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Relatos Ardientes

Lo que vi junto al río ese verano

Marcos tenía veintidós años y no esperaba que ese sábado de agosto fuera distinto a cualquier otro. Había quedado con Rodrigo y Sebastián para ir a pescar al tramo del río que cruzaba las afueras del barrio: ese recodo tranquilo donde los álamos daban sombra y el agua corría clara sobre las piedras. Cargaron las cañas, una bolsa con cebo y dos botellas de gaseosa, y llegaron antes de las ocho de la mañana, cuando el aire todavía olía a tierra húmeda.

Pasaron la primera hora en silencio, escuchando el río y con poca suerte con los anzuelos.

El barrio donde vivía Marcos no era grande. Todos sabían algo de todos, y sobre Valeria —la mujer que vivía dos casas más abajo— los comentarios nunca faltaban. Tenía treinta y ocho años, trabajaba en una peluquería, vivía sola desde su divorcio y era el tipo de mujer que generaba opiniones sin pedirlas: cuerpo generoso, risa fácil y costumbre de salir los fines de semana. Nada escandaloso en realidad, pero al barrio le alcanzaba con poco.

Sobre don Alberto los rumores eran distintos. Sesenta y tres años, jubilado, viudo desde hacía tiempo. Discreto en apariencia: madrugaba, caminaba al mercado, mantenía el jardín impecable. Pero más de una vez Marcos lo había visto pasar lento frente a la casa de Valeria, y ella siempre le devolvía la mirada con más calma de la que correspondía a un saludo de vecinos.

Marcos no le dio más vueltas al asunto hasta esa mañana junto al río.

A eso de las once, dijo a sus amigos que iba a explorar río arriba, donde el recodo parecía más hondo. Rodrigo encendió un cigarro. Sebastián apenas levantó la vista. Marcos caminó entre los arbustos pisando con cuidado, siguiendo la orilla, hasta que escuchó algo que no era el agua.

Se detuvo.

Un gemido suave, casi ahogado por el sonido del río. Luego otro, más claro. Avanzó agachado, separando con cuidado las ramas para no hacer ruido, hasta encontrar un punto desde donde podía ver sin ser visto. Un claro pequeño, rodeado de vegetación baja, con una franja de tierra seca junto a la orilla. Allí, sobre una manta azul extendida en el suelo, estaba Valeria.

Y estaba desnuda.

Marcos tardó un segundo en procesar lo que veía. Su vecina —la del pelo castaño que lo saludaba cada mañana cuando él sacaba la bicicleta— estaba tumbada sobre la manta con las rodillas dobladas y las piernas abiertas. Frente a ella, arrodillado entre sus muslos, estaba don Alberto, completamente desnudo también, con la cabeza inclinada hacia el sexo de ella.

La lengua del hombre se movía despacio sobre el clítoris de Valeria, y ella respondía arqueando la cadera hacia arriba con un gemido largo y controlado, como quien intenta no hacer demasiado ruido en campo abierto.

—Así —susurró ella—. Justo así. No pares.

Don Alberto levantó la vista hacia su cara un momento y sonrió sin dejar de trabajar. La mano derecha le sostenía el muslo; la izquierda, apoyada sobre su vientre, mantenía una presión suave que Valeria agradecía con cada movimiento de cadera.

Marcos no pensó en irse. No pensó en nada, en realidad. Se quedó quieto donde estaba, con el corazón latiéndole con fuerza, mirando cómo la boca del hombre recorría a su vecina con una calma casi metódica. Valeria tenía los ojos cerrados y una mano enredada en el pelo canoso de don Alberto, guiándolo sin urgencia. Sus pechos se movían levemente con cada respiración acelerada.

No debería estar mirando esto, pensó Marcos.

Pero no se movió.

La erección fue inevitable. La notó antes de que su mente terminara de razonarlo. Bajó la mano despacio y se abrió el pantalón. Empezó a masturbarse con movimientos lentos, sin apartar los ojos de la escena.

Don Alberto se incorporó sobre sus rodillas. Valeria abrió los ojos, lo miró, y una sonrisa perezosa le cruzó la cara. El hombre la tomó por las caderas y la giró con suavidad hasta que ella quedó a cuatro patas sobre la manta. Valeria arqueó la espalda, mostrando las nalgas redondeadas y firmes, y esperó.

Don Alberto se acomodó detrás de ella y entró despacio.

Valeria soltó un suspiro largo y profundo cuando lo sintió dentro.

—Dios —murmuró, la frente apoyada en la manta—. ¿Por qué nunca te apuras?

—Porque así dura más —respondió él con voz tranquila, empezando a moverse.

Era una conversación de dos personas que se conocían bien. Sin urgencia, sin actuación. Don Alberto cogía con ritmo constante, las manos firmes en las caderas de ella, retirándose casi por completo antes de volver a entrar hasta el fondo. El sonido era húmedo y constante. Los pechos de Valeria se mecían con cada embestida y ella gemía con la boca abierta contra la manta, sin molestarse en disimular.

Marcos aceleró el movimiento de su mano.

La escena tenía algo que lo descolocaba: no era el tipo de sexo que uno esperaba espiar. No había prisa ni actuación. Eran dos personas disfrutando de algo que hacían desde hacía tiempo, con esa confianza que solo existe cuando ambos saben exactamente lo que el otro necesita. Eso, de algún modo, lo excitaba más que cualquier otra cosa.

Mi vecina. La que me pide que le baje el correo cuando viaja. La que me prestó sal el mes pasado.

La idea era obscena y al mismo tiempo imposible de abandonar.

Valeria cambió de posición. Se tumbó de espaldas, le indicó a don Alberto que se recostara junto a ella, y los dos quedaron de lado, mirándose, con la pierna de ella apoyada sobre la cadera de él. Así, entrelazados, el ritmo se volvió más lento, más íntimo. El hombre le hablaba al oído en voz baja y ella respondía con pequeños gemidos y movimientos de cadera que encontraban los suyos.

Marcos tuvo que apretar los dientes para no hacer ruido.

Su mano subía y bajaba al ritmo de las embestidas del otro hombre, imitando sin querer lo que veía. Fantaseaba sin control: imaginar que era él quien estaba detrás de Valeria, que era su mano la que le sostenía la cadera. Pero al mismo tiempo sabía que lo que le daba placer real no era eso. Era esto: mirar, estar oculto, poseer la escena desde la distancia sin alterar nada.

Don Alberto aceleró. Valeria respondió levantando la cadera con más fuerza, las uñas clavadas en el brazo de él.

—Ahí —dijo ella—. No te muevas de ahí.

El hombre mantuvo el ángulo y aumentó el ritmo. Valeria llegó primero: un temblor que empezó en la cadera y se extendió por todo el cuerpo, un gemido largo que amortiguó apretando los labios. Don Alberto la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo y quedándose quieto con los ojos cerrados y la mandíbula apretada.

Marcos se corrió en el mismo momento, mordiéndose el labio con fuerza. El orgasmo le recorrió el cuerpo entero y tuvo que apoyar una mano en el árbol más cercano para no perder el equilibrio. Mientras recuperaba la respiración, los ojos fijos en los dos cuerpos sudados sobre la manta, sintió algo que no supo nombrar de inmediato: no era culpa exactamente. Era algo más parecido a la satisfacción de haber encontrado, sin buscarlo, algo que llevaba mucho tiempo sin saber que necesitaba.

***

Se limpió como pudo, se subió el pantalón y volvió con sus amigos fingiendo que había estado explorando el recodo. Rodrigo le ofreció una gaseosa. Sebastián le preguntó si había encontrado algo. Marcos dijo que no, que el agua estaba turbia río arriba.

El resto de la tarde fue una tortura dulce.

Cada vez que cerraba los ojos veía a Valeria de espaldas sobre la manta, el cuerpo arqueado, la cadera moviéndose al ritmo de don Alberto. Intentaba concentrarse en la caña y la imagen volvía con la misma nitidez de la primera vez. Sabía, sin necesidad de pensarlo mucho, que iba a volver al río. Solo.

***

Volvió tres días después, un martes por la mañana. Dejó la bicicleta escondida entre los arbustos y avanzó a pie, pegado a la orilla, con esa mezcla de vergüenza y anticipación que lo había acompañado desde el sábado. El corazón le latía con fuerza cuando llegó al punto desde donde podía ver.

Estaban allí.

Esta vez Valeria estaba de rodillas frente a don Alberto, que permanecía de pie. La boca de ella recorría su polla despacio, de arriba abajo, con una concentración tranquila que contrastaba con los pequeños sonidos húmedos que producía cada vez que lo tomaba más profundo. El hombre le tenía una mano apoyada con suavidad en la cabeza, sin forzar nada, dejándola llevar el ritmo.

—Eres la única persona que sabe hacerlo así —dijo él con voz baja.

Valeria levantó la vista hacia él sin dejar de moverse y se rio levemente con la comisura de los labios.

Marcos se había desabrochado el pantalón antes de pensarlo. Se masturbó despacio esta vez, sin prisa, dejando que la escena se desarrollara ante él como algo que le pertenecía solo a él. Valeria tomó al hombre hasta la base, manteniéndolo un momento antes de retirarse con un sonido suave. Don Alberto cerró los ojos. Las manos de ella le recorrían los muslos mientras la boca hacía el trabajo.

Nadie en el barrio sabe esto, pensó Marcos. Solo yo.

Esa idea, más que cualquier imagen, fue lo que lo hizo correrse. La certeza de ser el único testigo de algo que existía al margen de todo lo demás: los chismes, las caras de la calle, los saludos de cada mañana. Aquí, entre los arbustos junto al río, Valeria y don Alberto eran otra cosa completamente. Y él, invisible y en silencio, era el único que lo sabía.

***

La tercera visita fue una semana después. Los encontró cogiendo de pie contra un árbol, con una pierna de ella rodeándole la cadera. Don Alberto la penetraba con golpes cortos y rítmicos mientras ella le hablaba al oído en voz baja, cosas que Marcos no alcanzaba a escuchar desde su escondite. Las ramas filtraban la luz de la mañana en franjas que caían sobre los dos cuerpos en movimiento.

Marcos ya no sentía tanta culpa. O quizás la sentía igual, pero había dejado de intentar razonarla.

Lo que sí comprendía, con una claridad que lo había tomado por sorpresa, era que no quería participar. No era eso lo que buscaba. No quería estar allí sobre la manta, no quería que Valeria lo mirara de esa manera. Lo que quería era exactamente lo que tenía: la distancia, el silencio, la sensación de poseer la escena desde fuera sin alterar nada de lo que sucedía dentro.

Mirar le daba algo que ninguna otra experiencia le había dado: control total sobre lo que veía, sobre el ritmo al que lo absorbía, sobre lo que imaginaba mientras lo contemplaba. Podía pausar mentalmente la imagen, repetirla, enfocar un detalle. Podía elegir quedarse o irse. Esa libertad silenciosa era, descubrió, su forma más pura de deseo.

Cuando don Alberto se corrió dentro de Valeria —ella con la cabeza echada hacia atrás y un gemido largo escapándole de la garganta— Marcos ya estaba terminando también, la mano apretada mientras el orgasmo le vaciaba la mente de todo lo que no fuera ese instante.

Se quedó quieto un rato largo después de que los dos amantes recogieran la manta y se alejaran río abajo, hablando en voz baja y riendo de algo que él no podía escuchar.

El río seguía corriendo. Los pájaros habían vuelto a los árboles. Marcos miró el claro vacío durante un momento antes de darse la vuelta.

Sabía que volvería.

No era una decisión. Era simplemente la certeza de que aquello que había descubierto entre los arbustos —ese placer oscuro y silencioso de ver lo que nadie más veía— era algo que había estado buscando sin saberlo. Cada gemido robado, cada detalle observado desde la sombra, alimentaba en él una necesidad que no tenía nombre pero que reconocía como suya. Completamente suya.

Y mientras se alejaba por la orilla, con el sonido del agua a sus espaldas y la imagen de Valeria todavía fresca en la memoria, Marcos comprendió algo más: que el barrio podía seguir con sus chismes, sus suposiciones y sus medias verdades. Él ya no necesitaba suponerlas. Él sabía.

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Comentarios (8)

Carlos_verano

me recordó a un verano que tuve de chico, obviamente no tan picante jaja pero esa sensación de descubrir algo que no debias ver... tremendo relato

NocheBCN

Buenisimo!!!

lectora_curiosa

La frase final me dejó pensando. Tiene doble sentido o lo estoy viendo yo sola? jaja

Rulo_BA

Muy bien narrado, se siente como si estuvieras ahi escondido entre los arbustos. Espero la segunda parte!

Denacho72

Que buen relato, corto pero intenso. Justo lo que necesitaba para esta tarde

SombradePino

me encanto como construiste a los personajes sin apurarte. Se hizo corto, queremos mas :)

Tere_BA03

La categoria le queda perfecta. Uno de los mejores de voyerismo que lei aca, sin exagerar

Lucho_cba

jeje la vecina siempre guarda alguna sorpresa. Muy bueno, seguí así!!!

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