testículos chocando contra el culo de Sofía llegó clarísimo hasta el escondite de Andrés. Las tetas de la mujer rebotaban de arriba abajo con el impacto, los pezones duros apuntando al cielo, y ella se los agarraba y se los pellizcaba sin dejar de gemir.
Andrés se la pajeaba con movimientos pausados, controlados, aprendidos de años de práctica solitaria. No quería terminar pronto. Quería seguir viendo el torso de Sofía moviéndose con el ritmo del hombre, la forma en que ella giraba la cabeza hacia el costado cuando el placer se intensificaba, los dedos de él apretando la carne de sus caderas, la polla brillante entrando y saliendo de ese coño rosado y empapado. Cada detalle era una imagen para archivar.
Los gemidos de Sofía se hicieron más frecuentes. El hombre le levantó una pierna, se la puso al hombro y cambió el ángulo, inclinándose un poco más hacia adelante, metiéndosela ahora casi de costado, y ella emitió un sonido diferente, más grave, un «aaah, puta madre, ahí, ahí» que a Andrés le resultó casi demasiado íntimo de presenciar. Mirar aquello era entrar a una habitación donde no lo habían invitado, y esa transgresión era exactamente lo que hacía insoportable la excitación.
—Ahí —dijo ella—. No te muevas de ahí. Me vas a hacer correr otra vez.
El hombre obedeció. Mantuvo la posición y el ritmo, machacándole el mismo punto una y otra vez, y los gemidos de Sofía fueron escalando de manera gradual, sin artificio, hasta que su cuerpo se tensó, los muslos le empezaron a temblar y se corrió con una serie de contracciones visibles. Andrés podía ver cómo el coño se le apretaba alrededor de la verga, estrujándola, y cómo salía un hilo de flujo blanquecino que le bajaba por la raja del culo hasta la manta. Apretó la mano del hombre y dijo algo en voz demasiado baja para que Andrés lo captara desde su escondite.
Después, el hombre le sacó la polla toda chorreante y la hizo darse vuelta. Sofía se acomodó sobre la manta en cuatro patas, con la espalda arqueada y el culo bien levantado, y lo dejó entrar desde atrás. El tipo se la volvió a hundir de una sola embestida y empezó a cogerla a lo perro, agarrándola de las caderas y tirándola hacia atrás contra su pelvis en cada ataque. Ahora Andrés podía ver su cara con claridad: los ojos entornados, la boca levemente abierta, un hilo de saliva en el labio, la concentración de alguien que está exactamente donde quiere estar.
—Me gusta así —dijo Sofía—. Así me gusta mucho más. Dame todo, dame toda la verga.
El hombre le puso una mano en la espalda, se mojó el pulgar de la otra con la saliva de ella y se lo hundió en el ojete apretado del culo. Sofía soltó un grito y empezó a moverse para atrás con más fuerza, empalándose en la polla y en el dedo al mismo tiempo. El sonido del río se mezclaba con el chapoteo del coño cogido, con las palmadas secas que el tipo le empezó a dar en una y otra nalga, dejándole la piel rojiza. Andrés aceleró el ritmo de su mano.
Había algo en la escena que iba más allá de la excitación física: era el acceso a algo privado. No robado en el sentido brutal, sino tomado con cuidado, sin que nadie supiera. La imagen le pertenecía solo a él. El gemido de Sofía, los pulgares del hombre recorriendo su columna, el sonido rítmico del encuentro, la verga brillante entrando en el coño chorreado, el pulgar que entraba y salía del culo: todo eso quedó archivado en algún lugar dentro de su cabeza donde nadie más podía entrar.
Sofía llegó por segunda vez con la cabeza inclinada contra la manta y los hombros temblando, gimiendo contra la tela, con el culo todavía embistiendo hacia atrás. El hombre siguió unos instantes más, cada vez más rápido, hasta que soltó un gruñido ronco, se sacó la verga del coño y se corrió a chorros sobre la espalda y el culo de Sofía. Andrés vio con nitidez los latigazos de semen caer sobre la piel sudada, blancos y espesos, y cómo Sofía se rio bajito y pasó un dedo por uno de los chorros antes de llevárselo a la boca y chuparlo.
Los dedos de ambos se entrelazaron sobre la manta durante un momento largo y quieto.
Andrés se corrió casi al mismo tiempo, mordiéndose el labio, con la vista fija en los dos y el semen cayéndole caliente sobre la mano y la tierra.
***
Se limpió como pudo con un pañuelo y volvió con sus amigos. Sebastián había pescado un bagre mediano. Marco dormitaba con el sombrero sobre la cara.
—¿Algo por allá? —preguntó Sebastián.
—Nada —dijo Andrés—. Agua nomás.
El resto de la tarde lo pasó en silencio, con la caña en la mano y la mente en otra parte. La imagen de Sofía sobre la manta circulaba detrás de sus ojos. La voz ronca pidiendo más. La manera en que sus caderas se habían movido al encuentro del hombre como si llevaran un ritmo propio desde hacía mucho tiempo. El chorro de semen bajándole por la espalda.
Cuando volvieron en bicicleta al atardecer, Andrés ya sabía que iba a regresar.
***
Volvió dos días después, solo. Dejó la bicicleta entre los árboles y caminó por la orilla hasta el mismo claro. No había nadie. Se quedó media hora sentado en una piedra, mirando el agua, diciéndose que era una tontería haber venido.
Los encontró cuando estaba a punto de irse.
Llegaron desde el camino de tierra, ella adelante y él unos pasos detrás. Sofía llevaba el pelo recogido y una bolsa liviana. Hablaban en voz baja, riendo de algo. Andrés se metió entre los arbustos sin pensarlo, los pies moviéndose solos.
Esa segunda vez, Sofía se desnudó despacio, mientras el hombre la miraba sentado en la manta con la polla ya afuera, dura, pajeándose con un movimiento lento. Cuando ella estuvo completamente desnuda, se arrodilló entre sus piernas y se la chupó un rato largo, con los ojos clavados en los de él, pajeándosela con una mano mientras le lamía los huevos. Después se incorporó, se sentó encima del hombre, de frente, con la columna recta, y se la metió entera de un solo movimiento, dejándose caer sobre la verga con un gemido grave.
Empezó a moverse en círculos lentos, cerrando los ojos, moliendo la pelvis contra la del tipo, sintiendo cada centímetro de la polla moverse dentro del coño. El hombre le tenía las manos en las caderas, no para guiarla sino para sentirla. La diferencia era sutil pero visible, y Andrés la registró sin saber bien por qué le parecía importante. Después el tipo bajó la boca a una de las tetas y empezó a chupárselas, mordiéndole los pezones duros, mientras Sofía le cabalgaba la verga con un vaivén cada vez más rápido.
Durante un buen rato, Andrés solo observó sin tocarse. A veces hacía eso: construía la escena en la memoria con más cuidado, como si estuviera fotografiando algo. La luz de la tarde filtrándose entre las hojas. El sonido del río mezclado con los gemidos bajos de Sofía. La cara de ella cuando el placer dejaba de poderse disimular. El culo rebotando sobre los muslos del hombre. La verga apareciendo y desapareciendo entre los labios del coño en cada subida y bajada, cada vez más brillante.
Cuando finalmente bajó la mano, duró poco. Se la agarró y se la trabajó rápido, con la vista fija en el momento en que Sofía empezó a correrse encima del tipo, con la boca abierta y el cuello estirado, gimiendo «me corro, me corro, me corro» en una letanía rota. El hombre la agarró de las nalgas y la empezó a mover él, cogiéndosela desde abajo con embestidas secas, y terminó enterrándosela hasta el fondo mientras le descargaba el semen adentro. Andrés se corrió sobre las hojas, mordiéndose otra vez el labio. El orgasmo fue rápido y lo dejó con una calma particular que solo ese tipo de excitación le producía.
Después se quedó mirando unos minutos más, ya sin tocarse, viendo cómo el semen del hombre le chorreaba del coño a Sofía cuando ella se incorporó, hasta que los dos se levantaron, recogieron la manta y se fueron caminando juntos entre los árboles.
Luego se fue sin hacer ruido.
***
Con el tiempo aprendió sus rutinas. Los martes y los viernes por la tarde, cuando el calor del día empezaba a ceder. Siempre el mismo claro, la misma manta, la misma naturalidad entre los dos que hablaba de algo construido durante mucho tiempo. No sabía quién era el hombre. No le importaba saberlo.
En sus noches solitarias, Andrés reproducía las escenas con una fidelidad que a veces lo sorprendía. El modo en que Sofía pedía más, la textura de los sonidos mezclados con el río, los detalles pequeños que a nadie más habrían importado: la forma en que ella movía los dedos sobre la espalda del hombre justo antes de correrse, o cómo el hombre le decía «puta mía» al oído y ella respondía con una risa baja y cómplice antes de que el ritmo volviera a acelerarse, o la imagen del semen bajándole por el muslo cuando se levantaban.
Había noches en que Andrés se preguntaba qué decía eso de él. La respuesta que encontraba siempre era la misma: que la distancia le daba algo que el contacto directo no podía darle. Que mirar sin ser visto era la única situación en que se sentía completamente presente y completamente libre al mismo tiempo. Que aquella primera tarde frente a la ventana de Irene había revelado algo verdadero sobre su naturaleza, algo que podía rechazar con culpa o simplemente aceptar con honestidad.
Había elegido aceptarlo.
No lo consideraba un problema. Lo consideraba una parte de sí mismo tan constitutiva como cualquier otra, tan difícil de explicar y tan real como el resto.
Y mientras existiera ese claro junto al río, y esa manta, y esos dos cuerpos que no sabían que tenían un testigo silencioso entre los arbustos, Andrés seguiría volviendo. Llevaría sus imágenes de vuelta a casa, las reproduciría en la oscuridad de su habitación, se sentiría completamente vivo en el único lugar que conocía para estarlo.
Eso lo tenía absolutamente claro.