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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en el mirador mientras alguien miraba

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Llevábamos casi tres semanas sin vernos. Él había estado hasta arriba con el proyecto final de su carrera, y yo había pasado por un viaje de trabajo que se alargó más de lo previsto. Tres semanas en las que los mensajes nocturnos fueron haciéndose cada vez más directos, más explícitos, más urgentes. Hay un punto en que la palabra escrita deja de ser suficiente y el cuerpo empieza a cobrar su deuda.

Esa tarde, el plan era simple: quedar un rato, tomar algo en algún bar del centro y que él se marchara después a su turno de trabajo. Lo habíamos hablado incluso la noche anterior. Sencillo, sin complicaciones, adulto y razonable.

Pero desde el momento en que lo vi bajar por las escaleras de su edificio con esa forma suya de moverse, supe que no íbamos a llegar a ningún bar.

Hay personas que tienen eso. Una presencia que activa algo en ti antes de que te toquen siquiera. Marcos lo tenía desde el principio, desde la primera vez que nos conocimos en casa de un amigo común y él me miró al otro lado de la mesa con esa tranquilidad desconcertante. Me saludó esa tarde con un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo necesario, y cuando subió al coche y cerró la puerta, el aire entre los dos cambió de textura.

—¿Dónde vamos? —preguntó, aunque su tono ya contenía la respuesta.

—A algún sitio —dije, y arranqué.

Conocía esa dinámica lo suficiente como para no sorprenderme cuando, a los pocos minutos de carretera, noté su mano sobre mi muslo. Primero por encima del tejido del pantalón, trazando círculos lentos. Después, cuando llevábamos un rato en marcha, sus dedos encontraron el camino hacia adentro, rozando el borde de la tela interior. Intenté concentrarme en la carretera. Casi lo logré.

Aparqué en una zona que conocía vagamente, un paraje arbolado a las afueras donde la gente solía ir a correr o a pasear el perro. A esa hora de la tarde, con la luz ya cayendo larga y naranja entre los troncos, estaba prácticamente desierto. El único sonido era el de los pájaros y, a lo lejos, el rumor del embalse.

Al bajar del coche me tomó de la mano sin decir nada y echamos a andar por un sendero de tierra entre los árboles. Vi el mirador antes de llegar: una plataforma de madera con dos bancos largos, rodeada de pinos jóvenes, con vistas abiertas al agua. El embalse brillaba a esa hora como plata vieja.

Se sentó y tiró de mí hacia él.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, con las rodillas apoyadas en el banco a cada lado de las suyas, y fui a besarlo. Pero cada vez que me acercaba, él giraba ligeramente la cara y la esquivaba con una sonrisa. Me dejaba rozarle los labios y luego se apartaba un milímetro, justo lo suficiente para que no llegara. Lo hacía a propósito. Él lo sabía, yo lo sabía, y los dos sabíamos que eso solo conseguía que yo lo quisiera más.

—Para ya —le dije.

—¿Parar qué? —respondió, con esa expresión suya de quien no sabe de qué le hablas.

Le cogí la cara con las dos manos y lo besé yo, sin darle opción a esquivarme esta vez. Un momento después él también estaba dentro del beso, con sus manos subiendo por debajo de mi camiseta, explorando el espacio entre la tela y la piel.

Estuvimos así un buen rato, con el sonido del agua a lo lejos y la madera crujiendo levemente bajo nuestro peso, hasta que noté sus manos moviéndose hacia el botón de mi pantalón.

Me abrió la cremallera con una mano mientras con el otro brazo me rodeaba los hombros. Sus dedos encontraron la tela interior y luego, sin rodeos, el punto que hacía que me costara pensar con claridad. Lo rozó dos veces, apenas, antes de ir más adentro. Apoyé la frente en su hombro. Él me tapó la boca con la palma de la mano.

Lo que siguió fue una mezcla de concentración y desbordamiento difícil de describir. Sus dedos se movían con una precisión que conocía demasiado bien, sabiendo exactamente cuándo presionar y cuándo retroceder para que yo no llegara todavía. Me tenía al borde desde hacía varios minutos cuando noté que bajaba el ritmo de golpe.

Intenté moverme contra su mano. Su brazo me lo impidió.

Levanté la vista y lo vi: un hombre de mediana edad caminando por el mismo sendero por el que habíamos llegado. Llevaba una chaqueta marrón y andaba despacio, con las manos en los bolsillos, mirando al suelo. No levantó la vista al principio. Cuando lo hizo, nos miró un segundo y luego desvió la mirada hacia el agua con una indiferencia que podía ser real o no.

Los dedos de Marcos permanecieron quietos, pero dentro.

El hombre pasó sin detenerse, cruzó el mirador y siguió por el sendero que bajaba hacia el otro extremo. El sonido de sus pasos se fue apagando entre los árboles.

En cuanto desapareció, él volvió a moverse.

No tardé mucho. La combinación de las semanas de espera, la situación al aire libre, el riesgo de que alguien pudiera aparecer en cualquier momento, y la forma en que él me conocía hicieron que llegara en cuestión de segundos. Me mordí el labio inferior con fuerza para no hacer ruido, y aun así escapó algo que no era exactamente silencio. Él me apretó más con el brazo y siguió moviendo la mano hasta que yo dejé de temblar.

Tardé un momento en volver a respirar con normalidad.

Después me bajé del banco, me arrodillé en la madera del suelo frente a él, y lo miré.

No hacía falta decir nada. Esa era también una parte de nuestra dinámica: yo pedía sin palabras, él decidía. Esa tarde decidió que sí casi de inmediato, con una ligera inclinación de la cabeza que yo interpreté sin dificultad.

Cuando lo sacó ya estaba bastante excitado. Me lo tomé con calma los primeros segundos, recorriéndolo despacio desde la base, aprendiendo de nuevo su forma como si la viera por primera vez aunque no lo fuera. Lo miraba a los ojos mientras lo hacía. Le gustaba eso: que no apartara la vista.

Fui aumentando el ritmo gradualmente. Cuando noté que empezaba a perder el control, puso las manos en mi pelo y tomó el mando. No de golpe, sino ajustando la cadencia poco a poco, marcando él la velocidad con una presión firme en mi nuca que yo no resistía. Sus caderas se movían levemente hacia adelante cada vez que yo bajaba.

El sonido del agua, el olor a tierra húmeda y pinos, la madera fría bajo mis rodillas.

Estaba completamente metida en lo que hacía cuando lo noté: algo se movió en mi campo de visión, hacia la izquierda, entre los árboles. Lo suficiente para llamar mi atención.

El mismo hombre. Estaba volviendo por donde había venido.

Me aparté un par de centímetros. Marcos sintió el movimiento y bajó la vista hacia donde yo miraba. Vio al hombre acercarse por el sendero. Luego me miró a mí.

Y me apretó la cabeza despacio, devolviéndola a su sitio.

—Sigue —dijo en voz muy baja.

El hombre estaba a unos veinte metros cuando continué. A quince cuando empecé a moverme con más ritmo. A diez cuando ya era difícil, para cualquiera que mirara desde el camino, fingir que no veía lo que estaba pasando.

No sé si fue el morbo de la situación o simplemente las ganas acumuladas durante semanas, pero algo en mí se activó y puse más de lo que nunca había puesto. Bajé a lamerle todo, volví arriba, lo metí hasta donde podía, dejé que él marcara la cadencia con sus manos. Lo escuché cambiar la respiración, hacerse más corta, más irregular.

El hombre pasó casi a nuestro lado. No dijo nada. No se detuvo. Pero tampoco miraba el suelo esta vez.

Cuando ya estaba lejos, sentí que la tensión de Marcos llegaba a su límite. Me sacó de golpe, me sujetó la cara con una mano y terminó él solo. Cayó en mi cara caliente, en dos o tres sacudidas, y después me metió de nuevo en la boca para los últimos segundos. Me quedé quieta mientras él terminaba de calmarse.

Luego recogí con los dedos lo que había en mi cara y lo llevé a la boca despacio, sin perder el contacto visual. Él me miraba hacer eso con una expresión que mezclaba bien el agotamiento y el deseo.

—Ven aquí —dijo, y me levantó del suelo.

Me besó largo y sin prisa, sin importarle nada de lo que pudiera quedar en mi boca. Eso también era algo que me gustaba de él: nunca le importó.

***

Volvimos al coche de la mano, en silencio.

Abrió la puerta trasera antes de que yo llegara y me empujó dentro con una mano en la espalda. Me acosté en el asiento mientras él cerraba la puerta y se colocaba encima. El techo quedaba cerca. El espacio era justo lo suficiente.

Me quitó el pantalón y la ropa interior con eficiencia, sin prisa innecesaria pero sin perder tiempo. Yo hice lo mismo con lo suyo mientras él me besaba el cuello. Cuando se colocó entre mis piernas ya llevaba bastante tiempo esperando esto.

La primera embestida me arrancó un sonido involuntario que intenté ahogar contra su hombro. Empezó fuerte y no bajó el ritmo. El coche se movía levemente. Afuera la luz seguía cayendo entre los pinos.

Subí las piernas para rodearlo por la cintura y apretarme contra él. Él respondió metiéndose más, empujando hacia adentro con una concentración que me descontrolaba completamente. Lo agarré por los hombros con fuerza y cerré los ojos.

Al rato me cogió por los tobillos y me subió las piernas hasta apoyarlas en sus hombros. El ángulo cambió por completo. Empezó a embestir de forma más directa, más profunda, y el sonido dentro del coche cambió de registro. Me aferré al cuero del asiento con las manos buscando algo a lo que sujetarme.

Me corrí sin avisar, apretando los dientes. Él no paró.

Cuando el primer orgasmo todavía me duraba, me giró. Acabé sentada encima de él, de cara a la puerta trasera. Él seguía abajo, con las manos firmes en mis caderas, marcando el ritmo desde abajo con una precisión que no dejaba espacio para respirar bien.

Me agarré al respaldo del asiento delantero.

Lo que vino después fue difícil de sostener. Él empujaba desde abajo con una fuerza que hacía que me temblaran los muslos. Yo intentaba mantener la postura pero cada vez era más complicado. El segundo orgasmo llegó más largo que el primero, extendiéndose en oleadas que se solapaban unas con otras, y yo ya no controlaba los sonidos que escapaban de mi garganta.

Me doblé hacia adelante, casi acostada encima de él, con las piernas temblando.

Él siguió.

Cuando por fin se corrió, lo hizo con un gruñido contenido y me agarró por las caderas para no moverse. Nos quedamos así un minuto largo, sin hablar, con la respiración desordenada y el aire dentro del coche espeso y cálido.

***

Lo que vino después fue diferente en tono.

Él se recostó en el asiento con los ojos cerrados y yo me coloqué entre sus piernas, de rodillas en el suelo del coche. Lo tomé despacio, sin objetivo concreto, simplemente para tenerlo en la boca mientras los dos recuperábamos el aliento. Era algo que hacíamos a veces: sin urgencia, sin meta, solo el placer tranquilo de estar ahí.

A él le gustaba eso. Tenerme así, sin apremio, como si fuera un estado natural de las cosas. Y a mí también me gustaba: la sensación de conocerlo completamente, de saber exactamente cómo moverme para mantenerlo en ese estado de calma placentera sin llevarlo a ningún lado en particular. Lo hacía despacio, con atención, disfrutando del momento por lo que era.

Estuvimos un buen rato. Él con la cabeza echada hacia atrás y una mano en mi pelo, sin guiar, solo apoyada. Yo con las manos en sus muslos, moviéndome sin prisa, aprendiendo de nuevo algo que ya sabía de memoria.

Fue un coche que se acercó por el camino lo que nos interrumpió. Las luces giraron hacia donde estábamos aparcados y los dos reaccionamos al mismo tiempo. Nos vestimos rápido, entre risas mal contenidas y ropa que no encontraba su sitio, y cuando el otro coche pasó de largo sin detenerse nos miramos en la penumbra con esa mezcla de alivio y diversión que solo se consigue en situaciones así.

—Debería ir a trabajar —dijo él, con el pelo todavía revuelto.

—Deberías —respondí.

Pero tardamos otros diez minutos en salir del coche.

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3.8 (50)

Comentarios (9)

Noche_Lector

Dios mio que tension!! Leí esto en el trabajo y tuve que pausar para respirar jajaja

SantiMH

Necesito la segunda parte ya, no puede quedarse asi sin mas

Cappotte

La ambientacion del mirador le da un morbo especial. Muy bien narrado!

rosita92

¿Esto es real? Se siente demasiado vivido como para ser inventado...

lagarto46

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo aca

MiriamV_ok

Me encantó la sensacion de riesgo que transmite. Se nota que lo vivieron de verdad o al menos asi lo contás. Segui escribiendo por favor!

Grabi

jajaja el mirador nunca mas va a ser lo mismo para mi

JOSE

Excelente!!! Esperando mas relatos como este

Valentina_K

Que atrevidos! Yo me hubiera paralizado del susto, pero admito que tiene su encanto lo del testigo involuntario

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