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Relatos Ardientes

Mi vecino me miraba desnuda y no quería que parara

Crecí en una casa con jardín en las afueras, con árboles que llegaban hasta el borde del terreno y tapaban cualquier mirada desde la calle. Esa cobertura natural me había dado, desde adolescente, una libertad que nunca valoré del todo hasta que la perdí: podía pasear desnuda por el patio en verano, cambiarme con la ventana abierta, tomar sol sin ropa en el pedazo de césped que quedaba detrás del lavadero. Nadie me veía. Nadie podía verme. Y esa certeza, con el tiempo, se convirtió en una costumbre tan arraigada que ni siquiera pensaba en ella.

Cuando empecé la facultad, el trayecto desde la casa de mis padres hasta el campus era de casi dos horas ida y vuelta. Tres meses saliendo a las seis de la mañana y llegando agotada a las nueve de la noche fueron suficientes para convencerme de que necesitaba algo más cerca. Encontré un departamento pequeño en el sexto piso de un edificio sobre la avenida principal: treinta metros cuadrados, una ventana que daba al este, cocina integrada al living, calefacción ruidosa pero funcional. Caro para lo que era, pero a diez minutos caminando del campus.

La primera noche dormí con la sensación extraña de quien duerme en un lugar que todavía no le pertenece. El ruido permanente de la ciudad, los autos a las tres de la mañana, el zumbido constante que no existe en las afueras. Me tomó casi una semana acostumbrarme al sonido. Lo que no me tomó nada fue retomar la costumbre.

Fue después de ducharme por segunda vez en el departamento. Salí del baño envuelta en la toalla, la dejé caer sobre la silla del escritorio y, como siempre, seguí de largo hacia la cocina a buscar algo de tomar. Solo cuando llegué a la ventana del living me di cuenta de lo que el departamento nuevo significaba: afuera no había jardín ni árboles. Había un edificio de enfrente a unos veinte metros, otro más allá, y una grilla de ventanas, algunas con luz, la mayoría a oscuras.

Me quedé quieta un momento con el vaso en la mano.

Alguien podría estar mirando ahora mismo.

El pensamiento debería haberme incomodado. En cambio, sentí algo que no supe identificar del todo: una especie de cosquilleo en la piel que no era exactamente vergüenza ni exactamente miedo. Era algo más cercano a la excitación. Me quedé de pie frente a la ventana exactamente diez segundos —los conté— antes de ir a buscar la toalla.

Esa noche no pude dejar de pensar en eso.

***

Los días siguientes continué con mi rutina como si nada hubiera cambiado. Me duchaba, me paseaba por el departamento, me acercaba a la ventana. A veces me cambiaba con la persiana levantada. No buscaba que me miraran, o al menos eso me decía. Pero tampoco hacía nada para evitarlo.

La sensación de ser vista —la posibilidad de serlo, aunque no tuviera certeza— empezó a cambiar algo en mí. Me duchaba más despacio. Elegía con más cuidado qué ponerme, aunque fuera solo para quedarme en casa. Caminaba diferente por el espacio, más consciente de mi cuerpo, de cómo se movía, de qué se vería desde afuera.

Una noche, mientras me preparaba para acostarme, sentí algo diferente: la certeza de que alguien me estaba mirando. No sé cómo explicarlo. No vi ningún movimiento, no hubo ninguna señal clara. Pero estaba segura. Me quedé de pie en el centro del cuarto durante un minuto, desnuda, con esa certeza instalada en el pecho como una corriente eléctrica que no iba ni venía, que simplemente estaba ahí.

Me metí en la cama y tardé en dormirme más de lo habitual.

***

Pasaron varias semanas antes de que pudiera identificar de dónde venía la mirada.

El edificio de enfrente tenía ocho pisos. Las ventanas que me quedaban directamente en frente pertenecían al quinto, sexto y séptimo piso. De noche, cuando el living estaba iluminado y el exterior quedaba en oscuridad, yo miraba hacia esas ventanas tratando de distinguir algo. La mayoría del tiempo no había nada. Rectángulos negros o cortinas corridas o la luz azul de un televisor encendido lejos de la ventana.

Pero una noche, en el piso dos niveles más arriba del mío y exactamente en frente, vi el extremo encendido de un cigarrillo. Alguien estaba en la oscuridad de esa habitación, sin encender la luz, fumando.

Y mirándome.

Lo supe porque cuando me acerqué a la ventana, el cigarrillo se apagó de golpe. Como si alguien lo hubiera aplastado rápido contra algo, sin querer que lo vieran. Después, oscuridad total.

Esa noche me metí en la cama y me masturbé pensando en él. No sabía cómo era su cara, no sabía nada de él, y precisamente eso lo hacía más intenso.

***

A partir de ese momento el juego cambió. Yo ya sabía cuál era su ventana, y él sabía que yo lo sabía. Eso lo transformó todo: dejó de ser una posibilidad difusa y se volvió algo concreto, deliberado, con reglas no escritas que los dos respetábamos sin haberlas acordado nunca.

Empecé a acercarme a la ventana con más intención. Me quedaba de pie con la luz encendida, dejaba que me viera, y miraba hacia su ventana aunque no pudiera distinguir nada en la oscuridad. A veces me mordía el labio despacio, sin apartar los ojos de ese punto negro en el edificio de enfrente. Era un desafío silencioso. Una conversación sin palabras donde los dos sabíamos perfectamente lo que el otro estaba diciendo.

Una noche me quité la bata despacio, sin apurarme, frente a la ventana. Me quedé desnuda mirando hacia su oscuridad durante casi un minuto. No hubo señal, no hubo movimiento visible. Pero yo sabía que estaba ahí. Lo sentía de una manera que no tenía explicación racional pero que era completamente real.

Después me fui al baño, abrí la canilla de la ducha para que no se escuchara nada, y terminé lo que él había empezado.

Para una exhibicionista, no hay nada más poderoso que un voyeur que no puede hacer otra cosa que mirar.

***

El momento que más recuerdo fue una noche de miércoles, pocas semanas después.

Había invitado a cenar a Mateo, un compañero de la facultad con quien llevaba tiempo flirteando. Cocinamos juntos, tomamos vino, pusimos música. En algún momento de la noche lo que había empezado como una cena terminó siendo otra cosa completamente distinta. Mateo era atractivo y atento y sabía lo que hacía, pero yo tenía la cabeza en otro lado desde antes de que llegara.

Antes de que las cosas avanzaran hacia el cuarto, hice algo que no había planeado del todo pero que tampoco fue completamente espontáneo: encendí todas las luces. El velador de la mesita, la lámpara del techo, la luz del placard entreabierto. Mateo no dijo nada, tal vez lo interpretó como entusiasmo. Moví la silla, aparté la ropa que había sobre la cama, y cuando nos caímos juntos sobre el colchón la posición quedó exactamente de frente a la ventana.

No sé en qué momento lo vi.

Fue cuando estaba encima de Mateo, con las rodillas apoyadas en el colchón y la espalda recta. Miré hacia la ventana de enfrente por instinto —ese instinto que había desarrollado en semanas— y ahí, en la oscuridad de su cuarto, distinguí un movimiento. Lento, rítmico. Inconfundible.

Lo estaba mirando. Y yo lo estaba mirando a él mientras me miraba a mí.

Eso fue todo lo que necesité para llegar al clímax.

Mateo no supo nunca que esa noche la escena no era solo para él. Pero yo supe que había puesto en escena algo deliberado, algo que era completamente mío, algo que me pertenecía a mí de una manera que nunca hubiera podido explicarle a nadie.

***

A la mañana siguiente, con Mateo ya ido, me paré frente a la ventana con una taza de café. Era temprano, el sol todavía no había dado la vuelta al edificio y la luz era gris y suave. Estaba en ropa interior, con el pelo suelto todavía húmedo de la ducha.

Y él estaba en el balcón.

Por primera vez pude verlo con claridad. Era un hombre de unos cuarenta años, de estatura alta, con el pelo oscuro cortado corto y algo en los hombros que sugería que hacía deporte. Tenía una taza en la mano, igual que yo. Cuando me vio en la ventana no miró para otro lado, pero tampoco hizo ningún gesto. Solo me sostuvo la mirada.

Me la sostuvo durante diez segundos largos.

Después entró al departamento. Un momento más tarde, vi a una mujer asomarse brevemente al balcón para recoger algo de la barandilla: rubia, alta, apresurada. Entró sin mirar hacia mi edificio.

Entonces tiene pareja, pensé. Qué interesante.

No me generó ningún remordimiento. Él miraba porque quería, y yo me dejaba ver porque quería. Lo que pasara dentro de su departamento no era asunto mío. Nosotros teníamos un acuerdo no escrito, sin palabras ni compromisos, que funcionaba exactamente porque nunca se iba a formalizar en nada. Sin nombre, sin número de teléfono, sin historia compartida. Solo esa ventana iluminada de noche y esa oscuridad del otro lado donde él estaba.

***

Eso fue hace casi tres meses. El juego sigue, aunque con menos frecuencia desde que le puse cara. Paradójicamente, conocer su fisonomía lo volvió más real y en cierta forma más incómodo. Hay algo en el anonimato que lo hace perfecto: la fantasía no necesita detalles para funcionar, los detalles la vuelven ordinaria.

Pero de vez en cuando, cuando vuelvo tarde a casa y veo su ventana a oscuras, enciendo la luz del cuarto sin bajar la persiana. Me tomo mi tiempo en cambiarme. Me muevo despacio.

Y sé que si está ahí, me está mirando.

Para una exhibicionista, eso es suficiente.

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Comentarios (6)

Martina_91

Que relato!! me tenia pegada desde la primera linea. Muy bueno, seguí así!!

lector_nocturno23

Tremendo. Me quedé con ganas de saber qué pasó despues, ¿habrá continuación? Tiene mucho potencial esta historia.

CuriosaLectora

Me encantó la perspectiva de la protagonista, ese mix de nervios y excitacion esta muy bien capturado. Sigue escribiendo que se te da muy bien.

Jona

genial jajaja

VigilanteNocturno

El voyerismo bien narrado tiene algo especial, y este relato lo tiene de sobra. La tensión que va creciendo es lo mejor.

PaulaRosario

Me recordó a una situacion que viví hace tiempo y que nunca olvidé jaja. Muy bien contado, se siente autentico.

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