Lo que el espejo reflejó aquella mañana
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Cuando volvió de la cocina con dos cervezas, su mirada ya no era la misma. Y la abultada silueta bajo su jean tampoco dejaba dudas sobre lo que iba a pasar.
Llevaba días conteniendo el deseo mientras él viajaba. Esa tarde no aguanté más: me puse la tanga roja y salí a cazar.
Tenía cuarenta y ocho años, esposa, tres hijos y ninguna duda sobre quién era. Todo eso cambió el día que un chico joven me pidió que lo llevara al metro.
Lo cité frente a la clínica como si fuera a una charla tranquila. No le dije que no iría sola ni que desde el segundo piso se veía perfectamente la acera.
Apenas cerró la puerta del taxi, sus manos ya estaban debajo de mi blusa. Lo que vino después lo vio el chofer desde el espejo, sin perder detalle.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Cuando salí del agua, la orilla estaba vacía. Mi ropa, mis botas, mi mochila... todo había desaparecido. Estaba desnuda en medio de la selva, sin saber que era solo el principio.
El yate estaba anclado, el sol caía sobre la cala y nadie en cubierta hablaba ya de cifras. Todos sabíamos para qué habíamos subido a bordo.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.
Llevaba doce años esperando que Valeria me mirara así. Esa noche por fin lo hizo, pero no de la forma que había imaginado.
Su mano subió por mi muslo justo cuando en la pantalla él la empujaba contra la pared. No hizo falta que dijera nada: ya había leído todo en mi respiración.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.