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Relatos Ardientes

Las noches que mi suegra no sabía que la miraba

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Llevo veinte años casado con Susana y no podría decir en qué momento exacto la vida se volvió esto: trabajo, cena, televisión, cama. No hubo una ruptura, no hubo una pelea decisiva. Solo el desgaste lento de dos personas que un día dejaron de sorprenderse mutuamente y aprendieron a coexistir en paz.

El sexo fue lo primero que desapareció. No de golpe, sino en dosis cada vez más espaciadas, como una radio que pierde la señal antes de apagarse del todo. Primero una vez a la semana, luego una vez al mes. Después de un punto que no podría ubicar en el calendario, dejó de suceder. Los dos lo aceptamos sin decir nada, que es la forma en que se aceptan muchas cosas en un matrimonio largo.

Así estaban las cosas cuando llegó Graciela.

Mi suegra tenía sesenta y siete años cuando vino a quedarse con nosotros. Era viuda desde hacía tres, y entre Susana y sus dos hermanas se habían organizado para que nunca estuviera sola: una temporada en cada casa, rotando según el calendario familiar. A mí no me importó. Graciela era una mujer tranquila, discreta, que agradecía cualquier gesto pequeño y procuraba no estorbar.

Lo que no esperaba era su cuerpo.

No sé qué imagen tenía en la cabeza. Supongo que me había hecho a la idea de una señora menuda y frágil, del tipo que aparece en las publicidades de medicamentos para los huesos. Pero Graciela era otra cosa. Alta, de huesos anchos, con las caderas generosas y las tetas grandes que la gravedad había ido venciendo con los años pero que seguían siendo imponentes bajo las blusas holgadas que usaba. Se movía despacio, con ese ritmo sin apuro de quien ya no tiene nada que demostrar, pero había una presencia en ella que no podía ignorar.

Lo noté la primera semana y me pareció ridículo. Lo noté la segunda semana y empecé a preocuparme. Lo noté la tercera y acepté que algo había cambiado en la casa: se me paraba la verga cada vez que la veía cruzar el comedor con esas caderas anchas y esas tetas colgando pesadas contra la tela.

La primera vez que la vi fue por accidente.

Era un miércoles a la noche. Susana estaba en la cama con sus auriculares puestos y la tableta sobre las piernas, perdida en alguna serie que yo no seguía. Yo había dado vueltas por la casa un rato, sin saber qué hacer con mi insomnio, y al pasar por el pasillo noté que la puerta del cuarto de Graciela estaba entreabierta. Adentro, la luz de la mesita de noche dibujaba una franja cálida sobre el piso de madera.

Me detuve sin pensarlo.

Desde el pasillo oscuro, pegado a la pared, pude ver el reflejo de mi suegra en el espejo del ropero. Estaba de espaldas, desvistiéndose con esa lentitud metódica que tienen las personas que viven solas y no le rinden cuentas a nadie. Primero se desabrochó la blusa, botón por botón. La dejó caer sobre la silla.

Me quedé inmóvil.

La vi extender los brazos hacia atrás para desabrochar el corpiño. Los movimientos le costaban un poco, pero al final el broche cedió. El corpiño resbaló hacia adelante y Graciela lo tomó antes de que cayera, lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la silla junto a la blusa.

Sus tetas quedaron al aire.

Eran enormes, mucho más grandes de lo que las blusas dejaban adivinar. Caídas, marcadas por el tiempo, pesadas, con unos pezones oscuros y anchos que se le habían agrandado con los años. Graciela se las acomodó con una mano, distraídamente, sopesando una y después la otra como para aliviar el peso, mientras miraba la televisión sin ninguna conciencia de estar siendo observada. Yo sentí cómo la sangre se me iba entera a la entrepierna, cómo la polla empezaba a empujar contra el pantalón hasta dolerme. Después se puso el camisón, apagó la luz chica y se metió en la cama.

Yo seguí en el pasillo un minuto más, escuchando el silencio de la casa. Tenía el corazón acelerado y un calor en el cuerpo que no reconocía desde hacía mucho tiempo. Fui al baño, cerré la puerta y me bajé el pantalón con la verga ya durísima. Me la agarré con la mano derecha, apoyé la izquierda contra los azulejos y empecé a hacérmela con la imagen fija de mi suegra sopesándose las tetas frente al espejo. Me la sacudí rápido, fuerte, mordiéndome el labio para no gemir, imaginando esos pezones oscuros en mi boca, imaginando la lengua chupándolos, hundiéndome la cara entre esas tetas caídas de vieja. Terminé pronto. Me corrí en la mano con un espasmo largo, apretando los dientes, y la corrida me chorreó entre los dedos hasta la muñeca. Enjuagué todo en la pileta, tardé en salir.

Esa noche no dormí bien.

***

Pasé una semana convenciéndome de que había sido una curiosidad sin importancia, el tipo de cosa que le pasa a cualquiera y que no significa nada. Pero el cuerpo tiene una memoria propia que no atiende razones. Cada vez que Graciela cruzaba el comedor, cada vez que se agachaba sobre el cajón bajo de la cocina y la tela del pantalón se tensaba sobre ese culo ancho y blando de sesenta y siete años, yo lo notaba. Se me paraba la polla ahí mismo, parado con el mate en la mano, con Susana a dos metros sin darse cuenta de nada.

La segunda vez fue deliberada. No me voy a mentir a ese respecto.

Era sábado. Susana había ido a lo de su hermana por la tarde y yo había pasado horas en el garaje, entre herramientas y la radio, arreglando una motocicleta que llevaba meses parada. Cuando entré a la cocina cerca de las nueve, Graciela estaba de espaldas lavando su taza del té.

—Qué tarde, Rodrigo —dijo sin volverse—. ¿Cenaste?

—Comí algo antes —respondí.

Estaba parado junto al mesón, mirándola. Llevaba el pantalón gris de todos los días y una blusa a rayas que le quedaba un poco grande. El pelo canoso recogido en una trenza que le caía sobre el hombro izquierdo. No era nada que no hubiera visto docenas de veces.

Pero esa noche, por alguna razón que no pude nombrar, no podía dejar de mirarle el culo. De imaginarme cómo se le abrirían esas nalgas anchas si le bajaba el pantalón ahí, contra la mesada, cómo se le vería el coño canoso entre las piernas.

Cuando se fue a su cuarto, la seguí con los ojos hasta que dobló el pasillo. Apagué las luces de la cocina y esperé en la oscuridad del living. Sabía que todavía tardaba un rato en acostarse: primero el baño, luego la televisión con el volumen bajo, luego los rezos que hacía sentada al borde de la cama. Había aprendido su rutina sin darme cuenta, sin proponérmelo.

Me planté en el pasillo. La puerta estaba entreabierta, como siempre. Esperé.

Esta vez me quedé más tiempo que la primera. Vi cómo se quitaba la blusa, cómo luchaba un momento con el broche del corpiño hasta que cedía, cómo las tetas le caían pesadas sobre el vientre en cuanto quedaban libres. La vi bajarse el pantalón despacio, doblarlo sobre la silla. Debajo llevaba una bombacha grande, blanca, de algodón, de esas que usan las señoras. Se la bajó también, sin apuro, y la dejó caer sobre el pantalón. Y ahí quedó completamente desnuda de espaldas al espejo del ropero: el culo ancho, blanco, con dos hoyuelos arriba, las piernas gruesas de várices finitas, la espalda larga.

Entonces se dio vuelta para buscar el camisón en el cajón.

La vi de frente. Las tetas colgando pesadas hasta casi tocarle el vientre, los pezones oscuros apuntando al piso, la barriga blanda de mujer que parió tres hijas, y entre las piernas una mata espesa de vello canoso, más blanco que negro, tapándole el coño. Se rascó ahí con dos dedos, distraída, sin ninguna idea de que del otro lado del pasillo yo tenía la verga afuera del pantalón, agarrada con la mano, hinchada como no la sentía hacía años.

Volví a mi cuarto sin hacer ruido. En el baño del dormitorio me bajé el pantalón hasta las rodillas, apoyé la frente contra los azulejos fríos y me la empecé a machacar. Duro. Rápido. Pensando en meterle la cara entre esas tetas caídas, en chuparle los pezones oscuros hasta ponérselos duros, en abrirle las piernas y hundirle la lengua en ese coño peludo y canoso hasta hacerla gemir bajito para que Susana no la oyera. Me imaginé cogiéndomela en cuatro patas contra la cama, agarrándole las tetas por debajo mientras le clavaba la polla hasta el fondo, y me corrí contra la pared con un gruñido apretado entre los dientes. La corrida saltó blanca sobre los azulejos, chorreando despacio. Limpié todo con papel, tiré la cadena. Me acosté al lado de Susana. Ella no se movió.

***

El problema era el ángulo. La puerta entreabierta ofrecía una visión parcial, interrumpida, que dependía de dónde se parara Graciela en cada momento. Había noches en que no veía nada, noches en que veía todo, y esa incertidumbre me tenía en un estado de tensión constante que no le hacía bien a nadie. Andaba con la polla medio parada todo el día.

Fue entonces cuando se me ocurrió lo del espejo.

Desde el pasillo se veía una franja estrecha del cuarto: la silla donde dejaba la ropa, el borde de la cama, la mesita de noche. Pero si había un espejo en el ángulo correcto, esa franja podría ampliarse sin que yo tuviera que mover nada. Y yo ya sabía cuál era el ángulo correcto.

Le dije a Graciela que había visto un zapatero de oferta y que había pensado en ella porque siempre se quejaba de no tener dónde guardar los zapatos. Uno de esos muebles altos con espejo en la puerta exterior, los que venden en los grandes almacenes. Lo agradeció mucho.

—Qué atento sos, Rodrigo. De verdad.

Lo coloqué yo mismo ese fin de semana, mientras Graciela y Susana tomaban mate en la cocina. Lo apoyé contra la pared lateral del cuarto, en el ángulo que había calculado mentalmente durante días. Lo ajusté centímetro a centímetro, diciéndome que era para que quedara derecho.

Esa noche no pude dormir esperando que llegara la hora.

***

La siguiente noche fue la primera en que todo funcionó como lo había planeado.

Susana se acostó a las once. Yo me quedé en el living con el televisor apagado, mirando el teléfono, esperando escuchar los pasos lentos de Graciela en el pasillo. Cuando la escuché despedirse y cerrar la puerta de su cuarto, salí al patio por la puerta trasera.

La noche estaba fresca y quieta. Me apoyé contra la pared exterior, en el punto exacto que había identificado durante días. A través de la rendija de las cortinas, el espejo nuevo recogía el lateral de la habitación con una claridad que me sorprendió.

Esperé.

Graciela apareció en el reflejo unos minutos después. Primero se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos, uno por uno, con cuidado. Luego se puso de pie y empezó a desabrocharse la blusa. Yo estaba inmóvil en el patio, con el frío de la noche en los brazos, sin moverme. Ya tenía la mano dentro del pantalón, apretándome la verga que se me iba parando sola.

La blusa cayó sobre la silla. El corpiño le costó un momento, como siempre, pero cayó también. Y ahí estaban sus tetas, iluminadas por la luz tenue de la mesita, libres y pesadas mientras ella se rascaba distraídamente la marca que los breteles le dejaban en los hombros. Había algo en ese gesto, en esa intimidad sin audiencia, que me resultaba más poderoso que cualquier otra cosa que pudiera imaginar.

Después se llevó las manos al pantalón. Se lo desabrochó despacio, bajó el cierre, y lo dejó caer al piso. Salió de él con un paso torpe y lo pateó a un lado. La bombacha blanca de algodón le marcaba las carnes de las caderas anchas. Se enganchó los pulgares en el elástico y se la bajó también, agachándose despacio, con las tetas colgándole hacia adelante mientras se inclinaba. La bombacha quedó en el piso hecha un ovillo.

Entonces se dio vuelta.

No sé si fue deliberado o si buscaba algo en la silla. Pero se dio vuelta hacia el espejo y durante un segundo que se extendió de una forma extraña vi su cuerpo de frente entero, iluminado: las tetas grandes colgando hasta la mitad del vientre, los pezones marrones oscuros y anchos como monedas viejas, el vientre blando que subía y bajaba con la respiración, y entre las piernas gruesas el coño de mi suegra tapado por una mata de vello canoso, abundante, ese pelo blanco y grueso de mujer mayor que no se recorta nunca. Se abrió las piernas apenas para rascarse y por un momento, un solo momento, alcancé a ver el rosa oscuro de los labios entre el vello antes de que se agachara a levantar el camisón del suelo.

Me aparté de la pared.

Caminé hasta el fondo del patio, donde la oscuridad era total. Me apoyé contra el cerco de ladrillos y me desabroché el pantalón de un tirón. La polla saltó afuera, dura como una piedra, con la punta ya mojada. El frío de la noche ya no existía. Solo existía esa imagen: esas tetas iluminadas, ese vello canoso, ese coño de vieja que se me había metido en la cabeza y no se iba a ir más.

Me escupí en la mano y me la empecé a machacar en serio. Fuerte, rápido, con la mano cerrada bien apretada alrededor del glande. Con la otra mano me agarré las bolas y me las apreté. Pensaba en meterle la cara entre las piernas, en apartarle esos pelos canosos con la lengua, en chuparle el coño de mi suegra hasta que se le pusiera todo mojado, hasta que empezara a gemir bajito en la oscuridad. Pensaba en montarla desde atrás, con las manos hundidas en ese culo ancho y blando, clavándole la polla entera de una sola vez, viendo cómo se le movían las tetas colgando debajo con cada embestida. Pensaba en dejarle la boca abierta y correrle adentro, llenársela de leche mientras me pedía más.

Tardé muy poco en terminar. Menos de lo que me hubiera gustado. Sentí la corrida subir desde las bolas, apreté los dientes para no gruñir, y me largué a chorros contra los ladrillos del cerco. Un chorro, dos, tres, cada uno con una sacudida de todo el cuerpo. La leche caliente me quedó goteando en la mano, colgando de la punta de la polla, humeando en el frío. Me limpié con un trapo del taller que tenía en el bolsillo, me guardé la verga todavía dura y entré a la casa caminando despacio.

Susana dormía profundo. Me metí en la cama y me quedé mirando el techo un rato largo, sintiéndome vacío y sucio y despierto de una manera que llevaba años sin sentirme.

***

Así siguieron las cosas durante las semanas que Graciela estuvo en nuestra casa. Algunas noches el ángulo funcionaba y otras no, según cómo hubiera corrido las cortinas, según si Susana tardaba en dormirse. Pero hubo más noches buenas que malas. Hubo noches en que la vi tocarse: sentada al borde de la cama, con las piernas apenas abiertas, deslizándose dos dedos entre el vello canoso mientras miraba la televisión con la cara sin expresión. La vi apretarse una teta con la mano libre, jugarse el pezón entre los dedos, respirar un poco más hondo. Nunca hasta el final, o al menos yo nunca la vi terminar. Solo esos gestos lentos, medio distraídos, de una viuda que se acordaba del cuerpo cada tanto y le daba un poco de atención antes de dormir.

Esas noches yo me corría dos veces en el patio, apoyado contra el cerco, hasta que la polla me quedaba en carne viva.

No me enorgullece lo que hice. O quizás sí, un poco, que es peor todavía.

Lo que sí sé es que esas noches en el patio fueron las únicas en meses en que sentí algo que no fuera el ruido sordo de la rutina. Que una mujer de casi setenta años, sin saberlo, sin proponérselo, me devolvió algo que creía que se había ido para siempre: el deseo de esperar algo. La tensión de querer ver lo que no deberías ver. La polla dura, palpitando en el pantalón, avisando que todavía estaba viva.

Cuando Graciela se fue a casa de su otra hija, la casa quedó más silenciosa de lo habitual. El espejo zapatero sigue en su cuarto, ahora vacío, apuntando a la silla donde nadie deja la ropa.

Algunos miércoles a la noche, cuando Susana tiene los auriculares puestos y la casa está en silencio, todavía me levanto a dar una vuelta. Y al pasar por ese cuarto vacío, me detengo un segundo frente a la puerta cerrada.

Solo un segundo. Después sigo.

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Comentarios(8)

Abel

tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de verdad

NachoPampa

Por favor seguí con esto, no puede terminar ahi. Quiero saber si alguna vez lo descubren jaja

Rosario_73

me recordo a una pelicula que vi hace años, de esas que te quedan grabadas. Muy bueno!

CuriosaLectora22

Buenisimo como esta narrado, se siente muy real sin pasarse de la raya. Mas de esto por favor :)

Homersolo

el detalle del espejo fue un toque brillante jajaja, no se me hubiera ocurrido nunca

lector001

La tension que va creciendo noche a noche esta muy bien lograda. Me enganche desde la primera linea

FrankoV

Sigue asi!! Esperando ansioso tu proximo relato. Saludos

DamianRio

Que morbo la situacion que planteas. Me gusto mucho como lo fuiste desarrollando, sin apuro, dejando que la historia respire

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