Me vestí de mujer y descubrí otra forma de placer
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
Los tacones me mataban cuando Andrés se inclinó sobre el mostrador y susurró que la sala de juntas estaría libre toda la noche.
El hombre que podía sacarlos de Marruecos tenía una sola condición: nada de dinero, nada de joyas. Solo quería grabarlos.
La falda a cuadros, las medias altas, el maquillaje corrido. Esa tarde sola en casa me convertí en quien más quería ser, y mi cuerpo me sorprendió de una forma que no esperaba.
Siempre cargué mis cosas de nena en el bolso, por si acaso. Ese día supe que el «por si acaso» finalmente había llegado.
Afuera él era directivo casado. Adentro de ese despacho con la puerta echada, era otro hombre. Y yo me convertía en Valentina, su secreto más íntimo.