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Relatos Ardientes

La escena de la serie y lo que mi novia me hizo después

Era un jueves cualquiera, de esos que terminan con uno desparramado en la cama mirando lo que sea con tal de no dormirse temprano. Camila había puesto una serie nueva, una que decía que todo el mundo estaba mirando, y yo había aceptado sin preguntar mucho. Llevábamos puesto el pijama desde las nueve, con el pelo todavía húmedo de la ducha y un mate frío en la mesa de luz.

El primer capítulo me había gustado más de lo que esperaba. El segundo lo vimos casi sin hablar. Cuando empezó el tercero, ella se acomodó pegada a mí, con la cabeza apoyada sobre mi hombro y una pierna cruzada sobre la mía. Yo le acariciaba el pelo distraída, sin pensar en nada particular, hasta que apareció esa escena.

El protagonista, un tipo que en los capítulos anteriores había parecido tranquilo, entraba a un aula vacía y cerraba la puerta con llave. La profesora estaba revisando unos papeles, sin mirarlo. Él se acercaba por detrás, sin decir una palabra, y le agarraba la nuca con una mano firme. Le pegaba la cara contra la pared y le susurraba algo al oído que la cámara no llegaba a captar.

Yo no me di cuenta del momento exacto en que dejé de respirar normal. No fue una decisión, no fue una fantasía deliberada. Fue el cuerpo el que reaccionó antes que la cabeza, como cuando uno tiembla con una corriente de aire frío. Sentí un calor subiéndome desde la pelvis y una contracción en la mandíbula que no supe disimular.

Por favor, que no se dé cuenta. Por favor, que no se dé cuenta.

La escena no terminaba. La profesora seguía contra la pared, ahora con la falda levantándose centímetro a centímetro mientras él le hablaba al oído. Yo apretaba las piernas debajo de la sábana, intentando que la fricción no se notara. Mi mano había dejado de acariciar el pelo de Camila y se había quedado tiesa, con los dedos enredados en su nuca como una pinza.

Y entonces sentí su mano.

Camila no había dejado de mirar la televisión. Su cabeza seguía sobre mi hombro, su pierna seguía cruzada sobre la mía. Pero su mano derecha, que un minuto antes descansaba sobre mi vientre, había bajado lentamente hasta apoyarse en mi muslo. Y ahora apretaba. No con fuerza, no con violencia. Apretaba lo justo para que yo entendiera que había estado prestando atención todo el tiempo.

Giré la cabeza para mirarla. Quise decir algo, no sé qué, una excusa, una broma, cualquier cosa que aplazara lo inevitable. Pero antes de que pudiera abrir la boca, su mano subió de mi muslo a mi mejilla y me giró la cara hacia ella.

—Quedate quieta —dijo, y me besó.

Su lengua entró antes de que yo respondiera. No fue un beso negociado. Fue una afirmación, una manera de decirme que ya sabía lo que estaba pensando y que no iba a tener que pedirlo. Mientras me besaba, su mano volvió al muslo, pero esta vez no se quedó quieta. Bajó hasta el borde de mi short, lo levantó con dos dedos como si fuera la cortina de un escenario, y se metió por debajo.

Encontró mi tanga empapada. No exagero: empapada. Llevaba diez minutos apretando las piernas y todo el deseo se había acumulado ahí, esperando a que alguien lo destapara. Camila se separó un segundo de mi boca, miró hacia abajo y volvió a mirarme con una sonrisa que no le había visto nunca.

—Mirá cómo estás —murmuró—. Por una escena.

—No es por la escena.

—Es por la escena. Y por lo que te imaginabas que yo te iba a hacer después.

Corrió la tela hacia un costado con un dedo y, sin avisar, hundió dos dedos dentro de mí. La penetración fue rápida, profunda, sin ese protocolo de tanteo previo que solíamos hacer otras noches. Yo solté un gemido que no terminaba, agudo en el medio y ronco al final, y me agarré de la sábana con las dos manos.

—Shh —dijo, sin sacar los dedos—. Los vecinos.

Pero no los sacó. Empezó a moverlos despacio, mirándome la cara, estudiando cada gesto que se me escapaba. Cuando descubría una posición que me hacía cerrar los ojos, se quedaba ahí, repetía el movimiento dos veces, tres, hasta que yo no aguantaba más y empezaba a empujar la cadera contra su mano.

Me iba a venir muy rápido. Me iba a venir antes de que ella terminara de entender lo que estaba haciendo. Y justo cuando estaba a punto, justo cuando ya estaba apretando los muslos contra su muñeca, sacó los dedos.

—No —protesté.

—Abrí la boca.

Me los puso sobre los labios, brillantes, mojados con todo lo que ella había sacado de adentro mío. Los chupé sin pensarlo. Los chupé hasta el fondo, los lamí entre los nudillos, le mordí la yema con suavidad. Camila me miraba con la cabeza apoyada en una mano, como si estuviera estudiando una obra que ella misma había pintado.

—Más adentro —dijo, y empujó los dedos hasta que toqué la base de su mano con los labios.

La arcada vino sola. No fue desagradable. Fue un reflejo limpio, casi de adolescente, y los ojos se me llenaron de lágrimas. Camila no esperó a que me recompusiera. Sacó los dedos de mi boca, se trepó encima mío con una sola pierna y volvió a meterlos donde habían estado antes, pero ahora con fuerza, con un golpe seco que me hizo arquear la espalda contra el colchón.

—Esto es lo que querías, ¿no? —me dijo al oído—. Esto es lo que estabas mirando.

Yo no podía contestar. Solo asentía con la cabeza y me mordía el labio para no gritar. Ella seguía moviendo los dedos al ritmo de su respiración, que era casi tan agitada como la mía. Cada vez que llegaba al fondo, yo sentía una corriente que me subía por la columna y me bajaba por las piernas. Estaba completamente abierta, completamente a su disposición, y nunca me había sentido más segura.

Me escupió en la cara. No con asco, no con violencia. Me escupió como un gesto, como si fuera un sello que confirmara que esa noche yo era de ella. La saliva me cayó en la mejilla y bajó hasta el cuello. No la limpié. No quería limpiarla.

—Decime que sos mía.

—Soy tuya.

—Otra vez.

—Soy tuya, Camila, soy tuya.

Cuando empezó a tocar un punto que ella ya conocía de memoria, ese lugar al fondo que nadie más había encontrado nunca, me solté. No me importó nada. Le clavé las uñas en los hombros, le mordí la oreja, le susurré toda clase de cosas que no me animaría a repetir a la mañana siguiente. Pero todavía no me dejaba venir. Cada vez que me acercaba, ella aflojaba el ritmo, me besaba la frente, esperaba a que volviera a estabilizarme y empezaba de nuevo.

—Quiero verte aguantar.

—No puedo más.

—Podés.

Le metí la mano por dentro del short. Si ella iba a torturarme, yo iba a hacer lo mismo. La encontré tan mojada como yo, tal vez más, y la sentí estremecerse cuando le froté el clítoris con el dedo del medio. Por un segundo perdió el control, se le aflojó el ritmo de sus dedos en mi vagina, y aproveché para darle vuelta la situación. Le metí dos dedos también, y empezamos a movernos a la par, como si fuéramos un solo cuerpo con dos cabezas.

—Así —murmuró—. Así.

Ya no había juego de poder. Ya no había dominante ni sumisa. Éramos dos mujeres a punto de venirse, pegadas cara contra cara, respirando la misma respiración. Cuando finalmente me dejó llegar, lo hizo agarrándome el pelo con la mano libre y mordiéndome el pecho a través de la remera. Me vine con un grito que sonó más a sollozo que a gemido, y al mismo tiempo sentí cómo ella se tensaba sobre mi mano y se derramaba en mi palma.

Nos quedamos así unos segundos, las dos temblando, las dos con los dedos todavía adentro de la otra. La televisión seguía encendida. La serie había avanzado dos capítulos. Ninguna de las dos tenía idea de lo que había pasado en la pantalla.

***

—¿Vos te creés que ya está? —dijo Camila después de un rato, mientras yo seguía con los ojos cerrados, intentando bajar el pulso.

—No sé. ¿Está?

—No.

Me dio vuelta de un movimiento. Quedé en cuatro patas, con la cara apoyada en la almohada y el culo levantado. Sentí cómo me sacaba el short y la tanga de un tirón y los tiraba al piso. Después sentí su lengua, cálida y precisa, recorriéndome desde abajo hacia arriba, lenta, demorándose en cada centímetro.

Cuando llegó arriba, no se detuvo en lo obvio. Siguió subiendo, abrió mis nalgas con las dos manos y me lamió ahí también, sin prisa, sin pedir permiso. Yo gemí contra la almohada y empujé hacia atrás, pidiéndole sin palabras que no parara.

—Estás toda mojada todavía —dijo entre lengua y lengua—. Si te tocás vas a explotar.

—No quiero tocarme. Quiero que lo hagas vos.

Su lengua bajó otra vez a mi vagina. Me limpió toda la corrida anterior, sin asco, como quien se toma un trago de algo que le gusta mucho. Yo ya no podía pensar. Solo escuchaba mis propios gemidos, amortiguados por la tela, y el ruido húmedo de su boca trabajando entre mis piernas.

—Date vuelta —dijo después de un rato—. Me toca.

Me di vuelta y la encontré arrodillada al pie de la cama, sacándose la remera por encima de la cabeza. Tenía los pezones duros y una línea brillante de sudor entre los pechos. Se acostó al revés, con la cabeza hacia los pies de la cama, y me hizo señas para que me pusiera arriba.

Conozco a Camila desde hace tres años. Le conozco el cuerpo de memoria. Sé que tiene un clítoris más grande de lo común, que ella misma odiaba en la adolescencia y que ahora reivindica como una ventaja injusta. Me senté con cuidado sobre su cara, apoyándome en la cabecera para no caerme, y bajé la cadera hasta sentir su lengua contra mí.

Después me incliné hacia adelante y le devolví el favor.

Su clítoris cabía perfecto entre mis labios. Lo succioné como si fuera lo más delicado del mundo, con la lengua haciendo círculos lentos primero y rápidos después. Ella gimió contra mi vagina, y la vibración de su voz me atravesó entera. Cada vez que ella aceleraba, yo aceleraba. Cada vez que ella aflojaba, yo aflojaba. Era un diálogo silencioso que solo nosotras entendíamos.

Cuando empezó a empujar la cabeza contra mí, supe que estaba cerca. Le metí dos dedos mientras seguía succionándole el clítoris, y los curvé hacia adelante hasta encontrar ese punto que la volvía loca. Ella gritó, gritó de verdad, y me agarró las caderas con las dos manos para sostenerme contra su boca mientras se venía.

Tragué todo. No dejé que se perdiera ni una gota. Cuando levanté la cabeza, tenía la cara empapada y una sonrisa que no me cabía en la boca.

***

Me bajé de encima y me acosté a su lado, las dos boca arriba, las dos mirando el techo. Camila estiró el brazo y agarró el control de la televisión. Pausó la serie, que estaba ya en el siguiente capítulo, en una escena que no tenía nada que ver con la anterior.

—Para la próxima —dijo, todavía agitada—, decime lo que estás pensando.

—Me daba vergüenza.

—¿Vergüenza de qué? ¿Después de todo lo que hicimos hoy?

Las dos nos reímos. Una risa floja, entrecortada por la respiración que todavía no terminaba de normalizar. Camila se giró hacia mí, me apoyó la cabeza en el pecho y me pasó una pierna por encima.

—Mañana terminamos la serie —dije.

—Mañana empezamos otra —contestó ella—. Una con más escenas como esa.

Apagó la televisión. La habitación quedó en oscuridad, salvo por la lamparita de noche del lado de ella, que dejaba un círculo amarillo sobre la sábana arrugada. Yo me quedé escuchándole el corazón, sintiendo cómo el sueño empezaba a vencerme, y pensé que había tardado mucho tiempo en darme cuenta de algo muy obvio: a veces, lo que uno desea está literalmente al lado, esperando a que abra la boca.

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Comentarios (10)

LauraNight

excelente!!! me encanto

Naty_porteña

Me encanto como lo narraste. Muy sensual sin ser grosero, se agradece ese equilibrio. Segui escribiendo!

Lucia_mdq

Quede con ganas de mas, ojala haya segunda parte :)

NachoBsAs

Me recordo algo que viví con una ex. Esos momentos en silencio son los mas intensos. Muy bueno el relato

MarceloR

La tension del comienzo esta muy bien lograda, te atrapa desde el primer parrafo sin necesidad de nada mas

SoniaNoche

Eso siguio pasando despues o fue una sola vez? jaja, quede con esa duda

PatoRosario

jaja la serie hizo mas trabajo del esperado 😂 tremendo relato, muy bueno

Terco88

De esos relatos que se hacen cortos aunque tienen todo lo necesario. Se nota que saben escribir

felipemdz22

Esperando ansioso el proximo. Saludos desde el conurbano

Mati_norte

Me gusto mucho la narracion, se siente real. Seguí contando!

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