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Relatos Ardientes

La observé desde la puerta y ella no se giró

Son las once y veinte cuando escucho sus pasos en la escalera.

Llevo tres noches esperándolos.

Estoy en el sofá del salón, fingiendo ver un documental sobre volcanes que dejé puesto hace una hora. La luz azul del televisor me da de lleno en la cara. Tengo una cerveza medio vacía en la mano. La postura es perfecta: relajado, distraído, alguien que no se ha movido del sitio en todo el rato.

Pero llevo una hora escuchando. Cada ruido de la casa.

Ella baja descalza. Siempre baja descalza. Llega al final de la escalera, me mira un segundo desde el marco del salón y sigue hacia la cocina sin decir nada. Lleva esa camiseta gris. La del cuello dado de sí. La que deja ver el tirante del sujetador cuando se inclina.

—¿No te duermes? —le pregunto, sin apartar la vista del televisor.

—Voy a poner una lavadora —contesta, desde el pasillo—. Luego subo.

—Vale.

Escucho cómo se aleja. La luz del lavadero al fondo de la casa se enciende.

Espero dos minutos. No tres. Dos.

Me quito los calcetines sin que tenga mucho sentido. Solo porque la casa está en silencio y los pasos con calcetín suenan más que los descalzos.

Apago el televisor.

***

Llegué a esta casa hace cinco días. «Un par de semanas, hasta que me organice», le dije a Rafael por teléfono. Él aceptó enseguida, porque así es él. Mi mejor amigo desde la universidad. El tipo más confiado del mundo.

Y su mujer, Alicia, me recibió con una sonrisa educada y una taza de café y una mirada que duró un segundo más de lo necesario.

Solo un segundo. Pero los dos lo notamos.

La primera noche pensé que me lo había imaginado.

La segunda, ella bajó al lavadero a las once y cuarto. Yo escuché desde el cuarto de invitados y no me moví. Oí el tambor. Oí el suspiro. Subió a los quince minutos.

La tercera noche bajó a las once y veinticinco. Y cuando volvía a subir, pasó por delante de la puerta de mi cuarto, que yo había dejado entreabierta sin querer queriendo, y se detuvo un instante antes de seguir.

Hoy es la cuarta.

Y hoy voy a bajar.

***

Camino descalzo por el pasillo. Sin encender ninguna luz. La casa la conozco bien: viví aquí el verano que Rafael y ella se mudaron. Cuatro noches durmiendo en el sofá mientras pintábamos entre los tres. Cuatro noches de cervezas en el jardín, mirándola desde la otra punta de la parrilla.

Ya entonces la miraba.

Ya entonces ella lo sabía.

La pillé dos veces aquella semana. Una en el jardín, cuando yo volvía de la piscina con una toalla al hombro y ella estaba en la ventana del primer piso. Me miró un segundo más de la cuenta. La otra, durante una cena, cuando Rafael contaba una historia de su trabajo y ella se rio sin mirar a Rafael. Me miraba a mí. Y ahí, cuando nuestros ojos se cruzaron, bajó la vista a la copa de vino.

Pensé entonces que era casualidad. Que yo estaba leyendo demasiado. Que una mujer casada no mira a su amigo del alma de ese modo. Así que archivé la imagen y me fui a mi casa y me prometí no volver a pensarla.

Aguanté ocho años.

Hasta hace cinco días.

La puerta del lavadero está entreabierta. Siempre la deja entreabierta. Nunca cierra las puertas del todo en esta casa. He pensado en eso mucho estos días.

Me paro en el umbral.

Y la veo.

Está agachada frente a la lavadora. De espaldas. La camiseta se le sube por encima del short cuando se inclina. Un mechón de pelo se le ha escapado de la goma y le cae sobre la mejilla. Tiene una prenda en la mano. No la está metiendo en el tambor. Solo la sostiene.

Está quieta.

Como si ella también hubiera oído algo y estuviera decidiendo qué hacer.

No me muevo.

Ella no se gira.

Pasan tres segundos. Cinco. Diez.

Entonces, muy despacio, baja la mano y mete la prenda en la lavadora. Coge otra del cesto. La mete. Coge otra.

Automática.

Pero su respiración ya no es la misma.

La veo desde el umbral. El pecho le sube y le baja demasiado rápido para alguien que solo está poniendo una lavadora.

Sabe que estoy aquí.

Y no se gira.

Doy el primer paso.

El suelo es de baldosa antigua. Frío. Conozco la baldosa suelta, la que cruje. La esquivo sin pensar. Me acerco por su espalda, despacio, tan despacio que casi se me hace largo. Cada paso mide un metro.

Ella sigue metiendo ropa.

Me detengo a dos metros. La miro.

La camiseta tiene una mancha pequeña de café cerca del hombro. El short es de Rafael. Lo reconocí hace dos mañanas, cuando ella cruzó la cocina con él puesto. Los tirantes del sujetador se le marcan bajo la tela. Las piernas son más largas de lo que me parecían antes. O quizá es que antes no me permitía mirarlas.

Me acerco otro paso.

Ahora estoy a un metro y medio.

Y hago algo que yo mismo no esperaba.

Me agacho.

Me agacho sin hacer ruido, justo detrás de ella, manteniendo la misma distancia. No la toco. No le hablo. Solo estoy ahí, en silencio, a la altura de sus hombros, respirando muy despacio.

Ella ya no mete ropa.

Tiene las manos apoyadas en el borde del tambor. Los nudillos blancos. La cabeza ligeramente inclinada hacia delante, como si estuviera escuchando algo dentro de sí misma.

Le veo la nuca. Un nacimiento de pelo oscuro. Un lunar pequeño a la altura de la primera vértebra. La curva del hombro.

Y las marcas de mis ojos sobre su piel. Que ella siente. Las siente. Lo sé.

Sé exactamente qué está pensando. Sé que está pensando en girarse y, a la vez, en no girarse. En decir algo, en no decir nada. En levantarse y marcharse al piso de arriba con cualquier excusa tonta, y en quedarse aquí hasta que pase lo que sea que tenga que pasar. Lo sé todo porque llevo cinco días aprendiéndola, en silencio, como un idiota.

No se gira.

Ni una vez.

—No te giro —susurro, tan bajo que podría no haber hablado.

Ella no se mueve.

—No te giro —repito—. No hace falta.

Escucho cómo traga saliva.

Me levanto muy despacio. Cuando estoy de pie, mi cuerpo está detrás del suyo, casi pegado, sin tocarla. Puedo ver por encima de su hombro el reflejo de los dos en el acero del tambor. Ella está encorvada. Yo estoy sobre ella.

Pongo las manos en el borde de la lavadora, una a cada lado de las suyas. No la toco. Pero la encierro.

Ella suelta el aire. Un sonido pequeño. Un sonido que no se puede fingir.

—Alicia —digo.

No contesta.

—Alicia.

—No digas mi nombre.

—¿Por qué?

—Porque si lo dices, ya no puedo fingir que no estoy aquí.

Sonrío. Ella no me ve, pero lo nota. Los hombros se le tensan un milímetro.

—Estás aquí.

—Estoy poniendo una lavadora.

—Llevas dos minutos sin meter nada en el tambor.

Silencio.

Mi cara está a diez centímetros de su pelo. Huelo el champú. Huelo otra cosa también, algo más tibio, algo que está debajo del champú y debajo de la crema y debajo de todo. La reconozco. Llevo cinco días aprendiéndola.

—Rafael está arriba —dice, sin girarse.

—Lo sé.

—Duerme con la boca abierta. Se gira a las dos. A las cuatro se levanta al baño.

—Son las once y media.

—Exacto.

Tarda en decirlo. Pero lo dice.

Y ese «exacto» es lo más cerca que ella va a llegar esta noche a admitirlo en voz alta.

Vuelvo a inclinarme. Muy despacio. No la toco con el cuerpo. Solo con el aliento.

Le hablo al oído. La oreja le tiembla un segundo, muy poco, antes de quedarse quieta.

—No voy a tocarte —le digo.

Ella traga saliva otra vez.

—¿No?

—Todavía no.

—¿Y entonces?

—Te voy a mirar.

Se queda callada.

—Te voy a mirar mientras terminas la lavadora. Todo. Cada movimiento. Y tú vas a hacer como que no estoy. Y cuando acabes, vas a subir las escaleras despacio. Y yo voy a mirarte subir.

—No.

—Sí.

—Por favor.

—¿Por favor qué, Alicia?

No contesta.

Porque no sabe qué contestar. Porque «por favor no lo hagas» y «por favor hazlo» son la misma frase cuando no puedes decir ninguna de las dos en voz alta.

Me separo un paso. Solo uno. Me apoyo contra la pared del lavadero, de lado, en un ángulo desde el que la veo entera. Ella no me ve sin girarse. No se gira.

—Sigue —digo.

Durante un segundo larguísimo, no se mueve.

Y entonces, muy despacio, coge otra prenda del cesto.

La mete en el tambor.

Yo la observo.

Los movimientos son distintos ahora. Más conscientes. Más lentos. Ella sabe que la estoy mirando y ha decidido dejarse mirar. Sus manos se demoran un poco más de lo necesario al soltar cada prenda. Cuando se agacha, se agacha dejando el ángulo. Cuando se endereza, se endereza sabiendo dónde estoy.

Tardamos siete minutos.

Siete minutos en los que no nos tocamos. No nos hablamos. No nos giramos.

Pero nunca en mi vida he visto a una mujer así de expuesta.

Cuando termina, cierra la puerta del tambor. Pulsa el programa. La lavadora empieza a girar, con ese ruido grave que se come el silencio de la casa.

Se queda un segundo apoyada en la parte de arriba, dando la espalda al mundo.

—Sube —le digo—. Despacio.

Se endereza. Se limpia una mano contra el muslo, como si se la hubiera mojado sin darse cuenta. Recoge el cesto vacío.

Camina hacia la puerta.

Al pasar por mi lado no me mira.

Pero se detiene un instante, solo uno, cuando tiene la cara más cerca de la mía. Medio metro. La respiración se le queda mezclada con la mía.

Y entonces dice algo.

Tan bajo que tengo que leerle los labios.

—Mañana.

Sigue caminando. Sale del lavadero. Oigo sus pies desnudos en el pasillo. Después en el primer escalón. Después en el séptimo. Después en el rellano.

Después, silencio.

Yo me quedo en el lavadero, apoyado contra la pared, con la lavadora dando vueltas a mi espalda. Mirando la puerta por la que acaba de irse.

Sonriendo despacio.

Mañana.

Tres noches esperando el momento.

Y resulta que el momento, al final, solo era la primera noche.

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Comentarios (7)

NocheBA

tremendo relato, me dejo sin palabras

SilencioActivo

Necesito una segunda parte!! Quede con muchas ganas de mas

LectoraNocturna

La tension que lograste en tan pocas lineas es increible. Se siente el aire entre los dos personajes, es muy raro lograr eso con tan pocas palabras.

Curiosa22

¿Y ella realmente no sabia que estaba ahi? Me quede pensando en eso jajaja

Rodrigo_mza

excelente!! 10/10 sigue publicando

MiradorFurtivo

El voyerismo bien narrado tiene algo especial, y este tiene mucho. No es lo que pasa, es como se cuenta.

NadiaNK

Me recordo a una situacion similar que vivi hace tiempo... esa tension que describis es exactamente asi

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