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Relatos Ardientes

El piloto que me ordenó volver al bar sin ropa interior

Tomás dormía boca abajo cuando terminé de vestirme frente al espejo. Llevaba ocho años con él y todavía me gustaba esa espalda ancha asomada bajo las sábanas, esa nuca quieta y morena. La habitación olía al sexo de unas horas atrás, intenso y descuidado, pero nada de eso había bastado para apagarme los nervios.

Era mi primer vuelo como auxiliar de cabina en una compañía importante. Barcelona-Ginebra. Dos horas y veinte de trayecto, dormir allí, vuelta al día siguiente.

Me habían hablado bien de los dos pilotos. Gabriel Mendoza, joven, talento puro, y Rodrigo Vega, un veterano con miles de horas y muchos kilómetros encima.

—Llámame en cuanto aterrices —murmuró Tomás sin abrir los ojos.

—Te lo prometo.

***

En el avión me coloqué junto a una de las puertas y sonreí a cada pasajero con la convicción de quien intenta no temblar. Me habían asignado la cabina central junto con Mariana, una rubia de mi edad que enseguida se ocupó de mí como si lleváramos años trabajando juntas. En primera clase iba Patricia, la «estrella» de la tripulación según los rumores, y en cabina de emergencia Helena, la más callada de todas.

Cuando el avión cogió velocidad antes de despegar, Mariana me apretó la mano sobre el reposabrazos.

—Bienvenida —susurró justo cuando las ruedas se separaron del asfalto.

Una vez estabilizado el vuelo y atendidos los pasajeros, ella se relajó y empezó a hablar como si nos conociéramos de toda la vida.

—Oye, me has caído bien.

—Tú a mí también.

—¿Tienes pareja?

—Novio. Ocho años con él.

—Joder, eso son palabras mayores. Yo ando tonteando con un chico desde hace un año, pero los días como hoy me arrepiento de no estar libre.

—¿Y eso?

—¿No te has fijado en Gabriel? Si parece el primo guapo de cualquier futbolista. Esta noche no se me escapa.

Solté una risa nerviosa.

—¿Y el otro?

—Rodrigo. Buen piloto, pero está de vuelta de todo. Se rumorea que bebe demasiado desde que perdió a una hija en un accidente. Antes era de los que se llevaba a todas por delante. Ahora apenas saluda.

Asentí en silencio. Me incomodaba la familiaridad con la que hablaba de los dos hombres, como si fueran piezas de un tablero que ella ya tenía estudiado.

—Después de cenar tomamos algo con ellos, ¿vale? Necesito que vengas conmigo.

—Tengo novio, Mariana.

—Una copa, sólo eso. Por solidaridad.

***

Aterrizamos en Ginebra al caer la tarde. Subí a la habitación del hotel y me cambié para la cena: falda larga verde militar, blusa blanca con tres botones, lo justo para parecer arreglada sin estarlo. Cuando pasé a buscar a Mariana, me sorprendí. Ella iba con un pantalón negro, una camisa muy abierta y unas tetas operadas que pedían a gritos que las miraran.

—Pensé que íbamos informales.

—Esto es mi informal —se rió—. Y tú, cabrona, deberías taparte ese culo si no quieres que Gabriel te coma con los ojos.

—Por mí, ningún problema. No me interesa.

En el restaurante encontramos a Patricia y Helena. Patricia llevaba un vestido morado de fiesta absurdo para la ocasión y un peinado complicado, como si bajara a una boda. Durante la cena se notó la guerra fría entre ella y Mariana. Helena y yo intercambiábamos miradas cómplices, divertidas y desconcertadas a partes iguales, mientras las dos rubias se lanzaban dardos.

—Después he quedado para tomar algo con Gabriel —dejó caer Patricia con voz altiva.

—Nosotras también —replicó Mariana.

Helena se excusó. Yo intenté lo mismo.

—De eso nada —insistió Mariana—. Una y te subes.

***

En el bar del hotel nos esperaban los dos pilotos. Gabriel se levantó al vernos y pidió champán para celebrar mi primer destino. Rodrigo, en cambio, ni se movió. Estaba apoyado en la barra con la copa entre las manos, los ojos en el móvil y la espalda enorme dándole de lleno al espejo. Pelo blanco repeinado, camisa por fuera del pantalón, bolsas marcadas bajo los ojos. Tendría sesenta y pocos. Se notaba que de joven había sido un guaperas, pero la vida lo había desgastado.

Durante media hora aguanté el espectáculo. Patricia y Mariana competían por Gabriel con una franqueza casi grotesca: rozarle el brazo, reírse demasiado fuerte, inclinarse para que las viera mejor. Cuando propusieron salir de copas por la ciudad, respiré.

—Yo me retiro.

—¿En serio? —protestó Gabriel.

—Mañana hay que llevaros de vuelta —bromeé.

Patricia y Mariana lo enredaron de los brazos antes de que pudiera replicar. Apuré la copa y dejé el vaso sobre la barra. Justo en ese momento Rodrigo levantó la mano para pedir otro cóctel. Apoyé los dedos en su espalda casi por inercia.

—Buenas noches, Rodrigo. No se acueste muy tarde.

Se giró despacio, me miró sin mover una sola línea de la cara y dijo:

—¿Quieres tomar algo?

Me dio pena. No fue otra cosa. Aquel hombre solo, callado, con el peso de una hija muerta encima. Pensé que un rato de compañía no le haría daño a nadie.

—Vale.

Me senté a su lado.

***

Pidió un Cosmopolitan sin consultarme.

—Vodka, afrutado, te va a gustar.

Sonó mi móvil. Era Tomás. Me alejé un par de metros, le conté en treinta segundos que estaba bajando para cenar y que enseguida subía a dormir. No mencioné a Rodrigo. No supe por qué.

Cuando volví, él me miraba con una sonrisa torcida.

—¿El novio celoso?

—No. Sólo se preocupa.

—¿Cuánto llevas con él?

—Ocho años.

Me preguntó por mi edad, por cómo había llegado a la profesión, por los idiomas. Hablamos de países, de ciudades, de vuelos imposibles. Durante un rato fue agradable. Tenía un humor seco, irónico, y entre frase y frase me pegaba un repaso al escote con tal disimulo que casi era gracioso.

—¿Te cuento un secreto? —dijo de pronto, acercándose.

—Adelante.

—Le has llamado mucho la atención a Gabriel. Me lo dijo en cabina. Si no hubieras tenido novio, esta noche se habría ido contigo y no con Mariana.

Algo se torció dentro de mí.

—Para eso estamos las «azafatas», supongo. Para repartirnos entre los pilotos.

—No te enfades.

—No me enfado. Sólo me parece patético.

Él se rió. Pidió otro cóctel para mí, otro para él.

—Dijiste que era el último.

—Esto se está poniendo interesante. ¿Te gusta mandar o que te manden, Carolina?

—Perdona, ¿qué?

—Pues eso. Dilo sin pensarlo.

—Me gusta mandar a la mierda a los machistas como tú.

—¿Como yo?

Sonreía como un crío que ha conseguido lo que quería. Cogió una aceituna con un palillo y, sin pedirme permiso, me la acercó a los labios. No sé qué se me cruzó por la cabeza. Abrí la boca. Saqué la lengua. Dejé que la depositara dentro y la mastiqué despacio, mirándolo a los ojos.

Sonrió, satisfecho, y se arremangó la camisa otra vuelta.

—Estarías más imponente con otro botón desabrochado.

—Eso ni lo sueñes.

—Pena. Casi lo tenía.

Se incorporó y avanzó hasta plantarse frente a mí. Era enorme. Su mano subió hasta el segundo botón de mi blusa y, con una habilidad que me dejó sin respuesta, lo desabrochó sin rozarme un milímetro de piel.

—Mucho mejor.

—¡Eh! ¿Qué haces?

Pidió otra copa para él y me dio la espalda como si yo no existiera.

Me bajé del taburete furiosa y me planté a su lado.

—No te he dado motivos para tomarte estas confianzas. No vuelvas a hablar de mi cuerpo.

—Entonces, ¿te quedas o no?

Me rodeó con un brazo enorme antes de que pudiera apartarme. Me atrajo contra él. Su mano cayó sobre mi cintura, casi en la cadera, y un calor absurdo me subió desde el estómago. Me solté con suavidad.

—Vete a la mierda.

—Tranquila. Pero te vas a correr pensando en mí en cuanto subas. Y lo sabes. Las tetas se te han puesto duras y apostaría a que ya estás mojada.

***

Subí a la habitación con las pulsaciones a mil. Me desmaquillé, me duché, me puse el pijama y me senté en la cama tratando de pensar racionalmente.

¿Y si lo denunciaba? ¿Por qué? ¿Por una aceituna en la lengua, un botón desabrochado y un par de impertinencias? Yo había abierto la boca. Yo no había gritado. Yo no había salido corriendo. La típica auxiliar que tontea con un piloto, dirían. Y tendrían razón.

Estaba dándole vueltas cuando escuché ruidos en la habitación de al lado. Risas. Pisadas. Mariana y Gabriel.

Me quedé quieta.

—Sí, eso es —jadeó él al cabo de un minuto—. Joder, sigue, sigue.

Se había metido en la habitación con ella y ya estaba reclamando una mamada como si tal cosa. La oía amortiguada por el tabique, pero clara. Cerré los ojos. El calor entre los muslos volvió sin pedir permiso. Bajé una mano y descubrí que ya estaba mojada.

—Ponte ahí —ordenó Gabriel—. Eso es. No te muevas.

Algo en aquella voz mandona me reventó por dentro. Me levanté de la cama de un salto. La falda y la blusa estaban tiradas sobre la silla. Me las puse sin sujetador y sin braguitas, desabroché tres botones y me miré al espejo. La tela se ceñía al culo de una manera obscena. Los pezones se marcaban contra la blusa.

Rodrigo tenía razón. Quedaba mejor así.

—¡Eh! ¡Por ahí no, cabrón! —protestó Mariana al otro lado de la pared.

—Cállate, zorra. Voy a darte por el culo.

Un grito ahogado. Un golpe seco. Otro. Otro. Mariana empezó a gemir descontroladamente al cabo de un minuto. Yo me dejé caer de rodillas en el suelo, con las piernas temblando, y me acaricié frente al espejo. Quería correrme. Lo necesitaba. Pero las palabras de Rodrigo seguían encima de mí: «Te vas a correr pensando en mí. Y lo sabes».

***

Gabriel tardó quince minutos. Quince minutos de risas, golpes, gemidos y un orgasmo final ridículamente rápido. Después oí la cisterna del baño y un beso seco.

—Mañana nos vemos. Buenas noches.

Mariana se quedó sola al otro lado de la pared. Yo seguía a cuatro patas frente al espejo, vestida como una estampa pornográfica de mí misma, sin atreverme a tocarme. La idea de bajar otra vez al bar había echado raíces en mí y no podía arrancarla.

Cuando salí al pasillo me costó respirar. El espejo del ascensor me devolvió una imagen humillante: las mejillas rojas, los pezones marcados a través de la tela, los muslos resbaladizos bajo la falda. Pulsé la planta baja.

***

Rodrigo seguía donde lo había dejado. Apoyé los codos en la barra y llamé al camarero.

—Un Cosmopolitan.

Él sonrió sin mirarme.

—Vienes sin ropa interior, ¿verdad?

—Sí.

—¿Te has corrido?

—No.

—Pero te has tocado.

—Un poco.

—Me gusta que seas sincera. No voy a follarte.

—Tampoco te lo he pedido.

—Quiero que mañana, en el vuelo de vuelta, vengas sin ropa interior bajo el uniforme. Tu novio me lo agradecerá cuando llegues a casa.

Bajó del taburete, dejó un billete sobre la barra y me hizo un gesto para que lo siguiera. Caminamos hasta el ascensor sin hablar. Dentro, pulsó el tres y se colocó detrás de mí. Su reflejo me miró por encima del hombro.

—Esa falda te queda mejor sin braguitas.

Su entrepierna rozó mis nalgas. Eché las caderas hacia atrás casi sin darme cuenta. Él se apartó de un movimiento seco y, cuando se abrieron las puertas, dejó caer la mano abierta sobre mi nalga derecha con una fuerza que me arrancó un gemido.

—Te he dicho que no iba a follarte. Buenas noches, Carolina. No olvides lo que te he pedido.

***

En la habitación me desnudé. La marca de su mano latía rojiza sobre mi piel. Llevé los dedos entre los muslos y casi me corrí allí mismo, pero recordé sus palabras. «Quiero que mañana estés todavía más cachonda».

Me metí en la cama temblando. Tardé dos horas en dormirme.

Por la mañana me puse el uniforme sin nada debajo. Mariana pasó a buscarme.

—¿Qué tal anoche? —pregunté.

—Bien —contestó sin mirarme—. Terminé con Gabriel.

Eso fue todo.

En la cafetería del hotel, Rodrigo y Gabriel desayunaban. Rodrigo iba peinado, recién afeitado, sin rastro del hombre derrotado del bar. Me clavó una mirada que me hizo apretar los muslos sin querer.

Justo entonces me llegó al móvil el calendario de los próximos vuelos. La semana siguiente. Mismo destino. Misma tripulación.

Barcelona-Ginebra.

Él también lo había visto. Sonrió.

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Comentarios (10)

NocturnoLect

tremendo!!! me dejo sin palabras

LuciaMdP

Por favor necesito la segunda parte. Como termino todo en el vuelo de vuelta?? no puedo dejarlo ahi

CarmenViajera

me recordo a un viaje de trabajo de hace unos años... sin llegar a tanto pero con esa misma tension de saber que no deberia y no poder evitarlo jaja. muy buena la redaccion

vale_2103

Buenisimo, se siente real de principio a fin. Espero que publiques mas aventuras asi!

Marcos77

La tension que se va construyendo es increible, uno no puede dejar de leer hasta el final

PatriNoche

jajaja la orden que cumpliste en el vuelo de vuelta... eso si que es un souvenir distinto

MatiasR

Leido de un tiron, ese cierre me mato. Seguí porfa, saludos desde Córdoba

SebaNocturno

Que bueno encontrar relatos bien narrados, sin apurarse. Gracias por compartir

RominaK_84

Ay dios, me quede con ganas de mas. Tiene todo para tener continuacion con ese personaje

Marcos_Mdq

Excelente relato, uno de los mejores que lei en esta categoria ultimamente. Espero que no sea el unico, segui escribiendo!!

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