Tres años limpiando lo que él dejaba en ella
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Cuando él le pidió fregar el suelo de rodillas, ella no había hecho nada mal. Esa era la prueba: obedecer sin castigo, demostrarle que su mano era la única medida.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
Decirle que sí fue sencillo en la oscuridad del cuarto. Enfrentarme a ocho hombres desnudos en aquella sala privada fue otra historia.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
Cuando Saya abrió los ojos en la oscuridad, lo primero que sintió fue el frío del acero en las muñecas y el aliento de Nadia a pocos centímetros de su cara.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.