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Relatos Ardientes

Cinco en el sofá: la apuesta que terminó en trío

Esto pasó hace más de diez años, cuando Marcos y yo teníamos poco más de veinte y llevábamos juntos casi dos. Éramos de esos que aprovechaban cualquier oportunidad para estar solos, porque ninguno tenía casa propia y el invierno hacía casi imposible encontrar rincones. Teníamos la suerte de contar con un grupo de amigos cuyo piso se había convertido en nuestro cuartel general los fines de semana.

El piso lo compartían Tomás, Jorge y Rodrigo. Tres tipos normales, buena gente, aunque con escaso éxito con las chicas, algo que los tenía bastante frustrados. Esa tarde de febrero éramos solo los cinco: los tres del piso, Marcos y yo. El plan era ver alguna película y pedir pizza. Un plan aburrido, perfecto para el frío que hacía.

Después de cenar pusieron a elegir entre varios discos sin etiqueta y los fueron probando uno a uno. En el tercero apareció en pantalla un título del tipo Grandes y más grandes, volumen X. Dos segundos de intro bastaron para que quedara claro de qué iba. Jorge le dio a pausa de inmediato, pero el daño ya estaba hecho.

—Era de Tomás —dijo Rodrigo, señalándolo con el mando a distancia.

—¿Y? Todo el mundo tiene porno —respondió Tomás sin inmutarse.

—Porno de pollas grandes. Hay matiz.

Marcos dijo que lo dejaran, que estaba yo delante. Yo dije que no pasaba nada, aunque mi cabeza ya no podía dejar de pensar en las imágenes que habían aparecido en la pantalla. Empecé a calcular cuánto tardaríamos en llegar a casa.

Siguieron un rato metiéndose con Tomás, que aguantó el cachondeo con estoicismo. Hasta que me preguntaron a mí si alguna vez había visto algo así de cerca.

—No tengo mucha base de comparación —dije—. Solo he estado con Marcos, y para mí está muy bien.

—Pero ¿no tienes curiosidad? —preguntó Jorge.

—Podemos poner la película —añadió Rodrigo—. Para ampliar perspectivas.

—Ya tenemos perspectivas propias —dijo Marcos.

Siguieron debatiendo hasta que Jorge propuso votarlo. Dos a favor, dos en contra. Y yo con la mano sin levantar. Me miraron los cuatro. No sé qué fue lo que me empujó, quizás el vino o quizás que llevaba demasiado tiempo sin estar a solas con Marcos, pero levanté el pulgar.

—Dale al play.

Marcos me miró sorprendido. Luego se encogió de hombros y pensó lo mismo que yo: que el calentón nos duraría hasta llegar a casa.

Nos acomodamos. En el sofá de tres plazas estábamos Marcos, yo y Tomás, con Marcos en el centro. Jorge y Rodrigo en los sillones individuales. Hacía frío, así que los tres del sofá compartíamos una manta grande. Los otros dos tenían cada uno la suya.

***

La primera escena era exactamente lo que prometía el título. Un chico con una complexión fuera de lo normal recibía un masaje en una sala con luz cálida y música de spa. La masajista tardó poco en quitarle la toalla y todavía menos en entender que lo que tenía entre manos no era un paciente cualquiera. Apenas podía abarcar la punta con los labios, así que la mamada era más bien un trabajo de lengua: subía y bajaba por el tronco, rodeaba los huevos, volvía a empezar. Cuando ella intentó sentarse encima, le costó varios minutos meterse la mitad.

Yo observaba con más atención de la que pensaba que iba a poner. Sin darme cuenta, había buscado la mano de Marcos bajo la manta y la había guiado hacia donde quería. Él no protestó. Al contrario: me miró con esa cara que significaba ¿estás segura de lo que haces? y cuando asentí, empezó a moverse despacio.

Los otros tres estaban pegados a la pantalla. Rodrigo se había enrollado en el sillón con la rodilla levantada, imagino que para disimular algo. Jorge no se movía, pero tampoco parpadeaba. Nadie nos miraba a nosotros.

Cuando terminó la primera escena, me levanté para ir al baño. Tomé la decisión en el pasillo, antes de entrar. Al salir, me quité la ropa interior y me la guardé en el bolsillo de la sudadera. Cuando volví al salón, Marcos y Jorge habían ido a la cocina a servir unas copas. Al regresar, Marcos se sentó en el extremo del sofá para tener la copa más a mano, y yo me puse en el centro, entre él y Rodrigo.

En cuanto Marcos se acomodó, saqué la ropa interior del bolsillo y la dejé caer sobre su mano. La miró un segundo. Se la guardó sin decir nada, pero noté cómo le cambió la respiración.

La segunda historia arrancó. Una chica de vacaciones con dos amigos, playa, desnudos desde el primer momento. Marcos me había vuelto a buscar bajo la manta, esta vez con más confianza. Yo agarré lo que encontré y no lo solté.

Los comentarios del sofá iban solos.

—Eso no es real. Nadie tiene eso de verdad —dijo Jorge.

—A alguna le habrá roto algo —añadió Rodrigo.

—Imagínate que Marcos te metiera eso —le dijo Jorge a mí, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Oye, que estoy aquí —protestó Marcos.

—¿Y tú qué sabes lo que le meto? —le contesté yo a Jorge.

—Andarías escocida todo el día —intervino Rodrigo.

—Qué brutos sois.

Todo el rato con el mismo tema, hasta que alguien señaló que Tomás llevaba toda la película sin abrir la boca. Le preguntaron si tenía algo que confesar. Él respondía con monosílabos. Rodrigo dijo que a lo mejor era porque tenía algo de lo que avergonzarse, o todo lo contrario.

—A ver, ¿cómo la tienes? —preguntó Jorge, sin rodeos.

—No os importa.

—Vivimos juntos y nunca te la hemos visto. Eso es sospechoso.

Intenté ayudar a Tomás metiéndome en la conversación:

—Dejadle en paz. Si es pequeña pero cumple, ¿qué más da?

Tomás se giró hacia mí con cara de pocos amigos.

—Yo no la tengo pequeña.

Lo dijo tan serio, con tanta convicción, que nos reímos todos. Incluso yo. Él se puso rojo, que era exactamente lo que no quería.

—Perdona —dije—. No me río de ti. Me ha hecho gracia el tono.

—La tengo más grande que cualquiera de los que salen en esa película.

Silencio. Rodrigo se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de tubo largo, de los que usan en los bares para las copas.

—Prueba de objetividad —dijo, poniéndolo sobre la mesa—. Si no cabe en el vaso, es que tampoco cabe en una boca.

Cogí el vaso y lo acerqué a mis labios para calibrar. Imposible. Entonces miré a Marcos, calculé mentalmente lo que conocía, y dije:

—Apuesta. Si no le cabe en el vaso, esta noche nos quedáis el piso solos a Marcos y a mí.

—¿Y si sí cabe? —preguntó Jorge.

—Cincuenta euros entre los dos.

—Un momento —dijo Tomás—. Soy yo el que tiene que bajarse los pantalones aquí.

—¿Y bien?

Se encogió de hombros. Aceptó.

Marcos me miró sin entender nada. Le susurré que no había riesgo, que nadie tenía eso de verdad fuera de las películas. Asintió a medias.

Los tres deliberaron en voz baja un momento aparte. Cuando volvieron, habían modificado los términos.

—Si le cabe —dijo Jorge—, os quedáis con el piso hoy y dos noches al mes durante tres meses.

—¿Y si no cabe?

—Que sigáis haciendo lo que estabais haciendo bajo la manta. Pero sin manta.

Marcos protestó. Yo le puse una mano en la rodilla para que se callara.

—Aceptamos —dije—. Pero nadie se mueve de su sitio.

***

Tomás se puso de pie sin prisa. Se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Ante los cinco apareció algo que, sin estar del todo erecto, ya imponía. Cogió el vaso y lo acercó. Entró. Pero las paredes del cristal quedaban justas, rozando.

—Todavía no la tiene dura —dijo Rodrigo—. Así no vale.

Tomás suspiró, se sentó de nuevo. Le pusieron la tercera parte de la película. La escena era una mujer con tres hombres en un sofá, ella pasando de uno a otro mientras el marido miraba desde una silla. La situación no hacía sino enrarecer el ambiente del salón de una forma que ya no era del todo incómoda.

Cuando Tomás dijo que ya estaba listo, lo sabíamos todos antes de que se levantara. Lo supimos en cuanto lo vimos. El vaso ni se le acercó. No había ninguna duda posible.

Marcos y yo nos miramos. Él suspiró. Yo me encogí de hombros.

—Una apuesta es una apuesta.

Me puse de pie un momento para bajarme los pantalones hasta los tobillos y volví a sentarme. Marcos hizo lo mismo. La manta quedó a un lado. La temperatura en el salón había subido lo suficiente como para no echarla de menos.

Marcos se giró hacia mí y metió los dedos despacio. Yo lo agarré a él. Los tres espectadores dejaron de mirar la pantalla.

Rodrigo se había subido a la mesa del salón para tener mejor ángulo. Jorge no se había movido de su sillón, pero ya se había desabrochado el pantalón y se movía despacio. Tomás seguía a mi derecha con todo a la vista, también con la mano ocupada, casi sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Era hipnótico. Intentaba no mirar de reojo, pero lo hacía.

Marcos me preguntó en voz baja si quería subirme encima. Le dije que todavía no. Pero un par de minutos después cambié de opinión. Me coloqué sobre él, de espaldas a los tres, y fui bajando poco a poco. Desde esa posición, Jorge tenía una vista perfecta de cómo la polla de Marcos desaparecía. Se había levantado del sillón y se había acercado.

Los comentarios que salían de detrás de mí no hacían sino acelerarme el pulso. Me importaban más de lo que quería reconocer.

Marcos me agarró las caderas con fuerza y me ayudó a mantener el ritmo. Yo fui recostándome hacia delante, apoyándome en sus rodillas, con el culo levantado. Cuando giré la cabeza, Tomás estaba arrodillado en el sofá a mi derecha, a menos de un metro, mirándome fijo.

Entonces me di la vuelta. Me senté sobre Marcos mirando hacia los tres. Rodrigo me pidió si podía verme bien. Le di una respuesta que no era un no. Me quité la camiseta.

Seguí moviéndome. Jorge y Rodrigo se habían acercado. Tomás estaba de frente, a muy poca distancia, con su polla enorme a la altura de mi cara.

De repente Marcos me puso de rodillas sobre el sofá y empezó a empujar desde atrás. Con esa fuerza y ese ritmo no le quedaba mucho. A mí tampoco.

Abrí los ojos y lo tuve frente a mí. El glande de Tomás, a escasos centímetros. El diámetro era enorme, pero visto así de cerca la punta era algo más estrecha que el resto del tronco. Me quedé mirándolo un segundo de más.

—Marcos. Creo que me cabe.

—¿Qué?

—La de Tomás. Creo que me cabe en la boca.

No fue una invitación deliberada. O sí. Todavía no lo sé con certeza. Lo que sí sé es que Marcos empujó con más fuerza al oírlo, y que yo abrí la boca despacio mirando al frente, y Tomás interpretó eso exactamente como lo que era.

Su capullo rozó mis labios. Saqué la lengua. Lo probé. Y justo en ese momento Marcos se corrió con una fuerza que me empujó hacia delante, y en vez de echarme atrás me lo metí un poco más.

Cada embestida de Marcos me llevaba más adentro. Mi cuerpo entero se tensó. Lo agarré con las dos manos para no perder el equilibrio cuando el orgasmo me sacudió, y noté bajo mis palmas cómo latían las venas.

Me lo saqué de la boca justo a tiempo. O casi. Una parte cayó sobre mis pechos. El resto, sobre el sofá.

Me incorporé despacio. Al hacerlo, noté algo húmedo resbalando por mi brazo. Era Jorge, que terminaba de correrse a mi lado. Di un paso hacia el baño con los pantalones todavía en los tobillos y casi choqué de frente con Rodrigo, que estaba de pie con el rabo en la mano y cara de que no iba a poder aguantar mucho más.

—Ni se te ocurra —le dije.

Di dos pasos rápidos para esquivarlo, tropecé con mis propios pantalones y caí sobre Tomás, que seguía sentado en el sofá.

Noté su peso en el abdomen, muy cerca. Un segundo después, la corrida de Rodrigo cayó sobre mi espalda entera.

Tomás empezó a gritarle que era un animal. Marcos se sumó. Yo me levanté como pude, llegué al baño y cerré la puerta.

En el espejo vi el desastre: semen en los pechos, en el brazo, en la espalda. Tuve que meterme en la ducha.

Cuando salí, los cuatro seguían discutiendo. Al menos se habían vestido. Rodrigo todavía sonreía, aunque se le borró la sonrisa en cuanto les recordé que habían perdido la apuesta y ya estaban tardando en marcharse.

Si aquella tarde pasara hoy, no echaría a los tres. Solo dejaría marchar a dos.

Con Tomás tenemos una conversación pendiente desde hace tiempo. Marcos lo sabe, y no dice nada.

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Comentarios (9)

Martin_BA

Tremendo relato, no me lo esperaba para nada jajaja

NachoBaires

La apuesta como excusa es un clasico pero aca lo contaron muy bien. Segunda parte por favor!!!

LunaCordoba

Me encanto, se hizo cortisimo. Quiero mas!!

Fede_libre

Buenisimo, lo lei de un tirón. Esperando el siguiente

PabloRdz

Ja, la apuesta como pretexto es genial. Muy bien narrado, se siente real.

Rolando_Cba

Rico relato! Me recordó a una tarde con unos amigos que casi termina igual jajaja. Gracias por compartirlo

SofiaBaires

Que intriga la primera parte, despues no para! muy entretenido :)

CuentasViejas87

excelente!!!

Mauri_PBA

Me gustó mucho como lo armaste, no es tan obvio desde el principio. Seguí escribiendo que tenes talento

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