Lo que dejé ver en la playa a aquel desconocido
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Llegó con los labios recién pintados y me dejó su marca en las dos mejillas, delante de toda la redacción. Yo solo pensaba en arrastrarla detrás de la puerta antes de que se fuera.
Lo nuestro vivía en la penumbra, escondido de todos. Tardé once meses en entender que para él yo nunca había sido más que un juego entre amigos.
No era ni el día ni la hora en que solía venir a buscar a mi marido. Y mi marido no estaba en casa. Yo tampoco sabía todavía lo que iba a pasar esa tarde.
Llevaba una semana entera castigando su cuerpo con juguetes, y yo sabía que mis dedos ya no le bastaban. Necesitaba algo más, y los dos lo sabíamos.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
Frente al espejo del camerino, Daniela eligió el vestido rojo que no admitía ropa interior. No sabía que esa decisión la convertiría en la obsesión de todo el canal.
Esa noche me desperté con sed y encontré la puerta entreabierta. Lo que vi al otro lado del pasillo me dejó clavado, sin atreverme a respirar.
Pegué la nota a la nevera y supe que esa noche no íbamos a cenar como siempre. Lo que no imaginé fue hasta dónde dejaría que llegaran las miradas de otro.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.
La conocí mucho antes que a su hermana, mi esposa. Diez años después de aquel hotel, la vi salir del agua en la playa y supe que la historia no había terminado.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Detrás del calentador había un hueco mal sellado. Desde el patio se veía la regadera entera. Esa noche descubrí lo que mis hermanas hacían cuando se creían solas.
Mi madre tenía cuarenta años y un cuerpo que aún giraba cabezas. Una madrugada bajé por agua y entendí, asomado a la escalera, por qué Ricardo había vuelto.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.
Subí a la terraza con la última cerveza fría. Un coche aparcó debajo y no salieron. Entonces entendí por qué, y ya no pude apartar la vista de aquella ventanilla.
Mateo nunca pensó que un shot de tequila sobre el escote de su amiga terminaría sacándole la verdad que llevaba años escondiendo incluso de sí mismo.
Subí al segundo piso, abrí la puerta del baño principal y allí estaba ella, dentro de la tina con el bebé, cubierta apenas por una fina capa de espuma.