La noche que dormí en la misma cama que mi tía
Me llamo Diego, tengo treinta y cuatro años, y llevo meses dándole vueltas a si contar esto o no. Soy psicólogo. Doy clases en la facultad y atiendo a algunos pacientes en consulta privada. Mi especialidad no es la terapia familiar, pero conozco bien la literatura sobre los complejos edípicos. Lo que pasó con mi tía Catalina me pone en un lugar incómodo: no es solo el tabú, es que el psicólogo que se supone que ayuda a la gente a entender estas pulsiones terminó cediendo ante la suya.
Mi tía Catalina es periodista. No es una de las caras conocidas de la televisión, pero su trabajo en documentales tiene cierto prestigio. Tiene cincuenta y ocho años, mide poco más de un metro setenta y tiene un cuerpo que la edad no ha logrado domesticar. Quedó viuda hace cuatro años. Su único hijo, mi primo Sergio, vive en Santander con su mujer desde una mudanza por trabajo, y desde entonces yo me convertí, según sus propias palabras, en su segundo hijo. Mis padres murieron en la pandemia, así que la cosa fue mutua: cada uno llenaba el hueco que la vida le había abierto al otro.
Vivimos en pisos distintos del mismo edificio. Subo a su casa varias veces a la semana. Cenamos juntos, vemos películas, hablamos de su trabajo y del mío. Hasta hace unos meses, todo era exactamente eso: el cariño previsible entre tía y sobrino.
El último documental de Catalina trataba sobre el incesto. Aprovechando que tenía un sobrino psicólogo, me entrevistó. Estuvimos dos tardes hablando, casi una hora cada vez, sobre el sexo entre madres e hijos, sobre el peso de la prohibición, sobre lo que la antropología tenía para decir al respecto. Yo respondí como profesional. Ella tomó nota como periodista. El documental se emitió por un canal de pago y tuvo buena repercusión. A partir de ahí, en algunos círculos, empezaron a llamarla «la periodista del incesto».
En una entrevista en otro programa, un colaborador le preguntó, medio en broma, si ella había vivido alguna experiencia parecida. Catalina sonrió. Fue una sonrisa larga, demasiado larga, antes de decir que no. Esa sonrisa fue lo que me empezó a inquietar.
Una tarde, en el bar de la facultad, dos alumnos comentaron en la mesa de al lado el reportaje. Hablaban de mi tía sin saber que era mi tía. Uno dijo que estaba muy buena, que era una madura de manual, que le pondría la polla en la boca sin dudarlo. El otro respondió que la sonrisa con la que había contestado la pregunta era una confesión disfrazada, que esa mujer llevaba escrito en la cara que se había follado a alguien de su sangre. Escuché todo en silencio, con la taza de café enfriándose entre las manos.
Esa noche llegué a casa intentando convencerme de que era una tontería de estudiantes. No lo conseguí. Empecé a mirar a Catalina de otra manera. Empecé a fijarme en sus piernas cuando se cruzaba en el sofá, en cómo le quedaba la blusa cuando se inclinaba a servir el café, en la forma redonda del culo bajo la falda cuando iba a la cocina, en el gesto con el que se apartaba el pelo de la frente. Era guapa. Siempre lo había sido. Pero hasta entonces era una belleza que yo registraba como se registra el clima: un dato sin consecuencias.
Una noche subí a su casa para arreglarle una fuga del fregadero. Ella había salido a hacer la compra. Aproveché para asomarme al despacho. No sé qué buscaba, pero encontré una carpeta con un título que me cortó la respiración: «Incesto madre-hijo, ¿una relación tolerada por la sociedad?». Dentro había títulos de películas, capturas de páginas porno, citas de revistas de relatos. Encendí el ordenador. No tenía contraseña. El historial estaba lleno de búsquedas posteriores al cierre del documental. «Madre chupa polla a hijo», «hijo se corre dentro de la madre», «madura seduce sobrino». Catalina seguía investigando el tema mucho después de haberlo entregado, y ya no lo estaba investigando como periodista.
Cuando volvió de la compra, la cena fue la de siempre. Ella habló de un programa nuevo sobre las elecciones municipales en Cantabria. Me contó que tenía que viajar a Santander al día siguiente y, sin pensarlo demasiado, me ofreció acompañarla. Tendría días libres en la facultad y podía adelantar una tesis sobre hipnosis regresiva. Acepté antes de tener tiempo de pensarlo.
Esa noche me masturbé pensando en ella por primera vez. Bajé a mi piso, cerré la puerta con llave como si alguien pudiera verme desde dentro y me tumbé en la cama con la polla ya dura empujando contra el pantalón del pijama. Me la saqué. La imagen de Catalina se me impuso sola, sin esfuerzo. La vi sentada en el sillón del despacho, con las piernas cruzadas, la falda subiéndosele por el muslo, mirándome mientras yo la hipnotizaba. En la fantasía le hacía preguntas cada vez más íntimas y ella respondía con esa voz baja de periodista, sin filtro, contándome que se metía dos dedos en el coño cada noche, que se los sacaba brillantes y se los chupaba pensando en Sergio, en mí, en cualquier hombre de su sangre. Me agarré la polla con fuerza, escupí en la mano para que resbalara mejor y empecé a moverme con el ritmo que la fantasía me imponía. Imaginé a Catalina abriéndose la blusa botón a botón, sacándose una teta pesada de sujetador, redonda y suave, con el pezón oscuro ya duro. Imaginé chupárselo entero, hundir la cara entre sus pechos, sentir el peso caliente en la boca. Me la imaginé arrodillada entre mis piernas, mirándome desde abajo con esa cara de periodista que hace preguntas incómodas, sacándome la polla del pantalón y metiéndosela en la boca hasta la garganta. La lengua girando alrededor del glande, la mano moviéndose en la base, los ojos aguados sosteniéndome la mirada mientras me chupaba. Me imaginé corriéndome en su boca abierta, ver cómo se le acumulaba el semen en la lengua antes de tragar. Aceleré. El puño cerrado se me movía con violencia sobre la polla, apretándome el glande cada dos o tres pasadas. Se me escapó un gemido en el silencio del piso. Notaba la descarga subiéndome desde los testículos y no había vuelta atrás. Me corrí en cuatro chorros espesos que me cayeron en el vientre y en el pecho, con la mandíbula apretada para no gritar. Me quedé un rato mirando al techo, con la polla todavía dura y palpitando en la mano, respirando mal, sintiéndome sucio de una manera nueva. Me dormí incómodo, con la sensación de haber cruzado una raya privada que ya no podía descruzar.
***
Catalina me recogió en la puerta del edificio a las cuatro de la tarde. Llevaba un vestido de gasa oscura que se le deslizaba hacia atrás cada vez que cambiaba de marcha. Le ofrecí conducir y aceptó. Cerró los ojos en cuanto salimos de Madrid. Yo intentaba mirar la carretera. Volvía a mirarle las piernas. La carretera. Las piernas. En algún momento el vestido se le subió hasta el borde de las bragas y me pasé cinco kilómetros con la polla dura contra la costura del pantalón.
A los cuarenta minutos empezó a llover con una violencia que no había visto en años. A los noventa minutos, cuando subíamos el puerto, las gotas se convirtieron en copos. En menos de una hora la autovía era una sopa blanca por la que avanzábamos a treinta por hora detrás de una caravana de coches con las luces de emergencia encendidas.
—Diego, esto no va a aguantar mucho más —dijo Catalina, ya despierta, agarrada al asidero de la puerta.
Pasó un cartel. «Motel La Veleta, próxima salida». Me salí sin pensarlo. El motel estaba en un polígono que, cubierto por la nieve, parecía un pueblo abandonado. Aparqué lo más cerca posible de la entrada. Corrimos los veinte metros bajo la nevada y entramos empapados.
Por dentro era más bonito de lo que prometía la fachada. Madera, paredes blancas, una recepción con flores secas. Catalina se sacudió la nieve del pelo mientras yo me acercaba al mostrador. La recepcionista, una mujer de unos cincuenta años con gafas de pasta, nos saludó con una sonrisa que me hizo sospechar.
—¿Tienen reserva? —preguntó.
—No. Necesitamos una habitación para esta noche. O dos, lo que tengan.
—Solo me queda una. ¿Por noche o por horas?
Catalina me miró. Yo miré los carteles de la pared. «Vive un momento íntimo». «Suites con jacuzzi para parejas». «Discreción garantizada». Tragué saliva.
—Por noche —dije.
La habitación estaba al final de un pasillo decorado con láminas de mujeres semidesnudas. Cuando abrí la puerta, los dos nos quedamos parados en el umbral. Una cama enorme con sábanas blancas, un cabecero acolchado, una barra de metal por encima, un espejo gigante en una pared y otro en el techo, rodeado de luces de colores. Encima de la mesilla había un folleto con la carta del room service y, debajo, otro con el catálogo de juguetes.
—Bueno —dijo Catalina, intentando reírse—. Al menos estamos secos.
Se metió en el baño. Yo me senté en la cama, escuché la ducha y traté de no pensar en nada concreto. La imaginé desnuda al otro lado de la puerta, con el agua caliente resbalándole por las tetas grandes de mujer madura, por el vientre suave, entre los muslos. Cuando salió, llevaba puesto el albornoz blanco del motel y tenía el pelo enredado, todavía húmedo. Su ropa, incluida la interior, estaba tendida sobre el radiador del baño. La puerta estaba abierta. Vi las bragas negras colgadas del canto, el sujetador del mismo color, la copa lo bastante grande como para que se me acelerara la respiración. Aparté la mirada demasiado tarde.
—Voy yo —dije, levantándome.
Cerré la puerta del baño y me apoyé en el lavabo. En el espejo había un hombre que no terminaba de reconocer. Treinta y cuatro años, ojeras, una mirada de adolescente al que acaban de pillar. La polla, medio dura dentro del pantalón, tirando de la tela. Me lavé la cara. Cuando salí, Catalina ya había pedido la cena. Cenamos en la mesita de la entrada. Una hamburguesa para mí, una ensalada para ella. El albornoz se le caía un poco del hombro, dejando ver la clavícula y el nacimiento redondo de un pecho sin sujetador. No se daba cuenta. O sí.
—Estoy reventada —dijo apartando el plato a medio acabar—. Me voy a la cama.
—Yo me quedo un rato leyendo.
Saqué los apuntes de la tesis. Una técnica de hipnosis llamada MILDFUNES, una forma de inducir al paciente a un estado de consciencia desde el cual puede acceder a recuerdos reprimidos. Releí tres veces el mismo párrafo sin entender nada. Catalina ya respiraba hondo en el otro lado de la cama. Apagué la luz de la mesilla, me metí debajo de la sábana intentando no rozarla, y entonces empezaron los ruidos.
***
Venían de la habitación de al lado. Una mujer gimiendo. Un hombre hablando fuerte. Frases sueltas que entraban por la pared como si la pared fuera de papel.
—Más fuerte. Así. Sigue.
—¿Te gusta así la polla, eh? Dime cómo te gusta.
—Sí. Métemela toda. No pares. Fóllame.
—Estás empapada. Chorreas. Mira cómo te chorrea el coño.
—Cállate y clávamela hasta el fondo.
La cabecera del otro lado empezó a golpear el tabique con un ritmo obsceno, tres golpes por segundo, secos. Se oía el chasquido húmedo de la carne contra la carne, los gemidos de ella cada vez más agudos, la respiración de él como la de un animal cerca del oído. En un momento la mujer soltó un grito largo y siguió pidiéndolo.
—Más adentro. Más. Rómpeme el coño.
—Vas a hacer que me corra, guarra. Vas a hacer que te lo llene todo.
—Córrete dentro. Dentro. Todo dentro.
Cerré los ojos y traté de pensar en otra cosa. Catalina no se movió. Dormía profundamente, dándome la espalda, con el albornoz subido por encima de las rodillas y el cinturón aflojado. La sábana le cubría hasta la cintura. Por el espejo de la pared veía el reflejo de la habitación entera. La cama. Los dos cuerpos. El mío rígido. El suyo abandonado al sueño.
Los gemidos del otro lado subieron de tono. La mujer empezó a decir cosas más concretas, más sucias, describiendo con la lengua suelta cada cosa que le estaban haciendo. Le pedía que le lamiera el culo, que le metiera dos dedos mientras se lo comía, que le escupiera en la cara antes de metérsela otra vez. Yo notaba la presión empujando contra el pantalón del pijama y no encontraba forma de quedarme quieto. La polla se me había puesto tan dura que dolía. Pensé en levantarme e ir al baño. Pensé que desde el baño no se oiría nada. Pensé que si me iba al baño iba a tardar horas en dormirme. Tardé probablemente un minuto en tomar la decisión, aunque me pareció mucho más.
Bajé el pantalón hasta las rodillas con el cuidado obsesivo de quien sabe que cualquier ruido puede arruinarlo todo. Me agarré la polla y me quedé un segundo sintiéndola pesar en la mano, caliente, palpitando al ritmo del corazón. Ya estaba mojada por la punta. Extendí el líquido preseminal con el pulgar y empecé a moverme despacio, subiendo y bajando la piel del prepucio con la mano cerrada en anillo. La voz de la mujer del otro lado seguía dándome instrucciones que no eran para mí pero que se me colaban como si lo fueran. La de él, más jadeante, cada vez más animal. Yo intentaba mirar al techo, pero los espejos del techo me devolvían la imagen de la cama y de Catalina. Apreté los dientes.
Levanté un poco más la sábana. El albornoz se le había abierto por arriba durante el sueño y por el espejo de la pared se le veía el nacimiento de un pecho. Solo un nacimiento, pero suficiente. Me mordí el labio. Aceleré el ritmo, pasándome el pulgar por el glande cada vez que la mano llegaba arriba, apretando fuerte en la bajada. Notaba el corazón en las sienes.
—¿Estás dormida? —susurré.
No contestó. Respiraba con esa cadencia profunda que no se finge. Le di un toque suave en el hombro. Nada. Tiré con dos dedos de la solapa del albornoz, apenas un milímetro, lo justo para que el reflejo me devolviera más piel. La curva entera del pecho apareció en el espejo. El pezón estaba oscuro, denso, mucho más rotundo de lo que mi imaginación había sido capaz de construir. Un pezón grueso de mujer madura, del tamaño de una moneda, la aureola arrugada, la punta erguida por el frío o por algo que estaba pasando en su sueño. La sangre se me fue a la cabeza y a la mano y todo se me convirtió en un solo lugar.
Me la casqué mirando ese pezón. Empecé a fantasear cosas concretas y sucias, imágenes que me atravesaban una detrás de otra. Abrirle el albornoz del todo, sacarle esa teta entera y metérmela en la boca, chupársela con hambre, girar la lengua alrededor de la aureola oscura, apretarle el pezón entre los dientes hasta que soltara un gemido. Bajar hasta el vientre suave, lamerle el ombligo, seguir bajando. Encontrarme con el coño de mi tía, un coño de mujer de cincuenta y ocho años, con el vello ya con canas mezcladas, los labios gruesos y separados. Meterle la lengua entre los pliegues, chupárselo entero, sentir en la boca ese sabor a mujer madura que llevaba imaginando meses. Verla despertarse con mi lengua dentro, mirarme desde arriba con esa sonrisa larga de la entrevista, susurrarme que siguiera, que llevaba desde el documental esperándome.
Le eché otra ojeada por el espejo. El albornoz se le había abierto un poco más con el movimiento de la respiración. Se le veía ahora casi todo el pecho, pesado, blando, caído hacia el costado por la postura. La sombra oscura del otro pezón adivinándose bajo la tela. La mano me iba cada vez más rápido, húmeda por completo, con un ruido bajo, obsceno, que me daba pánico y me excitaba al mismo tiempo. Aprovecha, pensé. Aprovecha porque no vas a volver a tener este momento en tu puta vida.
Del otro lado de la pared, el hombre soltó un gruñido largo y grave, un rugido que terminó en jadeo. La mujer respondía con frases cortas, con esos «sí, sí, sí, córrete, córrete dentro» que no dicen nada y lo dicen todo. Se corrieron los dos casi a la vez. Yo apenas los escuchaba ya. Dejé la mano izquierda apoyada en la sábana, a la altura de la cadera de Catalina, sin tocarla todavía. La punta de mi meñique tocaba la tela del albornoz. Un centímetro más y tocaba su piel. La mano derecha iba tan rápido que la muñeca me quemaba. Sentí el calor subiéndome por el vientre, esa tirantez en los testículos que no admite marcha atrás. Sabía que faltaba poco.
Fantaseé el remate en imágenes rápidas, una detrás de otra. Fantaseé arrodillándome sobre la cama con la polla en la mano, terminando encima de esas tetas de mi tía dormida, ver el semen resbalarle por el escote y colarse por el pliegue entre los pechos. Fantaseé metiéndosela en la boca abierta y corriéndome dentro, viéndole tragar sin abrir los ojos. Fantaseé darle la vuelta, subirle el albornoz por la espalda, meterle la polla despacio por detrás mientras dormía, sentir el coño maduro cerrándose alrededor de mi verga, follármela así hasta correrme dentro y verme salir por sus muslos. Cada una de esas imágenes me duraba un segundo antes de saltar a la siguiente, y todas juntas me llevaron al borde.
En el último segundo aparté la mano izquierda. No quería tocarla así. No quería pensar después que la había tocado así. La descarga me pilló con los ojos clavados en su reflejo, en ese pezón oscuro que asomaba por la solapa del albornoz. Un primer chorro cayó sobre el albornoz, a la altura de la cadera, un pegote espeso y blanco que se destacó contra la tela clara como una acusación. Dos más, intermitentes, uno le cayó cerca del muslo, el otro me manchó la propia mano y goteó al colchón. El último, ya sin fuerza, en la sábana, entre los dos, dibujando un hilo lento hacia el pliegue de la tela. Sentí la polla latir tres o cuatro veces más en la mano, como si quisiera seguir soltando semen sin tenerlo ya.
Me quedé sin aire. Respiré despacio, escuchando si algo cambiaba en su respiración. Nada. Seguía igual. Un segundo después de la culpa apareció el pánico. Si se despertaba, si veía la mancha, si abría los ojos de pronto, estaba acabado. Levantarme también podía despertarla, pero quedarme allí era peor.
Me deslicé fuera de la cama con una lentitud absurda. Fui al baño. Cogí un puñado de papel, mojé un trozo, volví. Limpié primero la sábana, luego el albornoz, con el pulso de un cirujano y los ojos clavados en su cara. Catalina seguía respirando hondo, los labios entreabiertos, ajena a todo. Cuando terminé, devolví el papel al inodoro, tiré de la cadena con un solo dedo y volví a meterme bajo la sábana del lado más lejano que la cama me permitía.
No me dormí enseguida. Estuve mucho rato escuchando cómo terminaban en la habitación de al lado, cómo se hacía el silencio en el pasillo, cómo el viento empujaba la nieve contra el cristal. Pensé en la sonrisa larga de Catalina respondiendo aquella pregunta en televisión. Pensé que no había sido casual.
***
Me despertó su voz, demasiado temprano.
—Diego, despierta. Tenemos que hablar.
Abrí los ojos con el corazón en mil sitios distintos a la vez. Catalina estaba de pie, ya vestida con la ropa del día anterior, con los brazos cruzados. Me incorporé despacio.
—¿Qué pasa? —dije, intentando que la voz no me saliera rota.
—Mira por la ventana.
Me levanté. La nieve cubría todo. Más de un metro, calculé. Los coches del aparcamiento eran montículos blancos. La carretera no se distinguía del campo.
—En las noticias dicen que está cortado todo hasta nuevo aviso —añadió—. Vamos a tener que quedarnos aquí otra noche.
La miré. No había en su cara ni un asomo de sospecha. Solo cansancio, fastidio y la idea práctica de que íbamos a pasar otras veinticuatro horas encerrados en aquella habitación con dos espejos y una cama.
—Vale —dije, tragando saliva—. Otra noche.
Sonreí, no sé por qué. Catalina sostuvo la mirada un segundo de más y me devolvió la sonrisa. No era la misma sonrisa de la entrevista. O sí lo era. No conseguí decidirlo entonces. No lo he conseguido decidir todavía.



