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Relatos Ardientes

Cómo el amigo de mi hijo me arruinó la Nochebuena

4.8 (13)

Llevo cuatro meses cargando con esto. No se lo he contado a nadie: ni a mi hermana, ni a las amigas con las que quedo a comer los viernes, ni a mi terapeuta, que supuestamente está ahí para escucharme. Hay cosas que no se dicen en voz alta porque en el momento en que las dices dejan de ser solo tuyas. Así que las escribo aquí, para desconocidos, porque necesito sacarlo fuera de alguna forma y esta es la única que se me ocurre.

Me llamo Valeria. Tengo treinta y seis años, dos décadas de hipoteca, un hijo que acaba de cumplir veinte y un marido que viaja por trabajo más días de los que está en casa. No me quejo, o al menos no en voz alta. El dinero no falta, la casa es grande, Rubén es un buen hombre. Pero «buen hombre» y «presente» no son siempre la misma cosa, y hay noches —muchas— en que me acuesto sola en una cama de matrimonio y me pregunto cuándo fue la última vez que alguien me miró de verdad.

Santiago lleva viniendo a casa desde que tenía dieciséis años. Es el mejor amigo de mi hijo Iván, o lo que sea que son: esa clase de amistad que funciona a base de insultos constantes y de estar siempre dispuesto a aparecer cuando el otro lo necesita. Al principio era un adolescente delgado y un poco difícil, con esa energía de perro sin correa que tienen algunos chicos de esa edad. Venía, desordenaba la sala, se comía lo que había en la nevera y se iba. Normal.

En algún momento del último año eso cambió. No sé poner el dedo exactamente en cuándo. Solo sé que la última vez que vino, en noviembre, me quedé más tiempo del necesario viendo cómo se quitaba la chaqueta en el recibidor. Tiene veintiún años ahora. Los hombros de un chico que ha pasado tiempo en el gimnasio, las manos grandes de alguien que trabaja con ellas, y esa manera de moverse —tranquilo, sin apresurarse— que me ponía nerviosa de una forma que no sabía gestionar.

Me irritaba. Siempre me había irritado. Le robaba el mando a Iván durante las partidas, lo hacía quedar mal delante de los demás, lo llamaba «patético» y «pardillo» con una seguridad casual que me resultaba exasperante. Y sin embargo, cuando estaba en casa, yo me sorprendía pasando más veces de lo necesario por la sala, buscando excusas para entrar con algo: un vaso de agua, una pregunta que no necesitaba hacer, la bandeja del ponche el 24 de diciembre.

***

Era Nochebuena. Rubén había llamado esa mañana con su tono apologético de costumbre para decirme que la reunión en Berlín se había alargado y que llegaría el veintisiete. Iván estaba en la sala con los auriculares puestos, ajeno al mundo. Yo preparaba la cena —lomo de cerdo con manzana, las mismas judías verdes de siempre— cuando sonó el timbre.

—Voy —grité, aunque no había nadie para oírme.

Abrí la puerta y Santiago estaba ahí, con una botella de vino tinto en la mano y esa sonrisa torcida que tenía, ligeramente desafiante, como si siempre estuviera a punto de decir algo que no debería.

—Feliz Nochebuena, Valeria —dijo. Hacía meses que había dejado el «señora». No sé cuándo empezó, no sé si lo hizo aposta.

—Es Nochebuena, Santiago. ¿No tienes donde ir? —pregunté, haciéndome a un lado para dejarlo pasar.

—Ya fui. —Entró sin más, dejando la botella sobre el mueble del recibidor—. Iván me dijo que viniera.

Lo seguí con la mirada mientras caminaba hacia la sala. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta gris, nada especial, pero el tejido se ajustaba lo justo en los hombros. Aparté los ojos antes de que se girara.

***

La cena fue larga. Iván habló de trabajo, de sus planes para el año siguiente, de un viaje que quería hacer con unos amigos en verano. Santiago comió con esa concentración silenciosa que tenía a veces, respondiendo en frases cortas, sin necesidad de llenar los silencios. Yo me dediqué a servir, a reponer, a levantarme y sentarme y hacer las cosas que hacen las madres en estas cenas para que todo parezca sin esfuerzo.

Pero cada vez que levantaba la vista, Santiago estaba mirándome.

No era una mirada larga ni obvia. Era solo el momento en que sus ojos encontraban los míos y no los apartaba de inmediato. Un segundo. Dos. Lo suficiente para que yo sintiera el calor subiéndome al cuello. Lo suficiente para que tuviera que beber un sorbo de vino y mirar hacia otro lado.

—Está muy bueno el lomo, Valeria —dijo en un momento, mientras Iván había ido a buscar más pan a la cocina.

—Gracias —respondí.

—¿Lo haces siempre igual o cambia la receta?

Era una pregunta absolutamente normal. No tenía nada de particular. Y sin embargo lo preguntó mirándome directamente, con esa calma que me descolocaba, y yo tardé un momento en responder como si fuera una pregunta difícil.

—Siempre igual —dije al final—. Es la receta de mi madre.

Él asintió despacio. Iván volvió con el pan y la conversación siguió. Pero algo se había instalado en la mesa que no estaba antes, algo que yo notaba en la tensión de mis hombros y en la forma en que intentaba no mirar hacia su lado del mantel.

A las once y cuarto, Iván se levantó bostezando.

—Me voy a dormir —anunció—. Mañana quiero madrugar para los regalos.

Tenía veinte años y seguía queriendo madrugar para abrir los regalos de Navidad. Lo quiero por eso.

Le di un beso en la mejilla, le dije que durmiera bien. Lo vi subir las escaleras y después me quedé parada en el centro del salón, con la chimenea encendida y los restos de la cena sobre la mesa y Santiago sentado en el sofá, mirándome.

—Puedo ayudarte a recoger —dijo.

—No hace falta —respondí. Empecé a apilar platos. Era algo que hacer con las manos.

Él no se levantó. Siguió sentado, con las manos apoyadas en las rodillas, sin el móvil, sin el mando de la consola. Solo mirando. Cuando fui hacia la cocina con la primera tanda de platos noté sus ojos en mi espalda todo el camino.

Volví a por más. Recogí las copas. Doblé las servilletas. Estaba buscando cosas que hacer para no tener que quedarme quieta y enfrentarme a lo que estaba pasando en ese salón.

—Valeria —dijo cuando iba a coger el último vaso.

Me quedé parada.

—¿Llevas mucho tiempo así? —preguntó.

Me giré hacia él.

—¿Así cómo?

Se levantó del sofá. Caminó hacia mí despacio, sin prisa, exactamente como hacía todo, y se detuvo a menos de un metro. Lo suficientemente cerca para que yo pudiera oler su colonia: algo sencillo, cítrico, mezclado con el calor de alguien que lleva horas en un espacio caldeado.

—Sola —dijo.

No respondí. No tenía una respuesta que no fuera la verdad, y la verdad era que llevaba muchísimo tiempo sola. Y que ese chico de veintiún años lo había visto antes de que yo misma me lo admitiera.

Me puso la mano en la mandíbula. Despacio. Como si me diera tiempo a apartarme.

No me aparté.

***

Lo que pasó después lo recuerdo en fragmentos, en imágenes concretas más que en una secuencia ordenada: su boca en mi cuello, la chimenea proyectando sombras largas sobre el techo, el tejido frío del sofá contra mi espalda cuando me empujó despacio hacia él.

Me quitó el jersey sin apresurarse. Lo hizo con una concentración seria, casi metódica, sin esa ansiedad nerviosa de los hombres que llevan demasiado tiempo esperando algo. Lo hizo como quien sabe que tiene tiempo, como quien no necesita demostrar nada. Eso fue lo primero que me sorprendió: que tuviera veintiún años y que se comportara como alguien que ya había aprendido a no apresurarse.

—¿Cuánto llevas pensando en esto? —me preguntó al oído.

—Cállate —respondí.

Se rió. Una risa baja, corta, casi idéntica a la que usaba cuando le ganaba a Iván en los videojuegos.

Me puse de rodillas frente a él porque quise. Eso necesito que quede claro, aunque solo sea para mí: nadie me empujó. Fui yo, con las manos yendo hacia su cinturón, con la boca salivando antes de que lo abriera. Y cuando lo tuve entre mis manos, cuando lo vi —más de lo que esperaba, mucho más—, sentí algo apretarse en el pecho que no tenía nombre exacto pero que era completamente mío.

Me tomé el tiempo que quise. Lo miré mientras lo hacía. Él me sostuvo el pelo con una mano, sin apretar, sin forzar, y la diferencia con otras veces era tan grande que la agradecí en silencio. Sus respiraciones se fueron volviendo más cortas, más irregulares, y la sensación de ser yo quien las controlaba me subió al pecho como algo cálido y denso.

—Para —dijo al cabo de un rato, con la voz ronca—. Ven aquí.

Me levanté. Me quitó el resto de la ropa con esa misma calma suya, y yo no cerré los ojos. Lo miré mirarme. Dejé que mirara. Había pasado demasiado tiempo sintiéndome invisible como para desperdiciar ese momento mirando hacia otro lado.

—Eres increíble —dijo, y lo dijo sin énfasis, como un hecho, como algo que no necesitaba elaboración.

Cuando me tumbó en el sofá y se puso sobre mí, el primer movimiento me hizo soltar un sonido que tuve que ahogar metiéndome el puño en la boca, acordándome de Iván en el piso de arriba. Santiago lo notó y sonrió con esa sonrisa torcida suya, y después bajó la cabeza hasta mi cuello y siguió moviéndose despacio, demasiado despacio, de forma metódica y deliberada que me hizo clavar los dedos en su espalda.

—No tan despacio —susurré.

—No tienes prisa —respondió.

Tenía razón. No tenía prisa. Tenía toda la noche y la casa para nosotros dos y la chimenea encendida y ese chico que tampoco necesitaba apresurarse. Así que me dejé, y dejé que me llevara él, y en algún punto entre la medianoche y la una dejé de pensar en Rubén, en el lomo de cerdo, en la hipoteca, en las cenas de los viernes. Solo quedé yo, y él, y el sofá, y las brasas naranjas de la chimenea.

Cuando terminé —dos veces, que también necesito que quede escrito— él se quedó quieto encima de mí un momento, con la frente apoyada en la mía, respirando.

—Bien —dijo. Solo eso.

—Bien —repetí.

***

Después estuvimos tumbados en el sofá, él mirando el techo, yo mirando las brasas. Ninguno dijo nada durante un buen rato. Fuera empezaba a llover —uno de esos aguaceros de diciembre que llegan sin avisar— y el sonido del agua contra las ventanas llenaba el silencio de una forma que no resultaba incómoda.

—Iván no puede saber esto —dije al final.

—Por supuesto que no —respondió, sin énfasis, como si la obviedad de eso no necesitara ni comentarse.

Más silencio. El fuego casi apagado. La lluvia afuera.

—¿Va a pasar algo más? —pregunté. No sé por qué lo pregunté. No sé qué respuesta quería.

Se giró a mirarme. Esa sonrisa torcida, un poco burlona pero sin crueldad.

—Siempre vengo —dijo.

***

Han pasado cuatro meses. Santiago sigue viniendo a casa, sigue quitándole el mando a Iván, sigue comiéndose lo que hay en la nevera sin pedir permiso. Mi marido llegó el veintisiete, como había dicho, con una botella de cava y cara de cansancio. Las cenas de los viernes siguen igual. Mi terapeuta me preguntó el mes pasado si había algo nuevo en mi vida y le dije que no.

Cada vez que Santiago viene a casa, en algún momento de la tarde me encuentra en la cocina. Me mira durante uno o dos segundos más de lo normal.

Son suficientes.

No sé si lo que he escrito aquí es culpa o gratitud. No sé si debería arrepentirme o si el arrepentimiento es solo lo que se supone que tengo que sentir. Lo que sí sé es que esa Nochebuena fui, por primera vez en mucho tiempo, exactamente la persona que quería ser.

Y eso, aunque no pueda contárselo a nadie, es mío para siempre.

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4.8 (13)

Comentarios (9)

Karen931

jajajaja el titulo ya lo dice todo!!! lo leí de un tirón

SrMaduro

Excelente relato, muy bien narrado. Se siente autentico, eso es lo que lo hace diferente. Gracias por compartirlo.

Claudia_Mdz

Como mujer entiendo esa sensacion de fingir que no ves las miradas... muy bien contado, me tuvo en suspenso hasta el final

MiguelARG

tremendo, la tension que se va armando de a poco es lo mejor del relato

DesvelaoTotal

Me leí varios relatos esta noche y este fue el que mas me gustó. Seguí publicando por favor!

Tomas_99

La navidad ya no va a ser lo mismo jajaja. Buenisimo

RoxanaLeC

Muy bueno pero se me hizo corto. Queremos saber si hubo segunda parte jeje

mauro_bsas

genial!!!

Luisa_M

Me encanto el planteo, esa situacion que se va cocinando a fuego lento sin apuro. Felicidades y espero mas relatos así

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