Cómo el amigo de mi hijo me arruinó la Nochebuena
Llevo cuatro meses cargando con esto. No se lo he contado a nadie: ni a mi hermana, ni a las amigas con las que quedo a comer los viernes, ni a mi terapeuta, que supuestamente está ahí para escucharme. Hay cosas que no se dicen en voz alta porque en el momento en que las dices dejan de ser solo tuyas. Así que las escribo aquí, para desconocidos, porque necesito sacarlo fuera de alguna forma y esta es la única que se me ocurre.
Me llamo Valeria. Tengo treinta y seis años, dos décadas de hipoteca, un hijo que acaba de cumplir veinte y un marido que viaja por trabajo más días de los que está en casa. No me quejo, o al menos no en voz alta. El dinero no falta, la casa es grande, Rubén es un buen hombre. Pero «buen hombre» y «presente» no son siempre la misma cosa, y hay noches —muchas— en que me acuesto sola en una cama de matrimonio, me meto la mano entre las piernas y me pregunto cuándo fue la última vez que alguien me miró de verdad, cuándo fue la última vez que otra boca me hizo correrme sin que yo tuviera que fantasear con un desconocido para llegar.
Santiago lleva viniendo a casa desde que tenía dieciséis años. Es el mejor amigo de mi hijo Iván, o lo que sea que son: esa clase de amistad que funciona a base de insultos constantes y de estar siempre dispuesto a aparecer cuando el otro lo necesita. Al principio era un adolescente delgado y un poco difícil, con esa energía de perro sin correa que tienen algunos chicos de esa edad. Venía, desordenaba la sala, se comía lo que había en la nevera y se iba. Normal.
En algún momento del último año eso cambió. No sé poner el dedo exactamente en cuándo. Solo sé que la última vez que vino, en noviembre, me quedé más tiempo del necesario viendo cómo se quitaba la chaqueta en el recibidor. Tiene veintiún años ahora. Los hombros de un chico que ha pasado tiempo en el gimnasio, las manos grandes de alguien que trabaja con ellas, y esa manera de moverse —tranquilo, sin apresurarse— que me ponía nerviosa de una forma que no sabía gestionar. Un par de veces, después de que se fuera, subí al baño y me toqué pensando en él. No lo digo con orgullo. Lo digo porque es verdad.
Me irritaba. Siempre me había irritado. Le robaba el mando a Iván durante las partidas, lo hacía quedar mal delante de los demás, lo llamaba «patético» y «pardillo» con una seguridad casual que me resultaba exasperante. Y sin embargo, cuando estaba en casa, yo me sorprendía pasando más veces de lo necesario por la sala, buscando excusas para entrar con algo: un vaso de agua, una pregunta que no necesitaba hacer, la bandeja del ponche el 24 de diciembre. Un par de veces me pillé pensando en si tendría la polla grande, y me odié por pensarlo, y volví a pensarlo esa misma noche antes de dormirme.
***
Era Nochebuena. Rubén había llamado esa mañana con su tono apologético de costumbre para decirme que la reunión en Berlín se había alargado y que llegaría el veintisiete. Iván estaba en la sala con los auriculares puestos, ajeno al mundo. Yo preparaba la cena —lomo de cerdo con manzana, las mismas judías verdes de siempre— cuando sonó el timbre.
—Voy —grité, aunque no había nadie para oírme.
Abrí la puerta y Santiago estaba ahí, con una botella de vino tinto en la mano y esa sonrisa torcida que tenía, ligeramente desafiante, como si siempre estuviera a punto de decir algo que no debería.
—Feliz Nochebuena, Valeria —dijo. Hacía meses que había dejado el «señora». No sé cuándo empezó, no sé si lo hizo aposta.
—Es Nochebuena, Santiago. ¿No tienes donde ir? —pregunté, haciéndome a un lado para dejarlo pasar.
—Ya fui. —Entró sin más, dejando la botella sobre el mueble del recibidor—. Iván me dijo que viniera.
Lo seguí con la mirada mientras caminaba hacia la sala. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta gris, nada especial, pero el tejido se ajustaba lo justo en los hombros. Aparté los ojos antes de que se girara, aunque no lo suficientemente rápido como para no haber visto el bulto de sus vaqueros al inclinarse a dejar la botella.
***
La cena fue larga. Iván habló de trabajo, de sus planes para el año siguiente, de un viaje que quería hacer con unos amigos en verano. Santiago comió con esa concentración silenciosa que tenía a veces, respondiendo en frases cortas, sin necesidad de llenar los silencios. Yo me dediqué a servir, a reponer, a levantarme y sentarme y hacer las cosas que hacen las madres en estas cenas para que todo parezca sin esfuerzo.
Pero cada vez que levantaba la vista, Santiago estaba mirándome.
No era una mirada larga ni obvia. Era solo el momento en que sus ojos encontraban los míos y no los apartaba de inmediato. Un segundo. Dos. Lo suficiente para que yo sintiera el calor subiéndome al cuello, y más abajo, a un lugar que llevaba mucho tiempo sin dar señales de vida. Lo suficiente para que tuviera que beber un sorbo de vino, cruzar las piernas debajo del mantel y apretarlas hasta notar el pulso entre ellas.
—Está muy bueno el lomo, Valeria —dijo en un momento, mientras Iván había ido a buscar más pan a la cocina.
—Gracias —respondí.
—¿Lo haces siempre igual o cambia la receta?
Era una pregunta absolutamente normal. No tenía nada de particular. Y sin embargo lo preguntó mirándome directamente, con esa calma que me descolocaba, y yo tardé un momento en responder como si fuera una pregunta difícil.
—Siempre igual —dije al final—. Es la receta de mi madre.
Él asintió despacio. Bajó la vista un instante hacia mi escote —el jersey no era escotado, pero él encontró la forma— y volvió a subirla a mis ojos con la misma calma. Iván volvió con el pan y la conversación siguió. Pero algo se había instalado en la mesa que no estaba antes, algo que yo notaba en la tensión de mis hombros, en la humedad que empezaba a sentir en las bragas y en la forma en que intentaba no mirar hacia su lado del mantel.
A las once y cuarto, Iván se levantó bostezando.
—Me voy a dormir —anunció—. Mañana quiero madrugar para los regalos.
Tenía veinte años y seguía queriendo madrugar para abrir los regalos de Navidad. Lo quiero por eso.
Le di un beso en la mejilla, le dije que durmiera bien. Lo vi subir las escaleras y después me quedé parada en el centro del salón, con la chimenea encendida y los restos de la cena sobre la mesa y Santiago sentado en el sofá, mirándome.
—Puedo ayudarte a recoger —dijo.
—No hace falta —respondí. Empecé a apilar platos. Era algo que hacer con las manos.
Él no se levantó. Siguió sentado, con las manos apoyadas en las rodillas, sin el móvil, sin el mando de la consola. Solo mirando. Cuando fui hacia la cocina con la primera tanda de platos noté sus ojos en mi espalda, en el culo, todo el camino.
Volví a por más. Recogí las copas. Doblé las servilletas. Estaba buscando cosas que hacer para no tener que quedarme quieta y enfrentarme a lo que estaba pasando en ese salón.
—Valeria —dijo cuando iba a coger el último vaso.
Me quedé parada.
—¿Llevas mucho tiempo así? —preguntó.
Me giré hacia él.
—¿Así cómo?
Se levantó del sofá. Caminó hacia mí despacio, sin prisa, exactamente como hacía todo, y se detuvo a menos de un metro. Lo suficientemente cerca para que yo pudiera oler su colonia: algo sencillo, cítrico, mezclado con el calor de alguien que lleva horas en un espacio caldeado.
—Sola —dijo—. Sin que nadie te folle bien.
La palabra me golpeó en el estómago. Nadie me hablaba así hacía años. Nadie me había hablado así en esa casa, nunca. Y menos un crío de veintiuno con la sonrisa torcida.
No respondí. No tenía una respuesta que no fuera la verdad, y la verdad era que llevaba muchísimo tiempo sola, muchísimo tiempo sin que una polla me hiciera correrme, muchísimo tiempo tocándome yo con los ojos cerrados imaginando cosas que no me atrevía a pedir en voz alta. Y ese chico de veintiún años lo había visto antes de que yo misma me lo admitiera.
Me puso la mano en la mandíbula. Despacio. Como si me diera tiempo a apartarme.
No me aparté.
***
Me besó primero. No fue un beso adolescente ni un beso torpe: me abrió la boca con la lengua y me apretó la mandíbula con los dedos hasta que solté un gemido bajo contra sus labios. Con la otra mano me agarró de la cintura y me pegó a él, y ahí, contra mi vientre, sentí por primera vez lo dura que la tenía dentro de los vaqueros. Larga, gruesa, palpitando contra mí a través de la tela. Se me escapó otro sonido que él ahogó con la lengua.
—Shhh —dijo contra mi boca—. Arriba está tu hijo.
Como si necesitara recordármelo. Como si eso no fuera lo que me estaba poniendo el coño empapado.
Me llevó hasta el sofá empujándome despacio, sin dejar de besarme, sin dejar de manosearme por encima del jersey. La chimenea proyectaba sombras largas sobre el techo, el tejido frío del sofá me tocó la espalda cuando me tumbó y él se puso encima, con una rodilla entre mis piernas, apretándome ahí donde yo ya no podía disimular lo mojada que estaba.
Me quitó el jersey sin apresurarse. Lo hizo con una concentración seria, casi metódica, sin esa ansiedad nerviosa de los hombres que llevan demasiado tiempo esperando algo. Lo hizo como quien sabe que tiene tiempo, como quien no necesita demostrar nada. Eso fue lo primero que me sorprendió: que tuviera veintiún años y que se comportara como alguien que ya había aprendido a no apresurarse.
Debajo del jersey llevaba un sujetador negro de esos que me pongo cuando quiero sentirme guapa aunque no vaya a verme nadie. Él sonrió al verlo. Me lo desabrochó con una mano, sin siquiera mirar, y cuando mis tetas cayeron libres me las cogió, una en cada mano, y bajó la boca al pezón izquierdo.
—Joder —susurré, porque no pude callarme.
Me chupó. Me chupó despacio, primero, dando vueltas con la lengua alrededor del pezón hasta que se me puso duro como una piedra, y después se metió el pecho entero en la boca y succionó. La otra mano me pellizcaba el otro pezón, no con fuerza, lo justo para que yo arqueara la espalda contra su boca y separara más las piernas sin darme cuenta.
—¿Cuánto llevas pensando en esto? —me preguntó al oído, con la voz ronca, cuando pasó al otro pecho.
—Cállate —respondí.
Se rió. Una risa baja, corta, casi idéntica a la que usaba cuando le ganaba a Iván en los videojuegos.
Bajó por mi vientre besándome, mordiéndome un poco en el hueso de la cadera, y cuando llegó al botón del pantalón me lo abrió con los dientes. Los dientes. A mis treinta y seis años nunca me habían desabrochado el pantalón con los dientes. Me quitó los vaqueros de un tirón, después las bragas —negras también, a juego con el sujetador—, y se quedó un momento arrodillado en el suelo mirándome desnuda sobre el sofá.
—Mírate —dijo.
Me abrió las piernas con las manos, sin prisa, colocándomelas como quería. Una sobre el respaldo, la otra apoyada en el suelo. Yo estaba completamente abierta para él, con el coño brillando de lo mojada que estaba, y él me miraba como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
Empezó por lamerme el interior del muslo. Después el otro. Se acercaba a mi coño y se alejaba, y yo empecé a moverle las caderas hacia él sin querer, buscando su boca.
—Pídemelo —dijo.
—Santi, por favor…
—Pídemelo bien.
Cerré los ojos. Sentía la vergüenza subiéndome por la cara, y por debajo de la vergüenza sentía las ganas apretándome el coño hasta hacer daño.
—Cómemelo —dije—. Cómemelo, por favor.
Bajó la boca sin esperar más. La primera lamida fue larga, plana, de abajo a arriba, y me hizo levantar las caderas del sofá con un gemido que tuve que ahogar mordiéndome el puño. Después empezó a chuparme el clítoris, rodeándolo con la lengua, chupándolo despacio y después rápido, alternando de una forma que me tenía retorciéndome contra su boca sin control.
Me metió dos dedos. Dos dedos gruesos que me abrieron y me llenaron a la vez, y cuando empezó a moverlos dentro de mí buscándome ese punto por dentro sin dejar de chuparme el clítoris supe que iba a correrme rápido, tan rápido que me daba vergüenza.
—Voy a… —conseguí decir.
—Córrete en mi boca —respondió sin levantar la cabeza.
Y me corrí. Me corrí durísimo, apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndome la mano hasta hacerme daño para no gritar. Los dedos me temblaron cuando le solté el pelo. Él siguió chupándome, más suave, mientras yo bajaba, y cuando finalmente levantó la cabeza tenía la boca y el mentón brillándole de mí.
—Ahora tú —dije, todavía jadeando.
Me puse de rodillas frente a él porque quise. Eso necesito que quede claro, aunque solo sea para mí: nadie me empujó. Fui yo, con las manos yendo hacia su cinturón, con la boca salivando antes de que lo abriera. Le desabroché los vaqueros, le bajé los calzoncillos, y cuando la polla le saltó fuera —dura, gruesa, con la punta ya brillante— sentí algo apretarse en el pecho que no tenía nombre exacto pero que era completamente mío.
Era más grande de lo que esperaba. Mucho más. Me la agarré con la mano y no me llegaba a cerrar del todo alrededor. La miré un momento, la lamí desde la base hasta la punta pasando la lengua por la vena de abajo, y él soltó un jadeo áspero que me hizo apretar los muslos.
Me la metí en la boca. Despacio primero, midiéndola, dejando que la punta rebotara contra mi paladar. Después más profundo, hasta que sentí que me tocaba la garganta y tuve que respirar por la nariz. Me tomé el tiempo que quise. Lo miré mientras lo hacía. Él me sostuvo el pelo con una mano, sin apretar, sin forzar, y la diferencia con otras veces era tan grande que la agradecí en silencio.
Se la chupé como si tuviera hambre. Porque tenía hambre. La saqué de mi boca y le pasé la lengua por los cojones, chupándoselos uno a uno, mirando hacia arriba para verle la cara. Él tenía los labios entreabiertos, los ojos entrecerrados, y las manos apretadas en mi pelo aunque seguía sin tirar.
—Joder, Valeria —susurró.
Volví a metérmela en la boca. Empecé a moverme más rápido, chupando fuerte al subir, dejando que un hilo de saliva le bajara por la polla hasta la mano con la que se la agarraba yo. Sus respiraciones se fueron volviendo más cortas, más irregulares, y la sensación de ser yo quien las controlaba me subió al pecho como algo cálido y denso.
—Para —dijo al cabo de un rato, con la voz ronca—. Ven aquí. Si sigues así me corro.
—Córrete —murmuré con la polla contra los labios—. Córrete en mi boca.
—Después —respondió, y me tiró suavemente del pelo hacia arriba—. Ahora quiero follarte.
Me levantó. Me quitó el resto de la ropa con esa misma calma suya, y yo no cerré los ojos. Lo miré mirarme. Dejé que mirara. Había pasado demasiado tiempo sintiéndome invisible como para desperdiciar ese momento mirando hacia otro lado.
—Eres increíble —dijo, y lo dijo sin énfasis, como un hecho, como algo que no necesitaba elaboración—. Vas a acabar destrozada.
Me tumbó otra vez en el sofá y se puso sobre mí. Me colocó una pierna sobre su hombro, la otra abierta hacia el respaldo, y se pasó la punta de la polla por todo el coño, arriba y abajo, empapándose de mí, rozándome el clítoris a cada pasada. Yo intenté empujar las caderas hacia él para que entrara y él se apartó, sonriendo.
—Espera —dijo.
—Métemela ya —le pedí.
—Espera.
Volvió a rozarme. Otra vez. Otra. Yo estaba a punto de suplicárselo cuando por fin empujó, y me abrió despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Solté un sonido que tuve que ahogar metiéndome el puño en la boca, acordándome de Iván en el piso de arriba. Santiago lo notó y sonrió con esa sonrisa torcida suya, y después bajó la cabeza hasta mi cuello y se quedó quieto dentro de mí, dejando que me acostumbrara al tamaño.
—Joder qué apretada estás —murmuró contra mi oreja.
Empezó a moverse. Despacio, demasiado despacio, de forma metódica y deliberada que me hizo clavar los dedos en su espalda. Cada embestida entera, hasta el fondo, y después salía casi del todo antes de volver a entrar. La polla me raspaba las paredes de una forma que me hacía apretarla sin querer, y él lo notaba, porque cada vez que yo lo apretaba él soltaba un gruñido bajo contra mi cuello.
—No tan despacio —susurré.
—No tienes prisa —respondió.
Tenía razón. No tenía prisa. Tenía toda la noche y la casa para nosotros dos y la chimenea encendida y ese chico que tampoco necesitaba apresurarse. Pero también tenía cuatro meses —cuatro años— de calentura acumulada, y quería que me follara duro.
—Fóllame más fuerte —le pedí al oído—. Fóllame como quieras.
Eso le cambió algo en la cara. La sonrisa se le puso más seria, más oscura. Me sacó la pierna del hombro, me dio la vuelta sobre el sofá y me puso a cuatro patas de rodillas sobre los cojines, con las manos apoyadas en el respaldo. Se colocó detrás de mí, me agarró de las caderas y me la metió de un solo empujón, hasta el fondo, y esta vez el sonido que salió de mi boca no lo pude ahogar del todo.
—Shhh —me dijo, y me tapó la boca con una mano mientras empezaba a embestirme fuerte por detrás—. Que tu hijo duerme.
Lo pensé un segundo —Iván en su habitación, dos pisos más arriba, sin sospechar nada— y el pensamiento en lugar de asustarme me apretó el coño alrededor de la polla de su mejor amigo. Santiago lo notó. Se rió bajo.
—Te pone —murmuró—. Te pone que esté ahí arriba.
No respondí. No podía responder. Me estaba follando fuerte, dando palmadas secas contra mi culo con cada embestida, y me tenía tapada la boca con una mano mientras con la otra me agarraba del pelo, tirando lo justo para que se me arqueara la espalda.
—Contesta —dijo.
Movió la mano de mi boca hasta mi mentón.
—Sí —jadeé—. Me pone.
—Puta —dijo, y no lo dijo con desprecio, lo dijo como un elogio, y me apretó más fuerte contra él.
Me la metió tan hondo que me dolió y a la vez me hizo apretar los ojos de placer. Me la sacó del todo, me pasó la punta por el otro agujero, apretándomelo con la yema, y volvió a metérmela en el coño de un empujón limpio. Yo estaba mordiendo el respaldo del sofá para no gritar.
—Túmbate —dijo de repente.
Me tumbó boca arriba otra vez. Se me metió de nuevo, esta vez pudiendo mirarme, y yo le enredé las piernas alrededor de la cintura para que no se detuviera. Me follaba mirándome, y esa era la parte que más me estaba matando: que no apartaba los ojos de los míos ni un momento, que quería verme la cara mientras me hacía correrme.
Bajó una mano entre nosotros y empezó a tocarme el clítoris a la vez que me embestía. Círculos rápidos, con la yema mojada de mí, sin dejar de moverse dentro.
—Córrete —me dijo—. Córrete otra vez para mí.
Y me corrí. Me corrí durísimo, apretándole el coño alrededor de la polla, temblando, mordiéndole el hombro para no gritar. Fue una corrida larga, de esas que te dejan las piernas dormidas, y él siguió embistiéndome despacio mientras yo bajaba, alargándomelo.
—Una más —dijo—. Una más y me corro yo.
—No puedo —susurré.
—Sí puedes.
Me sentó a horcajadas sobre él, con él sentado en el sofá y yo encima. Yo me clavé la polla hasta el fondo sola, sin ayuda, y empecé a moverme arriba y abajo mirándolo a la cara. Él me chupaba las tetas mientras yo lo cabalgaba, me apretaba el culo con las dos manos, me marcaba el ritmo empujándome contra él.
—Así —susurraba—. Así, Valeria. Cabálgame bien.
Le clavé las uñas en los hombros. Bajaba a fondo, hasta sentir sus cojones contra mi culo, y volvía a subir despacio. La tercera vez la sentí llegar sin buscarla, como una onda que me subía desde el coño hasta la garganta, y esta vez sí solté un gemido largo que él ahogó tapándome la boca con la suya, besándome mientras yo me corría encima de su polla.
—Ahora yo —jadeó cuando me separé—. ¿Dónde…?
—En la boca —le dije—. Córrete en mi boca.
Me bajé de él y me arrodillé otra vez en la alfombra. Me metí la polla en la boca —brillante de mí de arriba abajo— y empecé a chupársela mientras él se la agarraba en la base con la mano y se movía en mi boca.
—Joder —gruñó—. Joder, joder…
Se corrió en dos empujones. Me llenó la boca de semen caliente, espeso, y yo no aparté la cabeza. Me quedé con la polla dentro mientras se sacudía, tragando lo que caía por mi garganta, dejando que soltara todo lo que tenía. Cuando terminé de tragar me limpié los labios con el reverso de la mano y lo miré desde abajo. Él me miraba con esa cara nueva, más blanda, casi de asombro.
—Joder —volvió a decir. Solo eso.
—Bien —murmuré.
—Bien —repitió él.
***
Después estuvimos tumbados en el sofá, él mirando el techo, yo mirando las brasas. Ninguno dijo nada durante un buen rato. Fuera empezaba a llover —uno de esos aguaceros de diciembre que llegan sin avisar— y el sonido del agua contra las ventanas llenaba el silencio de una forma que no resultaba incómoda. Yo notaba su semen todavía en la comisura de los labios y el suyo escurriéndoseme entre los muslos cerrados, y no me molestaba.
—Iván no puede saber esto —dije al final.
—Por supuesto que no —respondió, sin énfasis, como si la obviedad de eso no necesitara ni comentarse.
Más silencio. El fuego casi apagado. La lluvia afuera.
—¿Va a pasar algo más? —pregunté. No sé por qué lo pregunté. No sé qué respuesta quería.
Se giró a mirarme. Esa sonrisa torcida, un poco burlona pero sin crueldad. Bajó la mano por mi vientre desnudo, me metió dos dedos entre las piernas —todavía empapada, todavía de él— y los movió despacio dentro de mí hasta que solté un jadeo bajo.
—Siempre vengo —dijo.
***
Han pasado cuatro meses. Santiago sigue viniendo a casa, sigue quitándole el mando a Iván, sigue comiéndose lo que hay en la nevera sin pedir permiso. Mi marido llegó el veintisiete, como había dicho, con una botella de cava y cara de cansancio. Esa misma noche me follé a Rubén pensando en la polla de Santiago, y me corrí por primera vez en meses con él dentro. Las cenas de los viernes siguen igual. Mi terapeuta me preguntó el mes pasado si había algo nuevo en mi vida y le dije que no.
Cada vez que Santiago viene a casa, en algún momento de la tarde me encuentra en la cocina. A veces solo me mira durante uno o dos segundos más de lo normal. Otras veces me pone la mano en el culo por debajo del delantal mientras yo remuevo algo en el fuego, me mete los dedos con Iván a diez metros en el salón, y me hace correrme ahí mismo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con la sartén todavía en la mano.
Son suficientes.
No sé si lo que he escrito aquí es culpa o gratitud. No sé si debería arrepentirme o si el arrepentimiento es solo lo que se supone que tengo que sentir. Lo que sí sé es que esa Nochebuena fui, por primera vez en mucho tiempo, exactamente la persona que quería ser.
Y eso, aunque no pueda contárselo a nadie, es mío para siempre.

