Escalé la reja por el padre de mi mejor amiga
El borde de los zapatos me había agujereado las pantimedias y cada paso ardía como una penitencia, pero no me detuve hasta tocar su timbre.
El borde de los zapatos me había agujereado las pantimedias y cada paso ardía como una penitencia, pero no me detuve hasta tocar su timbre.
Cuando le dije lo que quería, mi marido no dudó ni un segundo. Esa noche, con dos hombres y cuatro manos, descubrí que no había techo para el placer.
Subí la escalera de metal con la pollera pegada al cuerpo y la mochila llena de billetes, sintiendo todas las miradas del taller trepando por mis piernas.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
La luz azul del monitor, los auriculares puestos y mi boca bajando despacio por su cuerpo mientras él trataba de que nadie en la partida se diera cuenta.
Desperté con las sábanas húmedas por lo que había soñado. Me toqué antes de levantarme. Y el día entero fue igual: el cuerpo con su propia agenda.
Me prometí no volver a caer. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que todas mis reglas iban a romperse antes del amanecer.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Llevaba un mes pensando en esa noche, y se lo conté todo a Sandra sin filtros. Ella escuchó en silencio y al final dijo: me da envidia. Así empezó todo.