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Relatos Ardientes

Mi esposo dejó que su amigo me sometiera a su antojo

El juego llevaba años siendo nuestro ritual secreto. Damián —mi esposo— disfrutaba viéndome encender a sus amigos sin poder tocarme. Yo me vestía para provocar, me reía demasiado fuerte de sus chistes, les rozaba los dedos al pasarles una copa. Después, cuando la puerta se cerraba detrás del último invitado, él me arrancaba el vestido contra la pared del pasillo y me follaba como si hubiéramos pasado un año sin tocarnos.

Jugar con fuego tiene su precio. Aquella noche me quemé, y todavía conservo la cicatriz.

Mateo era un conocido del trabajo de Damián. Lo había visto dos o tres veces en cumpleaños, siempre callado, siempre en la esquina de la barra con un whisky en la mano. Medía más de uno noventa, hombros anchos, antebrazos marcados por venas que se notaban cuando apretaba un vaso. No hablaba mucho. Solo miraba. Ese era el tipo de hombre que encendía a Damián. —Imagínatelo intentando no mirarte —me susurraba al oído cuando Mateo andaba cerca—. Imagínatelo pensando en ti cuando se folla a su mujer.

La cena se organizó para un jueves. Damián eligió el vestido que llevaría. Negro, ajustado a la cintura, con una caída corta que apenas cubría la mitad de los muslos. Me hizo probarme cinco tangas distintas antes de quedarse con una de hilo, color piel, casi invisible bajo la tela.

—Quiero que se note cuando te agaches —dijo pasándome los dedos por la curva de la espalda—. Quiero que se pregunte si te ve el coño o se lo está imaginando.

—Se lo va a imaginar todo —le contesté, girándome frente al espejo.

—De eso se trata, amor.

Mateo llegó a las nueve en punto con una botella de vino tinto y un ramo de azucenas. Me besó en la mejilla y tardó medio segundo de más en separarse. Damián lo notó. Yo también. El aire ya estaba cargado antes de que nos sentáramos a la mesa.

Serví yo. Me agaché a propósito más veces de las necesarias. Me senté frente a él, crucé las piernas con lentitud y dejé que el vestido trepara hasta donde estaba permitido y un poco más. Mateo tomaba vino mirándome los labios cuando hablaba, y de vez en cuando bajaba los ojos al escote y se demoraba un segundo largo en mis tetas. Damián fingía concentrarse en la comida, pero yo sabía que la tenía durísima debajo de la mesa. Ese era todo el juego: verlo contenerse mientras yo se la ponía dura a otro.

—Pongo música —dijo Damián al terminar el postre—. Baila con él.

Mateo levantó la vista. Había una pregunta en sus ojos, dirigida a mi esposo, no a mí. Damián asintió con una media sonrisa, como quien abre una puerta.

Le ofrecí la mano. Sonaba algo lento y denso, una de esas canciones que se arrastran por la piel. Me apoyé en él desde el primer compás. Él me sujetó por la cintura con firmeza, los dedos abiertos sobre la tela del vestido, y de a poco fue bajándolos hasta que la palma me quedó apoyada en el nacimiento del culo. Mi cadera rozó la suya y sentí el bulto duro, la polla marcándose entera contra la tela del pantalón, apretándose contra mi vientre. Mateo respiró hondo, muy cerca de mi oreja.

—Tu marido es un hombre con paciencia —murmuró.

—Paciencia es lo único que le pido —respondí, y deslicé la mano por su espalda hasta la cintura, dejando que los dedos rozaran el cinturón.

Miré a Damián de reojo. Estaba en el sillón, la copa a medio llenar, los ojos encendidos y una mano puesta encima del bulto de sus pantalones. Se encogió de hombros. La señal. La siguiente etapa.

Me separé con la excusa de ir por más vino. Desde la cocina escuché a Damián hablarle en voz baja.

—Tengo una fantasía hace años —le decía—. Ver cómo se la follan a mi mujer delante de mí. Y no se me ocurre nadie mejor que tú.

Hubo un silencio. Después, la voz de Mateo, distinta a la que había usado toda la noche.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

—Segurísimo.

—Porque si me das permiso para follármela, no voy a ser suave con ella. Le voy a partir el coño, y después se lo voy a partir por el culo. ¿Entendés lo que te digo?

Ahí me tembló algo por dentro. No era la voz del invitado tímido que había llegado dos horas antes. Era otra persona. Algo se había encendido en Mateo, y yo lo sentí desde la cocina, a diez metros de distancia. Se me apretó el coño solo con escucharlo. Esto ya no es un juego, pensé, apretando la copa vacía mientras un hilo de humedad me bajaba por el interior del muslo.

—Sea como sea —contestó Damián—. Es tuya toda la noche.

Volví al salón con la copa llena. Mateo se levantó despacio del sillón y caminó hacia mí. Alcancé a dejar el vino sobre la mesa justo antes de que me agarrara por la cintura y me levantara del piso como si no pesara nada.

Me besó con una brutalidad que me desarmó. Su lengua se metió en mi boca sin preguntar, invadiéndome hasta el fondo, buscándome la mía y aplastándola. Su mano me agarró de la nuca y tiró hacia atrás exponiéndome el cuello. Me mordió ahí, en el hueco entre la clavícula y la oreja, fuerte, y sentí mis piernas aflojarse. La otra mano se metió por debajo del vestido, me arrancó la tanga de hilo de un tirón seco y la tiró al piso. Me metió tres dedos en el coño de una sola vez. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia. Los sacó, los subió, y me los pasó por los labios de la boca.

—Chúpalos —me dijo.

Se los chupé. Me miraba con una sonrisa nueva, la de quien acaba de descubrir que tiene permiso para todo. Toda la noche había sido yo la que encendía la mecha. Ahora la mecha la manejaba él.

—Arrodíllate —me ordenó al oído.

Obedecí. No pensé. Obedecí.

Me bajé al suelo del salón mirando a Damián, que desde el sillón se había aflojado el cinturón, había abierto la bragueta y ya tenía la polla afuera, apretándosela con la mano sin moverla, como si no se atreviera a empezar. Mateo se desabrochó los vaqueros frente a mí. Se bajó el bóxer de un empujón. Lo que sacó de ahí me hizo separar los labios sin querer. Grueso, marcado, con una vena gorda recorriéndole todo el largo, el glande morado y brillante de líquido preseminal. Más grande de lo que había tenido nunca. Lo agarré con las dos manos, una encima de la otra, y todavía sobresalía el capullo. Apenas me entraba en la boca.

—Abre la boca —ordenó—. Toda. Sacá la lengua.

Obedecí otra vez. Me apoyó la punta en la lengua, me pasó el glande por los labios embadurnándomelos con su humedad, y después me la metió hasta la mitad de un solo empujón. Me agarró del pelo con una mano y me guió el ritmo. Empujaba lento al principio, midiéndome la garganta, y después empezó a apretarme la cabeza contra su pelvis, forzándome a tragarla entera. Los ojos me lagrimearon enseguida. Se me escapaban arcadas, hilos de saliva me caían del mentón al escote del vestido, se me manchaban las tetas de mi propia baba. Él ni bajaba el ritmo. Me la metía hasta el fondo y me la sostenía ahí, adentro, contando dos, tres segundos, mientras yo trataba de no ahogarme. Yo lo miraba desde abajo, las rodillas contra la madera del suelo, sintiendo a la vez la vergüenza y el calentón más fuerte de mi vida. Damián jadeaba en el sillón, ahora sí meneándosela sin disimulo. Mateo no lo miraba. Mateo me miraba a mí, disfrutando cada arcada.

—Qué bien la chupás, puta —murmuró—. Con razón tu marido te aguanta todo.

Me la sacó de golpe. Un hilo de saliva me colgaba de la boca a la punta de su polla. Me abofeteó las mejillas suave con ella, primero una, después la otra, restregándomela por la cara.

—Al sofá —dijo después de un rato.

Me levantó del pelo. Me arrastró dos pasos. Me empujó contra el respaldo del sofá, me subió el vestido hasta la cintura y me abrió las piernas con una rodilla. Se colocó atrás mío, apoyó el glande en la entrada del coño, y entró de una sola embestida hasta el fondo. Grité. El dolor inicial fue eléctrico y duró apenas unos segundos antes de convertirse en otra cosa, algo que me subía por la espalda y me llegaba hasta los ojos. Me sentía llena como nunca, la polla apretándome por dentro contra las paredes, tocándome sitios que Damián no había alcanzado jamás.

—Pide por favor —me dijo al oído, frenando a medio camino, la polla clavada hasta la raíz.

—Por favor —gemí.

—Más fuerte. Pide que te folle.

—¡Por favor, fóllame! ¡Fóllame fuerte, por favor!

Empezó a embestirme sin tregua. Cada golpe hacía sonido, un chapoteo húmedo mezclado con el choque de sus pelvis contra mis nalgas. Me agarró las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y me sostuvo así, inmóvil, mientras entraba y salía con una precisión que no tenía nada de casual. La otra mano me buscó una teta por dentro del vestido, me la sacó por encima del escote, me pellizcó el pezón hasta hacerme gritar. Yo no podía moverme, no podía frenarlo, no quería frenarlo. Cerré los ojos y me dejé. Damián se hacía la paja a un metro de nosotros, la boca entreabierta, la respiración rota, la polla brillante de saliva y de líquido preseminal.

—¿Así me querías ver? —le pregunté a mi esposo, con la voz quebrada por cada embestida—. ¿Así, con la polla de otro hasta el fondo?

—Así —contestó Damián, casi sin aire—. Así te quería ver siempre. Toda mi puta.

—Puta de los dos —jadeó Mateo, y me dio una nalgada que me hizo saltar sobre su verga.

Mateo salió de pronto. La polla salió mojada y brillante, cubierta entera de mis flujos. Me dio la vuelta, me tiró boca abajo sobre el respaldo del sofá, me puso en cuatro con el culo al aire al borde del sillón. Me agarró de la cadera y miró a Damián por encima de mi espalda.

—¿También me la prestas por el culo?

Damián asintió sin hablar. La mano no le paraba de subir y bajar por la polla.

Yo giré la cabeza a tiempo para verle la cara a Mateo. Se escupió la mano, se la pasó por toda la verga, se escupió otra vez y me embadurnó el ojete con dos dedos, presionando, metiéndolos hasta los nudillos sin ceremonia. Me abrió con los dedos, primero dos, después tres, sin prisa, como si midiera el territorio. Me tensé. Había tenido sexo anal con Damián, claro, pero lo de Mateo era otra escala. Iba a dolerme.

—Dámelo todo —susurré, y no sé si era la calentura o la estupidez la que hablaba por mí.

Me lo dio. Apoyó la punta y empujó con toda la cadera. Me partió en dos. Grité contra el almohadón, mordí la tela, sentí lágrimas nuevas mezclarse con las anteriores. El ardor me subió por la columna hasta la nuca. Sentí cada centímetro entrando, ganando terreno, hasta que la pelvis chocó contra mis nalgas y supe que la tenía toda adentro. Mateo no se detuvo mucho. Me dejó acomodarme tres segundos y empezó a embestir con un ritmo animal. Cada golpe me subía el cuerpo, me arrancaba un gemido que ya no era mío, era de alguien que yo no conocía.

—Qué culo apretado, hija de puta —jadeó—. Qué culo tenés.

El dolor y el placer eran lo mismo. No podía separarlos. Ni siquiera intentaba. Sentía la polla dilatándome por dentro, entrando y saliendo, y a la vez el coño me chorreaba abajo, un hilo de humedad me caía del pubis hasta la rodilla. Mateo se dio cuenta. Metió dos dedos en el coño mientras me seguía embistiendo por atrás, los sacó empapados y me los pasó por la boca.

—Mirá cómo estás. Chorreando por la puta polla de un extraño.

—Míralo —me ordenó después, y me tiró del pelo hacia arriba para que viera a Damián—. Míralo cómo se la toca mirándote. Mirá a tu marido cómo se corre viéndote follada por el culo.

Miré. Damián estaba a punto, la polla congestionada, la mano moviéndose a toda velocidad. Yo también estaba a punto, aunque no me había tocado nadie el clítoris. Estaba a punto solo del sometimiento, solo de sentirme usada entre dos hombres que me miraban como a una cosa, como a un agujero para vaciarse. Bajé una mano y me toqué el coño hinchado. Dos dedos, dos vueltas sobre el clítoris, y me deshice. El orgasmo me sacudió entera, se me cerró el culo alrededor de la polla de Mateo y él lanzó un rugido gutural.

—Ahí va, puta, ahí va.

Acabamos los tres casi al mismo tiempo. Mateo soltó un resoplido grave, se clavó hasta el fondo y me llenó el culo con una cantidad de semen que sentí caliente por dentro, y que me corría por los muslos en dos hilos gruesos cuando salió, mezclado con el flujo del coño. Damián largó un gemido ahogado contra el respaldo del sillón y una corrida espesa le saltó hasta el pecho y la camisa. Yo me desplomé sobre el almohadón, temblando, mojada por todos lados, con la corrida ajena escurriéndome entre las nalgas, rota por dentro.

***

Me quedé tirada ahí un rato largo, con el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, sintiendo cómo el semen de Mateo me seguía cayendo por el muslo hasta manchar la tapicería. Mateo se levantó, se subió los pantalones sin hablar, fue a buscar un vaso de agua a la cocina. Me lo trajo. Me lo puso en la mano sin mirarme a los ojos. Después se sentó al lado de Damián, y los dos hombres compartieron un whisky en silencio, mientras yo me recomponía en el otro extremo del sofá.

No hubo segunda parte esa noche. Mateo se fue a eso de las tres, me dio un beso en la frente y le apretó el hombro a Damián con una palmada masculina que tenía algo de agradecimiento y algo de complicidad. La puerta se cerró y quedamos los dos solos, mirándonos como dos desconocidos que acababan de hacer algo imposible de deshacer.

—¿Estás bien? —me preguntó Damián, arrodillándose a mi lado.

—No sé —le dije—. Pregúntame mañana.

El dolor me duró cinco días. Me costaba sentarme, me costaba caminar rápido, me costaba ponerme pantalones ajustados. Cada vez que me movía mal, me acordaba de la polla de Mateo partiéndome el culo. Y cada vez que me acordaba, se me humedecía el coño otra vez, aunque la razón me dijera que no, que había sido demasiado, que no estaba lista para repetirlo.

La razón perdió. Dos semanas después se lo pedí a Damián. Estábamos en la cama, él encima de mí, con la polla a medio meter.

—Invítalo de nuevo —le dije al oído—. Pero ahora dile que no me pregunte nada. Que me use como quiera, por donde quiera, todo lo que quiera.

Damián paró. Me miró. Se le llenaron los ojos de esa misma hambre del sillón y sentí cómo la polla se le endurecía todavía más dentro de mí.

—¿Estás segura?

—Segurísima —contesté.

Me había quemado. Y ahora, con la cicatriz todavía tierna, lo único que quería era volver al fuego.

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Comentarios(8)

NachoB

excelente relato!! de los mejores que lei ultimamente, en serio

ViviR88

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas... este tipo de historias no se encuentran tan bien escritas

Lua_MDP

La tension psicologica esta muy bien lograda. No es facil narrar este tipo de dinamica sin que suene forzado, y aca funciona perfecto

Fernandito99

Buenisimo!! me tuvo pegado hasta el final jaja. Muy buen trabajo

Martin_Cba

Lei el titulo y ya sabia que iba a engancharme... y no defraudo para nada. Mas de esto porfavor

Carlos_BA

Que bien narrado todo. Me recordo a algo que lei hace tiempo y que nunca me habia llegado tanto. Seguí escribiendo!!

Manu1987

tremendo, esperando mas relatos asi de bien armados

MarinaK

Lo que mas me gusto es como va cambiando la narradora a lo largo de la historia. Se siente muy autentico. Bravo!!

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