La tarde que me quité todo en los pasillos vacíos
Tenía veintitrés años y estaba por terminar la carrera cuando pasó esto. No fue la primera vez que hice algo así, ni la segunda. Llevaba un par de años con esa costumbre: desnudarme en lugares donde no debería, siempre calculando riesgos con una frialdad que a veces me sorprendía incluso a mí. Siempre de noche, siempre en sitios que conocía bien, siempre con una salida clara. Pero esa tarde fue diferente, y lo supe desde el momento en que decidí quedarme cuando los demás se fueron.
El profesor Romero, famoso en el departamento por llegar tarde y salir antes, nos soltó media hora antes de lo previsto. Dio el pretexto de costumbre, algo sobre una reunión urgente que nadie le creyó, y mientras la mayoría de mis compañeros ya pensaba en el autobús o en el café de la esquina, yo me quedé sentada hasta que el salón se vació del todo. Me tomé mi tiempo recogiendo los apuntes, revisé el teléfono un par de minutos y luego me levanté con calma.
El piso superior del edificio principal tenía baños que casi nadie usaba. Los del primero siempre estaban llenos a esa hora; los del segundo, en cambio, permanecían tranquilos y algo olvidados. Los conocía bien. Subí despacio, sin apuro. Ya sentía el coño hinchándose contra la costura de las bragas, ese hormigueo denso que me subía por dentro de los muslos cada vez que empezaba uno de estos juegos.
Con la puerta del baño abierta y el pasillo completamente vacío a mis espaldas, me bajé la ropa interior y la guardé en la mochila. La ventaja de ese sitio era la acústica: podía escuchar pasos desde el final del corredor con tiempo suficiente para reaccionar. Empecé a tocarme apoyada en la pared del fondo, con la falda arriba y los ojos en la entrada.
Metí dos dedos entre los labios del coño y me los pasé de abajo hacia arriba, empapándolos con lo que ya me chorreaba. Estaba mojada de una manera obscena, con esa humedad espesa que se pega a los dedos y hace ruido cuando se mueve. Me froté el clítoris en círculos apretados, mordiéndome el labio para no soltar ni un jadeo. Con la otra mano me abrí la camisa, saqué una teta del sujetador y me pellizqué el pezón duro. Se me escapó un gemido bajo, tragado en la garganta, y aceleré el ritmo sobre el clítoris. Notaba el coño palpitando, pidiendo algo adentro, y me metí los dos dedos de una sola estocada hasta el fondo. Los sentí resbalar en mi propio jugo, calientes, apretados por las paredes que se me contraían solas.
Duró poco.
Escuché pasos y saqué los dedos del coño de un tirón, bajé la falda a manotazos. Salí al pasillo como si acabara de lavarme las manos, con los dedos todavía brillantes y pegajosos que me limpié disimuladamente en la tela del uniforme. Una compañera me cruzó en la puerta y entró al baño sin darme mayor importancia. Yo me quedé ahí plantada, con las bragas metidas en la mochila, el coño latiendo y el corazón a un ritmo que no correspondía para nada a la situación. La frustración era casi tan intensa como el morbo que la había provocado. Se me habían quedado los muslos húmedos y el olor a coño en las yemas.
Fue entonces cuando las luces del techo se apagaron.
Corte de luz. No quedó oscuro del todo porque las ventanas del fondo dejaban pasar luz de la tarde, pero el pasillo cambió de carácter. Más íntimo, de algún modo. Me pareció una señal.
Mi compañera salió del baño un par de minutos después, se despidió con un gesto vago y desapareció escaleras abajo. El corredor quedó vacío y en silencio.
Me desabroché la falda ahí mismo y la dejé caer.
La sensación del aire frío contra los muslos mojados fue inmediata. Me quedé un segundo quieta, escuchando. Solo el ruido del exterior colándose por los vidrios. Caminé hacia la escalera de emergencia, esa que nadie usa salvo en simulacros, y apoyé la falda sobre el pasamanos. Me saqué la camisa del uniforme. El sujetador cayó después. Por último, los zapatos.
El suelo de mármol estaba frío bajo las plantas de los pies descalzos.
Si alguien me ve ahora, no tengo ninguna excusa que funcione.
Eso era exactamente lo que necesitaba pensar para que el cuerpo entero me respondiera. Me temblaban un poco las manos, pero no era miedo. O era miedo, pero del tipo que uno busca sentir. Se me endurecieron los pezones al instante, y sentí el hilo de humedad bajarme por la cara interna del muslo derecho, tan claro que si me hubiera tocado ahí se me habría quedado pegado a la mano.
Estaba de pie, completamente desnuda en la escalera de emergencia de mi facultad, a plena tarde, con la ropa apilada en el escalón. Y no me quería ir. Me pasé la mano por el vientre, bajé hasta el coño y me abrí los labios con dos dedos. La palma de la otra mano me apretó una teta hasta dejármela roja. Los pezones se me pusieron tan duros que dolían al rozarse con nada.
***
Escuché voces. No pasos primero, voces. Varias, y cercanas.
Agarré la camisa de un manotazo y alcancé a ponérmela a medias, sin abotonar, cuando el sonido se hizo más claro. Eran cuatro o cinco compañeros que subían hablando. Reconocí dos voces del grupo de Martina. Hablaban de una fiesta del viernes, de a quién había que invitar, de si cierta chica iba a aparecer.
Me pegué a la pared de la escalera y no respiré.
—Le escribí a Tamara, pero ya tiene novio —dijo uno.
—Y eso qué tiene que ver —respondió otro, entre risas.
Los escuché durante lo que me pareció mucho tiempo pero que no superó los diez minutos. Hablaron de dónde conseguir el alcohol, de qué música poner, de si Martina iba a ponerse algo ajustado porque siempre llamaba la atención. Dos palmadas que sonaron a nalgada. Una carcajada de ella que no sonaba molesta para nada.
Luego uno entró al baño. Los otros esperaron apoyados en la pared a dos metros de donde yo estaba escondida, con la camisa mal abotonada y el resto de la ropa en el escalón de abajo. Si alguno hubiera mirado hacia el hueco de la escalera me habría visto al instante: el coño afeitado, brillando de mojado, las tetas apenas cubiertas por la camisa abierta. El morbo de saberme a un giro de cuello de que me descubrieran así me hacía chorrear todavía más. Me pasé la mano por debajo de la camisa y me froté el clítoris muy despacio, en silencio absoluto, imaginando qué haría cada uno de ellos si asomaba la cabeza y me veía. Si Bautista me agarraba de las tetas contra la pared. Si el otro me metía la polla en la boca ahí mismo para que me callara.
No miraron.
Cuando se fueron todos juntos, solté el aire de golpe. Tenía los dedos empapados otra vez y un hilo pegajoso me colgaba del muslo hasta la rodilla.
Me saqué la camisa de nuevo. Otra vez desnuda. Otra vez sola.
***
Frente a la escalera había una oficina sin función asignada desde hacía meses. La cerradura llevaba rota desde el cuatrimestre anterior y la puerta cedía con un simple empujón. Lo sabía porque había entrado allí una vez con una amiga a estudiar cuando las aulas estaban todas ocupadas.
Entré.
Lo que hacía especial ese cuarto era la mitad superior de las paredes: todo cristal. Desde el pasillo se veía el interior completo. No había dónde esconderse. Si alguien pasaba y miraba hacia adentro, me veía. Eso era parte del atractivo, la parte que hacía que me costara volver a vestirme.
Había un sillón de oficina junto al escritorio. Me senté. El cuero frío me pegó un latigazo en el culo desnudo y me arrancó un jadeo. Subí las piernas sobre el borde del escritorio, abrí las rodillas de par en par y saqué el teléfono. Lo apoyé contra la base del monitor viejo que nadie había retirado y pulsé grabar.
Me chupé el dedo del corazón hasta ensopármelo de saliva y me lo llevé al coño. Lo hundí de un solo empujón, hasta el nudillo. El coño lo tragó con un ruido húmedo que llenó la oficina vacía. Empecé a bombear despacio, mirando la cámara del teléfono, abriéndome los labios con la otra mano para que se me viera todo, el clítoris hinchado latiéndome como un segundo corazón. Metí un segundo dedo, después un tercero. Los tres dedos entraban y salían haciendo un sonido obsceno, chapoteando en la mojazón que me caía por la raja del culo y manchaba el asiento del sillón.
Con el pulgar me froté el clítoris en círculos rápidos mientras los otros tres dedos me follaban el coño hasta el fondo. Curvé los dedos por dentro, buscando ese punto rugoso en la pared anterior, y cuando lo encontré se me escapó un gemido corto que rebotó en el cristal. Me tapé la boca con la otra mano y seguí, ya sin ritmo, ya casi sin respirar, con la mochila caída a los pies y el pasillo del otro lado del vidrio a un metro escaso.
Tardé un rato largo. El frío del mármol todavía me subía por las piernas y me ayudaba a concentrarme mejor que nada. Cuando sentí que se me venía la corrida encima paré en seco. Quería estirarlo. Quería que doliera de tanto retenerlo.
En un momento dado cambié el ángulo. Estiré las piernas hacia la cámara y enfoqué los pies. Tenía una cuenta anónima donde publicaba fotos en lugares poco habituales, y el contraste entre las plantas sucias de polvo y el suelo institucional de esa oficina era exactamente el tipo de cosa que funcionaba bien con mis seguidores. Tomé seis fotos desde distintos ángulos: las plantas hacia arriba, los dedos contra el borde del escritorio, la suela con el pasillo de fondo a través del cristal. Después giré el teléfono y saqué una del coño abierto con los dedos, con el semen imaginario de nadie chorreándome por el perineo, solo era mi propio flujo pero parecía otra cosa.
Guardé el teléfono y terminé lo que había empezado. Me monté los tres dedos otra vez, con el pulgar clavado en el clítoris, y me follé la mano yo misma con el culo despegado del sillón y las tetas rebotándome contra el pecho a cada embestida. Sentí la corrida trepar desde adentro, un tirón caliente que me subió por las piernas y me hizo apretar los muslos contra los brazos del sillón. Me vine con la boca abierta pero muda, todo el aire trabado en la garganta, chorreando sobre el cuero mientras el coño se me cerraba en espasmos alrededor de los dedos.
Cuando el cuerpo se relajó del todo me quedé mirando el techo unos segundos, con las piernas todavía abiertas sobre el escritorio y el pasillo vacío del otro lado del cristal. Los dedos, hundidos hasta la mitad todavía, latiendo con el pulso del coño. Ese era el momento que más me gustaba. La calma de después, en un lugar donde no debería estar.
Entonces escuché una puerta.
Al fondo del corredor, la puerta de mi propio salón de clase se abrió. El profesor Vargas salió con el maletín en una mano y las llaves en la otra. No sabía que seguía adentro. Nunca lo había visto quedarse después de clase. Caminaba despacio mirando el teléfono.
Me tiré al suelo.
Quedé debajo del escritorio en cuclillas, con las rodillas contra el pecho y el corazón golpeando fuerte. El teléfono en la mano, la pantalla encendida. La apagué de un manotazo. Los muslos se me pegaban entre sí, viscosos, y el olor a coño recién corrido llenaba el cubículo bajo el escritorio.
Si abre esta puerta, no existe ninguna historia que me saque de esto.
Sus pasos se acercaron. Se detuvieron. Hubo el sonido de una cerradura más abajo en el corredor. Respiré lo más despacio que pude, con la espalda contra el cajón inferior del escritorio y los pies fríos sobre el linóleo. Y aun ahí, apretujada, temblando, sentí que el coño me volvía a palpitar. La sola idea de que Vargas cruzara el cristal y me encontrara desnuda, empapada, con las tetas al aire y el sillón manchado de mi corrida, me hacía apretar los muslos con una mezcla de pánico y ganas otra vez.
Vargas abrió el aula que estaba al fondo del pasillo lateral, asomó la cabeza, miró adentro y volvió a cerrar. Pasó a menos de tres metros de donde yo estaba. Solo una pared de cristal nos separaba, pero él tenía los ojos en el teléfono y no miró hacia adentro de la oficina.
Sus pasos se alejaron. Escuché el ascensor abrirse y cerrarse.
No me moví hasta que el sonido desapareció por completo.
***
Eran casi las dos de la tarde. No me vestí.
Agarré la ropa en un bulto y corrí por el pasillo tal como estaba. Los pies golpeando el mármol, las tetas rebotando en cada zancada, el pelo suelto, el teléfono en la mano. Entré al aula que Vargas acababa de revisar y dejé la ropa en la primera silla.
Encendí la luz.
Me senté sobre el escritorio del profesor, de frente a las filas vacías. Piernas abiertas, el coño otra vez brillante apoyado contra la madera fría, teléfono apoyado en el asiento de la primera fila. Había algo en ese salón que me hacía querer quedarme: el pizarrón a mis espaldas, las sillas alineadas, el proyector colgando del techo. La idea de que hacía dos horas esa misma aula había estado llena de gente que ahora no tenía idea de lo que ocurría ahí.
Me recosté hacia atrás sobre el escritorio del profesor, apoyada en los codos, y separé las rodillas todo lo que daban. Me escupí en la mano y me llevé la saliva al clítoris. Empecé de nuevo, más despacio, con la certeza de que ya no tenía a nadie encima y podía tomarme el tiempo que quisiera. Me metí dos dedos y los curvé, gimiendo bajito, porque me lo permitía el aula vacía. Con la mano libre me apreté una teta, me tiré del pezón y lo estiré hasta que dolió. La imagen mental era clara: Vargas volviendo, encontrándome tirada así en su escritorio, sin hablar, agarrándome de los tobillos y metiéndome la polla hasta el fondo contra la madera.
Me vine por segunda vez, esta vez más corta, más seca, apretando los dientes y ahogando el gemido en el codo. Dejé una mancha húmeda sobre el escritorio del profesor Vargas. La miré unos segundos antes de bajarme.
Me puse de pie frente al pizarrón y tomé algunas fotos más. Espalda contra la pizarra, brazos cruzados a la altura del pecho, una pierna ligeramente adelantada. Me di la vuelta y saqué una del culo apretado contra la tiza, con las manos abriéndome las nalgas. Guardé el teléfono y me quedé un momento parada en el centro del aula, mirando las sillas vacías en silencio.
Eran las dos y diez. Abajo empezaban a escucharse voces y pasos.
Salí igual.
Caminé desnuda por el pasillo hasta la esquina y me asomé. Desde ahí podía ver la parte superior de la escalera principal. Un grupo de alumnos pasaba. Ninguno miró hacia arriba.
Me quedé en el borde del corredor unos veinte segundos, completamente expuesta si alguien hubiera levantado la vista. No lo hicieron. Volví sobre mis pasos.
Estaba a punto de entrar a buscar mis cosas al salón original cuando lo vi.
Dentro, junto a la ventana del fondo, había un compañero sentado. Era Bautista, siempre el último en marcharse. Tenía los auriculares puestos y la mirada fija en la pantalla del portátil. Si hubiera levantado los ojos un momento hacia la ventana del pasillo, me habría visto entera: las tetas al aire, el coño todavía brillante de saliva y corrida, los muslos manchados.
No los levantó.
Me alejé en sentido contrario, sin hacer ruido, caminando de espaldas hasta doblar la esquina.
***
Volví a la escalera de emergencia a buscar el resto de la ropa. Mientras me vestía, le pedí en silencio a nadie en particular que el corte de luz siguiera en pie. Las bragas se me pegaron al coño en cuanto me las subí, empapándose de inmediato.
Cuando pasé por el pasillo principal por última vez, miré hacia arriba.
La cámara de seguridad estaba ahí, apuntando directo hacia donde yo estaba parada. Se me heló la sangre un momento.
Luego recordé.
Las cámaras de ese edificio no tenían batería de respaldo. Lo había comentado alguien en clase una vez, como anécdota, como crítica al presupuesto del departamento. Sin electricidad, sin grabación.
La cámara no parpadeaba. Estaba apagada.
Bajé las escaleras con la mochila al hombro, pasé junto a dos profesoras que conversaban en la puerta de entrada y crucé el patio hacia la parada del autobús. La tarde tenía esa calidad especial que tienen las tardes cuando algo salió mejor de lo que tenía derecho a salir. Todavía sentía las bragas mojadas pegándose a los labios del coño con cada paso.
Llegué a casa. Me di una ducha larga. Me metí dos dedos bajo el agua caliente y me vine una tercera vez pensando en el escritorio de Vargas, en la mancha que había dejado, en si él la vería al día siguiente sin saber de qué era. No le conté nada a nadie.
Esa noche, revisando los videos en el teléfono, supe con toda certeza que iba a volver a hacerlo.