Volví al cine gay y ya no pude parar
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
La dejé en la puerta del restaurante y volví solo al hotel, sabiendo que esa noche iba a escuchar a mi esposa gemir para otro hombre.
Llegó con su bolso, una excusa torpe y una mirada demasiado fija en mi escote; cuando sacó aquel juguete, supe que no venía solo a estudiar.
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Los dos teníamos pareja y los dos lo sabíamos. Aun así me quité el suéter en el asiento del copiloto y dejé que me mirara como llevaba semanas queriendo mirarme.
Mi madre creía que yo seguía en clase. No sabía que la puerta del armario estaba entreabierta y que esa tarde lo vi todo desde dentro de su cuarto.
Antes de la alianza en el dedo hubo una década entera de tardes a oscuras y faldas que caían al suelo. Estas son las mujeres que nunca pude olvidar.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.
Se lo había negado durante meses. Esa noche, en una habitación de hotel que olía a desinfectante barato, decidí que dejaría de decirle que no.
Nunca habíamos pasado de un saludo cortés, pero esa tarde empapada, atrapada por la lluvia en su tienda, todo cambió con un solo mensaje en mi teléfono.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
La dueña insistió en que se quitara el sostén para probar el vestido sin tirantes. Lo que Mariana no esperaba era ver a su madre asentir, complacida, ante cada orden.
Tenía cuarenta y tantos, marido y dos hijos, y jamás había mirado a otra mujer. Esa noche, apoyada en la barra de un pub, todo lo que creía saber de mí se vino abajo.
Nos calentamos en clase y no aguantamos hasta llegar a casa. El descampado detrás de la facultad fue el primero de muchos lugares donde no debíamos tocarnos.
La recuerdo en la puerta de su librería, con el pelo casi blanco y esos ojos imposibles. Pasaron diez años hasta que volví a tenerla cerca, y esta vez no pensaba dejarla ir.
Carolina nunca le había contado a nadie lo que deseaba en secreto. Esa noche, con la casa para ellas dos, decidió que su cuñada sería la primera en escucharlo… y en algo más.
Llegamos haciendo rugir la moto para que todos miraran. Pero yo solo tenía ojos para la chica de la tienda de al lado y para lo que esa noche íbamos a compartir.