Mi madrastra me dio la lección que jamás olvidaré
Cuando mi madrastra echó la llave a la puerta del dormitorio y empezó a desabrocharse la blusa, supe que aquel castigo no iba a parecerse a ningún sermón anterior.
Cuando mi madrastra echó la llave a la puerta del dormitorio y empezó a desabrocharse la blusa, supe que aquel castigo no iba a parecerse a ningún sermón anterior.
Toqué el dulce con la cuchara y se la pasé en la falda. Empezó a comer mirándome y supe, en el segundo lametón, que esa tarde nadie iba a estudiar.
Cada vez que necesitaba las llaves, él lo sabía. Y yo también sabía lo que venía después, aunque nunca me acostumbré del todo.
Cuando me abrió la puerta con el pelo todavía mojado, supe que había soñado con ese momento desde la adolescencia, sin atreverme a nombrarlo.
La noche de mis dieciocho años, mi padre quemó mi única carta de libertad. Entonces supe que jamás me dejaría marchar.