Nadie vio lo que hice en ese carro polarizado
Fue Lucía quien me metió esa idea en la cabeza, como casi todas las ideas malas y excitantes que he tenido en los últimos años. Estábamos sentadas en su terraza una tarde de viernes, con una copa de vino a medias y ese calor pegajoso que no afloja hasta la noche, cuando me contó que llevaba meses pagando sus viajes de aplicación de una forma que no aparecía en ningún menú de pago.
—La mayoría los cancela enseguida —me dijo, riéndose—. Se asustan. Piensan que es una trampa. Pero los que se quedan… se quedan con ganas de repetir. Y hay uno, uno negro grandote, que me pidió el número y me folla en el auto cada vez que puede. Me la mete tan adentro que al día siguiente no puedo ni sentarme.
Me lo contó con esa mezcla de picardía y naturalidad que tenía para hablar de estas cosas, como si fuera lo más normal del mundo. Y aunque yo me reí y dije que jamás haría algo así, la verdad es que me quedé pensando en eso toda la noche. El riesgo. La cara que pondrían. La extrañeza de la situación. Todo eso me daba vueltas en la cabeza cuando intentaba dormir, con la mano metida entre las piernas y los dedos haciendo círculos sobre mi coño empapado, imaginándome a un desconocido bajándose el cierre.
Al día siguiente era sábado y tenía que ir a un centro comercial al otro lado de la ciudad. Abrí la aplicación, vi la pantalla de confirmación del viaje, y algo en mí dijo que sí.
Me bañé con más cuidado que de costumbre. Elegí una falda blanca a medio muslo, suelta y liviana, una blusa de tirantes ajustada sin sujetador —las tetas se me marcaban con los pezones erectos contra la tela— y sandalias con un tacón pequeño. Debajo, una tanga negra minúscula que ya sabía que iba a arruinar. Me pinté las uñas de rojo. Revisé mi foto de perfil en la aplicación —una foto de cuerpo completo que me había sacado el verano pasado— y pedí el viaje.
El primer conductor que tomó la solicitud se llamaba Sebastián. Veintitantos años, cara simpática en la foto. Le escribí por el chat interno de la app:
—¿Sebastián? Tengo una propuesta. Puedo pagarte el viaje de otra manera, si te interesa.
Tardó menos de diez segundos en cancelar. Sin responder nada. Me dio un ataque de risa nerviosa ahí sola en la acera y recordé exactamente lo que me había dicho Lucía: «La mayoría se asusta».
Esperé. El sol pegaba fuerte. Un par de minutos después llegó otra notificación: alguien más había tomado el viaje. En la foto del perfil se veía un hombre delgado, de unos cuarenta años, piel morena, cara seria. Se llamaba Nicolás.
Le escribí lo mismo que al anterior, casi palabra por palabra. Esta vez no hubo respuesta. Pero tampoco cancelación. El puntito verde de la aplicación seguía moviéndose hacia mí.
Me latía el corazón con fuerza cuando vi el carro negro doblar la esquina. Polarizado por completo. Se detuvo justo frente a mí y bajé la vista para acomodarme el bolso, intentando parecer más tranquila de lo que estaba.
Abrí la puerta del copiloto y me senté. Puse el bolso en el piso con cuidado, crucé las piernas de forma que la falda se corrió un poco hacia arriba, dejando ver casi todo el muslo, y levanté la vista.
—Buenas tardes —dije.
—Buenas —respondió él, sin mirarme todavía. Tenía las manos en el volante y miraba al frente—. ¿El código?
Se lo di. Comprobó el número en su teléfono y arrancó. Por un momento pensé que iba a ignorar completamente mi mensaje, que íbamos a llegar al centro comercial en silencio y yo bajaría sintiéndome ridícula.
Entonces habló:
—Lo que me escribiste… ¿ibas en serio?
Su voz era tranquila. No había sorpresa en ella, ni incomodidad. Solo la pregunta.
—Completamente en serio —respondí, mirándolo de perfil.
Nicolás asintió despacio, con los ojos en la calle. Un semáforo se puso en rojo y aprovechó para girar la cabeza y mirarme por primera vez. Tenía los ojos oscuros y una expresión difícil de descifrar, entre la duda y algo que todavía no se había decidido a ser deseo abierto.
—¿Por qué? —preguntó.
Era una buena pregunta. No la esperaba.
—Porque hace días que no me follan bien —dije, sosteniéndole la mirada— y me pareció más fácil que buscar en otro lado.
El semáforo cambió. Él volvió a mirar la calle y condujo unos segundos en silencio, pero vi cómo se le movía la nuez de la garganta al tragar. Luego dijo, muy bajito:
—Llevo cuatro años haciendo esto y nunca me habían propuesto algo parecido.
Puse mi mano sobre su muslo, muy despacio, sin presión. Solo el peso de mi palma sobre la tela del pantalón. Después la deslicé hacia arriba, hasta que la palma tocó el bulto que ya se le empezaba a marcar. Lo apreté suave. Estaba dura y caliente incluso por encima de la tela.
—Entonces hoy es tu primera vez —le dije—. Y la tenés bien parada ya, sin que te haya tocado nada todavía.
Sentí cómo se tensaba un poco bajo mi mano. No apartó el muslo. Al contrario: separó un poco más las piernas para dejarme más espacio.
—¿Aquí? —preguntó—. ¿Mientras manejo?
—O buscamos un lugar tranquilo. Lo que prefieras. Pero que no tardemos mucho, porque tengo el coño mojado desde que subí y no aguanto mucho más.
Eso lo hizo reír. Una risa corta, casi sorprendida. Y giró en la siguiente esquina, apartándose de la avenida principal.
***
El parque al que llegamos era de esos que aparecen en los mapas pero que casi nadie usa: un rectángulo de césped mal recortado, tres bancos de cemento y una hilera de árboles grandes que daban sombra a un callejón sin salida. A esa hora de la tarde no había nadie. Los vidrios polarizados hacían el interior del carro completamente opaco desde fuera, como una caja negra bajo las ramas.
Nicolás apagó el motor y se recostó en el asiento, dejándome espacio. Me miró sin decir nada. Esperaba.
Me llevé las manos a los tirantes de la blusa y me los bajé de golpe, dejando las tetas al aire. Vi cómo abría un poco la boca al verlas. Los pezones se me habían puesto tiesos con el aire acondicionado y con las ganas. Le agarré la mano derecha, la que había tenido todo el viaje sobre la palanca, y me la puse sobre uno de los pechos.
—Tocame primero —le dije—. No tengas miedo.
La mano de él era grande y áspera. Me apretó despacio, pesando la teta, y con el pulgar me rozó el pezón. Se me escapó un suspiro largo. Empezó a jugar con los dos, pellizcándolos suave, retorciéndolos, mientras yo me acomodaba como podía en el asiento del copiloto, recogía mi cabello con una mano para apartarlo de la cara y, con la otra, bajaba lentamente el cierre de su pantalón. Él seguía quieto, con la respiración un poco más rápida que antes.
Lo que encontré ya estaba duro. Bastante. Más grande de lo que esperaba, gruesa en la base y con la punta hinchada, brillante de un pre-semen espeso que le asomaba por el agujero. Lo saqué con cuidado, sujeté la base con mis dedos y lo miré un momento antes de empezar, disfrutando de ese segundo de anticipación que tiene algo de poder.
—Qué polla más rica tenés —murmuré—. Menos mal que Sebastián canceló.
Empecé por los bordes. Besos pequeños desde la base, subiendo despacio, sin llegar todavía a la punta. Le lamí los huevos por debajo, uno primero y después el otro, mientras con la mano le hacía puñeta lenta, apretando y girando la muñeca en la subida. Él soltó el aire que estaba conteniendo y su mano derecha bajó de mi teta a mi nuca, sin apretar, solo posada ahí. Pasé la lengua por toda la longitud, de abajo hacia arriba, dejando un rastro de saliva, y cuando llegué a la cabeza la rodeé en círculos lentos, saboreando el gusto salado que tenía en la punta.
—Dios —murmuró. No era una exclamación. Era casi una queja.
Me tomé mi tiempo. No había ningún apuro. El parque seguía vacío al otro lado del vidrio, el sol entraba filtrado por las hojas de los árboles, y yo tenía toda la tarde para esto. Chupé solo la punta durante un rato, succionando suave, jugando con la lengua mientras él empezaba a moverse involuntariamente, caderas que querían más sin atreverse todavía a pedirlo. Le escupí encima, un hilo de saliva desde arriba, y con la mano se lo esparcí por toda la verga hasta que quedó bien resbaladiza.
Cuando lo metí entero fue sin aviso. De golpe, hasta donde me cabía, sintiendo cómo la punta me tocaba el fondo de la garganta y las arcadas se me subían. Aguanté. Nicolás ahogó un sonido entre los dientes y su mano se cerró en mi pelo.
—Espera… —dijo, con la voz completamente rota—. Un segundo, que…
No esperé. Empecé a mover la cabeza, arriba y abajo, con ritmo sostenido, mientras mi lengua seguía trabajando por debajo. Los ruidos del interior del carro cambiaron: mi saliva chapoteando, su respiración agitada, el pequeño gemido que se le escapaba cada vez que yo subía y apretaba con los labios en la punta, el sonido asqueroso y hermoso de una boca haciendo bien su trabajo. Se me caían los hilos de saliva por la barbilla y goteaban sobre sus huevos, que yo iba masajeando con la otra mano.
Su mano pasó de mi nuca a mi espalda y luego bajó. Encontró el borde de mi falda y la subió sin ceremonias, arrugándomela sobre la cadera. Sus dedos recorrieron mis muslos de adentro hacia afuera, tanteando, hasta que toparon con la tanga.
Estaba empapada. La tela pegada a los labios, chorreando. Hacía rato.
—Válgame —dijo él en voz baja, casi para sí mismo—. Estás hecha una fuente.
Empezó a acariciarme por encima de la tela, con la palma de la mano, presionando apenas. Era lento y torpe al principio, como alguien que no recuerda bien cómo se hace esto, pero encontró el ritmo rápido. Presionaba justo donde hacía falta y yo gemía con la boca llena, el sonido vibrando alrededor de la polla que tenía metida hasta el fondo.
Sus dedos empujaron la tela a un lado y me tocaron directamente. Se paseó por toda la raja, recogiendo mi flujo, y me lo esparció por el clítoris haciendo círculos. Después bajó y dos dedos entraron despacio, con cuidado, y los curvó hacia adentro buscando el punto que hace que todo lo demás deje de existir. Lo encontró a la primera.
Tuve que dejar de moverme un segundo. Solo un segundo, con la frente apoyada en su muslo y la boca todavía llena de él, concentrada en esa presión exacta, en ese lugar preciso. Se me contrajo el coño alrededor de sus dedos y él se dio cuenta.
—Así, así —susurró—. Chupámela mientras te la meto.
Retomé el ritmo, chupándolo con más ganas, tragándomela hasta la base cada tres o cuatro subidas, mientras él me abría y cerraba los dedos dentro, sacándolos casi del todo para volver a meterlos despacio, mojando todo el asiento del copiloto. Ya se oía el chapoteo obsceno de sus dedos entrando y saliendo de mi coño, un ruido húmedo y grosero que llenaba el auto junto con los gemidos ahogados que yo le hacía sobre la verga.
Me solté de él un momento para respirar. Un hilo grueso de saliva le seguía uniéndome la boca al glande.
—Metémela ya —le pedí, jadeando—. Necesito sentírtela adentro.
No hizo falta que se lo dijera dos veces. Me agarró de la cintura, me pasó por encima de la palanca de cambios con un tirón que casi me arranca la falda, y me sentó a horcajadas sobre él. La tanga se rompió de un jalón cuando la apartó, la tiró al piso, y yo me apoyé en sus hombros mientras él se agarraba su polla con la mano y me la ponía en la entrada.
Bajé. Despacio. Sintiendo cómo cada centímetro me abría, cómo el coño se me estiraba alrededor de él, cómo la punta me llegaba a un lugar al que hacía tiempo no llegaba nadie. Cuando la tuve dentro entera, hasta el fondo, me quedé quieta un segundo con los ojos cerrados, respirando por la boca.
—La concha de mi madre —murmuré—, cómo llenás.
Empecé a moverme. Al principio en círculos, restregándome sobre él con el clítoris apretado contra el hueso de la pelvis, después subiendo y bajando de verdad, sacándomela casi entera para volver a empalarme hasta abajo. Las tetas me rebotaban en la cara de él y las agarró con las dos manos, se las llevó a la boca, me chupó los pezones uno tras otro, mordiéndolos suave mientras yo lo cabalgaba.
El carro empezó a moverse. Los vidrios se empañaron por dentro. El asiento crujía cada vez que bajaba de golpe. Yo me sujetaba del reposacabezas con las dos manos y me follaba sola encima de él, mirándole la cara, viendo cómo abría la boca y cómo se le tensaba el cuello. Él me había clavado los dedos en el culo y me ayudaba a subir y bajar, marcándome el ritmo, cada vez más rápido.
—Date la vuelta —me dijo con voz áspera—. Quiero verte el culo mientras te la meto.
Me levanté un segundo, la verga le salió chorreando de flujo mío, y me giré. Quedé de espaldas a él, con las rodillas apoyadas a los lados de sus muslos y las manos sobre el tablero para sostenerme. Él me agarró de las caderas, se la volvió a poner en la entrada, y me tiró hacia abajo de un solo tirón brutal que me hizo gritar.
Y ahí empezó a follarme en serio. De abajo hacia arriba, embestidas duras que me sacudían todo el cuerpo, mientras yo me apoyaba en el tablero y movía el culo para encontrarlo a mitad de camino. El sonido de nuestras pieles chocando llenaba el auto, la piel de mi culo estampándose contra sus muslos, plaf plaf plaf, y yo gemía cada vez más alto sin importarme que se oyera afuera.
Una mano le abandonó mi cadera y me buscó el clítoris por delante. Empezó a frotármelo con dos dedos mientras seguía embistiéndome desde abajo, y esa combinación fue todo lo que hacía falta.
—Me vengo —le avisé, con voz ronca—. Me vengo, me vengo, no pares.
—Vente en mi verga —gruñó él contra mi espalda—. Cógeme entera con ese coño.
Mi propio orgasmo se estaba armando desde las rodillas hacia arriba, esa presión que empieza en las piernas y sube. Cuando llegó fue repentino y contundente: todo mi cuerpo se cerró sobre su polla, las paredes de mi coño le apretaron de una forma que hasta yo sentí, mis caderas se movieron solas y grité largo, con la cabeza tirada hacia atrás sobre su hombro, mientras seguía frotándome el clítoris sin piedad y sacándome la corrida de más adentro.
Eso lo terminó de romper. Me sacó de encima con una fuerza que no esperaba, me giró otra vez para que quedara mirándolo, y me empujó la cabeza hacia abajo hasta que la tuve otra vez en la boca. Me la clavó dos, tres veces contra la garganta, y a la cuarta se vació. Chorros largos y espesos, uno tras otro, que me llenaron la boca y me hicieron tragar rápido para no atragantarme. Tragué casi todo. Un poco se me escapó por la comisura y me cayó sobre las tetas, un hilo blanco y viscoso que se me deslizó hasta el pezón. Lo limpié con el dorso de la mano y me lo lamí antes de incorporarme.
***
Estuvimos callados casi un minuto. Él miraba el techo, todavía con la polla afuera y brillando de saliva y de mí. Yo miraba el parque vacío al otro lado del vidrio: los árboles quietos, el callejón desierto, ningún testigo de nada. Esa soledad que habíamos encontrado sin buscarla demasiado. Me temblaban un poco los muslos y sentía la corrida bajándome caliente por dentro.
Nicolás se acomodó la ropa primero. Luego me miró.
—Nunca pensé que un sábado por la tarde iba a terminar así —dijo.
—¿Te arrepientes? —pregunté, subiéndome los tirantes de la blusa sobre las tetas todavía marcadas de su boca.
Soltó una risa corta.
—Para nada. Es que… no sé. Uno conduce todo el día, lo mismo siempre, y de repente aparece algo así. —Sacudió la cabeza—. ¿Lo haces seguido?
—Era la primera vez —dije.
Me miró con algo parecido a la incredulidad.
—No lo parece. Chupás como si llevaras años.
Sonreí, arreglándome la blusa. Me bajé la falda —debajo ya no tenía nada, la tanga rota seguía en el piso del carro y la dejé ahí como recuerdo—, comprobé que el asiento estuviera presentable y me peiné como pude con los dedos. Él arrancó el motor sin decir nada más y salió del callejón despacio, devolviendo el carro a la avenida principal.
El camino hasta el centro comercial fue corto. La radio sonaba bajito, alguna canción que no reconocí. De vez en cuando sentía su mirada de reojo, bajando a mis piernas cruzadas y a la mancha húmeda que sabía que le estaba dejando en la tapicería, pero ninguno de los dos habló. Había algo cómodo en ese silencio, como si no hiciera falta agregar nada.
Cuando frenó frente a la entrada principal, se quedó con las manos en el volante mirando al frente.
—Si alguna vez necesitas otro viaje —dijo—, puedo estar disponible.
Tomé mi bolso del piso y abrí la puerta. Me detuve un momento antes de bajar.
—Lo voy a tener en cuenta, Nicolás. Gracias por el servicio.
Cerré la puerta y caminé hacia la entrada del centro comercial sin mirar atrás, aunque sabía que me estaba mirando. Las piernas todavía me pesaban un poco y sentía cómo su semen se me iba escurriendo lento por la cara interna del muslo, bajo la falda. El sol de la tarde me cayó en la cara cuando las puertas automáticas se abrieron.
Dentro, entre la gente y el aire acondicionado y el ruido de siempre, saqué el teléfono y abrí la aplicación. La pantalla me preguntó si quería calificar el viaje.
Le puse cinco estrellas, por supuesto.
Luego cerré la app, guardé el teléfono y me pregunté si tenía sentido volver caminando a casa.
Quizás no.