Caminé por Praga con su marca escondida en mis pies
Me desperté al lado de Martín con esa calma rara que solo aparece en los viajes, cuando una se olvida del horario y del celular y de todo lo que no sea el cuerpo del otro pegado al propio. La cortina dejaba pasar una línea finita de luz gris que caía justo sobre la almohada, y la habitación todavía olía a nosotros, a la noche que habíamos tenido y al café del minibar que él había abierto a las tres de la mañana sin razón aparente.
Bajamos a desayunar sin apuro. Praga estaba fría afuera, pero el comedor del hotel tenía esa luz amarilla de las cosas viejas bien cuidadas. Nos sentamos uno frente al otro, pedimos dos capuchinos y una canasta de panes, y nos quedamos charlando de pavadas. Él me robaba pedazos de medialuna, yo le manchaba el cuello con la servilleta. Le brillaban los ojos. A mí también, supongo.
Cuando subimos, decidimos turnarnos para la ducha así no perdíamos la mañana. Entré yo primero. Salí envuelta en la toalla, me puse una remera suelta y una bombacha cómoda, y me tiré boca abajo sobre la cama mientras él pasaba al baño. Tenía los auriculares puestos, una playlist tranquila que había armado para el viaje, y estaba escuchando un audio larguísimo de una amiga que no se callaba nunca.
No lo escuché salir del baño. No escuché nada. Estaba con el codo clavado en el colchón, el celular en la otra mano, y los pies descalzos balanceándose en el aire, cruzados uno sobre el otro como hacía siempre sin darme cuenta. Cuando vi la sombra moverse al lado de la cama, giré la cabeza.
Ahí estaba, parado, completamente desnudo, mojado, con el pelo chorreando y cara de pedido. Se había olvidado la toalla adentro.
—¿Otra vez? —le dije, sacándome un auricular y riéndome contra la almohada—. Sos un desastre.
Él no me contestó. Se quedó quieto, mirándome, y yo noté enseguida hacia dónde iba la mirada. No a mi cara. A mis pies levantados en el aire.
La verga se le empezó a parar despacio, subiendo, poniéndose gruesa mientras yo seguía ahí tirada, tranquila, con los dedos de los pies estirándose sin que yo los pensara. Me mordí el labio.
—Vení —le dije bajito, todavía boca abajo, sin cambiar de postura—. Acercate. No te quedes ahí parado como un tonto.
Caminó hasta el borde de la cama. Estiré la mano, le agarré la pija, que ya estaba medio dura, y me la metí en la boca sin dejar de mirarlo desde abajo. Se la chupé suave, con ganas, sin apuro, lamiéndole el glande y sintiendo cómo se le endurecía del todo contra la lengua. Él gemía bajito, con la mano apoyada en mi pelo, sin presionar.
Sacó la pija de mi boca de golpe. Tenía la respiración rota.
—Lara… —dijo, y se tragó la voz—. Quiero lechearte los pies.
Sonreí. Me incorporé apenas, me senté sobre los talones, y después junté las plantas de los pies con las rodillas abiertas, ofreciéndoselas como si fueran una bandeja. Le mostré las suelas limpias, rosadas, con las uñas pintadas de negro brillante.
—Hacé lo que quieras —le dije.
Se agarró la pija con la mano derecha y empezó a pajearse rápido, parado a los pies de la cama. Con la otra mano se apoyó en mi tobillo, con una delicadeza que no coincidía con la urgencia de la otra. Me rozaba la suela con la punta de la pija, lento, frotando, mientras él se movía cada vez más rápido. Yo lo miraba desde arriba, apoyada sobre los codos, viéndole la cara contraerse.
Acabó con un gemido largo, de esos que le salen cuando no se aguanta más. Cayeron chorros gruesos sobre mis pies, entre los dedos, sobre las plantas, un poco sobre las uñas pintadas. Quedaron brillantes, pegajosos, con esa leche blanca contrastando contra el esmalte negro. Había acabado muchísimo, como siempre que estaba demasiado caliente.
Me quedé mirándolos un rato, sin moverme. Él respiraba fuerte, con las manos en las rodillas, sonriendo con una vergüenza que no le pegaba. Se me ocurrió algo.
—Hoy no me los limpio —le dije.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Me pongo las medias encima y salimos. Quiero caminar por Praga con tu leche puesta.
No me contestó enseguida. Se quedó mirándome un segundo largo, y después soltó una risa baja, asombrada, como si no pudiera creer lo que le estaba proponiendo. Se acercó, me besó en la boca y me dijo, contra los labios, que estaba loca.
—Sí —le contesté—. Por vos.
***
Me puse unas medias gruesas de algodón, las zapatillas deportivas que venía usando todo el viaje, un jean y el abrigo largo. Sentí la leche repartirse entre los dedos cuando metí el pie en la media. Tibia todavía. Pegajosa. Una sensación que no se parecía a nada, que estaba entre lo asqueroso y lo excitante, y que me hizo apretar los muslos en la puerta del ascensor.
Salimos del hotel tomados de la mano. Praga en febrero tenía ese cielo bajo de siempre y un frío de tres o cuatro grados, ese fresco húmedo que se mete por las mangas. Caminamos por el puente, pasamos por la plaza del reloj astronómico, entramos y salimos de callejones empedrados sin plan fijo. Él me apretaba la mano cada tanto. Yo no le soltaba los dedos.
Al principio, mientras caminábamos, lo sentía clarísimo. Entre los dedos, pegajoso, tibio, moviéndose cada vez que apoyaba el pie. Era como si me hubiera marcado, como si me hubiera firmado con algo que nadie más podía ver. Cada paso me lo recordaba. Pensaba en la gente que pasaba al lado mío y no tenía idea. Pensaba en las chicas del mostrador del hotel, en los turistas que nos preguntaban por direcciones, en el mozo del café donde paramos a mitad de mañana. Ninguno sabía que yo andaba paseando con la acabada de mi novio entre los dedos de los pies.
Me mojaba solo de pensarlo. Me apretaba contra él cada vez que cruzábamos la calle, buscándole el calor.
Con el paso de las horas la leche se fue secando. Primero se puso más densa, una película incómoda entre la piel y la tela. Después empezó a endurecerse, a volverse una costra fina que crujía casi imperceptiblemente cuando apoyaba la planta. Ya no estaba húmeda, pero seguía ahí, marcándome. Estoy caminando por Praga con la leche de Martín seca en los pies —pensaba—. Soy tan suya y nadie se entera. Me salía una sonrisita tonta que él no entendía, o que entendía demasiado bien.
Paramos a almorzar en un lugar chiquito cerca del río, con mesas de madera vieja y ventanas empañadas. Pedimos una sopa de ajo y dos cervezas. Él se inclinó sobre la mesa y me miró con esa cara que pone cuando algo le da vueltas en la cabeza.
—Lara… —me dijo bajito—. ¿Todavía tenés mi leche en los piecitos?
Se me vino todo el calor del día de golpe a la cara. Me había olvidado, lo había tapado con el paisaje y el frío y la sopa, y él me lo devolvía con una frase. Me puse colorada hasta las orejas. No le pude contestar. Solo asentí, escondiendo la cara contra el hombro, y él se rio bajito y me apretó la rodilla por debajo de la mesa.
Me moría de vergüenza y de calentura al mismo tiempo. Era imposible explicarle a alguien que nunca lo hubiera sentido.
Seguimos caminando después del café, más despacio, con menos turismo y más tensión. Pasamos por una calle lateral y vimos un local discreto, con luces rosadas adentro, de esos que una reconoce aunque esté en otro idioma. Nos miramos y entramos sin decirnos nada. Compramos un lubricante anal caro, el que nos recomendó la chica que atendía cuando él le explicó en un inglés destartalado para qué lo queríamos. Pagamos, salimos, y ninguno de los dos dijo nada sobre el paquete que él guardó en el bolsillo interno del abrigo.
Volvimos al hotel de noche, cansados, con las manos frías, con ese peso agradable del día que fue largo y perfecto. Durante la tarde yo casi me había olvidado otra vez de lo que tenía pegado a las plantas. Casi. Adentro de la entrepierna, el calor no se fue en ningún momento.
***
Apenas cerramos la puerta de la habitación, todo lo que había estado aguantando durante el día me explotó encima. Me tiré sobre él, lo empujé contra la pared y lo besé con hambre, con dientes. Le bajé el pantalón, me arrodillé ahí mismo, contra la puerta, y se la chupé. Al principio despacio, con cariño, lamiéndole el glande, metiéndomela hasta la mitad, mirándolo a los ojos desde abajo. Después con más ganas, apretándole los muslos con las manos, tragando.
Él me levantó del piso antes de que pudiera terminarlo. Me cargó hasta la cama, me tiró boca arriba, me sacó las zapatillas una a una. Cuando me sacó las medias y vio los restos secos de la mañana, gimió como si lo hubiera golpeado. Después me sacó el resto de la ropa y me bajó la boca entre las piernas.
Me chupó la concha con devoción, sin apuro, lamiendo despacio, separándome con los dedos, leyéndome el cuerpo como si tuviera un mapa. Yo tenía las manos enredadas en su pelo y no sabía si empujarlo o sacarlo. Me temblaban los muslos.
Se puso un forro, se acomodó encima y entró despacito. Sentí cada centímetro. Cómo me abría, cómo me llenaba, cómo encontraba ese punto exacto adentro que solo él sabía tocar. Era lento, profundo, un polvo lleno de amor y de algo más oscuro que nos veníamos callando todo el día. Me besaba la boca, el cuello, me decía «te amo» entre gemidos. Cada embestida me subía una ola desde el vientre hasta el pecho. Yo estaba tan mojada que se escuchaba el ruido húmedo de los cuerpos chocando, pero todo era suave, acolchado, pleno.
Acabé con un orgasmo que me dejó sin aire. Lo apreté fuerte con las piernas, gemí contra su boca, temblé entera un rato largo. El placer se me volvió demasiado. Le pedí casi llorando:
—Pará, amor… sacala por favor… estoy demasiado sensible… no puedo más.
Salió despacito, se sacó el forro, se acercó a mi cara. Él sabe que, si mi cuerpo no puede seguir por un lado, hay otro que siempre está disponible. No hace falta que me pida permiso. Abrí la boca, le agarré la pija con las dos manos, se la chupé otro rato, con la cara todavía caliente del orgasmo de antes. Acabó sobre mí: varios chorros calientes me cayeron en la mejilla, en los labios, en la nariz. Me dejó la cara llena de su leche.
Nos fuimos juntos a la ducha. El agua caliente nos envolvió y él me limpió la cara con un cuidado que siempre me desarmaba. Yo levanté los pies para que el chorro arrastrara los últimos restos secos de la mañana. Nos enjabonamos entre besos, riéndonos, tocándonos, sin cansancio ya.
Cuando nos metimos en la cama, abrazados, con el pelo mojado y la piel tibia, le pasé la mano por el pecho y le dije bajito, contra la clavícula:
—Mañana quiero sentir tu leche adentro, amor. Quiero que me hagas el amor por la cola. Quiero que me llenes toda.
Él sonrió contra mi frente y me apretó más fuerte contra su cuerpo. No hacía falta que me contestara.