Su primera noche de dogging entre amigos
Cuando ella dijo que quería jugar con cuatro hombres en la calle, ninguno imaginó hasta dónde iba a llegar aquella noche.
Cuando ella dijo que quería jugar con cuatro hombres en la calle, ninguno imaginó hasta dónde iba a llegar aquella noche.
Bajamos a estrenar la piscina a solas, pero los gemidos subieron por toda la casa y la noche acabó mucho más lejos de lo que imaginé.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Llevábamos años provocándolo desde la arena, pero aquella tarde mi mujer abrió más las piernas y supe que ya no iba a quedarse solo mirando.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Cuando el marcador se volvió imposible, entendí que ya no era una invitada: era el premio, y todos me estaban mirando como si ya me hubieran desnudado.
Creí que solo íbamos a besarnos después de la fiesta, hasta que vi a otra mujer desnudándose a pocos pasos y decidí no echarme atrás.
Cuando vi apagar las luces de la casa de campo, supe que esa noche no iba a dormir: iba a mirar cada segundo en silencio.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Llevábamos meses jugando a que la miraran sin que ella lo supiera. Esa noche, con dos amigos en el sofá, descubrí que era ella quien controlaba el juego desde el principio.
Pensábamos que solo íbamos a tomar el sol sin ropa, pero la parcela de al lado tenía un espectáculo que ninguna de las dos pudo dejar de mirar.
Eran las nueve de la mañana de un domingo y yo era el único en la calle. Por eso fui el único que la vio salir de la tienda casi desnuda, sin saber que la observaba.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Podía aguantar perfectamente, pero no quería. Bajé del coche, dejé la puerta entornada y esperé a que los faros de la carretera me encontraran en cuclillas.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Me vestí con la ropa más sosa que tenía para no dar señales. Lo que no calculé fue que en ese piso no vivía solo, y que yo seguía siendo la misma de antes.
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Bajé al agua con el bikini negro que ellos me habían elegido. Tres hombres me esperaban en la penumbra, y yo sabía exactamente para qué.