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Relatos Ardientes

El sótano donde perdieron su libertad

4.1(50)

El apartamento 8 de la calle Durazno estaba en penumbra cuando Saya empujó la puerta con el hombro, cargando en brazos la peluca color cereza que había llevado puesta durante dos días seguidos. Era una noche de verano inusualmente calurosa, y el silencio del edificio contrastaba con el zumbido que todavía les resonaba en la cabeza después de tres jornadas de convención.

Nadia entró detrás de ella y cerró con llave sin encender la luz del pasillo. Conocían ese espacio de memoria: cada crujido del parquet, la posición exacta del sofá, la pila de mangas que siempre estaba a punto de caerse del estante.

—No puedo ni con los pies —murmuró Saya, dejándose caer en el sofá con las botas todavía puestas.

Nadia se arrodilló frente a ella y le quitó las botas sin decir nada. Era así entre ellas desde hacía dos años: una hablaba, la otra hacía. Se habían conocido en una sesión de cosplay, habían pasado de colaboradoras a amigas y de amigas a algo que ninguna de las dos nombraba con demasiada frecuencia pero que las dos entendían con claridad.

Saya medía 1.54 y tenía esa fragilidad que engañaba a quien no la conocía bien. Su piel era clara, casi translúcida bajo la luz directa del sol, y su cuerpo menudo escondía una energía que podía sostener cuatro sesiones de fotos seguidas sin parpadear. Sus ojos color miel se cerraban ahora con la lentitud dulce del agotamiento genuino. En la convención había firmado más de doscientas fotos.

Nadia era apenas un centímetro más alta, pero su presencia llenaba el espacio de otra manera. Llevaba el cabello castaño cortado por encima de los hombros, y sus ojos verdes tenían esa expresión de quien observa todo antes de opinar.

—Ducha primero —dijo Nadia.

—Ducha primero —repitió Saya, como un eco sonámbulo.

Nadia sonrió. Le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie. En el baño, el vapor empezó a subir antes de que terminaran de desvestirse. Saya se sacó la camiseta por encima de la cabeza y quedó en ropa interior, la piel clara marcada por las costuras del sostén después de dos días de compresión. Nadia la observó un instante más del necesario.

—¿Qué? —preguntó Saya.

—Nada —dijo Nadia, y le desabrochó el sostén por detrás—. Que te ayudo.

Las tetas pequeñas de Saya cayeron libres, los pezones rosados endurecidos por el contraste con el vapor. Nadia se quitó también la ropa, sin apuro, y las dos entraron bajo el chorro caliente. El agua les corría por los hombros, por la espalda, entre los muslos. Saya apoyó la frente en el pecho de Nadia y suspiró.

—Estoy muerta.

—Yo también.

Pero Nadia le pasó una mano jabonosa por la cintura, por las caderas, por el vientre plano, y Saya sintió cómo el cansancio se desplazaba a un segundo plano. La otra mano de Nadia le rozó un pezón, casi sin querer, casi con querer. Saya levantó la cara y buscó su boca.

Se besaron con la lentitud de quien tiene toda la noche por delante. Las lenguas se encontraban, se retiraban, volvían. Nadia le mordió el labio inferior y Saya soltó un gemido corto que rebotó contra los azulejos. La mano de Nadia bajó por el vientre hasta el pubis depilado y dos dedos se abrieron paso entre los labios ya húmedos —húmedos no de agua— del coño de Saya.

—Estás mojada —susurró Nadia contra su oreja.

—Cállate.

—Estás muy mojada.

Los dedos entraron y salieron con calma. Saya se aferró a los hombros de Nadia y separó un poco las piernas para dejarle sitio. Bajo el agua caliente, la fricción se volvía casi líquida. Nadia le buscó el clítoris con el pulgar y empezó a trazar círculos pequeños, sin prisa, mirándola a los ojos.

—Nadia —jadeó Saya—, la cama.

Salieron chorreando, envueltas a medias en una toalla que se les cayó a los tres pasos. Nadia empujó a Saya contra el colchón y le abrió las piernas con las rodillas. Le mamó un pezón, luego el otro, mordiéndolos apenas, mientras dos dedos volvían a hundírsele hasta los nudillos. Saya arqueó la espalda.

—Más —pidió.

Nadia bajó por el vientre dejando un rastro de saliva y agua, y hundió la boca entre las piernas de Saya. Le chupó el clítoris con la punta de la lengua, después con los labios, mientras seguía cogiéndola con los dedos. Saya le agarró el pelo mojado con las dos manos y le apretó la cara contra su coño.

—Así, así, no pares, por favor.

La corrida le llegó rápida, sin aviso: un espasmo que le contrajo los muslos alrededor de la cabeza de Nadia y le arrancó un gemido largo, casi un llanto. Nadia siguió lamiendo hasta que Saya empujó su frente para apartarla, sobresensible.

—Ven —dijo Saya, todavía temblando.

Tiró de Nadia hacia arriba y se besaron con el sabor todavía en la lengua. Después, con una habilidad que dos años de práctica les habían dado, Saya rodó encima de ella. Le abrió las piernas y encajó su muslo contra el coño de Nadia, mientras el propio muslo de Nadia le presionaba el suyo. Empezaron a moverse tijera contra tijera, coño contra coño, la humedad de las dos mezclándose en cada empuje.

—Mírame —pidió Nadia.

Saya la miró. No dejó de mirarla mientras se frotaban, mientras los gemidos se hacían más cortos, mientras Nadia se agarraba a las sábanas y arqueaba el cuello. Cuando la sintió correrse, cuando notó el temblor pequeño y prolongado en el muslo que la apretaba, Saya se dejó ir por segunda vez, sin aviso, sin ruido, apenas con la boca abierta contra el hombro de su compañera.

Se quedaron quietas, respirando encima del sudor de la otra. Nadia le apartó el pelo húmedo de la frente.

—A dormir.

Saya no contestó. Ya dormía.

***

Lo que ninguna de las dos vio fue la furgoneta gris aparcada a media cuadra del edificio. Ni la silueta que llevaba cuarenta minutos observando las ventanas del cuarto piso desde el asiento del conductor. Ni el momento exacto en que esa silueta bajó del vehículo, cruzó la calle y entró por la puerta de servicio, que llevaba semanas con el cierre eléctrico roto.

Ciro trabajaba con la precisión de quien no improvisa nunca. Llevaba diez días estudiando sus hábitos. Sabía que volvían siempre tarde del último día de convención, cargadas de material y agotadas hasta los huesos. Sabía que el edificio tenía cuatro pisos, que el ascensor hacía ruido y que las escaleras de servicio no. Subió sin encender la linterna, con el pañuelo ya preparado en el bolsillo izquierdo del abrigo.

La puerta del apartamento cedió sin resistencia. Habían olvidado echar el pestillo.

Demasiado cansancio. Demasiada confianza.

Encontró a Nadia dormida boca arriba sobre la cama, con el camisón enredado en las caderas. A su lado, Saya dormía de costado, la mejilla apoyada en la palma de la mano, el cabello negro desplegado sobre la almohada como tinta derramada. Todavía olían a jabón y a sexo.

Trabajó en silencio y con velocidad. Cuando terminó, el apartamento tenía el mismo aspecto de siempre. Solo que ya no había nadie consciente para habitarlo.

***

El despertar de Saya fue violento en el peor sentido posible: sin ruido, sin impacto físico, solo la conciencia repentina de que algo estaba profundamente mal.

Abrió los ojos y encontró oscuridad casi total.

Intentó llevarse las manos a la cara. No pudo.

Sus muñecas estaban inmovilizadas a la espalda, atadas con algo que no cedía. Sus tobillos, anclados a un punto fijo que no lograba identificar. El suelo bajo sus rodillas era de metal frío, con vibraciones que le confirmaron lo que el olfato ya le había sugerido: estaba dentro de un vehículo en movimiento.

El aire olía a metal y a algo químico que le dejaba la nariz adormecida.

Giró la cabeza con desesperación.

A menos de treinta centímetros encontró el rostro de Nadia.

—¡Mmph! —intentó llamarla, pero algo le separaba los labios e impedía que el sonido tomara forma.

Los párpados de Nadia tardaron varios segundos en levantarse. Cuando lo hicieron, la confusión duró apenas un instante. Sus ojos verdes recorrieron el espacio en décimas de segundo y llegaron a la misma conclusión que Saya había alcanzado antes que ella: estaban atrapadas, inmovilizadas, y en manos de alguien que sabía exactamente lo que hacía.

Ambas intentaron moverse. Las cuerdas respondieron tensándose.

El vehículo tomó una curva cerrada y las dos mujeres se inclinaron al mismo tiempo hacia el mismo lado, sin poder hacer nada para evitarlo. En la oscuridad de la parte trasera, sus ojos buscaron los de la otra con la misma urgencia que los ahogados buscan la superficie.

Saya encontró la mirada de Nadia y no la soltó.

No me sueltes.

El pensamiento era silencioso pero llegó igual. Nadia lo recibió y asintió apenas, lo suficiente para que se notara.

***

El Campo estaba a más de ochenta kilómetros de cualquier carretera con nombre en el mapa. Lo rodeaban bosques y cordillera, y sus instalaciones estaban diseñadas para que nada de lo que ocurriera dentro pudiera llegar afuera.

Vera dirigía ese lugar con la eficiencia fría de quien ha hecho la misma cosa demasiadas veces como para que le quite el sueño. Era una mujer corpulenta, de movimientos deliberados, con la costumbre de hablar en voz muy baja cuando quería que la temieran.

Esperaba junto a los portones cuando la furgoneta de Ciro se detuvo con un chirrido leve.

Abrió las puertas traseras sin apresurarse.

Las dos jóvenes la miraron con los ojos desorbitados y las mejillas húmedas de lágrimas. Vera las examinó durante unos segundos, con la misma expresión con la que un escultor examina el bloque de mármol antes de trazar el primer corte.

—Bienvenidas —dijo en voz baja.

***

Lo que siguió fue un proceso largo que Saya y Nadia vivirían en fragmentos, como si la conciencia se negara a registrarlo de forma continua. La luz artificial no cambiaba nunca. No había ventanas. Los momentos de vigilia se interrumpían sin aviso.

Las instrucciones que Vera había recibido eran extremadamente detalladas. El hombre que las había encargado —Rodrigo, abogado de cuarenta y ocho años, con trajes que parecían costar lo que muchos ganaban en un mes— había visto a las dos cosplayers en un video de la convención y algo en su similitud física, en esa ilusión de ser casi idénticas sin serlo, había despertado en él una fijación que no tardó en convertirse en una orden de captura. Las quería juntas. Siempre juntas.

Vera leyó las instrucciones una sola vez y las memorizó. Luego las quemó.

***

Cuando Saya recuperó la conciencia por segunda vez, el dolor llegó antes que la orientación.

Tardó varios segundos en entender la posición de su cuerpo. Estaba de pie, o algo parecido a estar de pie, sostenida en parte por cadenas que ascendían hacia las sombras del techo. Frente a ella —a centímetros de distancia, pecho contra pecho, aliento contra aliento— estaba Nadia. Las dos completamente desnudas.

Sus cuerpos estaban en contacto forzado desde los hombros hasta las caderas. Los pezones de Saya rozaban los de Nadia con cada respiración. Cada intento de cambiar el peso de un pie al otro provocaba una consecuencia inmediata que afectaba a las dos.

Nadia abrió los ojos al mismo tiempo que Saya entendía dónde estaba.

Sus pupilas tardaron un segundo en enfocar. Luego encontraron los ojos de Saya y en esa mirada no había palabras posibles, pero sí algo que las dos reconocieron de inmediato: la otra seguía ahí. La otra seguía viva. El resto, por un momento, quedó suspendido.

***

Vera caminaba alrededor de la estructura con las manos cruzadas a la espalda, examinando su trabajo con calma. El único sonido en el sótano era la respiración entrecortada de las dos mujeres y el crujido leve de las cadenas cuando alguna intentaba, por puro reflejo animal, cambiar de posición.

Cada movimiento tenía consecuencias que alcanzaban a la otra. Era el principio fundamental del diseño: nada de lo que hiciera una podía dejar de afectar a la otra. Eran un sistema único, conectado e indivisible. La rebeldía de una se convertía automáticamente en el castigo de la otra.

—Si se quedan quietas, aprenden a estar cómodas —dijo Vera con su voz baja—. Si se mueven, aprenden lo que cuesta moverse.

Ninguna de las dos respondió. No podían.

***

Saya decidió no apartar la mirada de los ojos de Nadia.

En las horas que siguieron aprendió a leer en esa mirada verde todo lo que los impedimentos físicos evitaban decir. Aprendió cuándo Nadia estaba a punto de ceder al pánico y cómo acompasarle la respiración con la suya para que no cayera. Aprendió a comunicar con los ojos y con la tensión de los músculos lo que ninguna otra parte de su cuerpo podía expresar.

Nadia aprendió lo mismo.

Fue Nadia quien inclinó primero la cabeza, apenas unos milímetros, hasta que su frente encontró la de Saya. No era un gesto de rendición. Era una declaración hecha sin palabras: todavía había algo entre ellas que los metales y las cadenas no habían tocado. Una zona de contacto que era solo suya.

Saya cerró los ojos.

Todavía somos nosotras. Que se queden con todo lo demás.

El pensamiento era frágil. Era lo único que tenía.

***

Rodrigo llegó al Campo a media tarde del segundo día, con la parsimonia de alguien que sabe que lo que va a encontrar no va a desaparecer. Llevaba un traje gris oscuro y los zapatos impecablemente limpios a pesar del camino de tierra que rodeaba el complejo.

Vera lo esperaba en la entrada.

—Todo según lo que pediste —dijo.

Rodrigo asintió y no respondió. Siguió sus pasos por el pasillo que llevaba al sótano sin apresurarse. Cuando empujó la puerta y vio la estructura en el centro de la habitación, se detuvo un momento.

Las dos mujeres lo miraron. No tenían forma de no hacerlo.

En los ojos de Saya, Rodrigo leyó algo que le interesó más que el miedo habitual: una rabia fría, contenida, que no se había extinguido con el tiempo ni con el proceso. En los de Nadia, leyó algo diferente: una espera. Como quien ha tomado una decisión interna y aguarda el momento de ejecutarla.

Ambas cosas le gustaron.

—Son exactamente lo que buscaba —murmuró, más para sí mismo que para Vera.

Rodeó la estructura despacio, examinando la piel expuesta de las dos, las tetas comprimidas entre los dos torsos, los muslos que temblaban por el esfuerzo de sostenerse. Le pasó a Saya un dedo por la mandíbula, sin apretar, casi con curiosidad. Saya no bajó la mirada.

Rodrigo lo notó y sonrió levemente.

—Qué bien —dijo.

Luego se volvió hacia Vera.

—Prepara el transporte para mañana al amanecer. Quiero que estén en mi casa antes del mediodía.

Dio media vuelta y cruzó la puerta sin mirar atrás. El clic del cerrojo al cerrarse resonó en las paredes de concreto del sótano.

Las cadenas crujieron cuando las dos mujeres intentaron, al mismo tiempo y por el mismo reflejo, reaccionar ante ese sonido. El movimiento compartido tuvo consecuencias inmediatas que las obligaron a detenerse.

En el silencio que quedó, Saya encontró de nuevo los ojos de Nadia.

La frente de su compañera estaba perlada de sudor. Tenía el labio inferior ligeramente hinchado. Sus ojos verdes, sin embargo, seguían mirando con esa misma determinación tranquila que Rodrigo había interpretado como una espera pasiva.

No era pasiva.

Era otra cosa. Era lo que queda cuando se ha perdido casi todo lo demás y lo poco que permanece intacto se vuelve lo único que importa proteger.

***

Esa noche —si es que era de noche, si es que el tiempo seguía existiendo de algún modo dentro de esas paredes— Saya y Nadia aprendieron a respirar juntas.

Era lo único que podían hacer sin que doliera: igualar el ritmo de sus pechos, dejar que el aire que salía de una llegara a la otra, construir en eso un lenguaje mínimo pero real. No era un consuelo. Era una decisión.

Afuera, la oscuridad del bosque no dejaba pasar ninguna luz.

Adentro, las cadenas sostenían un peso que era dos cuerpos pero también una sola cosa: lo que quedaba cuando alguien intenta quitarle a dos personas todo lo que tienen, y descubre que hay algo que no se puede quitar porque no tiene forma física.

Las dos lo sabían.

Nadie más en ese lugar lo sabía todavía.

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4.1(50)

Comentarios(10)

NocturnaR

Que inicio tan perturbador... me dejo sin respiracion desde la primera linea. Excelente!!

Mateo_Bn

La tension que se siente desde el primer parrafo es increible. Esperando ansioso la segunda parte

DarkReader09

genail, de verdad. Hacia tiempo que no leia algo en esta categoria que me enganchara tanto

Persefone

Se siente el frio y la oscuridad en cada palabra, es de esas historias que te meten adentro sin aviso. Sigue publicando por favor!

RubenSur23

Buenisimo. Es un relato cerrado o hay mas partes? Quedo con muchas ganas de saber que pasa

Sandra1282

Que intensidad!! Me tuvo pegada hasta el final, no pude parar. Gracias por compartirlo

Luzdeluna_88

se hizo cortisimo :( queria mas

CarmenVR_76

La escena inicial me recordo a algo que lei hace años y nunca pude olvidar. Este relato me genero esa misma sensacion, de las que te quedan dando vuelta

Damian77

muy bueno y morboso. gracias

lector77

jajaja el giro que pega al final no me lo esperaba para nada, tremendo

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