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Relatos Ardientes

Ella sabía que la miraba y no se movió

El edificio donde vivo tiene dieciséis plantas y una sola lavandería comunitaria en el sótano. Cuatro lavadoras, dos secadoras, fluorescentes que parpadean cuando hace frío. No es un lugar en el que uno elige quedarse más de lo necesario, y sin embargo hay noches en que uno baja sin ninguna razón real, solo para ver si la luz está encendida.

Yo llevaba dos años yendo allí los domingos por la mañana, siempre temprano, siempre solo. Hasta que empecé a coincidir con ella.

Vivía en el octavo. Yo en el séptimo. La veía a veces en el rellano o en el garaje: una mujer de unos treinta y cuatro o treinta y cinco años, pelo oscuro hasta los hombros, paso rápido de quien siempre tiene algo pendiente. Nunca hablamos más de lo imprescindible. Un saludo, un gesto. Nada más. Pero hay personas a las que uno presta atención sin proponérselo, sin ninguna intención consciente. Ella era una de esas.

Sabía que tenía dos hijos porque los escuchaba por las mañanas, a través del techo de mi dormitorio, antes de que salieran al colegio. Sabía que su marido llegaba tarde casi todos los días entre semana porque lo había visto en el garaje más de una vez, pasadas las diez de la noche, con cara de quien ha tenido un día largo y preferiría no tener que subir cuatro tramos de escalera. No era algo que buscara saber. Solo era información que se acumula cuando vives en un edificio pequeño y no tienes la costumbre de ignorar lo que te rodea.

También la veía los domingos en la lavandería, claro. Eso era lo que había empezado a cambiarlo todo.

Coincidimos tres veces en marzo. Dos en abril. En mayo empecé a ajustar mis horarios sin decírmelo del todo. No para hablarle: nunca sabía qué decirle, y creo que tampoco quería romper algo que funcionaba bien tal como estaba. Solo para estar en el mismo espacio. Para observarla doblar la ropa con ese gesto metódico que tenía, o repasar el móvil mientras esperaba que terminara el ciclo, o simplemente quedarse quieta mirando la nada durante un momento antes de seguir con lo suyo. Había algo en esa mujer que no encajaba del todo con la imagen que proyectaba en el rellano. En el rellano era eficiencia pura. En la lavandería era otra cosa: alguien que bajaba la guardia sin darse cuenta, que respiraba de otra manera cuando no creía que nadie la mirara.

No soy un voyeur, o al menos eso me decía. Solo soy alguien que presta atención. Alguien que se la había hecho a pajas más de una vez pensando en cómo tendría el culo debajo del chándal, en cómo se le movería las tetas cuando se agachaba a sacar la ropa del tambor.

***

Esa noche era miércoles. Eran las once y media y yo no podía dormir.

No tenía ninguna razón real para bajar al sótano a esa hora, pero cogí la bolsa de ropa sucia de todas formas, como quien necesita una excusa aunque nadie se la vaya a pedir. Salí al rellano, me até las zapatillas junto a la puerta y bajé por las escaleras hasta el sótano.

Cuando abrí la puerta metálica, vi luz.

Me detuve. Un segundo, no más. Después seguí entrando.

Ella estaba de espaldas a mí, agachada frente a la lavadora más cercana a la puerta. Llevaba unos pantalones de chándal grises, bastante viejos por la decoloración en las rodillas, y una camiseta blanca de manga corta que se le había subido por la espalda al inclinarse. El chándal se le pegaba al culo de esa manera en que solo se pega la ropa vieja, marcando cada curva, dejando ver que no llevaba nada debajo. El pelo lo tenía recogido a toda prisa, con varios mechones sueltos pegados al cuello por el calor del sótano. Metía ropa en el tambor pieza por pieza: un calcetín, una camiseta de niño, algo más que no pude identificar en la penumbra. Sus movimientos eran automáticos, de quien lleva haciendo lo mismo demasiado tiempo y ya no necesita pensar para hacerlo.

No me oyó entrar. O me oyó y decidió no girarse. Nunca lo sabré con certeza.

Dejé la bolsa junto a la puerta y me quedé en el umbral. Sin encender la luz del pasillo. Sin decir nada. Sentí que la polla se me empezaba a poner dura contra la tela del pantalón solo con mirarla así, agachada, ofreciéndome sin saberlo la vista completa.

La observé durante lo que debieron ser tres o cuatro minutos. Sus movimientos eran lentos, casi mecánicos. De vez en cuando hacía una pausa con las manos quietas sobre la ropa, como si pensara en algo concreto que no tuviera que ver con lo que estaba haciendo. Después retomaba el gesto y seguía. La lavadora de la derecha estaba en el último ciclo: ese zumbido suave y constante que lo llena todo sin interrumpirlo.

Había algo en esa imagen que me resultaba difícil de nombrar. No era solo el deseo, aunque eso también estaba ahí, tensándome la verga contra la costura del pantalón. Era el contraste entre la mujer que yo veía en el rellano —siempre en movimiento, siempre con prisa— y esta, que parecía cargar con algo que no se veía pero que pesaba. El cansancio de alguien que hace a medianoche lo que nadie más hizo durante el día, sin quejarse, sin que nadie lo note.

En algún momento, dejó de moverse.

No se giró. Pero dejó de moverse.

Sus manos se quedaron quietas sobre el borde del tambor, sosteniendo una camiseta de niño sin terminar de meterla dentro. Su espalda cambió de postura: los hombros se tensaron ligeramente, como cuando alguien registra que no está solo en el cuarto aunque no haya oído nada concreto.

Yo tampoco me moví.

El zumbido de la lavadora llenaba el silencio. Duró más de lo que esperaba, ese momento. Los dos lo dejamos durar.

Fue entonces cuando me acerqué.

Sin disimular los pasos, pero sin prisa tampoco. Caminé por el espacio estrecho entre las máquinas y la pared hasta quedarme a menos de un metro de ella. Ella siguió sin girarse. Terminó de meter la camiseta en el tambor y cerró la puerta de la lavadora con un movimiento tranquilo. Después se quedó quieta, con las palmas apoyadas sobre la superficie de la máquina, los brazos ligeramente tensos.

—Son casi las doce —dije en voz baja.

—Lo sé —respondió.

Su voz era más grave de lo que recordaba. O quizás era el sótano, que hacía que los sonidos resonaran de otra manera.

Me coloqué directamente detrás de ella. Lo suficientemente cerca para que notara el calor de mi cuerpo, y también para que notara el bulto duro que ya empujaba contra la tela del pantalón, apoyado justo contra la parte baja de su espalda. Me incliné hacia su cuello, sin llegar a tocarlo, solo lo suficiente para que notara mi respiración sobre su piel.

—¿No puedes dormir? —pregunté.

—El uniforme de mi hijo es para mañana.

Era una respuesta que no era una respuesta. Los dos lo sabíamos.

—¿Y tu marido?

—Durmiendo.

Dijo esa palabra sin ninguna inflexión. Sin resentimiento, sin alivio. Solo la información.

Le puse una mano en la cadera. Despacio, dándole tiempo para reaccionar si quería. Ella no se apartó. Al contrario: empujó el culo hacia atrás apenas un centímetro, lo justo para que mi polla dura quedara encajada entre sus nalgas, separadas solo por dos capas finas de tela.

La noté tensarse durante un segundo, ese segundo inevitable en que el cuerpo registra lo que está pasando antes de que la cabeza decida qué hacer con ello. Después, poco a poco, esa tensión se fue disolviendo bajo mis dedos.

—Llevas semanas mirándome —dijo. No era una pregunta.

—Sí.

—Lo sé —repitió. La misma frase que antes, pero ahora con otro peso.

—¿Y no te molesta? —pregunté.

—Me molestaría si no quisiera que lo hicieras. —Hizo una pausa, respiró, y añadió con la misma voz plana—: Llevo semanas bajando esperando que lo hicieras algo más que mirar.

Me tomé un momento para dejar que eso se asentara. Después aparté los mechones sueltos de su cuello con los dedos y acerqué los labios a la piel justo por debajo de la nuca. No un beso. Solo el contacto. Solo el calor.

Ella echó la cabeza ligeramente hacia atrás.

Metí los dedos por debajo de su camiseta y recorrí la línea de su vientre hacia arriba, despacio, sintiendo la curva de sus costillas, el movimiento de su respiración acelerada. Subí hasta las tetas y se las agarré por debajo del sujetador, que apenas era una tira elástica de las que se ponen para dormir. Los pezones ya estaban duros, tensos contra la yema de mis dedos. Los pellizqué despacio, uno después del otro, y ella soltó el aire de golpe contra la puerta metálica de la lavadora. Apoyó las palmas planas sobre la máquina, buscando algo firme a lo que aferrarse.

—Aquí no —susurró.

—Aquí sí —respondí.

Empujé el elástico del chándal hacia abajo lo justo. No llevaba bragas. La piel del culo apareció desnuda, blanca bajo la luz fluorescente, y no pude evitar apretársela con la mano libre, hincándole los dedos, sintiendo cómo la carne cedía. Ella separó los pies un poco, un gesto involuntario que lo decía todo. Bajé la mano por delante, entre sus muslos, y la toqué despacio, sin ninguna prisa, explorando.

Estaba empapada. El coño le chorreaba contra la mano antes de que yo lo hubiera tocado dos veces. Los labios hinchados, resbaladizos, el clítoris ya hinchado y palpitante bajo la yema del dedo corazón. Llevaba tiempo así, quizás mucho antes de que yo bajara. Lo confirmé pasando dos dedos por la raja entera, de atrás hacia adelante, recogiendo el flujo espeso que le bajaba ya por la cara interna del muslo.

—Estás empapada —le dije al oído.

—Ya lo sabes —contestó, medio jadeando—. Cállate y sigue.

Le metí dos dedos de golpe. Ella dio un respingo, echó el culo hacia atrás y se le escapó un gemido corto, ronco, que reprimió mordiéndose el labio. La sentí apretarse alrededor de mis dedos, calentísima, apretándome con una fuerza que no me esperaba. Empecé a bombear despacio, hasta el fondo, sacándolos casi enteros antes de volver a meterlos, mientras con el pulgar le hacía círculos sobre el clítoris.

—Así —susurró—. Así, no pares.

Trabajé con los dedos durante un buen rato, sin apurarme, dejando que su respiración fuera marcando el ritmo. Ella mantenía las palmas sobre la superficie de la lavadora, la cabeza inclinada hacia delante, los ojos cerrados. De vez en cuando soltaba un sonido breve y contenido, calculando sin darse cuenta el volumen apropiado para un sótano de edificio a medianoche. Con la otra mano le seguí amasando las tetas por debajo de la camiseta, tirándole de los pezones, y ella empezó a follarme los dedos moviendo la cadera sola, buscando el ritmo que necesitaba.

—Más adentro —jadeó—. Un dedo más.

Le metí un tercero. Ella dejó caer la frente contra el metal de la máquina y dejó escapar un gemido más largo, ya sin poder controlarlo del todo. Le abrí un poco los dedos dentro, girándolos, buscando esa zona rugosa un poco más arriba de la entrada, y cuando la encontré ella todo su cuerpo se sacudió.

—Ahí —dijo—. Ahí, joder, ahí.

Cuando llegó, lo hizo con un estremecimiento largo, apoyando la frente contra el metal de la máquina y aferrando mis muñecas con ambas manos como si necesitara anclar algo. El coño le tembló entero contra mis dedos, apretándome en oleadas, y sentí cómo se le escapaba un chorrito caliente que me mojó la palma. No dijo nada. Solo respiró, despacio, hasta que el temblor pasó.

Saqué los dedos, brillantes de flujo, y me los llevé a la boca. Después se giró.

No de golpe. Despacio, con esa calma que había tenido desde el principio. Me miró a los ojos durante unos segundos con una expresión que no era sorpresa ni vergüenza, sino algo diferente: reconocimiento. La cara de alguien que llevaba tiempo sabiendo algo y acaba de confirmarlo.

Me besó sin preámbulos.

Fue un beso directo, sin la tentativa inicial de dos personas que se tantean. Me puso una mano en la mandíbula y me besó como quien lleva mucho tiempo sin tener eso y sabe con exactitud lo que quiere. Con la otra mano bajó directa a la entrepierna del pantalón y me apretó la polla por encima de la tela. La pegué contra la lavadora. Ella me rodeó la cintura y dejó caer la cabeza hacia atrás cuando le bajé la camiseta por el hombro y recorrí su cuello con la boca. Se aferró a mi pelo con los dedos.

—Sácala —me dijo al oído—. Que la quiero probar antes de subir.

Me bajó los pantalones y los calzoncillos ella misma, con esa misma eficiencia que le había visto en el rellano, y la polla saltó fuera, dura, la punta ya perlada. Ella la miró un segundo, se relamió sin darse cuenta, y se puso de rodillas ahí mismo, sobre el suelo frío del sótano.

Me la agarró con una mano por la base y se la llevó a la boca sin dudar. Empezó despacio, con la punta, humedeciéndola con la lengua, dando vueltas alrededor del glande, y después se la fue metiendo entera, hasta el fondo, hasta que sentí la garganta cerrarse alrededor de la cabeza. La sacó respirando por la nariz, con un hilo de saliva colgando de la comisura, y volvió a empezar. Bajaba y subía marcando un ritmo lento y hondo, mirándome desde abajo con los ojos brillantes, y yo tuve que apoyar una mano en la lavadora para no perder el equilibrio.

—Joder —murmuré—. Joder, así.

Le puse la mano en la nuca, sin forzar, solo acompañando el movimiento, y ella aceleró. Cada vez que bajaba se ayudaba con la mano en la base, apretando, girando la muñeca al llegar arriba. Me chupaba los huevos entre embestida y embestida, uno primero, después el otro, y volvía a metérsela hasta que le lloraban los ojos. Sentí las bolas apretarse y aparté la cadera un centímetro. Ella entendió, sacó la polla de la boca con un chasquido y la mantuvo pegada a los labios mientras me miraba.

—Arriba no —dijo con la voz ronca—. Arriba no puedo hacer ruido. Aquí sí.

La lavadora del lado entró en el ciclo de centrifugado final y empezó a vibrar con fuerza. Los dos nos reímos al mismo tiempo, un segundo extraño e inesperadamente humano en medio de todo lo demás. Ella se levantó, se dio la vuelta y se apoyó de nuevo sobre la máquina, esta vez con el culo empujado hacia atrás y los pantalones en los tobillos.

—Métemela —dijo, sin mirarme—. Ahora. Sin dar más rodeos.

Le agarré las caderas con las dos manos y le encajé la polla contra la raja, deslizándola de arriba abajo, embadurnándola en el flujo antes de apuntar y empujar. Entré de un solo golpe, hasta el fondo, y ella soltó un gemido gutural que se comió mordiendo el brazo. Se apretaba con una fuerza increíble, todavía temblando por el orgasmo anterior, y tuve que quedarme quieto un segundo dentro de ella para no correrme ahí mismo.

Después empecé a follarla. Al principio despacio, con embestidas largas, sacándola casi entera antes de volver a hundírsela, viendo cómo la polla salía brillante y volvía a desaparecer dentro de ella. Ella arqueaba la espalda, buscando el ángulo, apretando el culo contra mí cada vez que llegaba al fondo.

—Más fuerte —jadeó—. No me voy a romper.

Cambié el ritmo. Le agarré las caderas con las dos manos, hincándole los dedos, y empecé a metérsela a fondo, con embestidas secas que hacían golpear mis huevos contra su clítoris. La lavadora vibraba y crujía contra la pared con cada envite, y ella se sujetaba a los bordes de la máquina con las dos manos, con la cabeza baja, gimiendo cada vez más alto, ya sin poder controlarlo.

—Calla —le susurré, sin dejar de bombear.

—No puedo —contestó, con la voz rota—. No puedo, no pares.

Le puse una mano tapándole la boca. Ella gimió contra la palma, larguísimo, y sentí cómo se le apretaba el coño otra vez alrededor de la polla, en espasmos rápidos. Me estaba corriendo. Se estaba corriendo otra vez, apoyada contra la lavadora, con la boca tapada por mi mano y el culo aplastado contra mi pubis.

Salí un segundo antes de vaciarme dentro. Me la agarré con la mano y la seguí frotando entre sus nalgas hasta que empecé a correrme, chorros gruesos que le cayeron en la parte baja de la espalda y le resbalaron hacia el culo. Ella se quedó apoyada, jadeando, con la cabeza contra el metal, sintiendo cómo la lechada le mojaba la piel.

Estuvimos un rato así, en silencio, mientras la lavadora del lado terminaba el ciclo con un pitido corto.

Ella se enderezó despacio. Cogió una toalla del cesto que tenía al lado —una toalla de sus hijos, con un dibujo desteñido—, se limpió la espalda con una calma inesperada y la echó dentro del tambor de la que aún no había arrancado.

—Sube —dijo cuando terminó.

—¿A tu piso?

—Al tuyo.

Me miró fijo mientras lo decía. Con la clase de claridad que tiene la gente cuando ha tomado una decisión y ya no tiene miedo de ella.

—Mi marido tiene el sueño muy pesado —añadió—. Y todavía no he terminado contigo.

No supe si era una explicación o una advertencia. Quizás las dos cosas a la vez.

***

Subimos por las escaleras, ella dos peldaños por detrás, oliendo todavía a sexo y a suavizante. En cuanto cerré la puerta del apartamento me empujó contra ella y me besó otra vez, ahora sin ninguna prisa, saboreándose y saboreándome. Le levanté la camiseta por encima de la cabeza y le quité el sujetador de un tirón. Las tetas eran más pesadas de lo que había imaginado, blancas, con los pezones oscuros y todavía duros. Me agaché y me metí uno en la boca, chupándolo entero, tirándole hasta hacerla gemir, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro.

—Cama —susurró—. Ya.

La llevé al dormitorio y la tumbé de espaldas. Ella se terminó de quitar el chándal con un gesto rápido y eficiente, y se quedó desnuda encima del edredón, mirándome con esa misma expresión tranquila del sótano. Le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Tenía el coño todavía brillante, hinchado, los labios abiertos. Bajé la cabeza y le pasé la lengua desde el perineo hasta el clítoris de un solo lametón largo y firme.

Ella se arqueó entera y se llevó una mano a la boca para no gritar.

La comí a fondo. Le chupé los labios uno a uno, se los mordí sin fuerza, le metí la lengua tan adentro como pude, la saqué y volví al clítoris, dando vueltas rápidas y después chupándolo entre los labios. Le metí dos dedos otra vez mientras seguía con la lengua arriba, buscando el punto que había encontrado en el sótano, y ella empezó a mover la cadera contra mi cara, sin control ya, aplastándome contra ella.

—Hacía mucho —jadeó—. Hacía muchísimo tiempo. Dios.

—¿Cuánto? —le pregunté, con los labios pegados al coño.

—Demasiado —contestó, y se rió un segundo, una risa quebrada por el jadeo—. No pares, por favor, no pares.

Se corrió por tercera vez apretándome la cabeza con los muslos, tirándome del pelo, ahogando el grito contra la almohada. Cuando la solté tenía la cara empapada. Ella me miró desde abajo y estiró los brazos hacia mí.

—Ven —dijo—. Métemela otra vez. Pero ahora despacio.

Me tumbé sobre ella, apoyándome en los codos, y me la volví a meter. Entré despacio, hasta el fondo, y me quedé ahí, dentro, mirándola a los ojos. Ella me rodeó la cintura con las piernas y las cerró detrás de mi culo, empujándome un poco más adentro.

Empecé a follarla con embestidas largas y hondas, marcando el ritmo con la cadera. Ella me clavaba las uñas en los hombros y me mordía el hombro para no gemir, aunque cada dos o tres embestidas se le escapaba un sonido ahogado. Le agarré una pierna y me la puse sobre el hombro para entrar más profundo, y ella soltó un gemido largo que le tapé con la boca.

Cambiamos de posición. La puse a cuatro patas y volví a metérsela desde atrás, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Ella empujaba el culo contra mí, buscándome, y le llegué a dar una palmada seca en una nalga que la hizo estremecerse y apretarse más alrededor de la polla.

—Otra —jadeó, sorprendiéndome.

Le di otra. Y otra.

La monté después boca abajo, con las piernas cerradas y ella apretando la almohada contra la boca. Después ella se puso encima, se sentó sobre la polla y empezó a cabalgarme despacio, apoyando las manos en mi pecho, mirándome con los ojos entornados, moviéndose en círculos con la cadera. Le agarré las tetas con las dos manos y se las apreté mientras ella subía y bajaba, cada vez más rápido.

Cuando llegó por segunda vez lo hizo con más ruido que en el sótano, un gemido largo y ronco que dejó salir sin siquiera intentar controlarlo, y después se rió un poco de eso, con la polla todavía dentro, jadeando encima de mí.

—Me da igual si nos oye —susurró—. Me da igual todo ahora mismo.

Yo me corrí por segunda vez poco después, con ella boca arriba otra vez y las piernas apoyadas en mis hombros, en cuanto sentí que empezaba a apretarme por dentro. Le pregunté si dentro y ella asintió, casi impaciente, y me vacié entero, empujando hasta el fondo, mientras ella me abrazaba la cabeza contra el cuello.

Se quedó hasta que oyó el primer metro pasar por las vías cercanas, pasadas las dos de la madrugada. Cuando se vistió lo hizo sin prisa y sin decir nada, con la misma calma de siempre, con mi semen todavía bajándole por la cara interna del muslo. Recogió las llaves del suelo, donde habían caído sin que ninguno de los dos lo notara en su momento, y fue hacia la puerta.

Ahí se detuvo.

—Mañana subo por las escaleras —dijo.

—Ya lo sé —respondí.

Me miró un segundo más. Después sonrió, solo un momento, la primera vez que la veía sonreír así, y cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido.

Me quedé un rato sin dormir, mirando el techo. Desde el piso de arriba, un poco después, oí el ciclo de su lavadora terminar.

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Comentarios(8)

Carlos84

tremendo relato!!! me dejaste con ganas de mas

Vigilante82

Muy bueno, espero que haya continuacion porque quede con ganas de saber como siguio todo

LectorDeDia

me recordo a una situacion parecida que viví hace años. esa tension cuando los dos saben pero nadie dice nada... es lo mejor que puede pasar

SilencioK

el titulo lo dice todo. impecable.

HoracioLector

Lo que mas me gusto es que no necesita explicar demasiado. Con poco se dice todo. Ese silencio entre los dos personajes vale mas que mil palabras. Excelente narracion, seguí escribiendo.

rositamx

hay segunda parte?? por favor que haya jaja

NocheVieja22

buenisimo!!!

MarcosBA77

ella sabia perfectamente lo que hacia jajaja. muy buen relato, se lee rapido y engancha

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