Vera me confesó su primera vez anal esa madrugada
Apagué la luz pensando que íbamos a dormir, pero Vera me clavó un codazo en la oscuridad: tenía algo que contarme y no podía esperar a la mañana.
Apagué la luz pensando que íbamos a dormir, pero Vera me clavó un codazo en la oscuridad: tenía algo que contarme y no podía esperar a la mañana.
Llegué cansada del velero y solo quería dormir. Nunca imaginé que esa noche, detrás de un antifaz de flores, dejaría de ser la esposa fiel que siempre fui.
Mi madre rentó el cuarto de sobra a dos hermanos recién llegados, y desde el primer día sentí cómo me desnudaban con la mirada. No imaginé hasta dónde llegaría.
Nunca supe qué fue primero: las ganas de mi marido de verme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama. Aquella noche dejé de fingir.
Llegué temprano del trabajo, me puse una camisa suya sin nada debajo y me arrodillé frente a él. Esa tarde decidí que iba a cumplirle su fantasía, pero con mis reglas.
Le confesé la fantasía a las once y media de la noche. A las dos de la mañana ya teníamos cita cerrada y yo estaba más asustado que ella.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Dijo que no, que estaba bien así, calentita en el sofá. Hasta que el más callado del grupo levantó la cabeza y, con la voz temblando, se atrevió a pedirle lo que ningún otro se animaba.
La cabaña iba a ser su refugio en soledad. Hasta que un motor rompió el silencio del fiordo y bajaron Mikkel y Sigrid, trayendo el final de todo lo que Greta creía ser.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Vino enojada esa tarde de otoño, pero entre los ejercicios y mi calza corta su pie empezó a subir por mi silla y todo cambió.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Guardé la prueba donde la encontré, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada. Esa noche empezó el juego más sucio de nuestro matrimonio.
Sabía exactamente lo que quería esa noche: un hombre que la mirara como suya y no le diera tregua. Solo tenía que cruzar la puerta de aquella habitación.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.