Me desperté empapada y no pude parar en todo el día
Me llamo Sofía, al menos en estas páginas. Nombres reales no, que para eso ya tengo suficiente exposición en el trabajo. Lo que voy a contar sí es real, o al menos tan real como puede ser algo que ocurrió en la intimidad de un cuarto con la persiana a medio cerrar y nadie a quien rendirle cuentas.
Tengo vacaciones esta semana. Las primeras en casi un año. Cuando me avisaron que tenía siete días libres pensé en mil planes: salir, ver amigas, aprovechar la ciudad que se pone buena en esta época del año. No pensé en esto. En pasar los días encerrada en el cuarto, desnuda la mayor parte del tiempo, con el cuerpo encendido sin que nadie le hubiera dado el interruptor.
Pero así fue. Y no me arrepiento de nada.
***
Todo empezó antenoche. Me quedé leyendo hasta tarde, no recuerdo bien qué exactamente, algún relato que encontré por ahí que empezó siendo discreto y terminó siendo bastante explícito. Me fui a dormir alrededor de la una de la madrugada con la mente todavía girando.
Me desperté a las seis menos cuarto. Todavía estaba oscuro afuera. El cuarto tenía esa temperatura particular de las madrugadas de primavera, ni frío ni calor, el tipo de temperatura que invita a quedarse bajo las sábanas un rato más sin pensar en nada.
Las sábanas estaban húmedas.
No de sudor. De otra cosa. Del sueño que había tenido y del que solo conservaba fragmentos: una habitación desconocida, unas manos, una voz grave diciendo algo que no podía descifrar pero que el cuerpo había registrado con toda claridad. Esa clase de sueño que no deja imagen pero sí rastro físico.
Me quedé quieta unos segundos. Boca arriba, mirando el techo que empezaba a separarse de la oscuridad. Sentía el pulso en los lugares equivocados.
Puse la mano entre las piernas casi sin pensarlo. Sin urgencia, sin apuro, sin el peso de una decisión. De la misma forma en que uno se estira o busca otra posición cuando no puede dormir: como algo que el cuerpo hace porque lo necesita y no tiene ningún motivo para no hacerlo.
Tardé poco. Cuando terminé ya había luz entrando por la persiana en franjas delgadas. Me quedé un rato más en la cama, mirando ese rectángulo de claridad en el piso, antes de levantarme a prepararme un café.
***
Pensé que eso era todo. Que el cuerpo había descargado lo que necesitaba y el día podía seguir con normalidad.
A media mañana estaba en la cocina lavando los pocos platos del desayuno. Tenía la radio en voz baja. Pensaba en nada en particular, en ese estado de piloto automático que es el único modo de funcionar antes del segundo café.
El borde de la mesada me rozó en la parte baja del vientre, a través del pijama. Solo eso. El borde de la mesada, sin intención, sin significado, un contacto accidental de medio segundo.
Me tuve que apoyar con las dos manos en la pileta un momento.
Fue un pico de calor que subió desde ahí hasta la nuca casi sin escala. Una respuesta completamente desproporcionada a un contacto que no tenía ningún contenido erótico por sí mismo. Pero el cuerpo no estaba distinguiendo. Estaba en ese estado en que cualquier rozón se convierte en otra cosa, en que la piel parece tener más terminaciones nerviosas de las habituales.
Respiré. Seguí con los platos. Me dije que era hormonal, que iba a pasar, que había que tener un poco de compostura.
Puse más música. Me hice otro café. Me senté en el sillón a leer el libro que llevaba semanas sin avanzar. Leí la misma página cuatro veces sin retener nada.
El cuerpo no estaba para libros esa mañana.
***
Hay una fantasía que tengo desde hace tiempo. No es elaborada ni particular en el sentido de que no requiere escenografía especial ni demasiados personajes. Es más bien una fantasía sobre las reglas: sobre cómo sería el mundo si el deseo no necesitara privacidad para existir.
Me imagino un lugar donde el sexo fuera tan normal como cualquier otra cosa. Un paseo, un centro comercial, lo que sea. Caminar con Ramiro, que es el hombre con el que estoy desde hace unos meses aunque vivimos en ciudades distintas, y que en ese lugar hipotético él pudiera acercarse a mí desde atrás en el medio de un pasillo y deslizar las manos bajo la remera. Y yo pudiera inclinarme hacia él. Y nadie se detuviera a mirar porque eso es simplemente lo que hace la gente cuando se desea.
No hay violencia en esa fantasía. Tampoco es exhibicionismo de los que busca audiencia. Es más bien una fantasía sobre la honestidad del deseo, sobre un mundo en que el placer no tenga que justificarse ni esconderse detrás de puertas cerradas para ser legítimo.
A veces me imagino que lo llamo por videollamada desde acá, desde la cama, y que me ve así, con poco encima y los ojos brillantes, y que eso es suficiente para que él entienda todo sin que yo tenga que explicar nada. Que se enciende donde sea que esté. Que la distancia por un rato deja de importar.
La fantasía, pensada en frío, tiene algo de ridícula. Pero ese día, con el cuerpo en el estado en que estaba, no tenía nada de ridícula. Era urgente, concreta, casi dolorosa de querer.
***
Al mediodía tomé la decisión más sensata de la jornada: ducha fría.
Sin vueltas. Sin agua tibia como etapa intermedia. Directamente fría, lo más fría que diera el caño, durante el tiempo que hiciera falta. Una especie de protocolo de emergencia para situaciones en que la mente ya no alcanza.
Funcionó, mientras duró. Debajo de esa agua el cuerpo se puso en modo supervivencia y olvidó todo lo que había estado procesando durante las últimas horas. No pensé en nada erótico. No pensé en Ramiro ni en sus manos ni en la mesada de la cocina. Solo pensé en que el agua estaba muy fría y en que necesitaba respirar.
Tres minutos, más o menos. Eso fue lo que aguanté.
Cerré la canilla. Agarré la toalla. El aire del baño estaba más cálido que el agua y esa diferencia de temperatura tiene una textura particular en la piel: algo entre el alivio y la sensibilidad, como cuando uno sale del mar y el viento de verano hace que todo el cuerpo esté súbitamente presente.
Me sequé despacio. Brazos, hombros, espalda.
Cuando llegué a los muslos me tomé un segundo de más.
Solo un segundo. Pero el cuerpo lo registró.
***
Fui al cuarto a buscar la crema corporal. El plan era simple y concreto: crema, ponerme algo de ropa y seguir el día como una persona funcional.
La crema es una que me regalaron hace unos meses, de esas que huelen bien y tienen una textura densa que hay que trabajar un poco para distribuir. Hay que masajear. Hay que insistir. No es una crema que se aplique y listo.
Empecé por los pies, que es lo que siempre hago. Subí por las pantorrillas, las rodillas. Para cuando llegué a los muslos el plan original se había disuelto por completo.
Me senté en el borde de la cama. El pote de crema en una mano. La otra apoyada en el muslo. La tarde entraba filtrada por la persiana y le daba al cuarto una luz cálida, casi dorada.
Decidí no pelear más.
No fue una decisión dramática ni un momento de debilidad. Fue el reconocimiento de algo bastante obvio: llevaba horas resistiendo algo que iba a pasar de todas formas, y el único efecto concreto de seguir resistiendo era la incomodidad. Así que dejé la crema en la mesita de noche, me recosté en la cama y me rendí con toda la calma del mundo.
No había nadie esperándome. No tenía nada urgente. Era el primer día real de vacaciones en casi un año. El cuerpo tenía toda la razón.
***
Me acosté boca arriba, sin cubrirme con nada. Agarré el teléfono y busqué algo para leer.
Hay relatos que son correctos pero no hacen nada especial, que uno lee y termina y ya está. Después hay relatos que atrapan desde la primera línea, que algo en el ritmo o en los detalles conecta con algo que ya tenés dentro, y entonces la cosa cambia por completo. Esa tarde encontré uno de esos.
Leí despacio, siguiendo el ritmo de las palabras. Me fui tocando sin apuro, sin meta particular, solo siguiendo lo que el cuerpo pedía en cada momento. Sin mirar el reloj. Sin pensar en otra cosa.
Esto es algo que se dice poco y creo que vale la pena decirlo: masturbarse sin prisa es completamente diferente a masturbarse con urgencia. Cuando hay tiempo y no hay ningún motivo para apurarse, el cuerpo funciona de otra manera. La tensión sube más despacio y llega más lejos. Los detalles se vuelven importantes: una textura específica, la presión exacta en el lugar exacto, el momento justo antes del punto de no retorno que se puede sostener más de lo habitual.
Pensaba en Ramiro mientras leía. En cómo sería que estuviera acá en este momento. En poder llamarlo por videollamada y que me viera así, desnuda sobre la cama con el teléfono en la mano, y que eso fuera suficiente para encenderlo desde donde estuviera. En poder decirle con palabras exactas lo que estaba sintiendo, sin rodeos, sin la incomodidad que a veces aparece cuando se habla del deseo como si fuera algo que necesita ser minimizado o presentado con cuidado.
La intimidad a distancia tiene sus propias reglas. No es lo mismo que tenerlo acá, eso está claro. Pero esa tarde la imaginación hacía un trabajo bastante convincente.
Terminé una vez. Seguí leyendo. Terminé otra vez.
Me quedé un rato mirando el techo, con la respiración todavía algo agitada y los brazos flojos a los costados, pensando en nada en particular. Esa clase de vacío agradable que viene después y que dura exactamente el tiempo justo antes de que vuelva el ruido de la cabeza.
***
Más tarde, ya entrada la noche, me puse a escribir esto.
Porque hay algo en contarlo que tiene su propio efecto. No es solo exhibicionismo, aunque tampoco voy a negarlo del todo. Es más bien la misma lógica de hablar de lo que uno siente: que al nombrarlo se vuelve más real, más aceptable, más propio. Menos cosa que esconder.
Pasé el día con el cuerpo en un estado de excitación casi continua. Me masturbé varias veces. No salí, no hablé con nadie, no hice nada particularmente productivo desde ningún punto de vista externo. Y fue uno de los días más honestos que recuerdo en mucho tiempo.
¿Por qué tendría que ser raro decir eso?
El deseo no es una anomalía ni un síntoma de nada que requiera explicación. Es el cuerpo siendo honesto sobre lo que necesita, igual que el hambre o el cansancio. La diferencia es que el hambre y el cansancio tienen un espacio legítimo en cualquier conversación y el deseo, en cambio, todavía necesita justificarse o presentarse con cuidado para no incomodar a nadie.
No sé si es que estoy ovulando, si son las vacaciones, si es que Ramiro y yo llevamos demasiado tiempo sin vernos. Probablemente sea todo eso junto. El cuerpo no distingue causas, solo resultados.
***
Ahora son las once y media. Sigo en la cama. La crema sigue en la mesita de noche donde la dejé esta tarde. Afuera hay silencio y el cuarto tiene esa temperatura perfecta de las noches de primavera.
Mañana tengo otro día de vacaciones. No tengo muchas expectativas sobre lo que va a traer. Pero si el cuerpo decide seguir así mañana, no voy a oponer ninguna resistencia. Ya aprendí la lección.
A quien lea esto y se sienta reconocida en algún momento de lo que conté: no estamos solas. Estos días existen, son completamente normales, y no hay nada de lo que dar explicaciones a nadie.
El cuerpo a veces simplemente sabe lo que quiere.
Y a veces lo que quiere dura todo el día.