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Relatos Ardientes

La vi sola a medianoche y no pude irme

4.5(10)

La cena en casa de Andrés terminó tarde y con demasiado vino encima. Me ofreció el cuarto de invitados antes de que yo lo pidiera —siempre lo hace, desde que nos conocemos— y yo acepté igual que siempre. Me fui a la cama antes de medianoche, pero el sueño no vino.

El colchón era duro. La almohada olía a tela guardada. Afuera, el ruido del barrio fue apagándose poco a poco hasta quedar solo el zumbido lejano de algún camión en la avenida. Y yo ahí, con los ojos abiertos en el techo, pensando en nada concreto y en demasiadas cosas al mismo tiempo.

A las once y media me rendí. Me levanté en busca de agua y caminé por el pasillo a oscuras, tanteando la pared.

Entonces vi la luz de la cocina.

***

Pensé que la habrían dejado encendida. O que quizás Andrés también había bajado. Pero cuando me acerqué al umbral, escuché el sonido inconfundible del tambor de la lavadora girando, lento, cargado.

Era Camila.

Llevaba una camiseta de tirantes blanca y un pantalón corto de pijama a cuadros. Tenía el pelo recogido en un moño que debía haberse deshecho horas antes: varios mechones le caían por los lados de la cara y por la nuca, oscuros contra la piel clara. Se agachaba frente al tambor y metía prendas una a una con un gesto que no requería atención —una mano adentro, la prenda, la siguiente, otra— el gesto de alguien que lleva años haciendo lo mismo y ya no necesita pensarlo.

Me quedé quieto en el umbral.

No era mi intención quedarme mirándola. O eso me dije. Iba a anunciarme, a decir «perdona, venía a buscar agua», y listo. Pero había algo en esa imagen que no me dejaba moverme y que tampoco sabía nombrar todavía.

Era el silencio. No el de la casa dormida, sino el que ella llevaba encima. El modo en que existía en ese momento sin tener que ser nada para nadie: sin ser la madre que a las siete de la mañana prepararía las mochilas y haría el desayuno, sin ser la anfitriona que esa noche había cocinado para seis personas y había atendido la mesa y rellenado las copas y preguntado si alguien quería más, sin ser la mujer de Andrés, que llevaba rato durmiendo en su cama con ese sueño inmediato que tienen los hombres que no se preguntan si algo puede esperar a mañana.

Camila no dormía. Camila estaba metiendo el uniforme del niño en la lavadora a medianoche porque si no lo hacía ella, no lo hacía nadie.

La observé cerrar el tambor, incorporarse, alcanzar el detergente en el estante de arriba. Cuando estiró el brazo, la camiseta subió y dejó ver la piel de su costado, la curva donde la cadera empezaba a abrirse. No era una imagen pensada para provocar. Era solo una mujer alcanzando una cosa. Pero yo la miré como si lo fuera, y no aparté los ojos cuando el brazo bajó, ni cuando midió el detergente con un gesto mecánico, ni cuando cerró el compartimento con dos golpes secos.

Había algo también en la manera en que la camiseta le quedaba grande, como si fuera de Andrés. La tela se movía con cada gesto que hacía. Me quedé mirando la curva de su espalda, el lugar donde el cuello se unía con el hombro, la forma en que respiraba sin darse cuenta de que alguien la estaba viendo.

No me moví.

***

Conozco a Andrés desde los veinte. Compartimos piso tres años, nos hemos acompañado en los peores momentos del otro, y cuando se casó con Camila, yo llevé los anillos. Tengo fotos de los tres en el móvil: de la boda, de veranos, de esas cenas que se repiten cada dos meses y siempre terminan igual, demasiado tarde y demasiado bien.

La quiero a ella también. Con esa afección tranquila que uno tiene por la gente que forma parte de la vida de las personas que quiere. O eso creía hasta esa noche.

No sé cuándo empecé a mirarla de otra manera. No fue un momento concreto que pudiera señalar. Fue algo acumulándose despacio, sin que yo lo buscara: la forma en que escucha a alguien cuando está realmente interesada, inclinando ligeramente la cabeza como si así pudiera entender mejor. El modo en que ríe cuando algo le hace gracia de verdad —no la sonrisa de cortesía, sino la otra, la que le llega antes de que pueda contenerla y le alcanza los ojos un instante antes de que el gesto se forme del todo. El detalle de que siempre recoge los vasos al final de la noche sin que nadie se lo pida, con esa eficiencia callada de quien sabe que si no lo hace ella, no lo hace nadie.

Ninguna de esas cosas era mía. Todas pertenecían a Andrés.

Y Andrés dormía arriba sin saber nada.

Pensé en él durmiendo. En esa forma suya de quedarse dormido en menos de tres minutos después de apagar la luz, de no escuchar el llanto de los niños de noche, de nunca ser el último en bajar a revisar que la puerta estuviera cerrada. No era un hombre malo. Era simplemente un hombre que no sabía lo que tenía.

Me pregunté desde cuándo estaba mirándola así. Desde ese umbral oscuro, sin que ella lo supiera. Y supe que la respuesta no era cómoda. Podría haberme girado, volver al cuarto con el colchón duro y quedarme mirando el techo hasta que llegara el sueño. Ella nunca habría sabido que había estado ahí. Yo habría podido decirme que no había pasado nada, porque técnicamente no habría pasado nada. Un hombre que se levanta a por agua y ve la luz encendida y decide volver a la cama es un hombre sin historia que contar.

En cambio, apoyé el hombro en el marco de la puerta y me quedé.

***

El programa terminó. La lavadora pasó al centrifugado con ese ruido blanco y constante que lo envuelve todo. Camila se incorporó del todo y se apoyó de espaldas en la encimera, con los brazos cruzados y la vista puesta en algún punto del frente. No en mí. Yo seguía en el umbral, en la oscuridad del pasillo, sin que la luz de la cocina me alcanzara.

Fue el primer momento en que tuve su cara de frente.

Tenía los ojos entornados, no de sueño sino de esa distancia que se instala en una persona cuando por fin está sola y deja de sostener la expresión para nadie. Una línea fina entre las cejas que no era de enfado. Era de peso acumulado. El tipo de cansancio que el sueño no arregla del todo.

Soltó un suspiro. Uno de esos que llevan mucho tiempo dentro antes de salir.

Se llevó una mano a la nuca y se masajeó unos segundos con los ojos cerrados. Luego dejó caer el brazo y se quedó quieta, con esa inmovilidad de quien por fin puede parar y no sabe muy bien qué hacer con eso.

Fue entonces cuando di un paso hacia adelante.

No sé qué esperaba que pasara. Que ella se girara, quizás. Que me dijera que me fuera. Que el sonido de mis pasos lo rompiera todo y volviera a ser simplemente un invitado con insomnio buscando agua a medianoche. Habría sido lo correcto. Lo fácil.

El suelo del pasillo crujió ligeramente bajo mis pies descalzos. Lo suficiente para que, si ella quería, pudiera oírlo.

***

Sus manos se tensaron sobre sus propios brazos, solo un instante. Un gesto pequeño, contenido. Lo había oído. Tenía que haberlo oído. Y aun así no se giró.

Entré en la cocina. El suelo de baldosa estaba frío. El ruido del centrifugado seguía llenando la estancia, cubriendo lo que no necesitaba sonido para existir.

Me detuve a menos de un metro de ella.

Podía ver los mechones sueltos en su nuca, el contorno de los hombros bajo la tela, la piel del brazo que la luz amarilla hacía más cálida de lo que probablemente era. Sabía que había notado que estaba ahí. Tenía que haberlo notado. Y seguía de espaldas a mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al frente.

No la toqué.

Me quedé a esa distancia, en ese espacio entre los dos que era demasiado pequeño para ser accidental y demasiado grande todavía para ser otra cosa. Solo estaba ahí, cerca.

Hay un tipo de atención que el cuerpo detecta antes que la mente. No el sonido ni el calor sino algo más difícil de nombrar, como la presión que cambia en una habitación cuando alguien entra. Eso fue lo que pasó entre nosotros. Ella lo sintió antes de que yo dijera nada.

Su respiración se ajustó. Los hombros subían y bajaban de otro modo: más despacio, más profundo. Los brazos cruzados se aflojaron. Las manos cayeron a los lados del cuerpo en un gesto lento, casi imperceptible.

Los segundos pasaron. La lavadora centrifugaba.

Ella levantó la cabeza, despacio, sin girarse del todo. Como alguien que escucha algo y necesita calibrar de dónde viene, sin querer romper lo que hay mirando.

Me incliné hacia adelante. Despacio. Hasta que mi boca quedó a la altura de su oído, a pocos centímetros de su pelo.

Me detuve ahí un momento. Sin hablar todavía. Solo estando, a esa distancia que ya no era neutral.

La lavadora entró en la fase de reposo. El ruido blanco desapareció de golpe. El silencio que quedó era otro tipo de silencio.

—Sabía que no ibas a girarte —le dije.

Lo dije en voz baja, sin urgencia. No como reproche. Como la constatación de algo que los dos sabíamos desde hacía rato y que ninguno había puesto en palabras todavía.

Camila tardó en responder. En ese tiempo cabían muchas cosas: pedirme que me alejara, fingir que no había entendido, romper lo que había entre nosotros con una frase sencilla y volver a ser solo la mujer de mi mejor amigo mientras yo era el invitado que se había levantado a buscar agua.

No dijo ninguna de esas cosas.

—Lo sé —dijo por fin, en un susurro tan bajo que casi no llegó.

Y no se giró.

Yo tampoco me moví.

Los dos sabíamos que ese era el momento en que algo empezaba, y fue ella la que se decidió primero.

Se giró despacio, sin apartarse del borde de la encimera, y me miró de frente por primera vez esa noche. Tenía las mejillas encendidas y los labios entreabiertos, la respiración corta. No dijo nada. Me miró la boca, me miró los ojos, me volvió a mirar la boca. Y me esperó.

La besé. Le puse una mano en la nuca, hundí los dedos entre los mechones sueltos y le tiré la cabeza hacia atrás para meterle la lengua hasta el fondo. Ella soltó un gemido en mi boca, agudo, contenido, como si llevara meses esperando ese gemido y ahora no supiera dónde ponerlo. Le mordí el labio inferior hasta que se le escapó un jadeo. Le lamí el cuello desde la clavícula hasta la oreja, sintiendo cómo el pulso le latía contra mi lengua.

—Andrés está durmiendo arriba —susurré, apretándole la cadera contra la mía para que sintiera cuánto se me había puesto dura ya solo de besarla.

—Ya lo sé —contestó ella, jadeando, agarrándome del pelo con las dos manos—. Cállate y fóllame de una vez.

La levanté por las caderas y la senté encima de la lavadora, que había vuelto a arrancar en el aclarado y vibraba lento debajo de ella. Le abrí las piernas de un tirón y me metí entre ellas. La camiseta de tirantes se le había subido y le vi el estómago, la sombra del ombligo, el nacimiento de las tetas. Se la arranqué por la cabeza de un solo gesto. No llevaba sujetador. Las tenía blancas, redondas, con los pezones oscuros y ya duros. Le agarré una con toda la mano y se la apreté hasta que gimió, y con la otra mano le enganché el pantalón corto y se lo bajé por las piernas junto con las bragas de un solo tirón.

Quedó desnuda encima de la lavadora, con las piernas abiertas y el coño mojado brillándole entre los muslos. Me arrodillé en el suelo de baldosa fría, le puse las piernas sobre mis hombros y hundí la cara entre sus muslos. Le pasé la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, lento, sintiendo cómo temblaba. Estaba empapada. Sabía a sal y a algo más dulce debajo. Le chupé el clítoris entre los labios, se lo froté con la punta de la lengua, le metí dos dedos de un empujón. Ella se dobló hacia adelante y me agarró del pelo con las dos manos, apretándome la cara contra su coño.

—Joder, joder, joder —jadeaba en voz baja, mordiéndose la otra mano para no gritar—. No pares, no pares, no pares.

Le chupé más fuerte. Le curvé los dedos dentro buscando el punto de arriba, ese que la hacía retorcerse. Su coño se cerraba alrededor de mis dedos con espasmos cada vez más rápidos. Le sentí las piernas temblarle sobre los hombros. Se corrió así, ahogando el grito contra la palma de su propia mano, con el coño empapándome la cara y la barbilla, con los muslos cerrándose alrededor de mi cabeza mientras la vibración de la lavadora le atravesaba el cuerpo.

Me levanté sin darle tiempo a recuperarse. Me bajé el pantalón del pijama hasta las rodillas y me saqué la polla. La tenía dura como una piedra, con la punta ya mojada. Ella me miró la verga con los ojos entornados y se pasó la lengua por el labio de abajo, todavía jadeando.

—Métemela —dijo—. Métemela ya, no aguanto más.

La agarré por las caderas y la arrastré hasta el borde de la lavadora. Le puse la punta contra el coño, empapada, y empujé hasta el fondo de un solo golpe. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, ronco, sin acordarse ya de que Andrés dormía arriba. Estaba caliente por dentro, apretada, todavía con los espasmos del primer orgasmo. Le agarré el culo con las dos manos y empecé a follármela contra la lavadora, fuerte, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo, una y otra vez, hasta que el borde del electrodoméstico chocaba contra el mueble en cada embestida.

El tambor vibraba debajo de ella y le pasaba la vibración por dentro. Le veía las tetas rebotar con cada envite. Le agarré una y me metí el pezón en la boca, chupándoselo, mordiéndoselo mientras seguía metiéndosela. Ella me clavaba las uñas en la espalda a través de la camiseta.

—Más fuerte —jadeaba en mi oreja—. Fóllame más fuerte, hijo de puta. Fóllame como él no me folla.

Se me nubló la cabeza al oírla decir eso. La saqué de la lavadora en volandas, la giré, la doblé sobre la encimera, con el pecho aplastado contra el mármol frío y el culo en el aire. Le abrí las nalgas con las dos manos y le volví a meter la polla por detrás. Desde ese ángulo entraba todavía más profundo. Ella tenía las mejillas apretadas contra la piedra, con la boca abierta, la mirada perdida. Le agarré el pelo y le tiré la cabeza hacia atrás para verle la cara mientras se la metía.

—¿Así? —le dije al oído, jadeando yo también—. ¿Así te gusta, cabrona? ¿Así querías que te follara desde hace cuánto?

—Sí —gemía ella—. Sí, sí, así, no pares, no pares, dámela toda.

Le pasé una mano por delante y le busqué el clítoris con dos dedos mientras la seguía embistiendo por detrás. Se lo froté rápido, en círculos, sin dejar de follármela. Le solté el pelo y le puse la otra mano en la boca. Ella empezó a apretar el coño alrededor de mi polla en oleadas, cada vez más rápidas. Se estaba corriendo otra vez. Le tapé la boca más fuerte para ahogarle el grito, y sentí el mordisco de sus dientes contra la palma mientras se corría con todo el cuerpo temblándole encima de la encimera, con el coño estrujándome la verga en espasmos que casi me hicieron acabar ahí mismo.

Yo no aguanté mucho más. Se lo sentí en el coño, ese cierre final que exprime, y se me escapó. Se la saqué en el último segundo, la giré otra vez de cara a mí, la senté al borde de la encimera y me corrí encima, sobre las tetas y el estómago, largos chorros calientes que la fueron manchando entera mientras yo me agarraba la polla y me la sacudía hasta la última gota. Ella se miró el cuerpo, se pasó dos dedos por encima de un pezón recogiendo el semen, se los llevó a la boca y me miró a los ojos mientras se los chupaba despacio.

Los dos nos quedamos jadeando en la cocina. La lavadora terminó de centrifugar y el silencio volvió otra vez, distinto ahora, cargado con lo que acabábamos de hacer.

Le pasé una mano por la cara, le aparté un mechón sudado que se le había pegado a la sien. Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, ya no era la mujer que sostenía todo. Era otra cosa. Era la mujer que un invitado con la cara de un amigo acababa de follarse contra la lavadora a medianoche, y las dos sabíamos, ella y yo, que iba a acordarse de eso más que de cualquier otra noche en años.

Se limpió con un paño de cocina. Se puso el pantalón corto. Se recogió la camiseta del suelo y se la puso sin mirarme. Se pasó una mano por el pelo.

—Vuelve al cuarto —me dijo, en voz baja pero firme—. Y no bajes a por agua otra vez.

No lo dijo con reproche. Lo dijo como quien pone en palabras una cosa que los dos sabíamos desde hacía rato y que ninguno había puesto en palabras todavía.

Subí las escaleras descalzo. Andrés seguía durmiendo. Me metí en la cama del cuarto de invitados con el sabor de ella todavía en la boca y el corazón latiéndome en las sienes, y esta vez sí me quedé mirando el techo hasta que se hizo de día.

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Comentarios(8)

Balta63

Muy bueno!!! me atrapo desde el principio

lectora_nocturna

Por favor necesito saber que paso despues... se me hizo cortísimo, quede con ganas de mas!!

Vigilante82

Me recordó algo que me pasó hace años en un departamento compartido. Esa sensación de quedarte clavado sin poder moverte la describes perfecto.

inaqi

jajaja tremendo, muy morboso el tipo

LaViajera_M

La tension que lograste con tan pocas palabras es increible. Se siente el corazon latiendo fuerte en cada parrafo.

JOECUB

Y al final que hizo?? nos dejas con la intriga jeje

Cachopo

De lo mejor que lei en esta categoría en mucho tiempo. Esperando ansioso el proximo relato.

MiriamV_ok

me encanto como esta escrito, sin apuro y con mucho suspenso. felicitaciones!!

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