La desconocida del bar quería preñarme esa noche
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Dijo que no, que estaba bien así, calentita en el sofá. Hasta que el más callado del grupo levantó la cabeza y, con la voz temblando, se atrevió a pedirle lo que ningún otro se animaba.
La cabaña iba a ser su refugio en soledad. Hasta que un motor rompió el silencio del fiordo y bajaron Mikkel y Sigrid, trayendo el final de todo lo que Greta creía ser.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Vino enojada esa tarde de otoño, pero entre los ejercicios y mi calza corta su pie empezó a subir por mi silla y todo cambió.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Guardé la prueba donde la encontré, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada. Esa noche empezó el juego más sucio de nuestro matrimonio.
Sabía exactamente lo que quería esa noche: un hombre que la mirara como suya y no le diera tregua. Solo tenía que cruzar la puerta de aquella habitación.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Cuando Inés abrió la puerta a los dos hombres uniformados a las doce en punto, supe que la promesa de una noche tranquila había sido una mentira deliciosa.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
Mi novio roncaba como tronco en la pieza del fondo cuando ella se me acercó. El acento sureño y esos ojos negros me dijeron todo antes que sus manos.
Habíamos hablado cinco meses por chat. Cuando me abrió la puerta del hotel sin maquillaje, en remera negra, supe que ninguna pantalla iba a alcanzar.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.