Lo tuve en mi poder durante toda la cena
Era nuestro aniversario de seis meses y lo habíamos reservado para esa noche desde hacía semanas.
Elegimos un restaurante que ninguno de los dos conocía, recomendado por una amiga que insistió en que lo reserváramos con tiempo. No era el tipo de sitio ostentoso con cartas sin precios, sino algo mejor: íntimo, con paredes de ladrillo visto, mesas separadas por paneles de madera oscura y una luz tan calculada que hacía que todo el mundo pareciera más atractivo bajo ella.
Me puse un vestido verde botella que llevaba meses sin usar, medias de nailon muy finas y unos stilettos negros que me hacían tres centímetros más alta y mucho más consciente de cómo caminaba. Él llegó con una camisa blanca remangada hasta los codos y pantalón gris oscuro, sin corbata. Me besó en la mejilla antes de abrirme la puerta.
—Estás preciosa —dijo.
Y lo decía en serio. No de esa manera automática en que la gente suelta el cumplido sin mirarte.
El maitre nos llevó hasta una mesa en el fondo, en una especie de bahía recogida del resto del salón. Los asientos eran corridos, de cuero color burdeos, dispuestos en ángulo recto para que pudiéramos quedar uno frente al otro. La mesa era de madera maciza, adherida casi a la pared, con una vela en el centro que proyectaba sombras cortas sobre el mantel blanco.
Me senté.
Él se sentó.
Pedimos vino.
***
La primera copa pasó con las historias de siempre: cómo llegamos hasta aquí, qué habíamos hecho esa semana, una anécdota de su trabajo que me hizo reír más de lo que esperaba. Llevábamos suficiente tiempo juntos para que los silencios no incomodaran, pero seguíamos en esa fase en que el deseo estaba presente en cada conversación, filtrándose por debajo de las palabras normales.
Con la segunda copa, el tono cambió.
No sé quién lo inició exactamente. Tal vez él, con una mirada que se detuvo un segundo de más en mi boca. Tal vez yo, cuando le pregunté si recordaba la primera noche que pasamos juntos y sonreí antes de que él respondiera. El caso es que el calor de la conversación subió de una manera que no tenía que ver con el vino ni con la temperatura del local.
Sus dedos buscaron los míos sobre la mesa. Los rozó despacio, sin apresurarse, siguiendo el contorno de mis nudillos.
Yo dejé que lo hiciera y, sin apartar la mirada de sus ojos, me quité un zapato por debajo de la mesa.
Él no lo vio. Estaba mirándome a mí.
***
Empecé despacio. Solo la punta del pie, rozando su pantorrilla por encima del pantalón. Sentí el momento exacto en que él entendió lo que estaba pasando: una pequeña tensión en su mandíbula, una pausa casi imperceptible en la respiración.
Me miró.
Yo seguí sonriendo, como si estuviéramos hablando de algo completamente ordinario.
Subí un poco más. La media hacía que el contacto fuera suave, resbaladizo, más íntimo de lo que habría sido con la piel directa. Puse la planta del pie contra su muslo y lo presioné levemente, explorando.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí —dijo. Pero su voz sonó diferente. Más baja.
Llegué hasta su entrepierna.
Lo que encontré ahí ya estaba respondiendo. El calor era perceptible incluso a través de la tela del pantalón, y noté cómo la presión de mi pie lo hacía crecer más rápido. Lo masajeé con movimientos circulares, lentos, controlados, sin urgencia. La urgencia era suya; el ritmo era mío.
Él apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos frente a su boca, en una postura que parecía casual y que en realidad era lo único que lo mantenía quieto.
—Eso no es justo —murmuró.
—¿El qué? —dije, inocente.
No respondió. Tenía la mirada ligeramente nublada y una sonrisa tensa que no terminaba de formarse.
***
Un camarero se acercó para rellenar las copas. Mantuve el pie exactamente donde estaba. Ralenticé el movimiento apenas un par de segundos, lo suficiente para parecer completamente indiferente mientras respondía a la pregunta sobre si nos gustaba el vino.
El camarero se fue.
Yo retomé el ritmo.
Sentí el momento en que él decidió que ya no podía seguir así. Cambió de posición en el asiento, se desabrochó el pantalón con un gesto rápido y discreto, y su erección quedó libre contra la media de mi pie.
El calor fue inmediato. La piel viva, tensa, palpitante bajo la tela fina.
Me quité el otro zapato.
Con los dos pies ahora libres, lo rodeé por completo: una planta desde abajo, la otra presionando desde arriba, apretándolo con suavidad primero, midiendo la resistencia. La textura de las medias creaba una fricción diferente a todo lo demás, y yo podía sentirlo reaccionar ante cada variación: cuando cambiaba el ángulo, cuando giraba levemente los dedos en la cabeza, cuando reducía la presión y luego la aumentaba sin previo aviso.
Él clavaba los ojos en los míos como si eso fuera lo único que lo anclaba a la situación.
Yo mantenía la misma expresión de siempre: la de alguien cenando con buena compañía en un martes cualquiera.
—¿Pedimos postre? —pregunté.
—Dios —dijo, en voz muy baja.
***
Empecé a mover los pies con más ritmo. Arriba y abajo, con una presión constante que solo variaba en la velocidad. Sentía el contorno exacto de cada parte de él: la longitud, la curvatura leve hacia arriba, la cabeza más ancha que el resto. La humedad que fue apareciendo hizo que los movimientos se volvieran más fluidos, más precisos.
Él respiraba por la nariz, despacio, con una disciplina que me resultó casi divertida.
Tenía la mano apoyada en el borde de la mesa, los nudillos blancos de apretar.
—Quiero que te concentres —le dije en voz muy baja.
—Estoy concentrado —respondió.
—No lo parece.
Una sonrisa breve cruzó su cara, aunque estaba demasiado ocupado intentando no hacer ningún ruido como para sostenerla. A nuestro alrededor el restaurante seguía su curso normal: las otras mesas hablaban, reían, pedían cuentas. Esa energía de un miércoles tranquilo en que la gente come bien y vuelve pronto a casa.
Nadie nos prestaba atención. Nadie tenía ningún motivo para hacerlo.
Solo nosotros dos sabíamos lo que ocurría debajo de esa mesa de madera oscura, y esa exclusividad hacía que todo fuera más intenso. El peligro de ser descubiertos en cualquier momento, la obligación de mantener la compostura, la cara tranquila mientras por debajo todo era tensión y calor.
Eso era exactamente lo que quería.
***
Lo mantuve cerca durante varios minutos más, sin dejar que llegara. Cuando notaba que su postura se ponía más rígida, reducía el ritmo de golpe. Cuando él se relajaba ligeramente, lo retomaba con más fuerza. Era un juego de tensión sostenida, y yo tenía todas las ventajas porque él no podía hacer absolutamente nada desde donde estaba sentado.
Él lo sabía. Y eso también formaba parte del juego.
Aumenté la velocidad durante un momento y luego, justo cuando su respiración se acortó de verdad, volví a bajar.
Hizo un ruido involuntario y bajó la vista a la mesa.
—Eres... —empezó.
—¿Sí? —dije.
No terminó la frase.
Entonces apareció la camarera con una sonrisa profesional y la libreta en la mano.
—¿Les traigo algo más? ¿El postre, un digestivo, un café tal vez?
Mis pies no se detuvieron.
Reduje el movimiento a algo mínimo, casi imperceptible, pero constante. Sin pausa.
—La verdad es que preferimos llevarnos lo que queda de la cena —dije con voz completamente normal—. ¿Sería posible pedir el resto para llevar?
—Por supuesto. Enseguida les preparo las bolsas.
La camarera recogió los platos y desapareció hacia la cocina.
Trabajo en hostelería desde hace años y sé exactamente cuánto tiempo lleva empaquetar una cena: no más de cuatro o cinco minutos. Menos si no hay cola en la cocina.
Cuatro minutos.
Aceleré.
***
Mis pies encontraron el ritmo definitivo: presión firme, movimiento continuo de la base a la punta, girando ligeramente en la cabeza en cada subida. Sentía cómo él se tensaba más con cada pasada, cómo el calor aumentaba bajo mis empeines, cómo la humedad hacía que la tela fina de las medias se volviera casi transparente de tanto contacto.
Él apoyó una mano sobre la rodilla, debajo de la mesa, sin tocarme. Solo ahí, como si necesitara aferrarse a algo concreto.
—Mírame —le dije.
Lo hizo.
Sus ojos tenían esa expresión particular que solo aparece cuando alguien está completamente a tu merced y lo sabe.
—Quiero que te corras ahora —susurré.
El primer chorro fue fuerte, más de lo que esperaba. Lo sentí contra la planta del pie izquierdo primero, luego otro que se extendió entre los dos, caliente y espeso, filtrándose poco a poco por la tela de las medias hasta llegar a la piel. Él apretó los dientes con una fuerza que tensó toda su mandíbula, y sus ojos se cerraron durante exactamente dos segundos antes de volver a mí.
Bajé los pies despacio, con calma, justo en el momento en que la camarera volvía con las bolsas de la cena.
Sonreímos. Pagamos. Firmé el resguardo apoyada en la barra, con los zapatos de nuevo puestos pero los pies todavía húmedos dentro de las medias, sintiendo ese calor adherido a la piel.
Si la camarera notó algo, no lo demostró. Nos deseó una buena noche con la misma sonrisa de siempre.
***
Fuera hacía frío. Ese tipo de frío seco de otoño que te entra por el cuello si no llevas bufanda.
Caminamos hasta el coche sin decir demasiado. Él abrió mi puerta primero, como siempre, y cuando se sentó al volante me miró un momento antes de arrancar.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —preguntó.
—Práctica —dije.
Se rió. Una risa corta, desconcertada, todavía un poco incrédula de lo que acababa de pasar.
Condujo rápido, más de lo habitual. Las calles estaban casi vacías a esa hora y el trayecto duró menos de diez minutos, aunque no hablamos casi nada en ese tiempo. Había una tensión distinta ahora: no la anticipación del principio de la noche, sino algo más concreto, más directo. Sabíamos exactamente lo que iba a pasar en cuanto cruzáramos la puerta.
Al bajar del coche lo seguí descalza por el camino de entrada, con los tacones colgando de la mano. El frío del suelo bajo los pies fue un contraste brusco con todo lo que había sentido durante la última hora.
Él abrió la puerta. Entramos.
Y esta vez no había ninguna mesa de por medio.