La noche que mi mujer perdió la vergüenza en el mirador
Llevábamos casi un año hablando del dogging. Laura lo sacaba a veces cuando estábamos en la cama, después del sexo, en ese momento en que uno dice cosas que de día no diría. Yo la escuchaba, le seguía la corriente, y poco a poco fui entendiendo que no era solo una fantasía que se evapora con el orgasmo: era algo que quería de verdad, aunque no se atreviera a admitirlo del todo.
Así que planifiqué el fin de semana con cuidado.
Hotel en la costa, cerca de un mirador que yo conocía y que no tardé en localizar con una búsqueda rápida. Laura no sabía nada de ese detalle. Para ella era una escapada de pareja normal: playa, cena, unas copas. Para mí era la oportunidad de ver hasta dónde llegaba su curiosidad.
Llegamos el sábado por la mañana. Laura tiene cuarenta y cuatro años y una figura que detiene miradas sin que ella se esfuerce demasiado. Se quitó el vestido en la playa y se quedó con un biquini azul que yo le había regalado el verano anterior, deliberadamente pequeño.
—Esto es muy pequeño —dijo, aunque no hizo ademán de cambiárselo.
—Por eso te lo compré —respondí.
Nos tendimos en las hamacas. Yo pedí dos cervezas al chico que recorría la playa con la nevera. El muchacho, de unos veinte años, se acercó y se quedó unos segundos más de la cuenta mirando a Laura. Ella llevaba los ojos cerrados y no se dio cuenta. Yo sí. Y me gustó más de lo que esperaba.
—Laura, el de las hamacas te está mirando.
Ella abrió un ojo.
—Claro, con este biquini ridículo. Me tienes aquí como un escaparate.
—¿Te molesta?
Tardó un segundo en contestar.
—No —dijo, y volvió a cerrar el ojo.
Eso fue suficiente para mí.
***
Volvimos al hotel a media tarde. Nos duchamos juntos, lo que casi nunca termina en solo ducharse. El agua caliente le corría por las tetas y yo se las agarré con las dos manos, apretándoselas hasta que los pezones se le pusieron duros contra mis palmas. Laura echó la cabeza hacia atrás y me buscó la boca. Le mordí el labio, bajé por el cuello, y ella metió la mano entre nosotros y me agarró la polla ya dura, apretándola despacio, moviendo la muñeca como sabía que me volvía loco.
—Métemela así, aquí de pie —me dijo al oído, con la voz ronca.
La giré contra los azulejos y le abrí las piernas con la rodilla. Estaba empapada, y no era el agua. Le pasé dos dedos por el coño y se los metí de un empujón. Laura gimió, apoyó la frente en la pared y arqueó el culo hacia atrás buscándome. Le saqué los dedos, se los pasé por la boca para que se los chupara y entonces sí, le clavé la polla de una embestida hasta el fondo. Ella gritó contra el azulejo y yo me quedé quieto un segundo, sintiéndole el coño apretarme entero.
—Fóllame fuerte —susurró—. No te contengas.
La agarré del pelo y empecé a moverme, sin ritmo, a golpes secos. El sonido de mi pelvis contra su culo mojado rebotaba en las paredes del baño. Laura se corrió así, con la boca abierta y los ojos cerrados, temblándole las piernas. Yo salí un segundo, la giré de frente, la levanté por los muslos y la volví a empalar contra la pared. Le mamé las tetas mientras la subía y la bajaba sobre mi polla, y me corrí dentro de ella con la cara metida entre sus pechos.
Después nos tumbamos en la cama un rato largo sin hacer nada especial. Laura estaba tranquila, satisfecha, con esa calma de quien ha desconectado del todo.
—Esta noche quiero que te vistas bien —le dije.
—¿Bien cómo?
—Bien como tú sabes.
Sonrió sin mirarme y se levantó a ducharse otra vez. Cuando salió del baño, yo ya estaba vestido y esperándola en la silla junto a la ventana. Se puso frente al espejo y estuvo un rato largo eligiendo qué ponerse. Al final optó por una chaqueta larga de lino blanco, abotonada hasta arriba, y unos zapatos de tacón que no solía sacar. El pelo recogido, los labios rojos.
—¿Cómo estoy? —preguntó.
—Como alguien que esconde algo —dije.
Bajamos a cenar. El restaurante era bueno, tranquilo, con pocas mesas. Pedimos vino y comimos despacio. Laura estaba animada, hablaba de cosas sin importancia, se reía de sus propios chistes. Yo la miraba y pensaba en el mirador que había buscado esa mañana en el móvil, a quince minutos del hotel, con reseñas que no dejaban lugar a dudas sobre lo que allí ocurría.
—¿Qué tienes en la cabeza? —preguntó ella en algún momento.
—Nada concreto.
—Mentira.
—Luego te cuento.
Después de cenar fuimos a tomar unas copas a un bar que había cerca del puerto. Era tarde, el local estaba a medio llenar, la música era baja y el camarero era joven y atento. Nos sentamos en una mesa del fondo. Laura se desabrochó el primer botón de la chaqueta porque hacía calor dentro.
—¿Qué escondes debajo? —pregunté.
Me miró con una sonrisa que conocía bien. Sin decir nada, se desabrochó otros dos botones y la entreabrió lo suficiente para que yo viera. Lencería color crema, casi transparente. Se le marcaba todo: los pezones oscuros presionando la tela, la sombra del vello púbico bajo la braguita.
—¿Eso te lo has comprado hoy? —dije.
—Esta mañana, mientras tú dormías.
—¿Por qué?
—Porque tenía el presentimiento de que esta noche lo necesitaría.
La miré fijamente. Ella volvió a abotonarse, despacio, sin apartar los ojos de mí. Llamé al camarero para pagar. Mientras esperábamos, le dije en voz baja que dejara la chaqueta un poco abierta. Laura dudó un momento y luego la entreabrió, lo justo para que se adivinara la lencería debajo. El camarero llegó, dejó el cambio en la mesa y se quedó un segundo más de la cuenta antes de volverse. Vi cómo se le iban los ojos al canalillo de Laura y cómo tragaba saliva antes de darse la vuelta.
—Te ha visto —dije.
—Ya lo sé —respondió ella, y cogió su copa sin prisa—. Y se le ha marcado en el pantalón.
—¿Te has fijado?
—Claro que me he fijado.
***
En el coche, antes de arrancar, le pregunté si quería hacer algo más antes de volver al hotel. Laura miró por la ventanilla un momento.
—¿Existe algún sitio por aquí? ¿De esos sitios?
No dije que ya lo sabía. Saqué el móvil y fingí buscar.
—Hay un mirador a diez minutos. Parece que hay movimiento por las noches.
—¿Movimiento?
—Coches aparcados. Gente que va a ver y a ser vista.
Laura no dijo nada durante varios segundos. Luego se abrochó el cinturón.
—Vamos antes de que se me pase.
Conduje sin prisa. Ella miraba por la ventanilla con las manos en el regazo, quieta, pensando. No hablamos en todo el camino. Cuando llegamos al mirador, vi enseguida los coches aparcados en la explanada: cuatro o cinco, con las luces interiores encendidas, y algunas siluetas moviéndose entre ellos.
—Hay gente —dijo Laura.
—Sí.
—No sabía que esto existiera de verdad. O sea, sí lo sabía, pero no lo había visto nunca.
—¿Quieres que nos vayamos?
—No.
Aparqué en un extremo de la explanada, lejos de los otros coches pero visible desde allí. Apagué el motor. Quedamos en silencio un momento, mirando el paisaje, el reflejo de la luna en el mar al fondo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella.
—Lo que tú quieras.
Laura se giró hacia mí y me besó. Fue un beso largo, con las manos en mi cara, la lengua metiéndose en mi boca con hambre. Cuando se apartó, se desabrochó la chaqueta entera y la dejó caer sobre el asiento de atrás. Se quedó solo con la lencería. La luz del mirador era tenue, pero suficiente para verla bien: los pezones erectos marcándose bajo el encaje, las bragas ya con una mancha oscura de humedad en la entrepierna.
—Mira cómo estoy —murmuró, cogiéndome la mano y llevándomela al coño por encima de la tela—. Mira cómo me pone esto.
Aparté la braguita a un lado. El coño le brillaba, hinchado, con los labios abiertos y goteando. Le pasé el dedo pulgar por el clítoris y ella soltó un gemido corto, agudo, apretando los muslos contra mi mano.
Recliné el asiento de ella y me bajé el cinturón. Le arranqué las bragas de un tirón, se las metí en la boca y le abrí las piernas hasta que una rodilla chocó contra el volante y la otra contra la puerta. Me lancé de cabeza sobre su coño. Lamí despacio primero, de abajo arriba, saboreándole todo, y luego le clavé la lengua dentro. Laura arqueó la espalda y me apretó la cabeza contra ella. Le chupé el clítoris, le metí dos dedos y se los curvé buscándole el punto por dentro. Ella se mordía las bragas para no gritar.
Afuera, a unos metros del coche, escuché pasos sobre la grava.
—Hay alguien —murmuré, levantando la cabeza con la barbilla brillante.
—Lo sé —dijo ella, escupiéndose las bragas—. Sigue. No pares.
Volví a bajar la cabeza. Le mamé el coño como si fuera lo último que iba a hacer en mi vida, con la lengua plana, girándola, chupándole los labios uno por uno. Laura me agarraba del pelo y empujaba mi cara contra ella. Se corrió así, con los muslos apretándome las orejas y un gemido largo que retumbó dentro del coche.
No encendí las luces interiores. Tampoco las apagué del todo. Había suficiente luz filtrada para que, desde fuera, se distinguiera lo que ocurría dentro. Laura lo sabía. Y no hizo nada por ocultarse.
Después de un rato, me incorporé y vi que había tres hombres parados a unos metros del coche. Jóvenes, de unos veinticinco o treinta años, con las manos en los bolsillos o cruzadas sobre el pecho, sin moverse. Mirando. A uno de ellos ya se le marcaba el bulto en el pantalón.
—Hay tres fuera —le dije a Laura—. Y uno ya la tiene dura.
Ella se giró despacio y los miró a través del cristal. Luego me miró a mí, con los ojos brillantes y el sujetador todavía desplazado, un pezón fuera.
—¿Enciendo las luces interiores? —pregunté.
Tardó en contestar. Luego asintió una sola vez.
Encendí las luces. La claridad fue repentina y Laura parpadeó. Desde fuera, ahora se la veía perfectamente: recostada en el asiento, la lencería desplazada, las tetas al aire, el coño abierto y todavía brillando de mi saliva y su propia corrida. Los tres hombres no se movieron. Solo miraban. Uno de ellos empezó a tocarse por encima del pantalón, sin disimulo.
Laura se incorporó un poco y apoyó la espalda en el respaldo. Se pasó una mano por el cabello, despacio, como si estuviera sola. Luego se soltó el sujetador y lo tiró al asiento de atrás. Se agarró las tetas con las dos manos, se pellizcó los pezones y sonrió mirando hacia afuera. Después llevó una mano hacia abajo y empezó a tocarse, sin prisa, abriéndose el coño con dos dedos y frotándose el clítoris con el corazón, mirando a veces a los hombres que había afuera y a veces cerrando los ojos. Yo no me moví. Me quedé mirando, con la respiración contenida, con la polla dura otra vez, sin saber exactamente qué iba a pasar.
Uno de los hombres se acercó al cristal. Los otros dos lo siguieron. Ya se habían sacado las pollas los tres, y se las meneaban despacio, con los ojos clavados en Laura. Ella los miró de frente sin dejar de tocarse, y se relamió los labios.
—¿Los bajo? —pregunté, señalando el cristal.
Ella pensó un momento.
—Baja solo el tuyo —dijo—. Primero.
Bajé mi ventanilla. Uno de ellos se asomó, joven, con el pelo corto y los ojos fijos en Laura. Tenía la polla fuera, gorda, con la punta ya mojada.
—Hola —dijo ella, como si fuera lo más normal del mundo.
El chico no contestó. Extendió una mano hacia dentro, despacio, esperando a que Laura le dijera que no. Ella no dijo nada. Le cogió la mano y la guio hasta una de sus tetas. El chico se la apretó, le pellizcó el pezón, y ella soltó un gemido bajo. Después Laura se inclinó hacia la ventanilla, sacó el brazo y le agarró la polla al chico, apretándosela con la mano entera. Se la llevó a la boca sin dudar y se la metió hasta el fondo. El chaval gimió y se apoyó en el techo del coche.
Eso fue el momento en que comprendí que esto ya no era solo una fantasía.
***
Me bajé del coche. No lo había planeado, simplemente ocurrió. Cogí el móvil y me coloqué fuera, a un lado, donde podía verlo todo sin molestar. Los tres hombres estaban alrededor de la ventanilla de Laura. Ella les hablaba en voz baja, yo no oía qué decía, pero los veía reír y asentir.
Lo que pasó después lo vi desde fuera, como si fuera una película. Laura con el brazo estirado hacia el exterior, agarrando una polla con cada mano, meneándoselas al ritmo lento que ella marcaba. La cabeza de otro metida en la ventanilla, chupándole las tetas mientras ella lo agarraba del pelo. Luego se inclinó de lado, sacando la cara por la ventanilla, y empezó a mamársela al del centro, girando la cabeza para pasar la lengua de un glande al otro, chupándoles los dos a la vez cuando se acercaban.
Los hombres turnándose, sin empujarse, con una calma extraña que no esperaba. Uno le metía la polla en la boca hasta que ella tosía y le saltaban las lágrimas, y en cuanto se apartaba ya estaba el otro esperando, cogiéndola de la nuca para guiarla. Ella escupía, se relamía, sonreía, y volvía a abrir la boca. La tercera polla, la del chaval del pelo corto, se la metió Laura entre las tetas, apretándoselas con los brazos, y él se la follaba así hasta que la punta le llegaba al mentón y ella la lamía cada vez que asomaba.
Escuché a Laura decir algo como «corréos encima», y los tres se acercaron más al cristal. Vi cómo se meneaban la polla con la mano frenética, sin dejar de mirarle las tetas, y uno detrás de otro fueron corriéndose sobre ella. Le cayeron chorros en la cara, en los pechos, en el cuello. Ella tenía la boca abierta y la lengua fuera, recibiendo lo que le llegara, con los ojos cerrados y una sonrisa que no le había visto nunca.
En algún momento Laura me buscó con la mirada. Me encontró. Me sostuvo la mirada varios segundos, con la cara y el pecho brillando de semen a la luz del coche, y luego volvió a lo que estaba haciendo. Esa mirada no la voy a olvidar fácilmente. Era una mezcla de cosas que no sé nombrar bien: desafío, placer, algo parecido al orgullo. Se pasó dos dedos por la mejilla, recogió una gota espesa y se la metió en la boca, chupándoselos despacio sin dejar de mirarme.
Después de un rato largo, los tres hombres se apartaron del coche uno a uno. Se subieron los pantalones y se alejaron hacia la explanada sin decir nada más. Laura se quedó quieta unos segundos, luego se limpió la cara con un pañuelo que sacó del bolso y me miró a través del parabrisas.
Volví a entrar al coche. Ella todavía tenía las tetas fuera, con restos de corrida secándosele en la piel. Sin decir nada, me bajó la bragueta, me sacó la polla que llevaba dura desde hacía rato y se me la metió en la boca ahí mismo, en el asiento del conductor. Me la mamó despacio, mirándome a los ojos, y yo le agarré la nuca y me corrí en el fondo de su garganta en menos de un minuto. Se lo tragó todo y se relamió.
—¿Estás bien? —pregunté cuando pude hablar.
—Sí —dijo—. Mejor que bien.
—¿Qué quieres hacer?
—Volver al hotel. Y que me cuentes exactamente lo que has visto desde fuera. Con detalle. Todo.
Arranqué el coche. Laura se puso la chaqueta encima, sin abrocharla, y apoyó la cabeza en el respaldo mientras miraba las luces del mirador alejarse por el espejo retrovisor.
—¿Lo volveríamos a hacer? —preguntó sin girar la cabeza.
—Si tú quieres, sí.
—Entonces sí —dijo—. Pero la próxima vez lo planifico yo. Y quiero más. Quiero que uno me folle mientras otro me lo mete por detrás.
No contesté. Seguí conduciendo, con la vista en la carretera y la cabeza aún en lo que acababa de ver. Laura tenía razón: eso todavía no había acabado. Solo había empezado.