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Relatos Ardientes

La piscina donde empecé a fantasear con el trío

Tenía veintiún años cuando ese viaje lo cambió todo. No de forma dramática, no como una revelación súbita. Fue más bien como cuando empujas una piedra al borde de una cuesta y te quedas mirando cómo rueda lentamente hacia el fondo sin que puedas hacer nada por detenerla aunque quisieras.

Mi novia Sofía y yo llevábamos casi dos años juntos. Nos conocimos en el campus durante el primer mes de facultad, ella en Derecho, yo en Arquitectura, con un grupo de amigos comunes que en algún momento nos empujaron hacia el mismo sofá durante una fiesta. Sofía era de esas mujeres que llaman la atención sin buscarlo: metro setenta de estatura, caderas amplias, pechos grandes y redondos, y una forma de moverse que hacía que la gente se girara. Yo era más del montón. Lo sabía y lo aceptaba. Mi punto fuerte siempre había sido la conversación, no el físico.

Sexualmente éramos activos pero predecibles. Dos años de carrera con exámenes, trabajos en grupo y noches cortas habían fabricado una rutina que funcionaba, pero que rara vez sorprendía. Cuando mi tía nos ofreció una semana en un resort de la costa como regalo de fin de curso, los dos aceptamos sin pensarlo dos veces. Necesitábamos esa desconexión.

El día de la salida, Sofía apareció con un vestido de tirantes color crema, sin sujetador, las uñas pintadas de burdeos oscuro y unas sandalias planas blancas. Me costó arrancar el coche.

***

Llevábamos tres horas de autopista cuando el indicador de gasolina empezó a parpadear. Paré en la primera gasolinera que encontré, un edificio gris entre dos campos de girasoles a medio secar. Sofía dormía con el asiento reclinado, el vestido subido hasta la mitad del muslo y el brazo izquierdo por encima de la cabeza. El movimiento de la tela dejaba ver bastante más de lo que ella hubiera permitido con los ojos abiertos.

El empleado, un hombre de unos sesenta años con pantalón de trabajo y manos negras de grasa, tardó un tiempo razonable en llenar el depósito y un tiempo bastante menos razonable en limpiar el parabrisas del lado del copiloto.

Fui a pagar dentro.

—Cuarenta y uno con ochenta. ¿Ticket?

—No, gracias.

—¿De vacaciones? —preguntó con una sonrisa que no terminaba de gustarme.

—Sí, a la costa.

—Buen viaje. —Pasó la tarjeta y me la devolvió—. Espero que tenga usted la energía y el equipo necesario para lo que lleva ahí dentro. Si le falta algo, ya sabe dónde encontrarme. —Y se agarró la entrepierna.

Me di la vuelta y salí sin contestar. Arranqué el coche y puse primera. Sofía seguía dormida. Las mejillas me ardían, pero no era solo rabia lo que sentía. Eso era lo que más me desconcertaba.

***

El resort era de los buenos. Piscina interior, piscina exterior, spa, dos restaurantes y un bar de cócteles. El parking era enorme. La recepción, de mármol frío. La habitación olía a jabón caro y tenía una terraza con vistas al jardín.

Cuando Sofía empezó a deshacer la maleta, sacó los bañadores uno a uno. Había tres: uno entero negro, un bikini azul marino con cremallera en el costado y uno que, al desplegarlo, parecía consistir principalmente en esperanza y dos triángulos de tela beige.

—¿Eso es un bañador? —pregunté.

—Técnicamente sí. —Lo dobló rápido y lo metió debajo de los demás—. Me lo compré con mi prima el mes pasado. Ella me convenció. Pero tranquilo, que es solo para aquí dentro, para ponérmelo contigo. Para la playa o la piscina me pongo el azul. No quiero que me miren los babosos.

—Yo creo que en la playa estarías espectacular. Menos marcas del bañador, además.

—Tú lo que quieres es que te miren a ti por llevarme a mí. —Lo dijo con media sonrisa, sin malicia, señalando la evidente reacción que el bikini me había provocado.

No respondí. Pero tampoco lo negué.

***

El área de la piscina exterior tenía hamacas de teca, parasoles blancos y música ambiente a un volumen que no molestaba pero que tampoco permitía conversación fluida. La media de edad del recinto rondaba los cincuenta años. Sofía y yo éramos, con diferencia, los más jóvenes de todo el hotel.

Cuando ella se quitó el pareo y se tumbó boca abajo en la hamaca, noté que varias cabezas giraban en nuestra dirección. Se echó crema solar por los hombros, por los brazos, por la parte baja de la espalda, despacio, con esa naturalidad inconsciente que tiene quien no sabe cuánta atención genera. Yo miraba a los que miraban.

Fui a buscar bebidas a la barra. Mientras esperaba, un hombre se puso a mi lado. Sesenta y pocos años, cabeza completamente rapada, barriga cervecera pronunciada, piel blanca con los hombros ya enrojecidos por el sol de esa misma mañana.

—Primera vez aquí, ¿verdad? —dijo sin apartar la vista de la barra.

—¿Tanto se nota?

—Los que vienen de siempre traen su propio factor cincuenta. —Se rio—. Héctor. Mi mujer es Carmen, la del sombrero de paja.

Miré hacia donde señalaba. Carmen tendría unos cincuenta y cinco años. Morena de piel, con el tipo de bronceado que tarda años en conseguirse, cuerpo curvilíneo que el tiempo había tratado con generosidad. Estaba tumbada en topless, leyendo algo en una tableta, con una calma absoluta. Tenía unos pechos redondos y caídos con suavidad, con el pezón oscuro por el sol, que de lejos ya resultaban llamativos.

—Andrés —le dije, estrechándole la mano. La tenía grande y áspera—. Mi novia es Sofía.

—Lo había notado. —Una pausa—. Tiene un cuerpo muy bonito tu novia.

No supe bien cómo responder. Cogí las bebidas y volví a las hamacas.

***

La tarde avanzó lenta y extraña. Héctor y Carmen se habían instalado en las hamacas contiguas y la conversación surgió de forma natural. Él había sido gerente de una empresa de transportes y se había jubilado anticipado. Ella, profesora de cerámica. Venían al resort un par de veces al año, conocían al personal por el nombre y sabían qué mesas evitar en el restaurante. Parecían una pareja funcional y relajada, con la comodidad de quien lleva mucho tiempo junto y ya no necesita disimular nada.

Yo pedí un par de rondas más. Sofía aceptó los vasos sin preguntar qué llevaban dentro. Con el tercer combinado empezó a reírse más de lo habitual, a apoyar la mano en mi rodilla cuando hablaba, a soltar comentarios con un punto de picardía que en condiciones normales no salía tan fácilmente.

Héctor no le quitaba los ojos de encima cuando creía que yo no miraba. Pero yo siempre miraba.

Lo que sentía cuando le veía los ojos posarse en el escote de Sofía no era exactamente rabia. Era una mezcla más complicada, algo que me tensaba el cuerpo de una forma que no era del todo desagradable. Una especie de orgullo sucio mezclado con algo más oscuro que no supe nombrar en ese momento.

Carmen se movió en la hamaca y quedó de lado. Tuve la impresión de que lo hizo a propósito, calculando el ángulo. Tenía los pechos aplastados suavemente contra la hamaca y el pezón oscuro bien visible. Aparté la vista. La volví a posar un segundo. Aparté la vista otra vez. Ella no dijo nada.

—Cariño, Héctor y Carmen nos proponen cenar juntos esta noche, hay música en directo junto a la piscina —me comentó Sofía con una sonrisa algo achispada.

—Me parece perfecto —dije.

Mientras lo decía, miré a Héctor. Me devolvió la mirada con una sonrisa de bonachón que no revelaba nada.

***

Subimos a la habitación antes de la hora de cenar. Apenas cerré la puerta, Sofía me rodeó el cuello con los brazos y me besó. El alcohol le había encendido algo que en condiciones normales tardaba más en aparecer.

Le quité el top del bañador y lo tiré a un lado. Ella retrocedió hasta la cama y se sentó en el borde, mirándome. Le bajé la parte de abajo por las piernas y me arrodillé. Me perdí entre sus muslos durante un buen rato, con las manos en sus caderas, escuchando cómo contenía el sonido mordiéndose el labio.

Cuando llegó al orgasmo lo apagó a medias contra la almohada. Luego me atrajo hacia ella y nos fuimos al otro extremo juntos, más rápido de lo habitual, con una urgencia que no teníamos desde hacía meses.

Después, tumbados boca arriba recuperando el aliento, Sofía habló.

—¿Te ha gustado Carmen? —preguntó con voz pastosa y ojos entrecerrados.

—Tiene un cuerpo increíble para su edad.

—Y tú la miraste bastante. No te culpo. Yo también miré a Héctor. —Una pausa—. A ti Pablo... a ti Héctor no te quita ojo, pero lo que mira de verdad es a mí.

—Lo sé.

—¿Y no te molesta?

Pensé en la forma en que Héctor había posado los ojos en el escote de Sofía durante toda la tarde. En la lentitud con que lo hacía, sin ningún pudor. En el bulto visible que se le marcaba en el bañador cuando creía que nadie le prestaba atención.

—No —dije—. No me molesta.

Ella sonrió de una forma que no le había visto antes. Y en ese momento empecé a entender que ese viaje iba a ser distinto.

***

La cena en el restaurante del hotel fue larga y amena. Héctor conocía la carta mejor que el camarero y pidió un vino tinto que resultó ser muy bueno. Se aseguró de que la copa de Sofía estuviera siempre llena. Le gastaba bromas que la hacían reírse con la cabeza echada hacia atrás. Carmen y yo hablábamos de otras cosas: de arquitectura, de cerámica, de ciudades que habíamos visitado o queríamos visitar.

Mientras comíamos el postre, Carmen propuso un plan para el día siguiente.

—Hay una cala a unos veinte minutos de aquí. No está en ninguna guía, el agua es limpia y hay sombra natural. El único inconveniente es que no tiene chiringuito, así que hay que llevar todo de aquí. Nosotros tenemos carpa plegable y sitio en el coche para las neveras.

—¿No se llenan esas calas en verano? —pregunté.

—Si llegas temprano, no. Y vosotros lleváis factor cincuenta, así que cuanto antes mejor —dijo Carmen con una sonrisa, señalando mis hombros sin bronceado.

Sofía me miró buscando mi aprobación con esa expresión achispada que ponía cuando el vino le ganaba terreno.

—Claro, nos apuntamos —dije.

***

Después de cenar fuimos al bar de cócteles, donde un grupo en directo tocaba algo entre el jazz y el pop con desgana moderada. No había mucho ambiente, pero la barra estaba bien surtida.

Héctor le ofreció la mano a Sofía para bailar. Ella me miró un segundo y yo asentí con un gesto mínimo. Carmen se levantó y me miró a mí.

—¿Sabe bailar?

—Mal.

—Mejor. Los que bailan bien ya no aprenden nada nuevo.

Me sacó a la pequeña pista. Olía a crema solar y a algo amaderado. Se pegó a mí con una naturalidad que no dejaba opción al rechazo: su cadera contra la mía, su mano en mi espalda, su cara muy cerca de mi hombro. Era una mujer que sabía exactamente lo que hacía y cuándo hacerlo. A través de la tela fina de mi pantalón notó lo que su cuerpo me estaba provocando.

—Tranquilo —me dijo al oído, con una calma que lo hacía peor—. Para mí es un halago, en serio. Cuando cumples años vas creyendo que ya no produces ese efecto en la gente.

No supe qué responder. Me limité a seguir moviéndome.

Al otro lado de la pista, Héctor tenía la mano en la espalda baja de Sofía, en el límite exacto donde termina la espalda y empieza otra cosa. Ella no la retiró. Se movían bien juntos, con esa facilidad que a veces tiene la gente que no se conoce de nada pero que se entiende en lo físico desde el primer momento. Héctor era más ágil de lo que su físico prometía.

Bailamos durante un buen rato sin hablar demasiado. Miré hacia la pista varias veces. Sofía tenía una expresión que no le conocía.

***

De vuelta en la habitación, Sofía se desnudó a oscuras y se metió en la cama. Hacía calor. Se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo en silencio durante un momento.

—Héctor se empalmó bailando conmigo —dijo al fin—. Se le notaba mucho.

Me quedé quieto.

—¿Sí?

—Era... notable. —Una pausa—. Grande. Bastante grande.

No respondí. Me acerqué a ella por debajo de las sábanas. Estaba completamente húmeda, más de lo que me esperaba.

Lo que pasó esa noche fue diferente a todo lo anterior. Más intenso, más honesto, con una energía que no supe de dónde venía pero que reconocí al instante como algo nuevo. Ella me pedía cosas en voz baja que no me había pedido nunca. Yo pensaba en las manos de Héctor sobre su espalda, en la boca de Carmen junto a mi oído, en el cuerpo de Sofía retorciéndose debajo del mío mientras los dos pensábamos en alguien más, en algo más, sin decírnoslo.

Cuando terminamos, tumbados en silencio y en la oscuridad, comprendí que algo había cambiado entre nosotros. No de forma ominosa, no con miedo. Más bien con la sensación de haber abierto una puerta que llevaba tiempo cerrada sin que ninguno de los dos supiera que existía.

Al día siguiente íbamos a una cala apartada. Sin chiringuito. Sin turistas. Sin nadie más que conocer.

Solo nosotros cuatro.

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Comentarios (8)

SebastianKP

Tremendo relato!!! no lo pude soltar hasta el final. Espero que haya segunda parte

Reina_curiosa

Y que paso despues?? nos deja con el suspenso jaja. Muy bueno, de verdad

NocheNomade

Se siente real como esta contado. Muy buen trabajo, gracias por compartirlo!

MarceloCba

Me recordo a un viaje que hize con unos amigos hace años, esa tension que se va acumulando entre personas conocidas es otra cosa. Buen relato, muy bien narrado

ElViajante90

De los mejores que lei en esta categoria. Sigue asi!!!

Daniela_BsAs

Ay que situacion tan morbosa jaja!!! la forma en que describe la tension es perfecta. Felicitaciones, muy buen relato

PabloK

Lo que mas me gusto es como vas construyendo el ambiente poco a poco, sin apurarte. Se nota cuidado en la escritura

KikaRosario

excelente!!! sigue escribiendo porfavor

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