Cuando los músicos no podían dejar de mirarla
Esa noche salimos a cenar sin grandes expectativas. Sofía se había puesto una blusa blanca de algodón entallada, una minifalda de tela oscura que le llegaba a mediados del muslo, unas medias color piel con un brillo muy sutil y unos calcetines blancos con encaje en el dobladillo. Se calzó sus zapatillas de siempre. A mí esa combinación —la falda corta, las medias brillantes, los calcetines inocentes— me desata algo que no soy capaz de explicar bien, y creo que no soy el único hombre que reacciona así cuando la ve pasar por la calle.
El restaurante al que íbamos, un local de comida tradicional al que llevábamos años yendo, estaba a quince minutos a pie de casa. Cuando llegamos había fila en la puerta: una espera de unos veinte minutos, nos dijeron. El lugar lo vale: techo alto, vigas de madera oscura, paredes encaladas y un olor permanente a guisos que te entra por la nariz antes de cruzar el umbral. Esa noche había un trío tocando en el rincón del fondo, tres músicos con guitarras que recorrían las mesas interpretando piezas regionales y boleros a quienes quisieran escuchar.
Nos dieron mesa en el piso de arriba. Para llegar había que subir una escalera abierta que partía del centro del local, y quien subía o bajaba por ella quedaba literalmente cara a cara con cualquiera que estuviera sentado en las primeras mesas del nivel superior. Nuestra mesa era precisamente esa: dos sillas, una fuente decorativa a un costado y una vista completa hacia la escalera. Sofía quedó sentada de frente a los escalones. Yo quedé de espaldas.
Me di cuenta de la situación en cuanto nos sentamos. Quien subiera la escalera no podría evitar mirar en dirección a Sofía, y con esa minifalda y esas medias, la vista era más que interesante incluso desde el ángulo equivocado. Ella también lo notó. Me miró con una sonrisa leve, sin decir nada, y acomodó la silla un par de centímetros hacia adelante.
Durante la cena subieron tres o cuatro grupos de personas. Familias en su mayoría, alguna pareja, un grupo de amigos. En todos los casos el patrón era idéntico: los hombres llegaban al nivel de los ojos de Sofía cuando estaban a mitad de la escalera, y sin excepción, todos miraban. Algunos rápido, como si los hubieran pillado. Otros despacio, calculando, sin disimulo. Sofía lo recibía con la misma ecuanimidad con que recibe el resto de las cosas: sentada derecha, con esa postura suya que hace que cualquier ropa le quede bien.
El trío llegó a nuestra mesa cuando estábamos terminando los primeros platos. Interpretaron una pieza sin que se la pidiéramos, tal como hacían en todas las mesas. El cantante principal y el que tocaba el requinto se quedaron en el borde del pasillo, pero el tercer músico —el más joven de los tres, con el pelo rizado— tuvo que bajar dos escalones para no tapar el paso a los meseros. Desde esa posición le quedaban las piernas de Sofía exactamente a la altura de los ojos.
No tardó ni treinta segundos en darse cuenta de lo que tenía delante.
Sofía esperó a que terminaran la primera estrofa. Entonces me miró fijamente y con un movimiento apenas visible de los ojos me indicó que mirara hacia abajo, hacia el músico. Hice el gesto de buscar algo en el bolsillo para girar levemente el cuerpo y lo vi: tenía los ojos clavados bajo la mesa, con esa expresión de quien está mirando algo que sabe que no debería mirar y no puede parar. Los labios le seguían moviéndose, pero de pura memoria.
Terminaron la canción. Aplaudimos. Sofía les agradeció con una sonrisa larga, de esas que sabe que no pasan desapercibidas. El músico joven la miró a la cara por primera vez en toda la interpretación.
Cuando se alejaron, Sofía se inclinó hacia mí.
—No abrí las piernas —me dijo casi en voz baja—. Había demasiada gente subiendo. Pero las cruzaba y descruzaba cada treinta segundos y él no perdía detalle.
Le pregunté si le había gustado.
—Más de lo que pensé —respondió, con una calma que me resultó más excitante que cualquier otra cosa que pudiera haberme dicho.
Le pedí que si el trío volvía a nuestra mesa, lo hiciera de nuevo. Le pedí que fuera más lejos. No sé bien qué imagen exacta tenía en la cabeza mientras se lo pedía, pero sé que la tenía muy clara. Ella me escuchó, terminó su vino y asintió una sola vez.
***
El trío tardó unos quince minutos en volver. Cuando lo hicieron, los músicos habían rotado de posición. El que ahora bajaba los dos escalones era un hombre de unos cuarenta años, moreno, de gestos lentos. No el mismo que antes, pero con los mismos ojos de quien conoce bien el lugar y sabe exactamente qué puede encontrar en esa mesa cuando hay una mujer sentada de frente a la escalera.
Acordamos una señal antes de que empezaran a tocar. Si Sofía me tomaba la mano, significaba que estaba moviendo las piernas. En ese momento yo giraría levemente para ver la reacción del músico sin que pareciera obvio.
Empezaron con un bolero. A los dos minutos, Sofía me tomó la mano.
Giré el cuerpo con el pretexto de buscar al mesero. El músico tenía los ojos fijos bajo la mesa, con una concentración que no tenía nada que ver con la letra de la canción que interpretaba. Sofía me apretó los dedos una vez más y volví a girar: la mirada del hombre seguía exactamente en el mismo punto, sin moverse, como si hubiera encontrado algo que no quería soltar.
No sé cómo describir bien lo que sentí en ese momento. No era celos, aunque tenía algo de eso. No era orgullo exactamente, aunque también había algo de eso. Era una mezcla extraña de excitación y posesión, como cuando alguien desea algo que es tuyo y tú lo sabes y ellos no saben que tú lo sabes. Me resultó insoportablemente atractivo.
Las faldas tienen una física propia cuando te sientas. Cuanto más te mueves, cuanto más cruzas y descruzan las piernas, más tiende la tela a subir por sí sola. Sofía lo sabe, siempre lo ha sabido. Cuando terminaron el bolero y empezaron con otra pieza, la minifalda ya le llegaba unos cinco centímetros más arriba de donde había empezado la noche.
El músico no se perdió ningún movimiento.
Se fueron con un agradecimiento educado. Sofía les dedicó otra de esas sonrisas. El hombre moreno le mantuvo la mirada un segundo más de lo necesario antes de darse la vuelta.
***
Pedí la cuenta cuando estábamos terminando los postres. El mesero que nos había atendido toda la noche —amable, eficiente y claramente consciente de dónde estaba sentada Sofía— tardó bastante más de lo habitual en traer el cambio.
El trío llegó por tercera vez antes de que volviéramos a ver al mesero. Esta vez era el cantante principal quien bajaba los escalones: el más alto de los tres, con la guitarra colgada al frente y una sonrisa profesional de quien lleva años haciendo lo mismo. Empezaron con un potpurrí, tres canciones seguidas sin pausa, lo que significaba que iban a estar varios minutos en esa posición.
Sofía me tomó la mano como siempre. Pero a los pocos segundos me estaba apretando los dedos con fuerza, casi pellizcándome. Era diferente a las otras veces, más insistente, más urgente. Me pregunté qué estaba haciendo exactamente.
No giré. Me quedé mirándola a ella. Tenía los ojos puestos en el trío con una expresión neutra, casi distraída, pero había algo en la postura de su cuerpo, en la manera en que apoyaba las manos sobre la mesa, que me indicó que esta vez estaba yendo mucho más lejos.
El cantante terminó el potpurrí y tardó un momento en subir de vuelta al pasillo. Un segundo extra que no pertenecía al protocolo habitual.
Nos despedimos de los tres con un aplauso. Se fueron. El mesero trajo el cambio. Salimos del restaurante diez minutos después.
***
Caminamos los primeros minutos en silencio. Sofía llevaba la mano enganchada en mi brazo, como siempre. A mitad de camino se detuvo, me miró y dijo:
—El último sí vio todo.
Le pregunté qué significaba todo.
—Que abrí las piernas —respondió con la misma calma con que había dicho todo lo demás esa noche—. Lo suficiente para que no tuviera que imaginarse nada.
No dije nada durante el resto del trayecto. No hacía falta.
***
En casa fuimos directo al cuarto. No encendimos la luz del techo, solo la mesita de noche. Sofía se quedó de pie junto a la cama y yo le subí la falda despacio, como si no tuviera ninguna prisa, aunque tenía mucha. Le bajé las medias junto con la ropa interior hasta la mitad del muslo, sin quitárselas del todo. Hay algo en esa posición —con la ropa a medio camino, atada entre los muslos— que a mí me gusta más que cualquier otra cosa.
La puse boca abajo sobre la cama. Le puse una mano en la espalda baja y empecé a penetrarla desde atrás, despacio al principio, midiendo cada movimiento. Ella apoyó la frente en el colchón y acomodó las caderas hacia mí.
—Cuéntame —le dije.
Y ella me contó. Me contó cómo había sentido los ojos del primer músico desde los primeros compases. Me contó que cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas lo veía perder el hilo de la melodía. Me contó que cuando acordamos la señal de las manos sintió algo que no sabía cómo llamar pero que reconoció como deseo de una forma muy concreta. Me contó que la falda le había subido sola, que no había hecho nada para evitarlo porque no había querido evitarlo.
Empujé más fuerte.
Me contó que cuando llegó el tercer músico y puso los ojos exactamente donde ella esperaba que los pusiera, decidió en ese momento que iba a hacer lo que le había pedido que hiciera. Que separó las rodillas despacio. Que sintió el aire frío de la sala. Que él siguió cantando sin levantar los ojos en ningún momento, aprovechando cada segundo de ese potpurrí para no perderse nada.
—¿Te gustó? —le pregunté.
—Mucho —dijo, sin dudar ni un instante.
Terminamos sin hablar más. Después nos quedamos tumbados, ella con la falda todavía a la cintura y las medias enredadas en los tobillos, y yo mirando el techo con la respiración todavía acelerada.
Cada vez que recuerdo esa noche siento exactamente lo mismo que sentí entonces: las ganas de repetirlo. De sentarla en una mesa visible, en un lugar lleno de gente, y dejar que los demás miren lo que es mío. Y que ella lo sepa. Y que le guste saber que la miran.