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Relatos Ardientes

La vecina que me miraba desde su terraza

3.4(15)

Vivía en Buenos Aires desde hacía tres meses. Me habían enviado desde la empresa para coordinar un proyecto que, según los plazos originales, duraría entre seis y ocho meses. El apartamento era pequeño pero funcional: cocina abierta, un baño con la ducha justa, y una ventana grande en el salón que daba directamente al edificio de enfrente. Al principio ese detalle no significaba nada. Después lo cambió todo.

Las tardes de enero en Buenos Aires son brutales. Cuarenta grados, humedad, el aire quieto como si se negara a circular. Después de ocho horas en la oficina, llegaba al apartamento y lo primero que hacía era quitarme la ropa. Me quedaba con el bóxer, encendía el ventilador y me sentaba frente al ordenador. Revisaba el correo de trabajo, miraba los movimientos de la cuenta bancaria, leía las noticias.

Y a veces, en las tardes en que la jornada había sido larga o el calor lo ponía todo más pesado, entraba en alguna página de relatos eróticos y leía. Llevo años haciéndolo. No es algo que necesite justificar: es un hábito que tengo desde la universidad y que me parece tan normal como cualquier otra forma de entretenimiento en solitario. Alguna tarde, con la excitación suficiente, me sacaba la polla del bóxer y me la cascaba frente a la pantalla, sin prisas, sin nada que me interrumpiera, hasta correrme sobre el vientre.

Lo que no había calculado era que el edificio de enfrente tenía una terraza con vistas directas a mi salón.

***

La primera vez que la vi fue sin buscarlo.

Me había levantado a buscar agua y pasé demasiado cerca de la ventana. La vi en ese instante: una mujer en la terraza del edificio de enfrente, tumbada en una hamaca de tela, con la cabeza girada hacia mi ventana. No estaba dormida. Me estaba mirando.

Me detuve un segundo. Después retrocedí de golpe, como si me hubiera quemado.

Me quedé apoyado en la pared de la cocina, con el vaso de agua en la mano y el corazón acelerado. Era una reacción absurda: estaba en mi propio apartamento, en ropa interior, sin haber hecho nada fuera de lo común. Y sin embargo me había ruborizado.

Esperé un par de minutos y me asomé con cuidado desde el lateral de la cortina. Ella seguía ahí. No con binoculares ni nada dramático: simplemente tumbada, con el móvil en la mano y la cara orientada hacia mi edificio. Era imposible saber con certeza si me miraba a mí o simplemente miraba al frente.

Decidí echar la cortina. Pero la dejé apenas entreabierta. Por curiosidad, me dije. Solo para ver.

Aquella tarde me senté frente al ordenador con la cortina así, dejando una rendija estrecha. Estaba leyendo cuando empecé a notar la sensación de que alguien podía verme. No era incomodidad, exactamente. Era algo diferente: una conciencia del cuerpo, una atención que normalmente no tenía sobre mí mismo. Notaba la polla endureciéndose contra la tela del bóxer sin ni siquiera haberla tocado, sólo por la idea de esa mujer al otro lado del vacío entre los edificios.

Miré de reojo hacia la terraza. Ella seguía ahí.

Seguí leyendo. La excitación que sentía ya no era solo por lo que leía en la pantalla. Era la mezcla, la combinación de los dos estímulos. Bajé la mano y me saqué la verga del bóxer, apretándola con el puño cerrado, sintiendo cómo latía dura y caliente contra la palma. Cuando miré de nuevo hacia la terraza, de perfil, pude ver que su mano se había deslizado entre sus piernas.

Me quedé quieto.

No había duda sobre lo que estaba viendo. Su mano se movía despacio, apenas perceptible, pero se movía. Los dedos entraban y salían del borde de la braga del bikini, y su muñeca marcaba un ritmo pequeño, constante. Su postura había cambiado: las piernas ligeramente más separadas, la pelvis empujada hacia adelante, el cuerpo más relajado en la hamaca. Se estaba tocando el coño mientras me miraba, y sabía que yo lo sabía.

Algo se disparó en mí. Empecé a mover la mano rápido, con la punta ya mojada de precum, mirándola sin pestañear, imaginando lo que sus dedos estaban haciendo bajo esa tela verde. Se me subió la corrida por dentro sin aviso y terminé en menos de dos minutos, disparando chorros espesos contra mi vientre y contra la parte baja del ordenador, de una forma más brusca de lo que esperaba. Me quedé inmóvil unos segundos mirando el techo, con la polla todavía palpitando en la mano, el ventilador zumbando y el calor todavía pegado a la piel.

Cuando fui al balcón a fumar, un rato después, la terraza estaba vacía.

***

Pasaron días sin que apareciera. Una semana, quizás más. Yo seguía mirando hacia el edificio de enfrente cada tarde antes de sentarme, pero la terraza estaba siempre vacía. Mi cabeza había empezado a convencerse de que había sido una coincidencia, una interpretación mía de algo mundano.

Hasta que un martes, a las seis y media de la tarde, la vi de nuevo.

Llevaba un bikini de color verde oscuro y unas gafas de sol redondas. Estaba tumbada con un libro cerrado sobre el pecho y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. La piel bronceada, el pelo castaño recogido en un moño informal. Desde la distancia parecía tranquila, despreocupada. Discreta.

Esta vez fui yo quien se colocó deliberadamente detrás de la cortina con la intención de que me viera. Me bajé el bóxer hasta las rodillas y me quedé de pie, con la polla ya medio dura en la mano, esperando que levantara la vista.

Tardó un rato en levantar la vista del libro. Cuando lo hizo, se quedó quieta un momento. Después desvió los ojos hacia abajo, los volvió a subir hacia mi ventana, y no los movió más.

Empecé a cascármela muy despacio, sin apartar la mirada de ella, dejando que viera el movimiento entero del puño de arriba abajo. Era consciente de que probablemente no podía verme con claridad a esa distancia, pero la posibilidad de que sí lo hiciera era suficiente. Más que suficiente. Me la meneaba con la mano abierta, apretando fuerte en cada bajada, sintiendo cómo la verga se ponía más tiesa cada vez que sus ojos se fijaban en mi silueta.

Pasaron varios minutos. Ella fue soltando la tensión de forma gradual. Primero se desabrochó la parte de arriba del bikini y lo dejó caer a un costado de la hamaca, dejando que el sol le cayera encima sin cubrirse los pechos. Los tenía redondos, medianos, con los pezones oscuros y erizados por el calor y por lo que estaba pasando. Sus manos empezaron a moverse despacio, recorriéndose los senos, agarrándoselos, pellizcándose los pezones con los dedos. Los labios entreabiertos. Yo aceleré el ritmo de la muñeca, escupí en la palma y me la seguí meneando más rápido, con la polla brillando de saliva y precum.

En un momento determinado, sin ningún aviso, apartó la parte de abajo del bikini hacia un lado con un gesto rápido y directo. Sin pudor, sin titubeos. Desde mi ventana pude ver la mancha oscura del vello, el brillo húmedo del coño abierto al sol. Sus dedos empezaron a moverse de arriba hacia abajo con una cadencia constante que fue acelerándose. Se abría los labios con dos dedos y con el índice de la otra mano se frotaba el clítoris en círculos rápidos. Cada tanto se metía dos dedos dentro y los sacaba, brillantes, para seguir masajeándose. Podía ver cómo su cuerpo respondía: las piernas tensándose, los pies plantándose contra la hamaca, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta.

Yo la miraba fijo, con el puño martillándome la polla, imaginando que era mi lengua entre sus dedos, imaginando el sabor que tendría ese coño empapado bajo el sol de Buenos Aires. Sentí el hormigueo subir desde los huevos y no aguanté más.

Terminamos casi al mismo tiempo. Yo disparé la corrida contra la cortina, cuatro chorros gruesos que resbalaron por la tela, apretando los dientes para no gemir. Ella se quedó quieta unos segundos, con los brazos relajados a los lados de la hamaca, la mano todavía apoyada entre las piernas, respirando por la boca. Después levantó la cabeza hacia mi ventana y me tiró un beso.

Me reí solo en mi apartamento, sin poder evitarlo, con la polla todavía dura y goteando en la mano. Era la situación más absurda y más excitante en la que me había encontrado en años.

***

Esperé demasiado antes de actuar. Casi dos semanas más observándola cuando aparecía en la terraza, jugando al mismo juego de lejos, sin dar el paso. Cada tarde me decía que lo haría y cada tarde no lo hacía. En ese tiempo me corrí no sé cuántas veces mirando cómo se abría de piernas al otro lado de la calle, cómo se metía los dedos, cómo se pellizcaba los pezones para que yo la viera.

Hasta que un jueves, al volver del trabajo a las siete de la tarde, la vi en el portal de su edificio con bolsas del supermercado. Aceleré el paso.

—Hola —dije cuando la alcancé junto a los buzones.

Ella se giró sin sobresaltarse. Era más joven de lo que había calculado desde la distancia. Veinticuatro o veinticinco años. Los ojos oscuros, la boca carnosa, una expresión que mezclaba algo de sorpresa con algo que no era del todo sorpresa.

—Soy tu vecino de enfrente —añadí.

—Lo sé —respondió.

Hubo un silencio breve que ninguno de los dos hizo nada por interrumpir.

—¿Te apetece un café? —pregunté.

Ella ladeó la cabeza ligeramente. La sonrisa que apareció no era inocente.

—Estamos en mi edificio —dijo—. Te lo preparo yo.

***

Su apartamento era más pequeño que el mío, con las paredes llenas de plantas y una cocina estrecha con una mesa para dos. Se llamaba Valentina. Me lo dijo mientras encendía el fuego para el café, sin que yo le preguntara, como si quisiera establecer algo antes de que la conversación tomara otra dirección.

—Valentina —repetí.

—Y tú eres el de la ventana —dijo, de espaldas a mí, revolviendo el café.

No era una pregunta.

Me senté en la silla que había frente a la suya y esperé. Cuando se giró y puso las tazas en la mesa, nuestras miradas se cruzaron de una forma que ya no tenía nada que ver con ventanas ni con distancias.

—¿Cuánto tiempo llevas mirando hacia mi apartamento? —pregunté.

—Desde el primer día que llegaste —respondió, sin bajar los ojos—. Eres el primero que ha vivido ahí en meses. No pude evitarlo.

—¿Y cuando me viste...?

—Sí —dijo antes de que terminara la frase—. Te vi. Te vi cascártela mirándome. Y no aparté la vista. Me metí dos dedos y me corrí pensando en tu polla.

La honestidad con que lo dijo me descolocó un momento. No había en ella ninguna incomodidad, ninguna vergüenza. Solo una declaración de hechos.

—Me excita que me miren —explicó, envolviendo la taza con las dos manos—. No con cualquiera. Pero contigo empezó a pasar algo diferente. Cada tarde esperaba que llegaras a casa y te sacaras la verga para mí.

—Yo también esperaba que aparecieras en la terraza —admití—. Ya se me ponía dura sólo con abrir la cortina.

Valentina sonrió. Esta vez era una sonrisa distinta a todas las anteriores.

***

No recuerdo cuál de los dos se movió primero. Probablemente fue simultáneo.

Me levanté y me puse a su lado. Le tomé la barbilla con una mano, levantándole la cara hacia la mía, y la besé despacio. Valentina abrió la boca sin resistencia, me enredó los dedos en la nuca y acercó su cuerpo al mío con una naturalidad que me sorprendió. Sabía a café y a algo más dulce que no identifiqué. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca y me mordió el labio inferior mientras me buscaba el bulto por encima del pantalón con la palma abierta.

La besé con calma al principio. Después la calma dejó de ser posible.

—Se te para rápido —murmuró contra mi boca, apretándome la polla por encima de la tela—. Estás durísimo.

—Llevo semanas así por vos —le contesté.

Nos movimos al salón sin soltar la boca. Cayó hacia atrás en el sofá con una soltura que me decía que no tenía miedo de nada ni de nadie. Le quité la blusa por encima de la cabeza y me detuve un momento a mirarla: los pechos medianos, los pezones oscuros y ya erectos, la piel cálida y bronceada. De cerca era completamente diferente a lo que había visto desde la ventana. De cerca era real, y era mejor.

—Ahora te miro yo —dije.

Ella abrió los brazos a los lados del cuerpo en un gesto que era la respuesta más clara que podía darme.

Le recorrí el cuello con la boca, la clavícula, el pecho. Le atrapé un pezón con los labios y lo chupé fuerte, primero uno y después el otro, sintiendo cómo se le tensaban entre mis dientes cada vez que le pasaba la lengua por encima. Ella gemía por lo bajo, arqueando la espalda, empujándome la cabeza contra sus tetas. Le bajé el cierre de los pantalones despacio, observando su cara mientras lo hacía. Tenía los ojos entrecerrados, la respiración alterada, los labios separados. Cuando le retiré la prenda de un tirón junto con la braga, quedó completamente desnuda en el sofá, con las piernas todavía juntas y un brillo de humedad ya notorio entre los muslos.

—Abrilas —le pedí.

Valentina separó las rodillas despacio, sin dejar de mirarme, hasta dejar el coño abierto delante de mi cara. Estaba depilado casi por completo, con los labios rosados hinchados de excitación y la abertura ya reluciente, empapada. Podía oler el sabor a hembra caliente, a sudor de tarde de verano y a ganas contenidas durante semanas.

Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, plana, apretando desde el perineo hasta el clítoris. Valentina soltó un gemido gutural y se agarró de los cojines del sofá. Volví a hacerlo, más lento, saboreándola, hundiendo la punta de la lengua entre los labios abiertos. Le chupé el clítoris atrapándolo entre los labios y jugando con la punta de la lengua contra él, en pequeños círculos. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, empujándose hacia mi boca.

—Así, así, no pares —jadeaba—, comeme el coño así.

Le metí dos dedos mientras seguía trabajándole el clítoris con la lengua. Curvé los dedos hacia arriba, buscándole el punto interno, y encontré la zona más rugosa. La froté con la yema despacio y después más rápido, mientras la boca no le soltaba el clítoris. El coño se le apretaba alrededor de los dedos, hacía ruidos húmedos cada vez que los sacaba y volvía a meterlos.

Valentina se corría en silencio. No con gritos ni con dramatismo, sino con el cuerpo entero: las piernas apretándose sobre mi cabeza, los dedos enroscados en mi pelo, la espalda arqueándose hacia arriba hasta que toda la tensión se liberaba de golpe y su cuerpo quedaba suelto, sin peso. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos, en oleadas, y un chorro pequeño y caliente le empapó la palma de la mano.

Me gustó eso. Me gustó más que cualquier otra cosa de esa tarde.

Cuando terminó, me miró desde abajo con el pelo revuelto y los ojos brillantes.

—Tu turno —dijo.

Se incorporó en el sofá y me hizo un gesto para que me pusiera de pie delante de ella. Me desabrochó el pantalón sin apuros, con las dos manos, y me lo bajó junto con el bóxer de un solo movimiento. La polla saltó dura contra mi vientre, ya goteando. Ella se quedó mirándola un segundo con una sonrisa pequeña.

—Así te la agarrabas para mí desde la ventana —dijo.

—Así.

—Ahora mostrame en la boca.

Me la agarró por la base con una mano y me la metió en la boca sin transición. La sensación caliente y húmeda me hizo doblar las rodillas. Valentina me la chupaba con hambre, hasta el fondo, apretando los labios alrededor del tronco cada vez que sacaba la cabeza. Me miraba a los ojos mientras lo hacía, y esa mirada me estaba matando más que la boca. Bajó a chuparme los huevos, me lamió desde abajo hacia arriba a lo largo de toda la polla, me pasó la lengua por la punta recogiendo el precum, y volvió a metérsela entera. Se atragantó un segundo, se le llenaron los ojos de agua, y siguió como si nada.

—Vení —le dije con la voz ronca—. Quiero cogerte.

La empujé contra el respaldo del sofá y le abrí las piernas otra vez. Me agarré la polla con una mano y la froté contra sus labios mojados, resbalando arriba y abajo, mojándome la punta con su humedad. Después empujé y entré despacio, en un solo movimiento largo, hasta el fondo. Valentina soltó todo el aire de una vez y se me agarró de los hombros.

—Dios, qué llena estoy —jadeó—. Cogeme fuerte, dale.

Empecé a moverme con embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a hundirla completa. Sentía cómo su coño me apretaba en cada entrada, cómo se abría para recibirla y se cerraba cuando salía. La agarré por debajo de las rodillas y le levanté las piernas hasta ponérselas sobre los hombros, doblándola en el sofá, y desde ese ángulo la polla entraba todavía más adentro. Ella gritaba bajito, con la boca abierta, mordiéndose el labio.

—Más fuerte, más fuerte —pedía—, no pares, así.

La cambié de posición. La puse boca abajo con las rodillas apoyadas en el sofá y el culo levantado hacia mí. Le agarré las caderas con las dos manos y la volví a penetrar de un envión. Desde atrás la sensación era distinta, más apretada, y podía ver cómo mi verga entraba y salía brillante de sus jugos, cómo su culo se sacudía en cada golpe. Le di un cachetazo en una nalga y ella gimió más fuerte. Le di otro en la otra. Le tiré del pelo, agarrándoselo enrollado en el puño, y le eché la cabeza hacia atrás mientras la cogía cada vez más rápido.

—Me voy a correr otra vez —avisó, apretando la mandíbula—. No pares, no pares.

Le pasé una mano por delante y le busqué el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiéndole por atrás. Bastaron unos segundos: se corrió apretándome la polla con espasmos, gimiendo largo contra el cojín, con las piernas temblándole.

Yo aguanté todavía un poco. Salí, la giré otra vez de espaldas y me subí sobre ella. Se la volví a meter mirándola a los ojos, apoyado en los antebrazos, con la cara pegada a la suya. Le busqué la boca y la besé mientras la seguía cogiendo con embestidas cortas y hondas.

—Corréte adentro —me susurró al oído—. Quiero sentirlo.

Eso me acabó. Un par de embestidas más y solté la corrida dentro de ella, en chorros largos, apretando los dientes, con el cuerpo tenso de arriba abajo. Acabé con la cabeza echada hacia atrás y un sonido que no había planeado hacer, gruñendo bajo, mientras seguía moviéndome dentro de ella hasta la última contracción.

Me quedé encima suyo, con la polla todavía metida, sintiéndola latir y perder tensión despacio dentro de ese coño empapado. Valentina me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, en círculos lentos.

Nos quedamos quietos unos minutos. El ventilador del techo giraba despacio. Por la ventana de la cocina entraba algo que se parecía a una brisa.

—Tres meses mirándote —dije al final.

—Tres meses dejándote mirar —corrigió ella, sin moverse.

***

Lo que empezó aquella tarde duró el resto de mi estancia en Buenos Aires. Cuatro meses más, hasta que el proyecto terminó y volví.

No intentamos ponerle nombre a lo que era. No era una relación, exactamente. Tampoco era solo sexo, aunque el sexo fuera la parte más fácil de definir. Era algo intermedio: esa cosa que existe entre dos personas que se han visto de lejos durante semanas y que después se ven de cerca y descubren que la distancia les gustaba, pero que esto les gusta más.

Valentina nunca perdió ese rasgo suyo: el placer de que la miraran, de saber que alguien prestaba atención. Lo tenía dentro como una constante, no como una actuación. Algunas tardes me pedía que me quedara sentado en la silla frente al sofá, con la polla en la mano, y que simplemente mirara mientras ella se abría de piernas y se hacía correr con los dedos, mirándome fijo hasta terminar. Otras veces era al revés: yo me la meneaba delante de ella y me corría sobre sus tetas o dentro de su boca abierta, mientras ella se tocaba a la vez. Otras veces nos íbamos cada uno a nuestro apartamento y nos cascábamos y nos hacíamos correr desde las ventanas, como al principio, sólo que ahora sabiendo exactamente cómo era el sabor y el peso de lo que había del otro lado. Era un juego que habíamos aprendido a jugar bien los dos.

Había algo honesto en ello. Algo sin filtros, sin pretensiones.

Cuando llegó el día de irme, no hubo escena. Un café, un abrazo más largo de lo habitual, y un «cuídate» dicho con el peso suficiente para significar más de lo que decía.

A veces, en tardes aburridas de vuelta en mi ciudad, pienso en aquella primera tarde. En la cortina entreabierta, en el bikini verde, en el beso lanzado desde una terraza a veinte metros de distancia. En cómo algo tan pequeño como dos personas que se miran desde ventanas distintas puede convertirse en algo que te queda grabado durante años.

Valentina no ocultaba lo que quería. Eso, al final, era lo más erótico de todo.

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3.4(15)

Comentarios(9)

Luisma_84

Buenisimo, me tenia pegado a la pantalla de principio a fin. Mas relatos asi por favor!

Hanna

Uff la tension del principio es increible. Eso de observarse sin decir nada... tremendo

CarlitosBA

excelente!!!

Iker

Segunda parte porfavor! No puede quedar asi jajaja, quede con ganas de saber que paso despues

LauraM22

Me recuerda a algo que vivi hace tiempo, ese juego de miradas que empieza inocente y luego ya no tanto. Muy bien contado.

duncan74

Corto pero intenso, justo como me gustan. Sigue escribiendo!

NocheClara

Muy buen relato, se agradece que tenga tension sin ser burdo. Es lo que diferencia un buen escritor. Felicitaciones

thefloki

la parte de la cortina entreabierta me mato jaja, que imagen tan perfecta para arrancar. 10/10

Balta63

Esperando ansioso el proximo, de verdad. Saludos desde España

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