Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El amo me enseñó a llamar al sexo por su nombre

Damián me había cortado la respiración tres veces con su verga dura y gruesa, enterrando el capullo hasta que tocaba el fondo de mi garganta. En el tercer envite sentí cómo presionaba los giros de mi cuello, forzándolos a enderezarse para recibirlo mejor. Hice una seña a Camila para que cambiáramos de posición y ella dejó de devorarme el coño. Damián se bajó de encima.

Por enésima vez me arrepentí de no haberme depilado. Llevaba semanas sin tiempo para coincidir con Tomás en el gimnasio, que era cuando rasuraba la selva que crecía entre mis piernas cuando la descuidaba. No era muy sociable. Aparte de la gente del trabajo, apenas tenía relaciones con nadie. Las pocas veces que había intentado ligar con hombres habían terminado mal. Con mujeres me llevaba algo mejor, pero tampoco forzaba nada.

Ni siquiera me rasuraba para los vídeos que subía a mi cuenta privada como Lady Kate, por mucho que insistiera mi agente. Alguna vez había entrado a leer los comentarios: cuando aparecía depilada, los seguidores lo celebraban dando por hecho que lo había hecho porque había follado con alguien. Y ahora Damián me estaba viendo por primera vez con toda esa selva. Un desastre. Me había fijado: todas las demás sumisas iban completamente lampiñas.

Me penetró de un envite, duro, sin transición. Me llevó al primer orgasmo antes de que pudiera entenderlo. La excitación de la asfixia, la fantasía cumplida de tener su miembro en mi garganta, la fricción brutal… Apenas me dio tiempo de respirar antes de que Camila volviera a montarse sobre mi cara, tapándome la boca con el coño y la nariz con el culo.

Sabía que podía quitármela de encima. Pesaba mucho menos que yo. Pero a Damián no le iba a gustar. Intenté tomar aire. Camila taponaba con una eficacia asombrosa. Los envites de Damián en mi vagina poco usada, el tamaño de su polla —mucho mayor que el de Tomás— y más de un mes y medio sin follar me tenían al borde del colapso. La falta de aire se convirtió en pura excitación, pero aun así prefería respirar. Solo que no podía.

Estaba a punto de empujarla hacia fuera cuando Damián me tiró con fuerza del vello púbico. El dolor se tradujo en un relámpago de placer que me puso al borde del segundo orgasmo. Camila se levantó un segundo. Inspiré a fondo, intenté concentrarme en controlar la culminación como me había enseñado Tomás. Una respiración, dos, y el orgasmo me atravesó casi en seco. Inspirar, inspirar, inspi…

Ella volvió a bajar y me cortó el aire otra vez.

Nunca había sido multiorgásmica con un hombre. Ni siquiera con una mujer, salvo cuando me hacían daño. Y, salvo Tomás y ahora Damián, jamás había permitido que un hombre me lastimara durante el sexo. Me faltaba el aire. Mis pulmones me dolían. Apreté los dientes contra el coño de Camila. Ella aguantó, aunque tenía que estar sufriendo. La falta de oxígeno, la presión de las paredes de mi vagina, la fricción… me estaban llevando por segunda vez al límite.

Damián volvió a tirar del vello. Otro latigazo de dolor que disparó la energía al clítoris. Mi boca quedó liberada. Algunas gotas cayeron sobre mi cara. ¿Se está corriendo Camila con esto?, pensé. Una gota cayó cerca de la comisura de mis labios. Saqué la lengua. Sabía a metal. Sangre.

La lengua salió con la primera respiración y volvió a entrar en la segunda inspiración, que otra vez fue cortada por la joven.

Esta vez sí intenté quitármela de encima. Mis pulmones clamaban desde el primer segundo porque apenas había tenido tiempo de llenarlos. Empujé. Camila se apoyó con una fuerza increíble, como si supiera que iba a intentarlo. Apreté los dientes contra su coño, con más saña. Ella no cedió. ¿Hasta dónde llegan las órdenes que le ha dado?, pensé. Porque si esto es cosa suya, no aguantaría un mordisco así, a menos que sea tan masoquista como yo.

Apreté todavía más. Ella aguantó. Se me acababa el tiempo. Mis pulmones enviaban oleadas de dolor al resto del cuerpo. Mi coño ardía. Damián me tiró otra vez del vello, ahora con tanta violencia que sentí salir algunos pelos, y remató con un golpe seco en el estómago.

No lo pude controlar.

Por primera vez desde mis prácticas adolescentes con María de los Ángeles, mi cuerpo ganó la batalla a mi voluntad. El orgasmo me arrasó. Más fuerte que los primeros. Más fuerte que cualquier placer que hubiera sentido en mi vida. Y mientras el placer me llenaba cada célula, la anoxia iba apagando mi cerebro. Merece la pena, pensé al final, morir por un orgasmo así.

Perdí el sentido.

***

Desperté con una mascarilla de oxígeno sobre la cara y el sabor metálico todavía en la lengua. Camila seguía arrodillada junto a mí. Damián miraba la pantalla del pulsómetro sin dejar de bombearme, aunque con ritmo más lento. Mi cuerpo respondía solo: los músculos vaginales seguían apretándole, aún con más fuerza.

—¿Sigo ahogándola, amo? —susurró Camila.

Él negó con la cabeza. Camila se volvió a colocar sobre mi cara, pero esta vez sin tapar la boca ni la nariz.

—¡Ahora chupa! —ordenó seca, tal como él le había indicado—. ¡Vamos, puta estúpida, tienes que hacer que me corra!

Me mostré remisa. No porque me disgustara comerle el coño, sino porque acababa de ahogarme. Camila bajó un poco más y me tapó de nuevo la boca.

—¡Lame, puta estúpida, sin parar, hasta que me corra o te vuelvo a dejar sin aire!

No me había convencido del todo la primera experiencia. Empecé a pasar la lengua por su coño, desde la mandíbula hasta casi la nariz, llegando al perineo. Camila se incorporó lo justo para dejarme respirar. Aumenté el ritmo, pese al sabor de la sangre que había provocado con mis dientes.

Damián bombeaba sin piedad. Ni para ella ni para él. El sudor le caía por la cara. Llevaba esa noche tres orgasmos con Camila, más uno antes de la cena con otra de las chicas. Yo sabía que no era por mí que empujaba así: era él quien necesitaba esa violencia para llegar.

Pasaron quince minutos desde mi riada orgásmica hasta que Camila se corrió entre agradecimientos e insultos dirigidos a mí. Yo lo hice poco después, apretándole la polla hasta casi estrangularla con las contracciones de mi vagina. Eso le permitió a Damián descargar una cantidad escasa para lo habitual en él.

***

Cuando todos estuvimos vacíos, nos mandó a ducharnos juntos. La cabina de dos por dos con múltiples chorros se llenó de vapor en segundos. Tomé la esponja, la llené de jabón y empecé a frotarme.

—Dame la esponja, puta estúpida —dijo Camila entrando la última.

—Las cosas se piden por favor —contesté—. Y te la paso cuando termine. Y no me llames eso, que ya no te estoy lamiendo nada.

—No entiendes nada, puta estúpida.

—Dale la esponja, puta estúpida —intervino Damián, interponiéndose entre el agua y yo—. Y después túmbate en el suelo del baño, apoya los puños cerrados y haces cien flexiones. Quiero que los pezones te queden a cinco centímetros del suelo, cuentas hasta quince y subes hasta extender los brazos. El cuerpo siempre recto.

—Perdón, amo —respondí bajando la cabeza y avanzando para entregarle la esponja—. Yo… yo no…

—¡Ahora! —subió el tono, empujándome fuera del agua.

Salí. Me tendí en la baldosa fría y empecé a contar. Mientras tanto, Camila enjuagó la esponja y empezó a enjabonar a Damián con devoción, mojándose solo cuando la postura lo exigía. Él, sin embargo, se las arregló para que terminara empapada. Luego, cuando se enjuagaba, le ordenó que se enjabonara a sí misma, pero ni las tetas ni el coño.

—Gracias, amo.

Cuando terminó de aclararse, él mismo le vertió jabón sobre los pechos incipientes y sobre el coño, separándole los labios con los dedos y metiéndole dos adentro, antes de pedirle la esponja para frotar. La dejó enjuagarse mientras la manoseaba.

Desde el suelo, yo seguía contando.

Camila se mojó el pelo, se calzó unas zapatillas de rizo y salió. Se colocó entre mis brazos, justo cuando yo llegaba arriba en una flexión, un poco descentrada, obligándome al bajar a apoyar los labios sobre su empeine derecho. Al subir, dio un paso atrás, se inclinó sobre mí, tomó su pelo con las manos y lo escurrió sobre mi cabeza. El agua cayó fría, mezclándose con el jabón seco que todavía me cubría parte del cuerpo.

Seguí contando. Flexión sesenta y nueve.

Camila fue a buscar toallas limpias y zapatillas nuevas. Se arrodilló para secarle los pies a Damián. Antes de ponerle las zapatillas, besó ambos. Cambió de toalla para los muslos, el sexo y los glúteos. Le besó la punta de la verga y las nalgas. Otra toalla para el tronco. Le besó los pezones. La última para la cabeza.

Miré de reojo todo el ritual. Y fui dándome cuenta, poco a poco, de los fallos que había cometido yo misma.

***

Damián y Camila salieron del baño hacia la habitación. Ella apenas se había secado con las toallas mojadas de él.

—Puta estúpida —me ordenó Damián cuando iba por la flexión ochenta y ocho—, no te levantes. Avanza así hasta la habitación. Si algo del entrenamiento militar de tu novio te quedó, serás capaz. Y apoyas mal los pies.

Resoplé. Siempre me había arrastrado con los codos, nunca con los brazos en posición de flexión. Me costó moverme. Cuando llegué a la habitación, Damián y Camila estaban sentados en el borde de la cama, hablando en voz baja.

—Te has movido —dijo él al verme—. Empieza a contar desde uno. Y añade diez flexiones por no apoyar los pies como te he dicho.

Mientras yo hacía las ciento diez flexiones, hablaron de cederme a otro hombre. Camila parecía contenta con la idea. Terminé, me incorporé y me dirigí al baño.

—¿Adónde vas, puta estúpida? —preguntó Damián.

—A la ducha, amo.

—Has perdido ese derecho con tu actitud. Arrodíllate a los pies de la cama.

Obedecí. Me quedé rígida sobre las rodillas, lo que noté que lo decepcionó un poco. Probablemente esperaba poder reñirme también por la postura.

—¿Eres consciente de tu fallo? ¿Te has fijado en cómo se comportaba Camila?

—No, amo —mentí. Tenía miedo de que hubiera algo más que no hubiese captado.

—Para empezar, tienes que asumir que si quieres ser mi esclava, no eres nada. Y eso tiene que reflejarse en tu actitud. —Pulsó el botón del intercomunicador—. Lía, pon la escena de la ducha en la pantalla.

—Sí, amo —respondió una voz distorsionada desde los altavoces.

—Pero qué amo eres —se me escapó—. Si hasta has reconfigurado a Alexa…

Me callé al ver su cara. Y también al ver encenderse la televisión. Camila soltó una carcajada y se acercó a susurrarle algo al oído. Él también se rio. La pantalla mostraba el baño de hacía unos minutos, desde que los tres habíamos entrado a la ducha. Damián dejó que se reprodujera entero, mientras metía mano a Camila y ella le lamía la oreja.

—Sabes —dijo cuando acabó el vídeo— que te has ganado un castigo por cómo me has tratado. Y al amanecer ya veremos qué otros.

—Perdón, amo —dije, aunque mi tono no tenía demasiada súplica—. Es la costumbre. Aceptaré cualquier castigo.

—Ten por seguro que te lo impondré. No ahora, porque podría interferir con tu trabajo. Pero para empezar, cuenta lo que ha pasado en la ducha. Desde el principio.

—Sí, amo. Camila me llamó eso que me molesta mucho…

—Tienes un problema.

—Sí, amo, lo sé. Es la falta de costumbre en este tipo de relaciones.

—Relaciones en las que follas. ¿Follas con alguien más aparte de tu novio? ¿Con otro tío?

—No, amo. Con más hombres, no. Solo con alguna mujer. Se me da mal relacionarme con hombres fuera del trabajo.

—Bien —dijo, y se volvió a morrear a Camila—. Ese es tu segundo problema, no el primero. Ahora dilo como corresponde. Sin pronombres. Sin rodeos. Llamando a las cosas por su nombre.

—No entiendo.

—Graba, Camila.

La joven sacó un móvil y me apuntó. Yo llevé un brazo a las tetas y la otra mano al coño, un gesto automático.

—Ahora separa las piernas. En esa posición, pero con las rodillas a un metro. Las manos en la nuca.

Adopté la postura. Sentí cómo me ardía la cara.

—Bien. Mientras no te diga lo contrario, cuando yo esté desnudo y te ordene descanso, adoptarás esa postura, haya quien haya delante. Ahora vas a repetir tres frases a la cámara. Antes de cada una dirás: «Soy una puta estúpida que no sabe follar, y por eso digo mal», y la frase. Elige: la de la ducha, la que acabas de decir, o la primera de tu relato.

—La última, amo —pedí, con el tono correcto en el vocativo.

Me explicó el gesto con la mano: bajar la mano para empezar, cambiarla de lado para pasar a la siguiente frase.

—La frase correcta —dijo— es: «Con más tíos no follo. Solo jodo con alguna puta, como yo. Se me da mal buscar a tíos para chingar fuera del trabajo».

Asentí. Bajó la mano. Camila pulsó el botón rojo. Conté mentalmente hasta quince.

—Soy una pu… puta estúpida que no sabe fo… follar. Y por eso digo mal: Con más tíos no fo… follo. —Cada vez estaba más roja, al borde del colapso—. Solo jo… jodo con alguna pu… puta estúpida, como yo. Se me da mal buscar a tíos para chi… chingar. Fuera del trabajo.

Damián movió la mano de derecha a izquierda. Me tocaba la segunda.

—Perdón, amo. ¿Cuál va ahora?

—La de la ducha. Otro castigo por preguntar.

Tragué. Volví a empezar.

—Soy una pu… puta estúpida que no sabe fo… follar. Y por eso digo mal: ¿Pídemelo por favor? No me llames… puta. Estúpida que no te estoy comiendo el co… coño.

—Vas captando la idea. Ahora hazlo sin cacarear. Y si te sale, en el relato no habrá castigo.

Respiré. La última.

—Soy una puta estúpida que no sabe follar. Y por eso digo mal: Camila me ha llamado puta estúpida, lo cual me molesta porque en mi educación esas palabras estaban proscritas. También me cuesta hablar de todo lo que tenga que ver con el se… sexo.

—¿Por qué? —preguntó Damián, con curiosidad genuina.

—Mis padres son parte de una comunidad cristiana muy conservadora, amo. Una rama antigua, con raíces en una congregación que llegó a Europa desde el sur de la India en el siglo XVI. En casi todo aceptan la doctrina mayoritaria, pero en lo que tiene que ver con el cuerpo son estrictos como pocos.

—Te educaron en el silencio.

—Me educaron en los rodeos. «Hacer eso con los chicos es malo», «una chica no se queda a solas con un chico», «cuidado con los chicos, incluso los de la comunidad, porque pueden meterte eso y dejarte embarazada». Una vez le pregunté a mi madre si eso incluía a mis hermanos. Casi se desmaya.

—¿Cuántos hermanos?

—Cinco mayores y uno menor. Y dos hermanas mayores y dos menores. Soy la octava de once.

Damián soltó una risa ronca.

—Así se entiende tu carácter combativo. Porque por educación, seguro que no.

—Ni tampoco por mis hermanos. Ellos eran mansos. Ni peleas ni malas palabras. Ni siquiera para describir lo que era pecado se decía. Esa fue otra peculiaridad de mi comunidad: predicaban la paz y la mansedumbre cuando el mundo alrededor predicaba lo contrario. Y eso me valió mi primer gran castigo, amo. Pero también mi mayor autoconocimiento.

—Algún día me lo contarás.

—Cuando el amo lo ordene.

Él sonrió. Camila seguía grabando. Yo, arrodillada con las manos en la nuca, sentí que acababa de decir en voz alta palabras que no había pronunciado jamás, y que detrás de la humillación había un alivio extraño, casi líquido, que no sabía cómo llamar.

Valora este relato

Comentarios (8)

martin1010

excelente!!!

RosaLectora

Se me hizo cortisimo, por favor que haya segunda parte

NicoLector

Me engancho desde la primera linea. Hay algo en como esta escrito que se siente muy real, no es facil lograr eso

Curioso77

Muy bueno, cada parte tiene su momento. Quede con ganas de mas

Valentina_K

Vas a escribir una segunda parte? el final deja con ganas de saber como continua...

Marcos_C

jajaja me sorprendio el giro, no lo vi venir para nada

NocheExtraña

Muy bien logrado. Me recordo a algo que vivi hace tiempo y que tenia casi olvidado. Sigue escribiendo!

PatriciaM

No es facil escribir sobre estas tematicas sin que suene forzado, y aca funciona perfecto. Espero el proximo relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.