Mi verdadera primera vez llegó en el turno de noche
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Cuando Inés abrió la puerta a los dos hombres uniformados a las doce en punto, supe que la promesa de una noche tranquila había sido una mentira deliciosa.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
Mi novio roncaba como tronco en la pieza del fondo cuando ella se me acercó. El acento sureño y esos ojos negros me dijeron todo antes que sus manos.
Habíamos hablado cinco meses por chat. Cuando me abrió la puerta del hotel sin maquillaje, en remera negra, supe que ninguna pantalla iba a alcanzar.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Cuando salí del baño y la vi maquillándose frente al espejo, supe que esa noche en la previa antes de la disco no iba a terminar bien para mí. O quizá demasiado bien.
Bajé del coche con las piernas dormidas y la vi esperándome en el portal, descalza, mordiéndose el labio como hacía cuando ya no aguantaba más.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Llevaba cinco años poniendo un ingrediente íntimo en mis platos y yo lo había probado todos los días sin saberlo. Hasta que aquella tarde se atrevió a confesarlo.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales, el amigo de mi esposa bebía mi vodka y me hacía las preguntas exactas para que yo soltara todo lo que callaba.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.
Cuando dejó caer la cabeza sobre mi hombro a las dos de la madrugada, supe que esa noche el regreso no sería como los otros. Y su mano ya buscaba la mía.
Hacía frío y le ofrecí mi cama como tantas otras veces. Cuando me desperté, su mano ya buscaba algo que no era abrigo.
Cuando abrí la puerta del piso vacío, no esperaba verlo a él con esa sonrisa. La clienta venía retrasada y el reloj marcaba en silencio nuestra única oportunidad.
El agua hervía y el vapor llenaba la mampara. Marina me embadurnó el pezón con espuma y sonrió, y yo entendí que aquella ducha no iba a ser como las anteriores.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Estaba tumbada boca abajo cuando llegué y sus curvas bajo el sol eran imposibles de ignorar. No debería haberla tocado. Lo hice de todas formas.