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Relatos Ardientes

La piscina donde empecé a fantasear con el trío

Tenía veintiún años cuando ese viaje lo cambió todo. No de forma dramática, no como una revelación súbita. Fue más bien como cuando empujas una piedra al borde de una cuesta y te quedas mirando cómo rueda lentamente hacia el fondo sin que puedas hacer nada por detenerla aunque quisieras.

Mi novia Sofía y yo llevábamos casi dos años juntos. Nos conocimos en el campus durante el primer mes de facultad, ella en Derecho, yo en Arquitectura, con un grupo de amigos comunes que en algún momento nos empujaron hacia el mismo sofá durante una fiesta. Sofía era de esas mujeres que llaman la atención sin buscarlo: metro setenta de estatura, caderas amplias, tetas grandes y redondas que le rebotaban al andar, y una forma de moverse que hacía que la gente se girara. Yo era más del montón. Lo sabía y lo aceptaba. Mi punto fuerte siempre había sido la conversación, no el físico.

Sexualmente éramos activos pero predecibles. Follábamos dos o tres veces por semana, casi siempre en la misma postura, casi siempre con las luces apagadas, y casi siempre después de mí venía ella corriéndose contra mi mano. Dos años de carrera con exámenes, trabajos en grupo y noches cortas habían fabricado una rutina que funcionaba, pero que rara vez sorprendía. Cuando mi tía nos ofreció una semana en un resort de la costa como regalo de fin de curso, los dos aceptamos sin pensarlo dos veces. Necesitábamos esa desconexión.

El día de la salida, Sofía apareció con un vestido de tirantes color crema, sin sujetador, las uñas pintadas de burdeos oscuro y unas sandalias planas blancas. Se le marcaban los pezones a través de la tela y no llevaba braga: se lo noté cuando se agachó a meter la bolsa en el maletero. Me costó arrancar el coche.

***

Llevábamos tres horas de autopista cuando el indicador de gasolina empezó a parpadear. Paré en la primera gasolinera que encontré, un edificio gris entre dos campos de girasoles a medio secar. Sofía dormía con el asiento reclinado, el vestido subido hasta la mitad del muslo y el brazo izquierdo por encima de la cabeza. El movimiento de la tela dejaba ver bastante más de lo que ella hubiera permitido con los ojos abiertos: se le adivinaba una teta entera por el escote lateral y el bajo del vestido dejaba ver el nacimiento del coño depilado.

El empleado, un hombre de unos sesenta años con pantalón de trabajo y manos negras de grasa, tardó un tiempo razonable en llenar el depósito y un tiempo bastante menos razonable en limpiar el parabrisas del lado del copiloto. Se inclinaba una y otra vez sobre el capó y aprovechaba para meter la cabeza casi contra el cristal, mirando dentro. Sofía suspiraba en sueños, ajena a todo.

Fui a pagar dentro.

—Cuarenta y uno con ochenta. ¿Ticket?

—No, gracias.

—¿De vacaciones? —preguntó con una sonrisa que no terminaba de gustarme.

—Sí, a la costa.

—Buen viaje. —Pasó la tarjeta y me la devolvió—. Espero que tenga usted la energía y el equipo necesario para lo que lleva ahí dentro. Si le falta algo, ya sabe dónde encontrarme. —Y se agarró la entrepierna, apretándose bien el paquete a través del pantalón grasiento.

Me di la vuelta y salí sin contestar. Arranqué el coche y puse primera. Sofía seguía dormida. Las mejillas me ardían, pero no era solo rabia lo que sentía. La polla se me había puesto medio dura en el pantalón. Eso era lo que más me desconcertaba.

***

El resort era de los buenos. Piscina interior, piscina exterior, spa, dos restaurantes y un bar de cócteles. El parking era enorme. La recepción, de mármol frío. La habitación olía a jabón caro y tenía una terraza con vistas al jardín.

Cuando Sofía empezó a deshacer la maleta, sacó los bañadores uno a uno. Había tres: uno entero negro, un bikini azul marino con cremallera en el costado y uno que, al desplegarlo, parecía consistir principalmente en esperanza y dos triángulos de tela beige.

—¿Eso es un bañador? —pregunté.

—Técnicamente sí. —Lo dobló rápido y lo metió debajo de los demás—. Me lo compré con mi prima el mes pasado. Ella me convenció. Pero tranquilo, que es solo para aquí dentro, para ponérmelo contigo. Para la playa o la piscina me pongo el azul. No quiero que me miren los babosos.

—Yo creo que en la playa estarías espectacular. Menos marcas del bañador, además.

—Tú lo que quieres es que te miren a ti por llevarme a mí. —Lo dijo con media sonrisa, sin malicia, señalando el bulto que ya se me marcaba en el pantalón después de verla desnudarse.

Se quedó de pie delante mío, en bragas y nada más, con las tetas al aire y los pezones ya un poco tiesos por el aire acondicionado. Me acerqué, le cogí una en cada mano, se las apreté con fuerza y le chupé un pezón hasta que le arranqué un gemido. Ella me apartó riéndose y me empujó suavemente hacia la puerta.

—Ni se te ocurra. Nos están esperando abajo. Si me follas ahora no bajo en toda la tarde.

No respondí. Pero tampoco lo negué.

***

El área de la piscina exterior tenía hamacas de teca, parasoles blancos y música ambiente a un volumen que no molestaba pero que tampoco permitía conversación fluida. La media de edad del recinto rondaba los cincuenta años. Sofía y yo éramos, con diferencia, los más jóvenes de todo el hotel.

Cuando ella se quitó el pareo y se tumbó boca abajo en la hamaca, noté que varias cabezas giraban en nuestra dirección. Se echó crema solar por los hombros, por los brazos, por la parte baja de la espalda, despacio, con esa naturalidad inconsciente que tiene quien no sabe cuánta atención genera. El bañador azul se le metía entre las nalgas y le dejaba medio culo al aire. Yo miraba a los que miraban. Un tipo calvo con puro se había levantado las gafas de sol para mirarla mejor. Otro, a tres hamacas de distancia, se había puesto la toalla sobre el regazo con demasiado disimulo.

Fui a buscar bebidas a la barra. Mientras esperaba, un hombre se puso a mi lado. Sesenta y pocos años, cabeza completamente rapada, barriga cervecera pronunciada, piel blanca con los hombros ya enrojecidos por el sol de esa misma mañana.

—Primera vez aquí, ¿verdad? —dijo sin apartar la vista de la barra.

—¿Tanto se nota?

—Los que vienen de siempre traen su propio factor cincuenta. —Se rio—. Héctor. Mi mujer es Carmen, la del sombrero de paja.

Miré hacia donde señalaba. Carmen tendría unos cincuenta y cinco años. Morena de piel, con el tipo de bronceado que tarda años en conseguirse, cuerpo curvilíneo que el tiempo había tratado con generosidad. Estaba tumbada en topless, leyendo algo en una tableta, con una calma absoluta. Tenía unas tetas redondas y caídas con suavidad, con el pezón oscuro y ancho por el sol, unas aureolas del tamaño de una moneda de dos euros que de lejos ya resultaban llamativas. Se le marcaban los pezones tiesos, como si estuviera acostumbrada a que la miraran así.

—Andrés —le dije, estrechándole la mano. La tenía grande y áspera—. Mi novia es Sofía.

—Lo había notado. —Una pausa—. Tiene un cuerpo muy bonito tu novia. Ese culo se sale del bañador que da gusto.

No supe bien cómo responder. Cogí las bebidas y volví a las hamacas con la polla otra vez medio dura, sintiendo la mirada de aquel viejo pegada a mi espalda como si me estuviera dando permiso para algo que aún no sabía qué era.

***

La tarde avanzó lenta y extraña. Héctor y Carmen se habían instalado en las hamacas contiguas y la conversación surgió de forma natural. Él había sido gerente de una empresa de transportes y se había jubilado anticipado. Ella, profesora de cerámica. Venían al resort un par de veces al año, conocían al personal por el nombre y sabían qué mesas evitar en el restaurante. Parecían una pareja funcional y relajada, con la comodidad de quien lleva mucho tiempo junto y ya no necesita disimular nada.

Yo pedí un par de rondas más. Sofía aceptó los vasos sin preguntar qué llevaban dentro. Con el tercer combinado empezó a reírse más de lo habitual, a apoyar la mano en mi rodilla cuando hablaba, a soltar comentarios con un punto de picardía que en condiciones normales no salían tan fácilmente. En un momento se giró en la hamaca y se le salió media teta del bikini azul, con el pezón asomando durante unos segundos largos antes de que se recolocara. Héctor lo vio. Yo vi que Héctor lo vio. Nadie dijo nada.

Héctor no le quitaba los ojos de encima cuando creía que yo no miraba. Pero yo siempre miraba. Y lo peor era que a él se le marcaba una polla enorme contra el bañador cada vez que Sofía se movía. Un bulto largo, grueso, que se dibujaba de arriba abajo por la pierna izquierda del bañador, tan claro que no había forma de mirar hacia allí sin verlo. Ella también lo había visto. Sé que lo había visto porque, después, cada vez que Héctor cambiaba de postura, Sofía dejaba la vista quieta medio segundo más de lo necesario.

Lo que sentía cuando le veía los ojos posarse en el escote de Sofía no era exactamente rabia. Era una mezcla más complicada, algo que me tensaba el cuerpo de una forma que no era del todo desagradable. Una especie de orgullo sucio mezclado con algo más oscuro que no supe nombrar en ese momento. Se me estaba poniendo dura pensando en él mirándole las tetas a mi novia.

Carmen se movió en la hamaca y quedó de lado. Tuve la impresión de que lo hizo a propósito, calculando el ángulo. Tenía las tetas aplastadas suavemente contra la hamaca y el pezón oscuro bien visible. Aparté la vista. La volví a posar un segundo. Aparté la vista otra vez. Ella no dijo nada, pero se pasó la lengua por el labio inferior con una lentitud que no dejaba dudas.

—Cariño, Héctor y Carmen nos proponen cenar juntos esta noche, hay música en directo junto a la piscina —me comentó Sofía con una sonrisa algo achispada.

—Me parece perfecto —dije.

Mientras lo decía, miré a Héctor. Me devolvió la mirada con una sonrisa de bonachón que no revelaba nada, pero por debajo de la toalla que se había echado sobre las piernas se le seguía dibujando el bulto duro contra la tela.

***

Subimos a la habitación antes de la hora de cenar. Apenas cerré la puerta, Sofía me rodeó el cuello con los brazos y me besó con la lengua entera dentro de mi boca. El alcohol le había encendido algo que en condiciones normales tardaba más en aparecer. Le olía la piel a crema solar y a coño mojado.

Le desaté el top del bikini y se lo arranqué de un tirón. Las tetas le cayeron sueltas, pesadas, con los pezones ya duros y enrojecidos. Le chupé uno con la boca abierta, aspirando la aureola entera, mordiéndosela con cuidado hasta que ella soltó un gemido ronco. Le pasé la lengua al otro y le apreté las tetas juntas para chuparle los dos pezones a la vez, con saliva bajándome por la barbilla.

—Fóllame ya, joder —me susurró—. Llevo toda la tarde mojada.

Le tiré del braguero del bikini hasta que la tela le quedó bajada por los muslos, y me arrodillé delante de ella. Tenía el coño depilado, con los labios hinchados y brillantes de tan mojada como estaba. La empujé de espaldas contra la cama y le levanté las piernas por encima de mis hombros. Me hundí la cara contra su coño y le pasé la lengua entera desde abajo hasta arriba, entre los labios, presionando el clítoris con la punta.

—Ahhh… así, sigue así, no pares —gemía ella, agarrándome del pelo con las dos manos y apretándome contra su coño.

Le chupé el clítoris entre los labios, tirando de él suave, y le metí dos dedos hasta el fondo. Notaba las paredes del coño apretándose contra mis dedos, tan mojada que la cama estaba empapada debajo de su culo. Le metí y saqué los dedos mientras le mordisqueaba el clítoris, y ella empezó a moverse contra mi cara con la respiración cortada.

—Voy… voy… ay dios, voy a correrme… —gemía apretando los muslos contra mis orejas.

Se corrió contra mi boca con un temblor largo, ahogando el grito contra la almohada, con las caderas subidas de la cama y mi lengua todavía dentro. Sentí su coño palpitando alrededor de mis dedos durante lo que pareció medio minuto.

Sin darle tregua me subí encima, me bajé el bañador de un tirón y le metí la polla de una embestida. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo del primer golpe. Ella soltó un gemido gutural y me clavó las uñas en la espalda.

—Fuerte, fóllame fuerte —me pidió al oído—, follame como si fuera la primera vez.

La embestí con toda la fuerza que tenía, con las tetas botándole contra la cara cada vez que la clavaba contra el colchón. Le agarré una teta con una mano, la otra pierna con la otra, y la abrí de par en par para meterla más adentro. El coño le hacía un ruido húmedo cada vez que salía y volvía a entrar, un chapoteo obsceno que llenaba la habitación.

—Dime… dime cochinadas —jadeó ella, mirándome con los ojos entornados—, dime algo.

—Estás mojadísima, joder —le susurré con la voz ronca—, tienes el coño empapado, te está goteando por el culo, ¿lo sabías?

—Sigue, sigue, sigue…

La puse a cuatro patas, con el culo levantado y la cara hundida en la almohada, y le volví a meter la polla desde atrás. Le agarré las caderas y la empecé a follar con embestidas largas y profundas, viendo cómo el culo se le sacudía contra mis muslos con cada golpe. Le di una palmada suave en la nalga derecha y ella gimió pidiendo más. Le di otra más fuerte, y otra, y otra, hasta dejarle la marca roja de mis dedos en la piel.

—Mmm sí, así, más fuerte, dame más —gemía contra la almohada.

Le metí un pulgar mojado en el culo y ella pegó un chillido de placer, apretándose contra mí. Nunca me había dejado hacerle eso. Nunca me lo había pedido. Ahora empujaba el culo contra mi dedo mientras yo la seguía follando el coño.

—Me voy a correr, cariño, dentro —jadeé.

—Sí, córrete dentro, lléname —me pidió—, dentro, dentro, quiero notarlo todo dentro.

Le clavé las manos en las caderas y descargué con embestidas cortas y rápidas, corriéndome en chorros largos dentro de ella, sintiendo cómo el semen le rebosaba y le empezaba a chorrear entre los muslos antes incluso de sacarla. Ella se corrió a la vez, apretando el coño alrededor de mi polla con un temblor que le recorrió la espalda entera.

Después, tumbados boca arriba recuperando el aliento, con las sábanas hechas un asco de semen y saliva, Sofía habló.

—¿Te ha gustado Carmen? —preguntó con voz pastosa y ojos entrecerrados.

—Tiene un cuerpo increíble para su edad. Y unas tetas que no me sacaba de la cabeza.

—Y tú la miraste bastante. No te culpo. Yo también miré a Héctor. —Una pausa—. A ti Pablo... a ti Héctor no te quita ojo, pero lo que mira de verdad es a mí.

—Lo sé.

—¿Y no te molesta?

Pensé en la forma en que Héctor había posado los ojos en el escote de Sofía durante toda la tarde. En la lentitud con que lo hacía, sin ningún pudor. En el bulto visible que se le marcaba en el bañador cuando creía que nadie le prestaba atención, una polla de las que se notan de lejos.

—No —dije—. No me molesta.

—¿Le viste la polla? —preguntó con la voz muy baja, como si le costara sacarla.

—Es imposible no vérsela.

—Es enorme.

—Lo es.

Se quedó en silencio un rato largo, con la mano baja sobre su propio coño, jugando ausente con el semen que le seguía saliendo.

—Me la he imaginado —dijo por fin—. Bailando con él, antes, mientras me miraba las tetas por el escote. Me la he imaginado sacándomela por encima del bañador.

Se me volvió a poner dura solo de oírselo decir. Ella sonrió de una forma que no le había visto antes. Y en ese momento empecé a entender que ese viaje iba a ser distinto.

***

La cena en el restaurante del hotel fue larga y amena. Héctor conocía la carta mejor que el camarero y pidió un vino tinto que resultó ser muy bueno. Se aseguró de que la copa de Sofía estuviera siempre llena. Le gastaba bromas que la hacían reírse con la cabeza echada hacia atrás, ofreciéndole el cuello y medio escote a la vista. Carmen y yo hablábamos de otras cosas: de arquitectura, de cerámica, de ciudades que habíamos visitado o queríamos visitar. Debajo de la mesa noté que Carmen me apoyaba el pie descalzo sobre el empeine y lo dejaba ahí. Ni una palabra, ni una mirada. Solo su pie caliente contra el mío durante todo el segundo plato.

Mientras comíamos el postre, Carmen propuso un plan para el día siguiente.

—Hay una cala a unos veinte minutos de aquí. No está en ninguna guía, el agua es limpia y hay sombra natural. El único inconveniente es que no tiene chiringuito, así que hay que llevar todo de aquí. Nosotros tenemos carpa plegable y sitio en el coche para las neveras.

—¿No se llenan esas calas en verano? —pregunté.

—Si llegas temprano, no. Y vosotros lleváis factor cincuenta, así que cuanto antes mejor —dijo Carmen con una sonrisa, señalando mis hombros sin bronceado. Su pie subió unos centímetros por mi tobillo.

Sofía me miró buscando mi aprobación con esa expresión achispada que ponía cuando el vino le ganaba terreno.

—Claro, nos apuntamos —dije.

***

Después de cenar fuimos al bar de cócteles, donde un grupo en directo tocaba algo entre el jazz y el pop con desgana moderada. No había mucho ambiente, pero la barra estaba bien surtida.

Héctor le ofreció la mano a Sofía para bailar. Ella me miró un segundo y yo asentí con un gesto mínimo. Carmen se levantó y me miró a mí.

—¿Sabe bailar?

—Mal.

—Mejor. Los que bailan bien ya no aprenden nada nuevo.

Me sacó a la pequeña pista. Olía a crema solar y a algo amaderado. Se pegó a mí con una naturalidad que no dejaba opción al rechazo: su cadera contra la mía, su mano en mi espalda baja, su cara muy cerca de mi hombro. Era una mujer que sabía exactamente lo que hacía y cuándo hacerlo. Me pasó la mano por la nuca, muy despacio, y me clavó las tetas contra el pecho. A través de la tela fina de mi pantalón notó lo que su cuerpo me estaba provocando: la polla se me había puesto dura otra vez y se me marcaba contra su vientre bajo.

—Tranquilo —me dijo al oído, con una calma que lo hacía peor—. Para mí es un halago, en serio. Cuando cumples años vas creyendo que ya no produces ese efecto en la gente.

Me movió la mano un poco más abajo, hasta descansar sobre el nacimiento de su culo, y apretó suavemente para que yo la mantuviera ahí. Sentí la carne firme del culo bajo la falda, sin línea de braga.

—No llevas nada debajo —murmuré antes de poder frenarme.

—Esta noche no —susurró—. Con este calor no lo soporto.

Me rozó la polla dura por encima del pantalón con un movimiento de cadera calculado, tan disimulado que un observador exterior no lo habría notado, pero yo sentí perfectamente cómo se apretaba contra mí a través de la tela.

—Qué duro estás —me susurró al oído, con la voz un tono más ronco—. Y qué buen paquete tienes, cariño. Mira que se nota.

Al otro lado de la pista, Héctor tenía la mano en la espalda baja de Sofía, en el límite exacto donde termina la espalda y empieza otra cosa. Ella no la retiró. Sofía tenía las tetas apretadas contra el pecho de Héctor, y noté cómo Héctor le bajó una mano un centímetro cada minuto hasta acabar tocándole la nalga por encima del vestido. Ella tampoco la retiró. Se movían bien juntos, con esa facilidad que a veces tiene la gente que no se conoce de nada pero que se entiende en lo físico desde el primer momento. Héctor era más ágil de lo que su físico prometía. Y desde donde yo bailaba se le veía perfectamente el bulto duro contra la cadera de Sofía. Ella lo notaba. Lo estaba notando bien contra el hueso de la pelvis.

Bailamos durante un buen rato sin hablar demasiado. Miré hacia la pista varias veces. Sofía tenía una expresión que no le conocía: los labios entreabiertos, los ojos brillantes, la respiración un poco más rápida de lo que la música pedía.

***

De vuelta en la habitación, Sofía se desnudó a oscuras y se metió en la cama. Hacía calor. Se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo en silencio durante un momento.

—Héctor se empalmó bailando conmigo —dijo al fin—. Se le notaba mucho.

Me quedé quieto.

—¿Sí?

—Era... notable. Grande. Bastante grande. —Una pausa—. Se me clavaba en la cadera, cariño. Y era gruesa. Tú sabes cómo es esto, se nota si es solo largo o si es también gordo. La de Héctor es de las dos cosas.

No respondí. Me acerqué a ella por debajo de las sábanas. Le pasé la mano entre las piernas y estaba completamente empapada, más de lo que me esperaba, más incluso de lo que había estado antes de cenar. Chorreaba. Le metí dos dedos y salieron brillantes y pegajosos, y ella soltó un gemido largo.

—¿Se te ha puesto así por él? —le pregunté al oído, con la voz un poco tomada.

—Sí.

—Dilo.

—Se me ha puesto así por Héctor —susurró ella, apretando los muslos contra mi mano—. Por su polla, por cómo se le marcaba, por cómo me la ha estado clavando en la cadera durante media hora.

Se me puso dura como una piedra. Se me subió encima sin que yo se lo pidiera, con las tetas colgándole sobre mi cara, y se empaló ella misma con mi polla, dejándose caer de una vez hasta el fondo. Gimió con la boca abierta contra mi cuello.

—Sigue diciéndomelo —le pedí, agarrándole las caderas y guiándola arriba y abajo.

—Me la imagino sacándomela mientras bailábamos —jadeó ella moviéndose en círculos sobre mi polla—. Me la imagino agarrándome del cuello y metiéndomela en la boca ahí mismo, delante de todo el mundo, delante de Carmen, delante de ti…

La agarré del culo con las dos manos y la empecé a subir y bajar más rápido, hundiéndomela hasta el fondo. El coño le hacía un ruido de chapoteo obsceno cada vez que se dejaba caer.

—Se me habría corrido en la boca —siguió gimiendo, con los ojos cerrados—, se me habría corrido en la boca y yo me lo habría tragado todo delante de Carmen.

—Joder, Sofía…

—Y Carmen te habría chupado la polla a ti mientras tanto. La has visto, ¿verdad? Cómo te miraba. Se te habría metido debajo de la mesa. Te la habría chupado con esas tetas caídas rozándote las piernas.

Cambió el ritmo, moviéndose hacia adelante y hacia atrás, frotándose el clítoris contra mi pubis con cada empujón. Yo le apretaba las tetas, se las estrujaba, le pellizcaba los pezones tan tiesos que ya casi le brillaban de tan hinchados.

—Voy a correrme otra vez, cariño, voy a correrme pensando en él —gimió con la voz rota.

—Córrete, corrédote pensando en su polla —le dije bien claro al oído.

Se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, apretando el coño alrededor de mi polla, mordiéndome el hombro para no gritar. Yo aguanté un poco más, hasta que la volteé y la puse boca abajo, con el culo levantado sobre dos almohadas. Le abrí las nalgas con los pulgares. Le vi el coño hinchado, empapado, y el culo apretado, brillante de sus propios jugos que se le habían corrido hacia atrás.

—Métemela otra vez —jadeó ella con la cara en la almohada—. Como esta tarde, así, fuerte.

Le metí la polla en el coño de una embestida y la empecé a follar por detrás con toda la fuerza que tenía, con las caderas rebotándome contra su culo, agarrándola del pelo para tirar de él con cada golpe. Ella gemía cosas contra la almohada, palabras entrecortadas.

—Imagínatela chupándote la polla —le gruñí al oído, inclinándome sobre su espalda—. Imagínate a Carmen con la boca llena de mi polla mientras Héctor te folla a ti, delante de mí.

—Sí… ay dios, sí, así… otra vez, córrete otra vez dentro…

Me corrí por segunda vez esa noche, con embestidas espasmódicas hasta el fondo, sintiendo cómo el semen le rebosaba y le corría por el interior de los muslos. Ella se corrió a la vez, con un gemido apagado contra la almohada.

Nos quedamos así un rato, yo tumbado sobre su espalda, ella con el culo aún levantado, mi polla dentro de ella hasta que se me ablandó del todo y se me salió sola, seguida de un hilo de semen que le bajó despacio por el coño.

Cuando terminamos, tumbados en silencio y en la oscuridad, comprendí que algo había cambiado entre nosotros. No de forma ominosa, no con miedo. Más bien con la sensación de haber abierto una puerta que llevaba tiempo cerrada sin que ninguno de los dos supiera que existía. Ninguno de los dos se había corrido nunca así, con nombres de otras personas en la boca. Y ninguno de los dos hizo el gesto de disculparse.

Al día siguiente íbamos a una cala apartada. Sin chiringuito. Sin turistas. Sin nadie más que conocer.

Solo nosotros cuatro.

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Comentarios(8)

SebastianKP

Tremendo relato!!! no lo pude soltar hasta el final. Espero que haya segunda parte

Reina_curiosa

Y que paso despues?? nos deja con el suspenso jaja. Muy bueno, de verdad

NocheNomade

Se siente real como esta contado. Muy buen trabajo, gracias por compartirlo!

MarceloCba

Me recordo a un viaje que hize con unos amigos hace años, esa tension que se va acumulando entre personas conocidas es otra cosa. Buen relato, muy bien narrado

ElViajante90

De los mejores que lei en esta categoria. Sigue asi!!!

Daniela_BsAs

Ay que situacion tan morbosa jaja!!! la forma en que describe la tension es perfecta. Felicitaciones, muy buen relato

PabloK

Lo que mas me gusto es como vas construyendo el ambiente poco a poco, sin apurarte. Se nota cuidado en la escritura

KikaRosario

excelente!!! sigue escribiendo porfavor

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