Vi a mi suegro con su otra nuera por la cámara
Para los que sigan mi historia, ya saben que mi suegro Eduardo —un hombre de sesenta y dos años que se conserva como si tuviera cuarenta— me convirtió hace meses en la primera de sus nueras. Después llegó Marta, y luego la cosa se complicó cuando su nueva pareja, Aurora, terminó en la cama de mi cuñado Andrés por orden suya. Todo eso lo vi por el sistema de cámaras que él mismo mandó instalar en el salón de su casa, el mismo sistema al que esa tarde recibí la orden de conectarme.
Encendí el portátil con un nudo en el estómago. La pantalla cargó con su demora habitual y, cuando el salón apareció en el monitor, todavía estaba vacío. Apenas alcancé a servirme una copa de vino blanco antes de que la puerta se abriera y entrara Eduardo con Lara.
Lara es la mujer de Hugo, otro de mis cuñados. Es prima de Marta, y se les nota: el mismo cuello largo, los mismos ojos oscuros, el mismo gesto de morderse el labio cuando piensan. Llevaba un vestido rojo por encima de la rodilla y unas medias negras muy finas. Lara siempre fue la más coqueta de las cuñadas; los demás bromeábamos diciendo que se había casado con Hugo solo para no aburrirse.
Eduardo le hizo un gesto con la mano para que se sentara en el sofá. Ella obedeció, cruzó las piernas y esperó. Él se quedó de pie frente a ella y empezó el discurso. Era el mismo que me había repetido a mí, palabra por palabra: el negocio familiar, los hijos rebeldes, la elección. Y al final, la condición.
—Hugo se aparta de los negocios —dijo Eduardo con voz tranquila—, o tú aceptas ser mía cuando yo lo decida. Y de quien yo decida.
Lara levantó la vista y, en lugar de palidecer como había hecho yo, sonrió de oreja a oreja.
—Pero Eduardo, querido suegro —dijo, descruzando despacio las piernas—. ¿Tú crees que es la primera vez que pienso en esto? Siempre me has parecido un hombre apetecible. Si no te dije nada antes fue por respeto a tu hijo. Pero si lo pides tú, y si hace falta para el negocio… encantada.
Vi cómo Eduardo se pasaba la lengua por los dientes. Llevaba meses esperando esa respuesta y, por la cara que puso, había salido mejor de lo previsto. Se acercó a ella y la levantó del sofá con una sola mano sobre la cintura. La besó con la boca abierta, despacio, mientras le subía la falda hasta la cadera. Las bragas de Lara eran transparentes y le marcaban la línea del coño.
—Deja que esta zorra te rinda lo que mereces —murmuró ella contra su oreja.
Se arrodilló en la alfombra. Le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. La polla de Eduardo apareció medio dura, gruesa, y Lara se tomó un segundo para mirarla.
—Mejor de lo que imaginaba —dijo, y se la metió entera en la boca.
Eduardo se apoyó en el respaldo del sofá. Lara mamaba con la cabeza inclinada, los ojos cerrados, sin prisa. Era evidente que sabía hacerlo, y mi suegro no tardó en gemir. Le acariciaba el pelo, después le sujetaba la nuca, después la dejaba ir.
—Ven, siéntate —le dijo ella sin sacársela de la boca—. Estarás más cómodo.
Eduardo se sentó. Lara le quitó del todo los pantalones y los zapatos y se acomodó entre sus rodillas.
—Tienes la polla más gorda que la de tu hijo —dijo, y se la volvió a tragar.
Esa frase me hizo apretar los labios. Yo había dicho algo parecido la primera vez. Empecé a entender que Eduardo nos elegía a todas un poco igual: mujeres que ya éramos suyas antes de saberlo.
Mi suegro tardó muy poco en correrse. Le sujetó la cabeza con las dos manos y se vació en su boca, y Lara se lo tragó hasta la última gota antes de levantar la vista, sonriendo, con la barbilla brillante.
—Me encanta —dijo—. Tantos años conformándome con la de tu hijo. Quiero tenerla dentro.
Se quitó el vestido por la cabeza, sin teatro. Se sacó el sostén y las bragas y se quedó desnuda en medio del salón. Tenía las tetas medianas, firmes, los pezones rosados. Movió las caderas como si estuviera bailando algo solo para él. A Eduardo se le volvió a poner dura sin que ella la tocara.
Lara se subió encima. Le dirigió la polla a la entrada del coño con la mano, despacio, y se la metió entera de una sentada. Eduardo soltó un gruñido y le agarró las nalgas con las dos manos.
—Cuánto he deseado este culo —dijo él.
—Es tuyo —respondió ella, sin parar de moverse—. Para lo que quieras y como quieras.
Cabalgaba con un ritmo lento, marcando cada bajada con una contracción de la cadera. La cámara los pillaba de costado y a mí, sentada en mi sala, se me secó la boca de mirar.
—Suegro, esto es divino —jadeaba Lara contra su oreja—. Desde hoy soy tu puta. Si quieres, dejo a tu hijo.
—No lo dejas —contestó él—. Sigues con él. Pero le pones unos cuernos de los que se hablen en el barrio.
Ella soltó una risa corta y siguió moviéndose. Eduardo aguantó más esta vez. Cuando notó que no podía más, ella intentó levantarse y él la sujetó por las caderas y la dejó clavada hasta el final. Vació todo dentro.
Le repitió entonces el mismo pacto que nos había repetido a las demás: si la dejaba embarazada, el niño sería de su sangre por partida doble. Lara escuchó arrodillada en el suelo, con el coño goteándole.
—Quiero saber a qué sabe lo tuyo mezclado con lo mío —dijo, y volvió a metérsela en la boca.
Eduardo se la puso dura otra vez. Lara levantó la vista, sorprendida.
—Qué vigoroso —dijo—. Hugo no me aguanta más de dos asaltos.
—A una zorra como tú la tienen que follar hasta que no se le tenga el coño —contestó él.
Esta vez se subió encima de espaldas. Le buscó la polla con la mano, la encajó y empezó a cabalgarle de nuevo, dejándole el culo a la altura de la cara.
—Lo que me he perdido —dijo Eduardo, mirándole la espalda—. Si os hubiera follado al principio, cuando cada uno empezó con vosotras, habría disfrutado el doble.
—No pienses en eso —respondió ella—. Disfruta ahora.
Mi suegro le pasó las manos hasta los pechos y empezó a apretárselos, después se las llevó al coño y se lo acarició mientras seguía dentro de ella. A los pocos minutos, Lara se corrió. O lo fingió. Yo, después de tantos meses, ya no sé cuándo es real.
Cuando ella se levantó a limpiarse con un pañuelo, Eduardo se acercó y le pasó la mano por el culo.
—¿Puedo pedirte algo especial?
—Lo que tú quieras —dijo ella.
—Quiero meterla por ahí.
Lara giró la cara y le miró el sexo, que volvía a despertar.
—Eres más grande que tu hijo. No me hagas daño.
Se puso a cuatro patas sobre el sofá. Eduardo, de pie detrás, se la metió poco a poco. Ella jadeó, se mordió el dorso de la mano, le pidió que siguiera. Él la folló por el culo despacio al principio, después con fuerza, hasta que se corrió por segunda vez en la tarde. Cuando salió, se dejó caer en el sofá a su lado.
La pantalla se apagó sola, como pasaba siempre que él daba por terminada la sesión.
***
Dos días después, Eduardo me llamó al móvil y me dijo que pasara por su casa a las cinco. No me dio detalles. Me puse un vestido amarillo por encima de la rodilla y unas medias negras, igual que la primera vez. Pensé que él me esperaría en la cama.
La llave estaba en la maceta de la entrada, como siempre. Empujé la puerta del salón y, cuando vi quién estaba dentro, entendí enseguida que esta vez el papel era otro.
Lara estaba sentada en el mismo sofá, con el vestido rojo y las medias negras. Levantó las cejas al verme.
—¿Qué haces tú aquí?
—Lo mismo que tú —dije—. Tenemos que demostrarle a nuestro suegro que, además de putas, somos buenas lesbianas.
Ella se quedó un segundo en silencio. Después soltó una carcajada corta y se levantó.
—Pues si hay que demostrar lo lesbianas que somos, cuñadita, lo demostramos.
Me acerqué y le pasé las manos por la cintura. Ella me rodeó el cuello con los brazos y nos besamos despacio, con los ojos abiertos al principio. Tenía un sabor distinto al de un hombre, más limpio, más fresco. Le bajé las manos hasta el culo y se lo apreté por encima del vestido.
Le di la vuelta. La pegué de espaldas contra mi pecho y empecé a besarle el cuello. Mientras tanto, le subí el vestido por delante con las dos manos hasta dejárselo arrugado sobre el vientre. Las bragas eran transparentes, casi las mismas que llevaba la otra tarde. Le metí la mano por debajo y le acaricié el coño con dos dedos.
—Me vas a hacer lesbiana, zorra —dijo ella, riéndose contra mi cara.
—Tú disfruta —contesté—. Y déjate de tonterías.
Le hice un gesto y nos quitamos la ropa cada una. Quedó desnuda en medio del salón, igual que dos días antes, solo que ahora yo también lo estaba. Volví a colocarme detrás de ella, le besé el cuello, la mordí en el hombro suave. Le susurré que entendía perfectamente que Eduardo la deseara.
—Y no soy la única que le interesa, ¿verdad? —contestó ella, divertida.
La giré contra la columna del salón y me arrodillé. Le abrí los muslos y le pasé la lengua por el coño de abajo arriba. Lara dio un respingo, soltó una palabrota, se sujetó a la columna con las dos manos.
—Joder, lo haces mejor que mi marido —dijo entre dientes.
Tenía un sabor que me gustó al primer toque. Seguí lamiéndola con la lengua plana, marcando un ritmo lento, y cuando noté que se le tensaban las piernas le metí dos dedos. Se corrió en mi boca con un gemido largo, y yo me lo bebí entero.
Me incorporé y nos volvimos a besar, esta vez con su sabor entre las dos.
—Vamos al sofá —dijo ella, empujándome del hombro—. Me toca devolverte esto.
Me hizo tumbarme. Se subió encima, se colocó de manera que nuestras piernas quedaron entrelazadas y mi rodilla le tocaba el coño todavía caliente. Empezó por las tetas. Me las chupó con paciencia, primero una, después la otra, mordiéndome el pezón sin hacerme daño. Después bajó.
—Tenlo en cuenta, eh —dijo levantando la cabeza un segundo—. Es mi primera vez con una mujer.
Pero a mí no me lo pareció. Su lengua tanteaba al principio y se hacía atrevida según yo gemía. Le bastó muy poco para encontrar el punto exacto. La oí decir, en voz baja, que nunca había imaginado que comer un coño fuera tan bueno. Yo cerré los ojos y la dejé hacer hasta que me corrí, agarrándole el pelo con una mano.
Después me pidió que me pusiera a cuatro patas. Se arrodilló detrás, me miró y dijo que entendía por qué a su marido se le iban los ojos detrás de mí. Yo no sabía que Hugo se fijara en mí; me lo guardé como información útil para más adelante.
—¿Y si nos lo comemos a la vez? —le propuse.
Ella aceptó y se subió a la posición. Su coño quedó sobre mi cara y el mío bajo el suyo. La lamí con ganas, ella hacía lo mismo conmigo, y a los pocos minutos se había convertido en una competición silenciosa: cuál de las dos hacía correrse antes a la otra. Yo tenía más experiencia y le gané, pero ella se lo tomó como cuestión de honor.
—Puta, me has hecho correrme antes que mi marido —dijo, recuperando el aliento—. Esto no se queda así.
Se tiró otra vez sobre mí. Esta vez metió tres dedos al mismo tiempo que me lamía, y me hizo correrme tan fuerte que la columna del salón me pareció lejos. Cuando saqué la mano de su pelo, ella se chupó los dedos delante de mí y dijo que tenía un sabor delicioso.
Acabamos sentadas en el suelo, apoyadas la una contra la otra, sin ganas de subir al sofá. Le metí los dedos otra vez y se los moví despacio.
—¿Te gusta ser zorra y lesbiana? —le pregunté.
—Más de lo que me gustaría —contestó.
Me imitó. Me clavó los dedos a mí, encontró otra vez el ritmo, me empujó con la mano libre hasta tumbarme en el suelo. Le chupé las tetas con fuerza.
—Joder, lo haces bien —dijo—. Espérate a enseñárselo a Hugo, porque acabaremos todas en la cama de los maridos de las demás. Eduardo lo tiene pensado, te lo digo yo.
La idea me pareció a la vez lógica y excitante. Pensé en cómo se lo contaría luego a Marta, en lo que diría Aurora cuando se enterara. Lara me metió un dedo en el culo y, cuando ya no pude más, nos corrimos casi a la vez.
Después nos quedamos ahí, en el suelo, oyendo el silencio de la casa. La cámara seguramente seguía encendida. Eduardo, en algún sitio, estaría tomándose una copa con cara de satisfacción.
Y yo ya empezaba a hacerme una idea de a qué cuñada me tocaría visitar la próxima semana.