La vecina que me miraba desde su terraza
Vivía en Buenos Aires desde hacía tres meses. Me habían enviado desde la empresa para coordinar un proyecto que, según los plazos originales, duraría entre seis y ocho meses. El apartamento era pequeño pero funcional: cocina abierta, un baño con la ducha justa, y una ventana grande en el salón que daba directamente al edificio de enfrente. Al principio ese detalle no significaba nada. Después lo cambió todo.
Las tardes de enero en Buenos Aires son brutales. Cuarenta grados, humedad, el aire quieto como si se negara a circular. Después de ocho horas en la oficina, llegaba al apartamento y lo primero que hacía era quitarme la ropa. Me quedaba con el bóxer, encendía el ventilador y me sentaba frente al ordenador. Revisaba el correo de trabajo, miraba los movimientos de la cuenta bancaria, leía las noticias.
Y a veces, en las tardes en que la jornada había sido larga o el calor lo ponía todo más pesado, entraba en alguna página de relatos eróticos y leía. Llevo años haciéndolo. No es algo que necesite justificar: es un hábito que tengo desde la universidad y que me parece tan normal como cualquier otra forma de entretenimiento en solitario. Alguna tarde, con la excitación suficiente, me masturbaba frente a la pantalla. Sin prisas, sin nada que me interrumpiera.
Lo que no había calculado era que el edificio de enfrente tenía una terraza con vistas directas a mi salón.
***
La primera vez que la vi fue sin buscarlo.
Me había levantado a buscar agua y pasé demasiado cerca de la ventana. La vi en ese instante: una mujer en la terraza del edificio de enfrente, tumbada en una hamaca de tela, con la cabeza girada hacia mi ventana. No estaba dormida. Me estaba mirando.
Me detuve un segundo. Después retrocedí de golpe, como si me hubiera quemado.
Me quedé apoyado en la pared de la cocina, con el vaso de agua en la mano y el corazón acelerado. Era una reacción absurda: estaba en mi propio apartamento, en ropa interior, sin haber hecho nada fuera de lo común. Y sin embargo me había ruborizado.
Esperé un par de minutos y me asomé con cuidado desde el lateral de la cortina. Ella seguía ahí. No con binoculares ni nada dramático: simplemente tumbada, con el móvil en la mano y la cara orientada hacia mi edificio. Era imposible saber con certeza si me miraba a mí o simplemente miraba al frente.
Decidí echar la cortina. Pero la dejé apenas entreabierta. Por curiosidad, me dije. Solo para ver.
Aquella tarde me senté frente al ordenador con la cortina así, dejando una rendija estrecha. Estaba leyendo cuando empecé a notar la sensación de que alguien podía verme. No era incomodidad, exactamente. Era algo diferente: una conciencia del cuerpo, una atención que normalmente no tenía sobre mí mismo.
Miré de reojo hacia la terraza. Ella seguía ahí.
Seguí leyendo. La excitación que sentía ya no era solo por lo que leía en la pantalla. Era la mezcla, la combinación de los dos estímulos. Cuando miré de nuevo hacia la terraza, de perfil, pude ver que su mano se había deslizado entre sus piernas.
Me quedé quieto.
No había duda sobre lo que estaba viendo. Su mano se movía despacio, apenas perceptible, pero se movía. Y su postura había cambiado: las piernas ligeramente más separadas, el cuerpo más relajado en la hamaca.
Algo se disparó en mí. Terminé en menos de dos minutos, de una forma más brusca de lo que esperaba. Me quedé inmóvil unos segundos mirando el techo, con el ventilador zumbando y el calor todavía pegado a la piel.
Cuando fui al balcón a fumar, un rato después, la terraza estaba vacía.
***
Pasaron días sin que apareciera. Una semana, quizás más. Yo seguía mirando hacia el edificio de enfrente cada tarde antes de sentarme, pero la terraza estaba siempre vacía. Mi cabeza había empezado a convencerse de que había sido una coincidencia, una interpretación mía de algo mundano.
Hasta que un martes, a las seis y media de la tarde, la vi de nuevo.
Llevaba un bikini de color verde oscuro y unas gafas de sol redondas. Estaba tumbada con un libro cerrado sobre el pecho y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. La piel bronceada, el pelo castaño recogido en un moño informal. Desde la distancia parecía tranquila, despreocupada. Discreta.
Esta vez fui yo quien se colocó deliberadamente detrás de la cortina con la intención de que me viera.
Tardó un rato en levantar la vista del libro. Cuando lo hizo, se quedó quieta un momento. Después desvió los ojos hacia abajo, los volvió a subir hacia mi ventana, y no los movió más.
Empecé a masturbarme muy despacio, sin apartar la mirada de ella. Era consciente de que probablemente no podía verme con claridad a esa distancia, pero la posibilidad de que sí lo hiciera era suficiente. Más que suficiente.
Pasaron varios minutos. Ella fue soltando la tensión de forma gradual. Primero se desabrochó la parte de arriba del bikini y lo dejó caer a un costado de la hamaca, dejando que el sol le cayera encima sin cubrirse. Sus manos empezaron a moverse despacio, recorriendo. Los labios entreabiertos. Yo aceleré el ritmo.
En un momento determinado, sin ningún aviso, apartó la parte de abajo del bikini hacia un lado con un gesto rápido y directo. Sin pudor, sin titubeos. Sus dedos empezaron a moverse de arriba hacia abajo con una cadencia constante que fue acelerándose. Podía ver cómo su cuerpo respondía: las piernas tensándose, la cabeza echada hacia atrás.
Terminamos casi al mismo tiempo. Ella se quedó quieta unos segundos, con los brazos relajados a los lados de la hamaca. Después levantó la cabeza hacia mi ventana y me tiró un beso.
Me reí solo en mi apartamento, sin poder evitarlo. Era la situación más absurda y más excitante en la que me había encontrado en años.
***
Esperé demasiado antes de actuar. Casi dos semanas más observándola cuando aparecía en la terraza, jugando al mismo juego de lejos, sin dar el paso. Cada tarde me decía que lo haría y cada tarde no lo hacía.
Hasta que un jueves, al volver del trabajo a las siete de la tarde, la vi en el portal de su edificio con bolsas del supermercado. Aceleré el paso.
—Hola —dije cuando la alcancé junto a los buzones.
Ella se giró sin sobresaltarse. Era más joven de lo que había calculado desde la distancia. Veinticuatro o veinticinco años. Los ojos oscuros, la boca carnosa, una expresión que mezclaba algo de sorpresa con algo que no era del todo sorpresa.
—Soy tu vecino de enfrente —añadí.
—Lo sé —respondió.
Hubo un silencio breve que ninguno de los dos hizo nada por interrumpir.
—¿Te apetece un café? —pregunté.
Ella ladeó la cabeza ligeramente. La sonrisa que apareció no era inocente.
—Estamos en mi edificio —dijo—. Te lo preparo yo.
***
Su apartamento era más pequeño que el mío, con las paredes llenas de plantas y una cocina estrecha con una mesa para dos. Se llamaba Valentina. Me lo dijo mientras encendía el fuego para el café, sin que yo le preguntara, como si quisiera establecer algo antes de que la conversación tomara otra dirección.
—Valentina —repetí.
—Y tú eres el de la ventana —dijo, de espaldas a mí, revolviendo el café.
No era una pregunta.
Me senté en la silla que había frente a la suya y esperé. Cuando se giró y puso las tazas en la mesa, nuestras miradas se cruzaron de una forma que ya no tenía nada que ver con ventanas ni con distancias.
—¿Cuánto tiempo llevas mirando hacia mi apartamento? —pregunté.
—Desde el primer día que llegaste —respondió, sin bajar los ojos—. Eres el primero que ha vivido ahí en meses. No pude evitarlo.
—¿Y cuando me viste...?
—Sí —dijo antes de que terminara la frase—. Te vi. Y no aparté la vista.
La honestidad con que lo dijo me descolocó un momento. No había en ella ninguna incomodidad, ninguna vergüenza. Solo una declaración de hechos.
—Me excita que me miren —explicó, envolviendo la taza con las dos manos—. No con cualquiera. Pero contigo empezó a pasar algo diferente. Cada tarde esperaba que llegaras.
—Yo también esperaba que aparecieras en la terraza —admití.
Valentina sonrió. Esta vez era una sonrisa distinta a todas las anteriores.
***
No recuerdo cuál de los dos se movió primero. Probablemente fue simultáneo.
Me levanté y me puse a su lado. Le tomé la barbilla con una mano, levantándole la cara hacia la mía, y la besé despacio. Valentina abrió la boca sin resistencia, me enredó los dedos en la nuca y acercó su cuerpo al mío con una naturalidad que me sorprendió. Sabía a café y a algo más dulce que no identifiqué.
La besé con calma al principio. Después la calma dejó de ser posible.
Nos movimos al salón sin soltar la boca. Cayó hacia atrás en el sofá con una soltura que me decía que no tenía miedo de nada ni de nadie. Le quité la blusa por encima de la cabeza y me detuve un momento a mirarla: los pechos medianos, los pezones oscuros, la piel cálida y bronceada. De cerca era completamente diferente a lo que había visto desde la ventana. De cerca era real, y era mejor.
—Ahora te miro yo —dije.
Ella abrió los brazos a los lados del cuerpo en un gesto que era la respuesta más clara que podía darme.
Le recorrí el cuello con la boca, la clavícula, el pecho. Le bajé el cierre de los pantalones despacio, observando su cara mientras lo hacía. Tenía los ojos entrecerrados, la respiración alterada, los labios separados. Cuando le retiré la prenda, mi boca fue directamente al interior de su muslo, a la curva suave de la cadera.
Valentina se corría en silencio. No con gritos ni con dramatismo, sino con el cuerpo entero: las piernas apretándose, los dedos enroscados en mi pelo, la espalda arqueándose hacia arriba hasta que toda la tensión se liberaba de golpe y su cuerpo quedaba suelto, sin peso.
Me gustó eso. Me gustó más que cualquier otra cosa de esa tarde.
Cuando terminó, me miró desde abajo con el pelo revuelto y los ojos brillantes.
—Tu turno —dijo.
No fue apresurado. Valentina sabía exactamente lo que hacía y lo hacía con una atención que resultaba casi perturbadora: mirándome a los ojos, escuchando cada variación, ajustándose a lo que percibía. Era la antítesis de alguien que simplemente cumple. Era alguien que quería estar ahí, que encontraba placer en el placer del otro.
Acabé con la cabeza echada hacia atrás y un sonido que no había planeado hacer.
Nos quedamos quietos unos minutos. El ventilador del techo giraba despacio. Por la ventana de la cocina entraba algo que se parecía a una brisa.
—Tres meses mirándote —dije al final.
—Tres meses dejándote mirar —corrigió ella, sin moverse.
***
Lo que empezó aquella tarde duró el resto de mi estancia en Buenos Aires. Cuatro meses más, hasta que el proyecto terminó y volví.
No intentamos ponerle nombre a lo que era. No era una relación, exactamente. Tampoco era solo sexo, aunque el sexo fuera la parte más fácil de definir. Era algo intermedio: esa cosa que existe entre dos personas que se han visto de lejos durante semanas y que después se ven de cerca y descubren que la distancia les gustaba, pero que esto les gusta más.
Valentina nunca perdió ese rasgo suyo: el placer de que la miraran, de saber que alguien prestaba atención. Lo tenía dentro como una constante, no como una actuación. Algunas tardes me pedía que me quedara sentado en la silla frente al sofá y que simplemente mirara mientras ella hacía lo que hacía. Otras veces era al revés. Era un juego que habíamos aprendido a jugar bien los dos.
Había algo honesto en ello. Algo sin filtros, sin pretensiones.
Cuando llegó el día de irme, no hubo escena. Un café, un abrazo más largo de lo habitual, y un «cuídate» dicho con el peso suficiente para significar más de lo que decía.
A veces, en tardes aburridas de vuelta en mi ciudad, pienso en aquella primera tarde. En la cortina entreabierta, en el bikini verde, en el beso lanzado desde una terraza a veinte metros de distancia. En cómo algo tan pequeño como dos personas que se miran desde ventanas distintas puede convertirse en algo que te queda grabado durante años.
Valentina no ocultaba lo que quería. Eso, al final, era lo más erótico de todo.