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Relatos Ardientes

Mi prima se presentó enojada y todo terminó distinto

Aquel sábado de julio había planeado quedarme estudiando para la última materia que me quedaba antes de cerrar la cursada. Mis padres salieron temprano a almorzar con unos viejos amigos en una quinta a las afueras, así que tenía la casa entera para mí. O eso creí.

A las once y diez me llegó un mensaje de Mateo. Le contesté con la verdad: que estaba con los apuntes, que mejor otro día. Para cuando volví a mirar el celular tenía cuatro mensajes más. A las doce menos cuarto el comedor estaba lleno de gente que insistía en que cocinara mi pasta al pesto, esa que me sale mejor de lo que debería. Cedí. Total, ya me había hecho a la idea de no abrir el apunte hasta la noche.

Comimos largo. Hubo vino blanco, anécdotas viejas y dos botellas de cerveza que alguien trajo del baúl del auto. Para las tres y media se fue el último. Apilé los platos en la encimera, abrí la ventana para que se fuera el olor a salsa y me senté en el sillón con la idea de retomar los apuntes.

El celular vibró otra vez. Era Camila.

—Así que comida en tu casa y a mí no me dijiste nada —escribió, sin saludo.

Camila era mi prima del lado de mi madre. Vivía a quince cuadras y tenía la costumbre de enterarse de todo antes que nadie. Le contesté que había sido improvisado, que ni yo sabía que iba a pasar. Tres puntos suspensivos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer.

—Voy para allá. Y vas a tener que invitarme algo bien rico para perdonarte.

Cuando tocó el timbre eran las cuatro menos cuarto. Tenía el pelo recogido en un moño medio caído y una camiseta negra que le quedaba grande, una de esas que se atan a un costado. Pasó sin saludarme y se tiró en el sillón con los brazos cruzados, mirándome como se mira a alguien que tiene que dar muchas explicaciones.

—Estoy enojada en serio.

—Ya sé.

—Más vale que tengas algo bueno para invitarme.

Fui a la cocina y revisé la nevera. Quedaba un tarro de dulce de leche por la mitad y una bandeja de natillas que mi madre había hecho la noche anterior. Las llevé en un plato grande con dos cucharas y se las apoyé en la falda.

—Te perdono a medias —dijo, y empezó a comer sin sacarme los ojos de encima.

Hablamos de cualquier cosa. De la facultad, del verano, de un viaje que estábamos planeando con los demás primos. La conversación se fue calmando y, sin darme cuenta, ya estábamos riéndonos como cuando éramos chicos. Ella seguía con la cuchara, sacando capas de natilla y de dulce de leche y mezclándolas con un cuidado raro.

En un momento metió el dedo índice en el plato, lo levantó cargado y se lo llevó a la boca despacio. Lo lamió desde la base hasta la punta, mirándome.

—¿Qué? —preguntó, sonriendo.

No le contesté. Ella tampoco esperaba respuesta. Volvió a meter el dedo, esta vez con más postre, y antes de que pudiera entender lo que estaba haciendo se untó una línea sobre el hombro, justo donde la camiseta dejaba la piel al aire.

—Si querés, comé de acá.

Me incliné y le pasé la lengua por el hombro. Le tembló el cuello. Me quedé un segundo más de la cuenta sobre su piel y de ahí subí a la mandíbula, y de ahí a la oreja, y de ahí a la boca. Algo se me anudó en el pecho que no se me desató durante varias horas.

—Hace mucho que querías hacer esto —dijo contra mis labios.

—Hace demasiado.

Le desabroché el botón del jean mientras ella me sacaba la camiseta. Se rió cuando me trabé con la manga. Se rió otra vez cuando intenté bajarle el pantalón sin que ella se levantara. Al final se paró, se lo sacó de un tirón y arrancó por el pasillo descalza, en ropa interior, riéndose. La vi entrar a mi pieza antes de doblar la esquina.

Esa imagen no se me iba a borrar nunca. No la voy a describir entera. Cualquiera que haya visto a una mujer correr así sabe de qué hablo.

Llegué un par de pasos detrás. Estaba boca arriba sobre mi cama, apoyada en los codos, esperándome. Me deshice de la ropa que me quedaba y me tiré encima sin medir el peso. Ella se rió y me besó, y la boca se le había puesto seria de nuevo.

Camila besaba como si fuera lo único que le importara. Mordía el labio inferior, se separaba un milímetro, volvía. Siempre volvía. Le agarré las muñecas y se las puse contra la almohada, le besé la garganta, bajé al esternón y me detuve un buen rato en los pechos. Le mordí los pezones y los lamí, primero uno y después el otro, hasta que empezó a empujarme la cabeza para que siguiera más abajo.

—Esperá —le dije.

Salí desnudo de la pieza, fui hasta la cocina y volví con el plato. Quedaba menos de la mitad del postre. Me arrodillé al costado de la cama y le pasé una cucharada por entre los pechos, despacio, dibujando una línea hasta el ombligo. Le cubrí los muslos con el dorso de la mano y le extendí los restos por la cadera.

—Te encanta llenarme de cosas para después comerme, ¿no? —dijo riéndose, con los ojos cerrados.

—Te como toda la vida si me dejás.

Empecé por los pies. Le subí por las piernas con la lengua, recogiendo el dulce sin apuro. En cada centímetro de piel que limpiaba con la boca se le marcaba un escalofrío distinto. Me detuve entre los muslos sin tocarla, sólo para ver lo que pasaba. Se arqueó. Yo seguí subiendo. Le limpié el ombligo, los pechos, el cuello, hasta volver a su boca. Cuando llegué arriba ya no tenía postre encima, pero el cuerpo le seguía caliente.

Se dio vuelta antes de que yo pudiera reaccionar. Me empujó de los hombros y se acomodó al revés, en sesenta y nueve, con la cara entre mis piernas. La sentí morder, lamer, jugar con los labios alrededor sin meterme del todo en la boca. Yo hice lo mismo con ella. Le rodeaba el clítoris con la lengua y después la presionaba despacio, midiendo el ritmo por cómo se le movían las caderas. Cuando empezó a temblar le metí dos dedos al mismo tiempo y entonces todo se le desarmó.

—Aaah… —apretó la frente contra mi muslo.

—¿Te corriste?

—Antes que vos —dijo, y soltó una risa medio incrédula—. No me había pasado nunca.

Se acomodó arriba de mí. Empezó a bajar la cabeza, a chuparme con esa boca que ya tenía tibia y mojada. Cada vez que yo estaba por terminar paraba, me besaba el vientre, se reía y volvía a empezar. Tres veces seguidas hizo lo mismo.

—Vos te vas a venir cuando yo te diga —dijo, mirándome desde abajo.

Asentí porque no podía hablar. Me masajeó con los pechos, con las manos, con la boca otra vez. Cuando dijo «ahora» me dejé ir. Me corrí sobre su escote y su clavícula, y ella me miró entre divertida y satisfecha mientras se pasaba un dedo y se lo llevaba a la boca.

—Como me hiciste correr antes que vos, te debo un premio. Pedí.

Me tomó un segundo procesar la oferta. Me bajé de la cama, fui hasta el escritorio y aparté la pantalla de la computadora. Le señalé la madera. Se subió, se dio vuelta y apoyó las manos en el borde, riéndose. La penetré con calma, sin apuro, y empecé a moverme suave, marcando con las manos la curva de las caderas.

Ella se juntó el pelo con una mano y se lo levantó para que no le molestara. El gesto me desarmó. Le mordí el omóplato, el cuello, el lóbulo de la oreja. Pasaron unos minutos así, hasta que la levanté, la di vuelta y le apoyé el pie derecho sobre el escritorio. Me miró con esa media sonrisa que le sale cuando entiende algo antes de que se lo digan.

Le acaricié entre las piernas un par de veces y volví a entrar. Esa postura la hizo gemir distinto. Se agarraba a mi nuca, me ofrecía la lengua, las embestidas iban subiendo de fuerza hasta que el escritorio se movió un par de centímetros y a los dos nos dio risa.

La di vuelta otra vez, le puse las manos sobre la madera y le separé los pies todo lo que pude. Le pasé un dedo por el medio de las nalgas y dejé que reaccionara. No se movió. Probé apoyando la yema un poco más abajo y la sentí abrir las piernas todavía un poco más.

—Tené cuidado, por favor —dijo bajito.

Le abrí los cachetes y le di un par de lametones lentos que la hicieron doblarse hacia adelante. Sin apuro, le apoyé la punta. Tardó. Le tardó más a ella que a mí. Cuando entró el primer pedazo nos quedamos los dos quietos, respirando. Le besé los hombros, le pasé las manos por los pechos sin apretar y esperé a que el cuerpo le aflojara solo.

—Seguí —dijo después de un rato.

Avancé despacio. Le acaricié los pechos, le besé la espalda. El ritmo lo llevaba ella. Cuando aceleré, aceleró. Cuando me detuve, se quejó. Después me pidió más fuerte y eso fue lo que hicimos. La agarré por la cintura, se sostenía con las dos manos en la madera, y empezamos a movernos de verdad.

—Sí, sí, dame, primo, dame —decía, con la voz quebrada.

Una de sus manos se metió entre las piernas y empezó a tocarse. Le ayudé con dos dedos. Dos minutos así, no más, hasta que se le doblaron las rodillas. Se vino otra vez, en silencio esta vez, con todo el cuerpo en una sola contracción larga.

—No te vengas —me dijo, todavía temblando—. Quiero terminar yo arriba.

Volvimos a la cama. Se subió, se sentó sobre mí y empezó a moverse como si quisiera vengarse de algo. Me besaba con mordidas chiquitas, se reía cuando me veía la cara perdida. La aguanté un rato largo apoyándola contra la pared, embistiéndola con fuerza, pero las piernas no me daban para sostener esa postura mucho más. Caímos los dos sobre el colchón. Ella seguía arriba, sin pausa.

De repente paró. Se levantó, se dio vuelta, se puso de rodillas dándome la espalda y volvió a sentarse. Subía y bajaba con las piernas. Yo intentaba no terminar para que aquello no se acabara nunca, pero llegó un punto en que no pude más y se lo dije.

—Avisame justo —me pidió.

Le avisé. Se dio vuelta, me hizo un par de movimientos rápidos con la mano y se inclinó sobre mí. Me corrí entre su pecho y su cuello, y solté un sonido que no parecía mío. Ella soltó otro casi al mismo tiempo, no sé si por reflejo o porque le gustó cómo terminaba todo.

Se quedó tirada al lado mío unos minutos largos, con los brazos abiertos, mirando el techo. Después se levantó, se puso la camiseta al revés a propósito y entró al baño riéndose. Cuando volvió ya estaba vestida. Me dio un beso corto en la boca, recogió la cartera y se fue.

Eran las siete menos veinte cuando cerró la puerta. Me quedé sentado sobre la cama deshecha, con el plato vacío sobre la mesita y los apuntes sin abrir, sabiendo que aquella tarde iba a tardar mucho en repetirse y que, si lo hacía, no iba a ser igual.

Aquel encuentro fue el mejor que tuvimos.

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Comentarios (5)

CabaLector22

increible!!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

Sofi_MR

Por favor seguilo, no podes dejarlo ahi asi. Quede con ganas de mas!!

RobertoAR

Muy bien narrado, se nota que lo viviste de verdad. Gracias por compartirlo

Karlita_88

me recordo a algo que me paso de adolescente jeje. Buen relato, muy bien contado

NocturnoMX

buenisimo, se hizo cortisimo

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