Me toqué sola en el parque a medianoche
Era la una de la mañana y el calor de agosto no daba tregua.
Me desperté con la sábana enredada entre las piernas y la boca seca. El ventilador giraba sin convicción desde el rincón de la habitación, moviendo un aire que no refrescaba nada. Me quedé boca arriba unos segundos, mirando el techo, consciente de que no iba a volver a dormirme así.
El problema no era solo el calor de fuera. Era ese otro calor: el que se instala justo debajo del ombligo y no pide permiso para extenderse. Un calor que me latía entre los muslos, que me tenía el coño hinchado y mojado desde antes de despertar, empapando la sábana bajo mis caderas. Me llevé una mano ahí abajo, casi sin pensar, y los dedos se me hundieron en una humedad tibia y espesa. Cerré los ojos. Estaba tan mojada que un solo roce de la yema del dedo sobre el clítoris me arrancó un jadeo. Retiré la mano antes de empezar algo que no quería empezar en la cama.
Me levanté sin hacer ruido. Busqué ropa a oscuras y lo primero que encontré fue una camisola corta, de esas que uso para dormir en verano: tela fina casi transparente, tirantes delgados, el dobladillo rozando apenas la mitad del muslo. Me la pasé por la cabeza y no busqué nada más. La idea de añadir ropa interior se me antojó ridícula con ese calor. O eso me dije. La verdad era que me gustaba sentir el aire directo contra el coño, saber que bajo esa tela fina no había absolutamente nada, que los pezones se marcaban duros contra el algodón y que cualquiera que me mirara de cerca lo notaría todo.
Salí al pasillo. El piso fresco bajo los pies fue la primera sensación concreta de la noche: algo real, algo que sacaba a mi cuerpo de esa especie de duermevela erótico en el que llevaba dos horas atrapada. Llegué a la puerta de la calle y la abrí.
Solo unos minutos, me prometí.
***
El parque de la esquina estaba vacío a esa hora, como esperaba.
Las farolas de sodio proyectaban manchas amarillas sobre los senderos de grava y dejaban el resto en una oscuridad discreta, casi amable. Los árboles no se movían. Ni un perro, ni un borracho trasnochador, ni el sonido de un coche lejano. Solo el chirrido de los grillos, que de noche suenan mucho más cerca de lo que uno quisiera.
Caminé despacio por el sendero principal, sintiendo la grava tibia bajo las sandalias. La camisola era tan ligera que apenas notaba que la llevaba. Sí notaba, en cambio, el aire moviéndose entre mis piernas con cada paso. Un roce sutil, constante, que mi cuerpo interpretaba de una sola manera. A cada zancada mis muslos se separaban lo justo para que una lengua de aire fresco me lamiera el coño empapado, y a cada zancada volvían a cerrarse y me apretaban la humedad entre los pliegues. Sentía cómo el flujo me resbalaba lento por la cara interior del muslo. No me molestaba. Me gustaba.
Me detuve en un banco que quedaba medio oculto entre dos arbustos, alejado de los faroles. Me senté y me recosté contra el respaldo de madera. Crucé los tobillos y miré el cielo entre las ramas. Había estrellas. No muchas —el resplandor de la ciudad se comía la mayoría—, pero había algunas, y me pareció suficiente.
***
Fue el viento el que lo empezó.
Una ráfaga breve, más fresca que el aire quieto, me subió la camisola hasta las caderas. Me quedé quieta. La dejé pasar. Dejé que el aire me tocara donde la tela ya no llegaba, y sentí ese primer contacto directo, ese frío preciso entre los muslos, y respiré hondo.
El banco estaba en sombra. No había nadie. Y aun así me sentí expuesta de una forma que me gustó más de lo que esperaba. Sentada así, con la camisola arrugada sobre el vientre, tenía el coño completamente al aire, los labios hinchados, brillantes de humedad bajo la luz amarilla que llegaba a duras penas. Si alguien pasaba por el sendero y giraba la cabeza, lo vería todo. Y esa idea, en vez de asustarme, me apretó otro nudo por dentro.
Me llevé una mano al muslo, despacio. Solo para sentir mi propia piel, para confirmar que estaba ahí, que era real. Los dedos se deslizaron hacia arriba, casi sin intención, y encontraron lo que ya sabía que encontrarían: calor, humedad, el pulso acelerado de algo que llevaba horas acumulándose sin que yo le diera salida. Dos dedos se metieron entre los labios y los separaron con cuidado. El aire golpeó directamente el clítoris duro y expuesto, y solté un suspiro que sonó demasiado alto en el silencio. Rocé la yema del dedo medio por toda la hendidura, de abajo arriba, y noté cómo se me llenaba de flujo, cómo el pulgar resbalaba sobre el clítoris sin fricción, aceitado por mi propio deseo.
Me detuve. No quería apresurarme.
Cerré los ojos y escuché el silencio del parque. El chirrido de los grillos. El rumor lejano de una avenida con coches. Mi propia respiración, que ya no era tan tranquila como al principio. Me mordí el labio, retiré la mano despacio y me la llevé a la boca. Chupé los dedos uno a uno, saboreándome, sintiendo mi propio sabor salado y espeso en la lengua. Luego los apoyé sobre la rodilla, brillantes de saliva y de mí misma.
Todavía no.
***
Entonces empecé a imaginar.
Me imaginé que no estaba sola. Que alguien me había visto llegar al parque, que me había seguido desde la entrada y se había quedado parado entre los arbustos, mirando sin moverse. No tenía cara en mi fantasía, no tenía nombre. Tenía solo eso: la mirada. Fija, concentrada, capaz de verlo todo desde la sombra. Y una polla dura contra el pantalón, apretada, hinchada de mirarme.
¿Me está mirando ahora mismo? ¿Se la está sacando? ¿Se está haciendo una paja mientras me ve abrirme el coño en el banco?
La idea hizo que algo en mi pecho se apretara de una manera que no era miedo. Era otra cosa, más cercana al vértigo. Una tensión deliciosa que me subió desde las rodillas hasta la garganta y me endureció los pezones hasta hacerlos doler contra la tela.
Me pregunté cómo me vería desde allí. La camisola recogida sobre las caderas, las piernas entreabiertas, el coño mojado brillando en la penumbra, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del banco. Una mujer que no se había molestado en vestirse para salir a la calle a la una de la mañana, porque lo que necesitaba no lo iba a encontrar entre cuatro paredes. Una puta caliente que había salido a buscarlo al parque.
La imagen me gustó. La sostuve un rato largo.
En mi fantasía, esa persona daba un paso hacia mí desde entre los arbustos. Otro. Los zapatos apenas hacían ruido sobre la grava. Yo no abría los ojos. Me dejaba acercar. Sentía el calor de un cuerpo cerca antes de que me tocara, ese instante previo al contacto que puede ser más intenso que el contacto mismo. Sentía también otra cosa: el olor a hombre, el bulto de una polla ya afuera del pantalón, dura y goteando cerca de mi cara.
Una mano me rozó la rodilla. Solo eso. Una mano cálida, paciente, que no tenía ninguna prisa. Subía por el muslo interior, con las yemas ásperas, hasta separar los labios y meter dos dedos gruesos de golpe. Yo abría más las piernas. Sentía cómo esos dedos me follaban despacio, cómo se me hundían hasta los nudillos y salían empapados, cómo el pulgar me presionaba el clítoris con la cantidad justa de presión. En mi cabeza, la otra mano me agarraba del pelo y me acercaba a esa polla, y yo abría la boca sin resistirme, y la lengua me salía sola para lamer la punta antes de meterla toda.
Solté el aire que había estado reteniendo. Se me escapó un gemido bajo, ronco, que no supe callar a tiempo.
***
Volví a llevarme los dedos al muslo y esta vez no me detuve.
Me toqué con la palma abierta primero, con esa presión amplia que no resuelve nada pero que promete mucho. Sentí la mata de vello mojado bajo la mano, el calor irradiando desde adentro, los labios hinchados apretándose contra mi propia palma. Luego, despacio, con los dedos. Sentí todo lo que mi cuerpo había acumulado durante horas: la humedad que me empapaba los dedos al primer contacto, el calor que irradiaba desde dentro, la tensión que pedía liberación y a la vez pedía que esperara, que esperara un poco más.
Empecé a masturbarme con método. El dedo corazón entrando y saliendo despacio del coño, hasta el fondo, sintiendo cómo las paredes me apretaban y me tragaban, cómo el sonido húmedo y obsceno del dedo follándome llenaba el silencio del banco. El pulgar arriba, dibujando círculos lentos sobre el clítoris hinchado, cada vuelta más apretada, más precisa. Metí un segundo dedo. El coño los recibió con un ruido que me hizo apretar los dientes. Los curvé hacia adelante, buscando ese punto rugoso por dentro que siempre me pierde, y lo encontré, y solté un jadeo largo, quebrado.
Con la otra mano me subí la camisola hasta el cuello. Me pellizqué un pezón, luego el otro. Los tenía tan duros que me dolían. Los rodé entre el pulgar y el índice, tirando de ellos hasta hacerme daño, sintiendo cómo cada tirón se conectaba con un latido directo entre las piernas.
En mi cabeza, la persona imaginaria seguía ahí. Ahora me miraba de frente, sin disimulo. Le dejé mirar.
Me imaginé sus ojos recorriendo lo que yo no podía ver de mí misma: la tela fina de la camisola arrugada sobre las tetas expuestas, los pezones duros brillando de saliva, el movimiento lento de mi mano metiéndose los dedos hasta el fondo, mi cara con los ojos cerrados y la boca entreabierta, un hilo de saliva bajando por la comisura. Me imaginé su polla en la mano, la mano moviéndose al ritmo de la mía, la respiración cortada, la corrida a punto de saltarle. Me imaginé que en cualquier momento daba un paso más y me la metía en la boca, o me la metía en el coño de una embestida, o me la corría en la cara sin pedir permiso. Esa idea —la de ser el centro de una atención así, de un deseo así, la idea de una polla desconocida vaciándose sobre mí en un banco de un parque— me empujó más cerca del límite.
Apreté los dientes y frené. Saqué los dedos del coño con un ruido húmedo que me hizo temblar.
Necesitaba llevarme esto a casa. No sabría explicar por qué. Algo en mí quería cruzar la calle con el cuerpo en ese estado, con esa urgencia sin resolver, sentir el camino de vuelta como una forma más de prolongar lo que había empezado.
Me puse en pie con cuidado. Las rodillas no me fallaron, aunque por un momento temí que lo harían. Un hilo de flujo se me despegó del coño y bajó despacio por el muslo. No me lo limpié.
***
La camisola volvió a caer a su sitio, cubriendo lo justo.
Caminé hacia la salida del parque con pasos lentos, sin prisa, aunque todo en mí pedía que me moviera de otra manera. Cada paso era un recordatorio de que no llevaba nada debajo: la tela rozaba el interior de mis muslos empapados, el aire de la noche entraba libre entre mis piernas, el clítoris hinchado me palpitaba con cada zancada, y mi cuerpo continuaba haciendo lo que había empezado sin mi permiso. La humedad bajaba lenta, imparable, tibia contra la piel, y a mitad del muslo se enfriaba y me erizaba todo.
La calle estaba vacía. Una farola parpadeó cuando pasé por debajo de ella. Crucé la calzada, busqué las llaves en el bolsillo de la camisola —el único bolsillo— y llegué al portal.
Subí las escaleras sin encender la luz del rellano. A mitad del tramo me detuve, apoyé una mano en la pared y me metí dos dedos entre las piernas, solo un segundo, solo para confirmar lo que ya sabía: seguía chorreando. Seguí subiendo.
***
No encendí la luz del piso tampoco.
Me apoyé contra la puerta cerrada y me quedé ahí un momento, en la oscuridad del pasillo, escuchando el silencio del edificio a esa hora. El corazón me latía en el cuello. Tenía los dedos todavía tibios de lo que había empezado en el parque. Tenía el cuerpo en ese estado en que cualquier roce se amplifica diez veces y el aire mismo se vuelve una caricia.
Me deslicé hasta el sofá sin encender nada. Me senté en el borde y me quedé quieta unos segundos, solo respirando. La oscuridad era total salvo por la línea de luz que se colaba bajo la persiana desde la calle.
Luego me eché hacia atrás y dejé que las piernas se abrieran solas, una por cada brazo del sofá, obscenamente separadas.
La camisola subió sin que yo hiciera nada. El aire del salón, más fresco que el de fuera, me llegó directo al coño abierto y solté un sonido que no era un gemido todavía, pero se le acercaba mucho.
Esta vez no me detuve.
Volví a donde lo había dejado en el parque y continué desde ahí, sin rodeos, con los dedos que ya sabían lo que necesitaban. Me metí tres de golpe. El coño los aceptó con un chapoteo húmedo que sonó indecente en el silencio del salón. Los saqué empapados, brillantes, y me los pasé por el clítoris hinchado, describiendo círculos rápidos, apretados, sin piedad. La otra mano bajó también entre las piernas: dos dedos me abrieron los labios de par en par, exponiendo el clítoris al máximo, mientras los otros tres seguían frotando, entrando y saliendo, follándome cada vez más rápido.
Mi mente seguía en el banco, seguía con la persona imaginaria mirándome desde la sombra, pero ahora yo ya no esperaba nada. Ahora esa persona ya no miraba desde lejos: estaba encima de mí, entre mis piernas, con la polla dura empujando contra mi coño, follándome contra el respaldo del sofá con la boca pegada a mi oído diciéndome guarradas. Puta. Cerda caliente. Salir así a la calle. Mira cómo estás. Mira cómo te chorrea. Ahora era la que miraba y la que era mirada al mismo tiempo. Ahora estaba en el parque y en el sofá y en ningún sitio concreto, solo dentro de ese espacio caliente y urgente que no tiene nombre pero que reconoces en cuanto llegas.
Me follaba los dedos con las caderas, subiendo el coño contra mi propia mano, buscando más profundidad, más fricción. El clítoris me latía bajo las yemas, hinchado, resbaladizo, a punto. Con la otra mano me agarré una teta y me pellizqué el pezón con fuerza, y ese dolor pequeño y preciso fue el detonante.
Llegué rápido. Más rápido de lo que habría querido.
Todo lo que había postergado durante la noche se resolvió en un minuto largo, tenso, con la espalda arqueada y los dientes apretados para no hacer ruido. El primer espasmo me sacudió las caderas hacia arriba, contra la mano. El segundo me apretó los muslos contra la cabeza, atrapándome los dedos dentro del coño, que se contraía sobre ellos una y otra vez, chupándolos, exprimiéndolos. Un gemido ronco se me escapó pese a todo, ahogado contra el hombro. El temblor empezó en las caderas y se extendió hacia arriba, me subió por el vientre, me llegó a los pezones, me hizo curvar los dedos de los pies. Sentí cómo me corría en la mano, cómo el flujo caliente me resbalaba entre los dedos y me bajaba por las nalgas y me manchaba el sofá. Mis propios dedos me sostuvieron hasta el final, hasta que la contracción fue cediendo poco a poco y mi respiración se fue aflojando con ella.
***
Me quedé sin moverme en el sofá, con la camisola arrugada a la altura del ombligo y los ojos cerrados. La mano todavía entre las piernas, empapada, quieta sobre el coño que seguía latiendo despacio, como un corazón pequeño.
Afuera, los grillos seguían. La calle seguía. El calor de agosto era el mismo calor de agosto que había sido una hora antes.
Pero yo me sentía completamente otra cosa.
Pensé en el banco vacío del parque, en las farolas amarillas, en esa persona que solo había existido en mi cabeza y que aun así había sido más real que muchas cosas reales. Pensé en lo que había sentido al caminar de vuelta con el cuerpo así, encendido y sin resolver, con el coño chorreando dentro de la camisola, sabiendo exactamente lo que me esperaba al llegar.
Me subí la camisola hasta los hombros y me la quité. La dejé caer al suelo. Me quedé desnuda en el sofá, en la oscuridad, con el ventilador zumbando en el cuarto de al lado, las piernas todavía abiertas y los ojos todavía cerrados.
Hacía calor. Pero ya era un calor distinto.