Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hicimos en el mirador mientras alguien miraba

3.8(50)

Llevábamos casi tres semanas sin follar. Él había estado hasta arriba con el proyecto final de su carrera, y yo había pasado por un viaje de trabajo que se alargó más de lo previsto. Tres semanas en las que los mensajes nocturnos fueron haciéndose cada vez más directos, más obscenos, más urgentes. Él me mandaba audios de madrugada describiendo lo que me iba a hacer, lo cachondo que se ponía pensando en mi boca alrededor de su polla, lo bien que me iba a follar cuando me tuviera otra vez. Yo le respondía con fotos de mi coño mojado, de mis tetas en la cama del hotel, de mis dedos metidos hasta el fondo intentando aguantar. Hay un punto en que la palabra escrita deja de ser suficiente y el cuerpo empieza a cobrar su deuda.

Esa tarde, el plan era simple: quedar un rato, tomar algo en algún bar del centro y que él se marchara después a su turno de trabajo. Lo habíamos hablado incluso la noche anterior. Sencillo, sin complicaciones, adulto y razonable.

Pero desde el momento en que lo vi bajar por las escaleras de su edificio con esa forma suya de moverse, supe que no íbamos a llegar a ningún bar. Lo único que iba a llegar a algún sitio era su polla a mi boca, y cuanto antes mejor.

Hay personas que tienen eso. Una presencia que activa algo en ti antes de que te toquen siquiera. Marcos lo tenía desde el principio, desde la primera vez que nos conocimos en casa de un amigo común y él me miró al otro lado de la mesa con esa tranquilidad desconcertante. Me saludó esa tarde con un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo necesario, y cuando subió al coche y cerró la puerta, el aire entre los dos cambió de textura. Sentí cómo se me empapaban las bragas solo con olerle el perfume del cuello.

—¿Dónde vamos? —preguntó, aunque su tono ya contenía la respuesta.

—A algún sitio —dije, y arranqué.

Conocía esa dinámica lo suficiente como para no sorprenderme cuando, a los pocos minutos de carretera, noté su mano sobre mi muslo. Primero por encima del tejido del pantalón, trazando círculos lentos. Después, cuando llevábamos un rato en marcha, sus dedos encontraron el camino hacia adentro, rozando el borde de la tela interior. Subió la mano sin pedir permiso, abrió el botón del pantalón con un solo movimiento y metió los dedos directamente por debajo de las bragas. Cuando llegó al coño y notó lo mojada que estaba, soltó una risa baja, casi un gruñido de aprobación.

—Joder, qué chorreando estás —dijo, deslizando un dedo entre los labios sin meterlo del todo—. Has venido pensando en mi polla todo el camino, ¿verdad?

No le contesté. Apreté las rodillas e intenté concentrarme en la carretera. Casi lo logré, porque él metió el dedo medio hasta el fondo y empezó a moverlo despacio, sintiendo cómo se contraía todo a su alrededor. Tuve que reducir la velocidad para no salirme de la carretera.

Aparqué en una zona que conocía vagamente, un paraje arbolado a las afueras donde la gente solía ir a correr o a pasear el perro. A esa hora de la tarde, con la luz ya cayendo larga y naranja entre los troncos, estaba prácticamente desierto. El único sonido era el de los pájaros y, a lo lejos, el rumor del embalse.

Al bajar del coche me tomó de la mano sin decir nada y echamos a andar por un sendero de tierra entre los árboles. Notaba la humedad entre las piernas con cada paso, las bragas pegándose, el coño todavía latiendo buscando lo que él había prometido y luego retirado. Vi el mirador antes de llegar: una plataforma de madera con dos bancos largos, rodeada de pinos jóvenes, con vistas abiertas al agua. El embalse brillaba a esa hora como plata vieja.

Se sentó y tiró de mí hacia él.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, con las rodillas apoyadas en el banco a cada lado de las suyas, y fui a besarlo. Notaba su polla dura debajo de mí, presionando contra la tela del pantalón, justo donde mi coño se apoyaba. Empecé a moverme apenas, frotándome encima de él mientras intentaba alcanzar su boca. Pero cada vez que me acercaba, él giraba ligeramente la cara y la esquivaba con una sonrisa. Me dejaba rozarle los labios y luego se apartaba un milímetro, justo lo suficiente para que no llegara. Lo hacía a propósito. Él lo sabía, yo lo sabía, y los dos sabíamos que eso solo conseguía que yo lo quisiera más, que me restregara más fuerte contra su polla, que me empapara más todavía.

—Para ya —le dije.

—¿Parar qué? —respondió, con esa expresión suya de quien no sabe de qué le hablas.

—Bésame de una puta vez.

—Pídelo bien.

Le cogí la cara con las dos manos y lo besé yo, sin darle opción a esquivarme esta vez, metiéndole la lengua hasta el fondo. Un momento después él también estaba dentro del beso, mordiéndome el labio inferior, con sus manos subiendo por debajo de mi camiseta, levantándome el sujetador de un tirón para liberarme las tetas. Me las cogió por debajo, pesándolas en las palmas, apretándome los pezones entre los dedos hasta retorcerlos suavemente. Solté un quejido contra su boca.

Estuvimos así un buen rato, con el sonido del agua a lo lejos y la madera crujiendo levemente bajo nuestro peso, mientras yo me seguía restregando contra el bulto de sus pantalones y él me jugaba con los pezones, hasta que noté sus manos moviéndose hacia el botón de mi pantalón.

Me abrió la cremallera con una mano mientras con el otro brazo me rodeaba los hombros. Sus dedos encontraron la tela interior, la apartó a un lado y luego, sin rodeos, dos dedos entraron de golpe en el coño hasta los nudillos. Soltó un siseo cuando notó cómo se cerraba todo a su alrededor.

—Estás chorreando, joder —murmuró contra mi oreja—. Más mojada que en el coche. Hueles a putita.

Los movió hacia adentro y hacia afuera con la palma frotándome el clítoris a cada embestida, en ese ángulo que solo él sabía encontrar. Apoyé la frente en su hombro y empecé a gemir bajito contra la tela de su camisa. Él me tapó la boca con la palma de la mano.

—Calladita —dijo—. Cualquiera puede pasar.

Lo que siguió fue una mezcla de concentración y desbordamiento difícil de describir. Sus dedos se movían con una precisión que conocía demasiado bien, sabiendo exactamente cuándo presionar y cuándo retroceder para que yo no me corriera todavía. Sacaba los dos dedos brillantes de mis jugos, me los pasaba por el clítoris en círculos rápidos, volvía a meterlos hasta el fondo. Me tenía al borde desde hacía varios minutos cuando noté que bajaba el ritmo de golpe.

Intenté moverme contra su mano, follármele los dedos yo misma. Su brazo me lo impidió.

Levanté la vista y lo vi: un hombre de mediana edad caminando por el mismo sendero por el que habíamos llegado. Llevaba una chaqueta marrón y andaba despacio, con las manos en los bolsillos, mirando al suelo. No levantó la vista al principio. Cuando lo hizo, nos miró un segundo y luego desvió la mirada hacia el agua con una indiferencia que podía ser real o no.

Los dedos de Marcos permanecieron quietos, pero dentro. Sentía cada milímetro de ellos clavados en el coño sin moverse, y mis paredes contrayéndose alrededor por puro instinto, intentando ordeñarlos.

El hombre pasó sin detenerse, cruzó el mirador y siguió por el sendero que bajaba hacia el otro extremo. El sonido de sus pasos se fue apagando entre los árboles.

En cuanto desapareció, él volvió a moverse. Más fuerte esta vez, más rápido, sin la calma de antes. Curvó los dedos contra ese punto interior y me clavó el pulgar en el clítoris.

—Córrete —me ordenó al oído—. Córrete ya, en mi mano, como la guarra que eres.

No tardé mucho. La combinación de las semanas de espera, la situación al aire libre, el riesgo de que alguien pudiera aparecer en cualquier momento, sus palabras sucias en mi oreja, y la forma en que él me conocía hicieron que llegara en cuestión de segundos. Me mordí el labio inferior con fuerza para no hacer ruido, y aun así escapó un gemido ahogado contra su mano. Sentí el orgasmo subir desde dentro como una sacudida, el coño contrayéndose con violencia alrededor de sus dedos, las piernas temblando a ambos lados de las suyas. Él me apretó más con el brazo y siguió moviendo la mano hasta que dejé de temblar, sacando los dedos del coño bañados en mis jugos.

Tardé un momento en volver a respirar con normalidad. Me llevó los dedos a la boca y los chupé uno a uno, despacio, saboreándome a mí misma mientras él me miraba a los ojos.

—Buena chica —dijo.

Después me bajé del banco, me arrodillé en la madera del suelo frente a él, y lo miré. Le acaricié el bulto por encima del pantalón. Estaba a reventar, la polla marcándose contra la tela con un grosor que se me hacía la boca agua.

No hacía falta decir nada. Esa era también una parte de nuestra dinámica: yo pedía sin palabras, él decidía. Esa tarde decidió que sí casi de inmediato, con una ligera inclinación de la cabeza que yo interpreté sin dificultad. Le abrí el botón, le bajé la cremallera y le tiré los calzoncillos hasta los muslos.

Cuando la sacó ya estaba bastante excitada. La polla se le levantó pesada contra el vientre, el glande hinchado y rojo, ya con una gota de presemen brillando en la punta. Me la tomé con calma los primeros segundos, recorriéndola despacio con la lengua desde la base hasta la punta, recogiendo esa gota con la lengua antes de meterme la cabeza entera en la boca y chuparla suavemente. Lo escuché soltar el aire por la nariz. Volví a bajar, lamiendo toda la longitud, mojándole los huevos con saliva y metiéndome uno en la boca, después el otro, mientras le sostenía la verga con la mano y la masturbaba despacio. Volví a subir, la recorrí entera como si la viera por primera vez aunque no lo fuera. Lo miraba a los ojos mientras lo hacía. Le gustaba eso: que no apartara la vista mientras le chupaba la polla.

Fui aumentando el ritmo gradualmente. La metía cada vez más adentro, hasta que la punta me golpeaba la garganta y empezaba a llorarme un ojo. Sacaba un hilo de saliva con cada subida y volvía a bajar, hundiéndola hasta donde podía, con los labios apretados alrededor. Cuando noté que empezaba a perder el control, puso las manos en mi pelo y tomó el mando. No de golpe, sino ajustando la cadencia poco a poco, marcando él la velocidad con una presión firme en mi nuca que yo no resistía. Sus caderas se movían levemente hacia adelante cada vez que yo bajaba, follándome la boca con paciencia.

El sonido del agua, el olor a tierra húmeda y pinos, la madera fría bajo mis rodillas, y su polla deslizándose dentro y fuera de mi garganta.

Estaba completamente metida en lo que hacía cuando lo noté: algo se movió en mi campo de visión, hacia la izquierda, entre los árboles. Lo suficiente para llamar mi atención.

El mismo hombre. Estaba volviendo por donde había venido.

Me aparté un par de centímetros, con la polla todavía en la mano y la saliva escurriéndome por la barbilla. Marcos sintió el movimiento y bajó la vista hacia donde yo miraba. Vio al hombre acercarse por el sendero. Luego me miró a mí.

Y me apretó la cabeza despacio, devolviéndola a su sitio, hundiéndome la polla otra vez hasta el fondo.

—Sigue —dijo en voz muy baja—. Que vea bien cómo me la chupas.

El hombre estaba a unos veinte metros cuando continué. A quince cuando empecé a moverme con más ritmo, bajando hasta que la nariz me chocaba contra su vientre. A diez cuando ya era difícil, para cualquiera que mirara desde el camino, fingir que no veía lo que estaba pasando. El sonido húmedo de mi boca chupándole la polla se mezclaba con el chasquido de mi mano subiendo y bajando por la base.

No sé si fue el morbo de saber que un desconocido nos estaba mirando o simplemente las ganas acumuladas durante semanas, pero algo en mí se activó y puse más de lo que nunca había puesto. Bajé a lamerle los huevos con la lengua plana, los chupé uno por uno como una cerda, volví arriba, la metí hasta donde podía aguantar sin atragantarme, dejé que él marcara la cadencia con sus manos en mi pelo. Lo escuché cambiar la respiración, hacerse más corta, más irregular. Sentí cómo su polla se hinchaba todavía más en mi boca, palpitando contra mi lengua.

El hombre pasó casi a nuestro lado. No dijo nada. No se detuvo. Pero tampoco miraba el suelo esta vez. Vi por el rabillo del ojo cómo se llevaba discretamente la mano al bolsillo del pantalón y se ajustaba el bulto sin dejar de mirar.

Cuando ya estaba lejos, sentí que la tensión de Marcos llegaba a su límite. Me sacó la polla de la boca de golpe, me sujetó la cara con una mano y empezó a masturbarse rápido frente a mí.

—Abre la boca —me ordenó—. Saca la lengua.

Obedecí. La primera salida me cayó en la cara, gruesa y caliente, atravesándome la mejilla y el labio superior. La segunda en la lengua y la barbilla. La tercera me la metió de nuevo en la boca y siguió empujándola hasta el fondo mientras se vaciaba en mi garganta, soltando un gruñido bajo que intentó contener. Me quedé quieta mientras él terminaba de calmarse, con su polla todavía dura latiendo contra mi paladar, tragando lo que quedaba.

Luego recogí con los dedos lo que tenía en la cara y lo llevé a la boca despacio, sin perder el contacto visual, lamiéndome los dedos uno por uno hasta no dejar gota. Él me miraba hacer eso con una expresión que mezclaba bien el agotamiento y el deseo.

—Ven aquí —dijo, y me levantó del suelo.

Me besó largo y sin prisa, sin importarle nada de lo que pudiera quedar en mi boca, lamiéndome la lengua, pasándomela por los labios todavía pegajosos. Eso también era algo que me gustaba de él: nunca le importó probarse a sí mismo en mi boca.

***

Volvimos al coche de la mano, en silencio.

Abrió la puerta trasera antes de que yo llegara y me empujó dentro con una mano en la espalda. Me acosté en el asiento mientras él cerraba la puerta y se colocaba encima. El techo quedaba cerca. El espacio era justo lo suficiente.

Me quitó el pantalón y las bragas con eficiencia, sin prisa innecesaria pero sin perder tiempo. Yo hice lo mismo con lo suyo mientras él me besaba el cuello, me mordía el lóbulo de la oreja, me pasaba la lengua por el lateral. Cuando se colocó entre mis piernas ya llevaba bastante tiempo esperando esto, con el coño abierto y empapado, todavía latiendo de antes. Frotó el glande arriba y abajo entre los labios, mojándoselo en mis jugos, sin meterlo todavía.

—Métela ya, joder —le pedí.

—Pídelo bien.

—Por favor, fóllame de una vez.

La primera embestida fue hasta el fondo, sin pausa, y me arrancó un sonido involuntario que intenté ahogar contra su hombro. Empezó fuerte y no bajó el ritmo. El coche se movía levemente con cada cadera que él clavaba contra mí, y cada embestida me sacaba un quejido ahogado. Afuera la luz seguía cayendo entre los pinos.

Subí las piernas para rodearlo por la cintura y apretarme contra él. Él respondió metiéndose más, empujando hacia adentro con una concentración que me descontrolaba completamente, golpeándome el fondo del coño con cada empuje. Lo agarré por los hombros con fuerza, le clavé las uñas en la espalda y cerré los ojos. Notaba cómo me follaba abriendo el coño con cada entrada, sintiendo cada centímetro de su polla recorriéndome por dentro, los huevos chocando contra mi culo con un golpe húmedo.

—Qué bien me la metes —le susurré al oído—. No pares, joder.

Al rato me cogió por los tobillos y me subió las piernas hasta apoyarlas en sus hombros. El ángulo cambió por completo. Empezó a embestir de forma más directa, más profunda, follándome con golpes secos que hacían chocar nuestros cuerpos con un chasquido húmedo, y el sonido dentro del coche cambió de registro. Me aferré al cuero del asiento con las manos buscando algo a lo que sujetarme. Le veía la cara concentrada, los dientes apretados, la frente perlada de sudor.

—Mírame —me dijo—. Mírame mientras te follo.

Lo miré. Abrió la boca contra la mía sin besarme, dejando que respiráramos el mismo aire mientras seguía clavándome la polla hasta el fondo. Me corrí sin avisar, apretando los dientes, sintiendo cómo el coño se cerraba en espasmos alrededor de su polla, ordeñándola, intentando arrancarle la corrida. Solté un gemido largo, gutural, que no pude callar. Él no paró.

Cuando el primer orgasmo todavía me duraba, me sacó la polla y me giró. Acabé sentada encima de él, de cara a la puerta trasera, con las rodillas a cada lado de sus caderas. Él me agarró por las caderas y me bajó de un tirón ensartándome entera. Solté un grito ahogado contra la ventana. Él seguía abajo, con las manos firmes en mi cintura, marcando el ritmo desde abajo con una precisión que no dejaba espacio para respirar bien.

Me agarré al respaldo del asiento delantero. Empecé a moverme sobre él, subiendo y bajando, sintiendo cómo entraba y salía con cada movimiento. Él metió una mano por debajo y empezó a frotarme el clítoris al mismo tiempo que me follaba desde abajo.

—Móntame —me ordenó—. Móntame esa polla como una puta.

Lo que vino después fue difícil de sostener. Él empujaba desde abajo con una fuerza que hacía que me temblaran los muslos, los huevos chocándome contra el culo con cada embestida. Yo intentaba mantener la postura pero cada vez era más complicado. Le sentía la polla golpeándome en un punto distinto al de antes, más arriba, contra la pared delantera del coño, y el dedo en el clítoris me hacía perder la cabeza. El segundo orgasmo llegó más largo que el primero, extendiéndose en oleadas que se solapaban unas con otras, y yo ya no controlaba los sonidos que escapaban de mi garganta. Grité contra la ventana, con el vaho de mi aliento empañando el cristal, mientras me corría sobre su polla.

Me doblé hacia adelante, casi acostada encima de él, con las piernas temblando y el coño todavía contraído.

Él siguió, agarrándome del culo y embistiendo hacia arriba sin descanso.

Cuando por fin se corrió, lo hizo con un gruñido contenido y me agarró por las caderas para no moverse, hundiéndome la polla hasta el fondo. Sentí los chorros calientes vaciándose dentro de mí, una sacudida tras otra, mientras él apretaba los dientes y echaba la cabeza hacia atrás. Nos quedamos así un minuto largo, sin hablar, con la respiración desordenada, el semen empezando a escurrir despacio entre nuestros cuerpos, y el aire dentro del coche espeso y cálido.

***

Lo que vino después fue diferente en tono.

Él se recostó en el asiento con los ojos cerrados, la polla todavía medio dura y brillante, y yo me coloqué entre sus piernas, de rodillas en el suelo del coche. La tomé despacio, sin objetivo concreto, simplemente para tenerla en la boca mientras los dos recuperábamos el aliento. Le limpié los restos de su propia corrida y de mis jugos con la lengua, despacio, sin prisa, lamiéndole también los huevos y la base. Era algo que hacíamos a veces: sin urgencia, sin meta, solo el placer tranquilo de estar ahí, con la polla descansando en mi boca como si fuera su sitio natural.

A él le gustaba eso. Tenerme así, sin apremio, como si fuera un estado natural de las cosas, con su polla cómoda entre mis labios. Y a mí también me gustaba: la sensación de conocerlo completamente, de saber exactamente cómo moverme para mantenerlo en ese estado de calma placentera sin llevarlo a ningún lado en particular. Lo hacía despacio, con atención, lamiéndolo entero de tanto en tanto, chupándole la punta con suavidad, jugando con la lengua alrededor del glande, disfrutando del momento por lo que era.

Estuvimos un buen rato. Él con la cabeza echada hacia atrás y una mano en mi pelo, sin guiar, solo apoyada. Yo con las manos en sus muslos, moviéndome sin prisa, sintiendo cómo se iba hinchando otra vez en mi boca poco a poco, aprendiendo de nuevo algo que ya sabía de memoria.

Fue un coche que se acercó por el camino lo que nos interrumpió. Las luces giraron hacia donde estábamos aparcados y los dos reaccionamos al mismo tiempo. Le saqué la polla de la boca de un tirón, nos vestimos rápido, entre risas mal contenidas y ropa que no encontraba su sitio, yo todavía con la boca pegajosa y los muslos manchados, y cuando el otro coche pasó de largo sin detenerse nos miramos en la penumbra con esa mezcla de alivio y diversión que solo se consigue en situaciones así.

—Debería ir a trabajar —dijo él, con el pelo todavía revuelto.

—Deberías —respondí.

Pero tardamos otros diez minutos en salir del coche.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

3.8(50)

Comentarios(9)

Noche_Lector

Dios mio que tension!! Leí esto en el trabajo y tuve que pausar para respirar jajaja

SantiMH

Necesito la segunda parte ya, no puede quedarse asi sin mas

Cappotte

La ambientacion del mirador le da un morbo especial. Muy bien narrado!

rosita92

¿Esto es real? Se siente demasiado vivido como para ser inventado...

lagarto46

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo aca

MiriamV_ok

Me encantó la sensacion de riesgo que transmite. Se nota que lo vivieron de verdad o al menos asi lo contás. Segui escribiendo por favor!

Grabi

jajaja el mirador nunca mas va a ser lo mismo para mi

JOSE

Excelente!!! Esperando mas relatos como este

Valentina_K

Que atrevidos! Yo me hubiera paralizado del susto, pero admito que tiene su encanto lo del testigo involuntario

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.