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Relatos Ardientes

La apuesta que perdimos viendo porno con sus amigos

Esta historia pasó hace ya bastantes años. Yo tenía poco más de veinte y llevaba saliendo con Martín un par de temporadas. Como cualquier pareja joven, el deseo nos podía todo el día, pero sin casa propia ni coche las oportunidades para estar a solas se espaciaban más de lo que nos habría gustado. Por suerte, unos amigos suyos compartían un piso pequeño cerca del centro, y muchos fines de semana acabábamos allí entre partidas de cartas, películas y cervezas baratas.

Normalmente éramos media docena, pero aquel sábado de invierno solo quedamos los tres del piso, Martín y yo. Llovía con fuerza desde el mediodía, así que pedimos algo para cenar y nos acomodamos a ver una peli. Los chicos eran buena gente, pero ninguno para tirar cohetes físicamente, y yo sospechaba que por eso siempre andaban con la testosterona disparada.

Después de cenar, Iván propuso poner otra película y se pusieron a rebuscar entre una torre de discos grabados, casi todos sin etiqueta. Tomás metió uno al reproductor y, tras unos segundos de pantalla negra, apareció una intro con letras enormes: Pollas enormes, volumen cuatro. Detrás, una sucesión de primeros planos de rabos imposibles.

—Joder, Nico, ¿en serio? —soltó Tomás parando la imagen.

—Yo no sé de dónde ha salido ese disco —contestó Nico, rojo hasta las orejas.

—Claro que no. Y el que está grabado con tu letra tampoco es tuyo —se burló Iván.

Martín me miró de reojo, preocupado.

—Perdona, Sofía, estos son unos brutos.

—Tranquilo, no pasa nada —dije, y era verdad. Lo que no dije fue que ya no podía quitarme las imágenes de la cabeza y estaba calculando en qué esquina del parking íbamos a acabar aparcados a la vuelta.

La discusión derivó hacia los actores porno, los tamaños supuestamente de plástico y, en algún momento, Tomás me preguntó a bocajarro qué opinaba yo.

—Chicos, yo solo he estado con Martín. No puedo comparar mucho.

—Pues ponemos la peli y comparas —soltó Iván con una sonrisa de medio lado.

—Gracias, estoy bien servida.

—¿Nunca has visto una peli porno? —preguntó Tomás, de verdad sorprendido.

—La verdad es que no.

—Entonces hay que educarte. Y de paso coges ideas.

—Ya tenemos las nuestras —intervino Martín, zanjando.

***

Pero Iván no iba a soltar el hueso. Propuso votación. Él y Tomás, sí. Martín y Nico, no. Todos se giraron hacia mí, que era la única mano que faltaba. No sé muy bien por qué lo hice. Quizá porque ya notaba el calor subiéndome por el cuello y pensé que una peli me vendría bien para llegar a casa echando chispas. El caso es que dije que le dieran al play. Martín me miró con una ceja levantada, pero debió pensar lo mismo que yo, porque se limitó a acomodarse.

Estábamos sentados así: el sofá grande de tres plazas lo ocupábamos Martín, yo y Nico, con Martín al centro. Iván y Tomás, en los dos sillones individuales. Como la calefacción era una mentira piadosa, nos tapamos los tres del sofá con una manta grande. Iván tenía una pequeña de viaje. Tomás, nada.

La película iba por historias cortas. En la primera, un chico se hacía un masaje. Tras las típicas vueltas, se giraba bocarriba y asomaba una erección descomunal que la masajista apenas conseguía meterse entre los labios. La escena me impactó más de lo que esperaba. Tanto, que sin pensarlo le apreté la polla a Martín por encima del pantalón. Él me miró como si me hubiera vuelto loca, pero no la soltó; al contrario, deslizó su mano entre mis piernas y la apoyó sobre mi vaquero. El resto del salón seguía clavado a la pantalla.

Un vistazo rápido me bastó para ver que Tomás había subido una rodilla para ocultar algo bajo el pantalón. Nico estaba más quieto que una estatua, tenso, con la manta perfectamente estirada sobre el regazo. Cuando acabó la primera historia, me levanté a cambiarme. En el pasillo, mientras pasaba por delante del baño, hice una pequeña travesura: me quité la ropa interior, la metí en el bolsillo trasero y volví al salón como si nada. Martín estaba ya de vuelta con dos copas que había servido Iván.

Me senté a su lado y le metí la tela discretamente en la mano. Él las miró un segundo, las guardó en su bolsillo y se mordió una sonrisa.

***

La segunda historia era un desastre de guion: una chica de vacaciones con dos amigos, casa de playa, crema solar y el resto de tópicos. Pero a mí ya no me hacía falta guion. Martín, después de comprobar que nadie nos miraba, deslizó la mano bajo la manta y me metió dos dedos sin ceremonias. Yo tenía su polla en la mano, caliente, dura, y me obligaba a no mover demasiado el brazo.

—Esas pollas no son reales —dijo Iván—. Están hinchadas, o algo.

—Lo que son es una lesión para la chica —añadió Tomás—. Con eso la partes.

—Serás bruto —dije yo, intentando sonar tranquila mientras Martín rodaba un dedo muy despacio.

—Tú imagínate que Martín te mete eso —siguió Iván, señalando la tele.

—Oye, ¿y tú qué sabrás lo que le meto? —soltó Martín.

—Que eso seguro que no —picó Tomás.

—Hay chicas para todo. Seguro que a alguna le encanta así de grande —dije yo, más por cerrar el tema que por otra cosa.

Nico, a mi derecha, no había abierto la boca en diez minutos.

—No tiene por qué ser un problema —murmuró de pronto.

Todos nos giramos.

—Anda, mira, Nico habla —se burló Iván—. A ver si vamos a tener que llamarte Rocco y no nos habíamos enterado.

—No os importa —contestó Nico, cortante.

Y ahí yo metí la pata. Quise echarle un cable:

—Dejadle en paz. Si la tiene pequeñita también vale, mientras sea juguetona.

—YO NO LA TENGO PEQUEÑA —saltó Nico, casi poniéndose de pie.

Hubo un silencio incomodísimo. Iván y Tomás se descojonaban. Martín me apretó la rodilla debajo de la manta como diciendo no lo empeores. Yo intenté arreglarlo:

—Perdona, no me reía de ti. Me hizo gracia cómo lo dijiste. Pero que la tengas más grande que los de la peli, permíteme que lo dude.

—Pues la tengo —insistió Nico—. ¿Qué os apostáis?

Iván dio un bote en el sillón.

—Me encanta. ¿Cuánto?

—No —le cortó Nico—. A Martín y a Sofía.

***

La idea fue cogiendo forma entre los cuatro, con una mezcla de risas nerviosas y propuestas cada vez más disparatadas. Iván se fue a la cocina y volvió con un vaso de tubo de los grandes. El argumento era simple: si la polla de Nico no cabía en la boca del vaso, tampoco cabría en ninguna boca humana. Me acerqué el vaso a los labios para comprobar el diámetro. Conseguía abarcar el borde con dificultad. Pensé en la polla de Martín, que no era pequeña, y calculé que harían falta por lo menos dos suyas para llenar aquello.

—En vez de dinero —propuse, y noté que Martín se tensó—, si no cabe, os vais de cañas y nos dejáis el piso.

—Eso es trampa, que yo voy con vosotros —protestó Iván.

—La casa entera para Martín y para mí —insistí.

—¿Y si cabe? —preguntó Tomás.

—Pagáis cincuenta euros entre los tres —propuso Martín.

—Ni de coña. Algo mejor.

Salí un momento del salón con Martín al cuarto de baño, para darles tiempo a pensar. En cuanto cerré la puerta le besé con todas las ganas acumuladas de las dos horas anteriores. Él me bajó el pantalón y apenas le dio tiempo a metérmela antes de que Tomás diera dos golpes secos en la puerta.

—Tenemos propuesta.

Martín resopló. Yo me subí los vaqueros maldiciendo a los tres compañeros de piso del mundo.

***

En el salón nos esperaban con una sonrisita que no me gustó nada. Iván se había pasado al bando de Nico, lo que significaba que le había visto algo que le había convencido del todo.

—Si cabe en el vaso —anunció Tomás—, os dejamos la casa hoy y un par de tardes al mes.

—Bien —dijo Martín—. ¿Y la parte mala?

—Si no cabe, os masturbáis como antes, pero sin manta.

—Pero si no estábamos haciendo nada —protesté, sabiendo que la manta había dejado de disimular hacía rato.

—Se oían cosas, Sofía —rio Iván—. Y no venían de la tele.

Martín se giró hacia mí, incrédulo. Yo estaba cachonda, un poco mareada por el vino, y con el ego picado por el tipo flacucho de camiseta de Metallica que había decidido apostar su dignidad en un vaso de cristal.

—Una vez. Solo si no cabe y si la tiene de más de veinte centímetros —dije—. Y nadie se mueve del sitio.

Los tres chocaron las palmas. Martín me miró como si no me conociera.

—Sofía, ¿y si cabe?

—Entonces la casa es nuestra —le susurré al oído—. ¿Tú la has visto alguna vez? No puede ser tan grande.

***

Nico se levantó en medio del salón, se bajó los vaqueros y se sacó el calzoncillo hasta los muslos. La cosa impresionaba, no voy a mentir. Flácida o medio flácida, tenía una longitud y un grosor poco comunes. Pero no estaba dura. Cogió el vaso, acercó la punta y, con esfuerzo, consiguió meter el capullo dentro rozando las paredes.

—Cabe —soltó Martín de inmediato—. Casa nuestra.

—No vale —protestó Iván—. No la tiene dura.

—Joder, es que con todos mirando me da corte —murmuró Nico.

—Siéntate, ponemos la peli otra vez y lo repetimos cuando se te levante —propuso Tomás.

Nico volvió al sofá, a mi derecha, con los pantalones ya en su sitio. Iván pulsó play. Arrancó la tercera historia: una pareja casada había invitado a tres amigos. Tras una copa, la mujer se arrancó con un pequeño striptease y empezó a chupársela a los tres mientras el marido miraba desde una silla.

Yo no sabía dónde mirar. Martín me había vuelto a meter la mano entre las piernas. El salón olía a tensión, a colonia barata, a vino tinto. Nico dejó pasar cinco minutos antes de anunciar, con la voz un poco ronca, que ya estaba listo.

Se levantó y se bajó el pantalón de golpe. Esta vez no hubo discusión. Lo que sobresalía de su mano era descomunal, una polla tan gruesa y tan larga que ni siquiera necesitó acercarla al vaso para que supiéramos que habíamos perdido. Lo intentó de todas formas, por pura formalidad. El glande apenas asomaba apoyado en el borde. No había manera.

Iván y Tomás se echaron las manos a la cabeza de pura alegría. Yo miré a Martín y él a mí. Intentamos escabullirnos con un par de excusas que no convencieron a nadie. Al final cedimos.

***

Nico se sentó de nuevo a mi lado, pero sin volver a guardarse aquello. Martín me besó despacio, como pidiéndome permiso con la boca, y yo asentí. Me quité los vaqueros hasta los tobillos y me senté otra vez. Él se desabrochó también. Los dos sillones de Iván y Tomás se habían girado ligeramente hacia nuestro sofá sin disimulo. Nadie miraba ya la película.

Empecé pajeándole despacio mientras él me acariciaba por encima de la tela del bóxer que me había prestado media hora antes. La manta seguía cubriendo parte de mis caderas, pero cualquiera con dos ojos se daba cuenta del movimiento. Giré la cabeza a la derecha y vi a Nico, con la polla todavía fuera, pajeándose muy lentamente, casi con reverencia. Era imposible no mirar. Tenía un brillo hipnótico en el glande y cada vez que se retiraba la piel, aparecía una corona ancha y pulida.

Martín me susurró al oído:

—¿Te subes?

Dudé. Seguí mirando la pantalla un rato más, intentando disimular. Pero el cuerpo me podía. Al final me subí encima, acomodé su polla en la entrada y fui bajando despacio. Ahora quien tenía vista privilegiada era Iván, al otro lado del sofá, con mis caderas a medio metro de su cara. Lo vi bajarse el pantalón con urgencia y empezar a masturbarse sin perder un solo detalle.

Tomás se puso de pie y se sentó en la mesa del salón, frente al sofá, con la polla fuera. Nico, de rodillas en el extremo, se acercó por detrás. No me tocó, pero lo sentía cerquísima, respirando con la boca abierta. Tres pollas duras a menos de un metro de mí, todas por mí. No puedo describir el morbo que me recorrió. Era un miedo pequeño, un peligro controlado, y a la vez una descarga.

Martín me agarró con fuerza de las caderas y empezó a empujar desde abajo. Yo me recosté sobre su pecho, con el culo levantado. Cada vez que giraba la cabeza me encontraba con otra mano moviéndose al mismo ritmo que mi cadera.

Decidí cambiar de postura. No quería que Nico terminara sobre mi espalda sin saberlo. Me incorporé y me giré para quedar de frente a los otros dos, aún cabalgando a Martín. Tomás me pidió la camiseta casi sin voz. Ya qué más daba. Me la quité. El sujetador lo dejé, pero lo subí por encima del pecho.

Iván y Tomás se levantaron sin separarse mucho del sofá. Sus rabos quedaron a la altura de mis brazos. Un par de veces rozaron mi piel sin querer. Frente a mí, Nico se había puesto de pie también, con la polla enorme apuntándome a la cara. Yo no dejaba de moverme sobre Martín, cada vez más cerca, cada vez más.

Martín entonces me levantó del pecho, me giró y me puso de rodillas en el sofá, mirando a los chicos. Empezó a empujar desde atrás con una fuerza que no le había sentido nunca. A cada embestida los labios chocaban con sus muslos y mis pechos rebotaban libres. Yo cerré los ojos, abrí la boca, y cuando los abrí de nuevo tenía la polla de Nico a centímetros de mi cara.

—Martín —susurré sin pensar—. Creo que me cabe.

—¿El qué?

—En la boca. Que creo que me cabe.

No lo dije en serio. Lo dije porque la escena me había desbordado y necesitaba escucharme decir algo prohibido. Pero Nico lo interpretó como una invitación. Acercó el glande a mis labios y el mío se los humedeció sin permiso. Saqué la lengua solo un segundo. En ese instante Martín empujó fuerte por detrás y noté cómo se corría dentro de mí con un temblor largo. El empujón hizo que se me abriera la boca más de la cuenta y la punta de Nico entró dos centímetros, los justos para que sus venas me latieran contra la palma de la mano con la que, casi por puro reflejo, le estaba sujetando.

Saqué la cabeza rápido. Un chorro caliente salió disparado y parte me cayó sobre el pecho. El resto aterrizó en el cojín del sofá. A mi izquierda, Iván terminaba sobre su propia mano con un gruñido. Me incorporé. Tomás, al otro lado, me apuntaba con la suya a punto.

—Ni se te ocurra —le dije levantando un dedo.

Di dos pasos hacia el pasillo, pero con los pantalones aún por los tobillos tropecé y caí sobre Nico en el sofá. Apoyé la mano en su pecho para no estamparme del todo. Y ahí, con mi barriga pegada a aquel pedazo de polla, sentí cómo Tomás se corría sobre mi espalda y mi culo, sin ningún tipo de vergüenza.

—¡Serás cerdo! —le gritó Nico.

Martín se le echó encima también de palabra. Yo me escapé al baño y me miré al espejo. Tenía restos por el cuello, por la espalda, por los hombros. Me metí en la ducha sin pedir permiso.

Cuando volví, los tres se habían subido los pantalones y seguían discutiendo. Tomás lucía, a pesar de todo, una sonrisa de bobo. Les recordé, secándome el pelo con una toalla prestada, que la apuesta la habían ganado ellos, pero que el resto del plan seguía en pie. La tarde había sido cara, y a cambio nos habían prometido una cosa muy concreta.

—Ya estáis tardando en coger el abrigo.

Los tres bajaron la vista. Martín se reía bajito, recogiendo mis vaqueros del suelo. Si hoy me ocurriera lo mismo, creo que solo echaría a dos.

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Comentarios (7)

hansolo69

jajaja no me lo esperaba, tremendo!!!

PabloR_77

Por favor seguila, quede con ganas de saber que pasó despues. Muy buena situacion

CarlosLector

Me encanto el ritmo, se nota que sabes escribir. De lo mejor que lei en esta categoria

RocioLect

Buenisimo!!! hay segunda parte??

NataliRV

Me recordó a algo que casi me pasa a mi jajaja. Muy bueno el relato, sigue publicando

IgnacioPBA

Que situacion tan inesperada, me encanto como lo contaste. Natural y sin rodeos, justo como me gusta. Espero mas!

Fede1993

excelente, muy morboso sin pasarse. Me gusto mucho

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