El desconocido que nos observaba en la playa
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.
Cuando sentí su mirada clavada en mi espalda desde la ventana de enfrente, supe que esa tarde no iba a comprar pan: iba a darle algo mucho mejor.
Entró con su uniforme blanco y su sonrisa de siempre. Lo que ninguno de los dos vio venir fue que la otra mujer estaba sentada en el sofá, a tres metros del juego.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
La primera vez que sentí a otro hombre dentro de mí, mi esposo estaba a un metro, mirándome con los ojos encendidos. Y yo no podía dejar de buscar su mirada.
Me llevó al río con la excusa de la pesca, pero los dos hombres ya sabían que el único cebo de la jornada iba a ser yo.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Llevábamos años jugando, pero esa noche, desnudos y sin aliento, ella quiso saber el origen de todo: la tarde en que mi profesora particular me enseñó a desear que la miraran.
A las once del lunes, el catamarán pitó tres veces y mi novia me apretó la mano. Lo que vino después nunca pensé verlo desde tan cerca, ni mucho menos protagonizarlo.
Tres de la mañana. Un camisón corto. Nada debajo. Y la sensación de que cada farol del parque era un ojo curioso esperando que diera el paso de más.
La blusa se me había pegado al cuerpo y los pezones marcaban a través de la tela. Sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué seguía acelerando la cinta.
En el barrio, Camila era invisible. Hasta esa tarde gris en que un desconocido en el supermercado encendió en ella algo que llevaba años en silencio.
Subí por las escaleras y vi la ventana del baño entreabierta, con el vapor escapando. No debí acercarme, pero el sonido del agua y mi curiosidad pudieron más.
La encontré por casualidad en el cesto: una tanga morada, manchada apenas, con su olor todavía pegado a la tela. Esa noche supe que necesitaba verla entera.
Pensé que él era tan pudoroso como yo. Hasta que salió de la ducha, se quitó la toalla a medio metro de mí y empezó a secarse como si nada.
Bastaba un agujero del tamaño de un guisante para verla pasar desnuda sobre el caballo blanco. Roderic abrió ese agujero, y desde entonces no pudo cerrar los ojos en paz.
A las once y media bajé al cuarto de la lavadora con una excusa. Ella estaba de espaldas y no se giró cuando me oyó entrar. Eso lo cambió todo.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.