Caminé por Praga con su leche en los pies
El primer sonido que reconocí fue el de la calefacción del cuarto, ese zumbido bajo y constante que casi te hace creer que estás en casa. Tomás dormía pegado a mi espalda con un brazo cruzado sobre mi cintura. Afuera, Praga todavía estaba oscura, pero ya no quedaba mucho para que amaneciera. Me quedé quieta un rato, sintiendo su respiración contra mi nuca, sin querer moverme y romper eso.
Bajamos a desayunar cuando ya había luz. El comedor del hotel era pequeño y tranquilo: cuatro mesas, una ventana que daba a los adoquines mojados de la calle, el olor a café recién hecho flotando en el aire frío. Nos sentamos uno frente al otro y estuvimos así un buen rato, comiendo sin apuro, riéndonos de nada, mirándonos. Ese tipo de mañanas en las que no hace falta decir nada importante para que todo esté bien.
Subimos después. Acordamos ducharnos por turnos para ganar tiempo. Yo fui primero: agua caliente, rápida, sin complicaciones. Me puse unos jeans oscuros, una remera fina y unos calcetines gruesos de lana que todavía no me até en las zapatillas. Mientras él entraba al baño, me tiré boca abajo sobre la cama con el teléfono en la mano y los auriculares puestos. Tenía una playlist armada para el viaje, canciones lentas, sin letra, y me entregué a eso.
No escuché la puerta del baño abrirse. Lo noté por la sombra.
Giré la cabeza y lo vi parado en el marco de la puerta, completamente desnudo, con el pelo oscuro pegado a la frente por el agua. Había salido a buscar la toalla que había dejado sobre la silla, pero se había quedado parado ahí, mirándome. Me reí. Era inevitable: estaba mojado de pies a cabeza, con cara de no entender qué le había pasado, y yo con los auriculares puestos en medio de una canción tranquila.
Me saqué un auricular.
—¿Olvidaste la toalla? —le dije, todavía sonriendo.
Él no respondió de inmediato. Siguió mirando. Entonces bajé los ojos y lo entendí: se le estaba poniendo dura la polla mientras me miraba los pies. Los tenía cruzados en el aire, las plantas hacia arriba, balanceándose despacio, relajados. Algo tan simple, y a él se le ponía la verga gruesa nada más con verlos. Me mordí el labio para no reírme más fuerte.
—Acercate —le dije con voz baja, sin moverme de posición.
Se acercó hasta el borde de la cama. La tenía a media asta, pesada, brillando todavía por el agua de la ducha. Yo me incorporé un poco, lo agarré por la cadera y me la metí en la boca sin avisar, hasta el fondo. Sentí cómo se le iba endureciendo entre mis labios, cómo crecía y se ponía caliente contra mi lengua. La saqué con un sonido húmedo, le pasé la lengua larga desde la base hasta el glande, y me la volví a tragar. La sostuve ahí, en el fondo de la garganta, mirándolo de abajo hacia arriba con los ojos llenos de agua. Él tenía una mano apoyada en mi pelo y respiraba cada vez más agitado, casi en silencio, conteniéndose.
Lo chupé despacio, jugando con la lengua alrededor del glande, succionándole solo la punta y después volviendo a tragarla entera. Le besé la base, le pasé la lengua por los huevos, los chupé uno y después el otro. Se le escapó un gemido ronco cuando le clavé los ojos mientras volvía a la polla y me la metía hasta atragantarme. Le caía la saliva por los huevos. Yo no le soltaba la cadera, lo mantenía clavado contra mi boca como si fuera mía.
Entonces me dijo, con la voz más baja que le conocía:
—Quiero acabar en tus pies.
La saqué de la boca con un sonido obsceno. Me limpié el hilo de saliva con el dorso de la mano y lo miré. Después junté las plantas de mis pies y se las ofrecí sin decir nada, o quizás dije algo como «hacé lo que quieras, son tuyos». Las palabras no importaban mucho. Lo que importaba era la cara que puso él al verlos: concentrado, serio de repente, con los dientes apretados, como si no existiera nada más en el cuarto que esas dos plantas blancas y las uñas pintadas de oscuro.
Se agarró la polla con la derecha y empezó a masturbarse mirando mis pies, apoyando el glande mojado contra la planta y frotándose contra ella, despacio al principio, después con más ritmo. Sentí el calor de su piel contra la mía, el roce firme y caliente, los nudillos rozándome los dedos. La punta le brillaba. Me apretó los pies con las manos, los frotaba uno contra el otro con la verga atrapada en medio, y a mí me daba un cosquilleo en el coño nada más con verlo así, perdido, cascándosela con mis pies como si nada en el mundo le importara más. No tardó mucho. Soltó un gemido contenido, casi un quejido, y acabó encima de mis pies con varios chorros gruesos y calientes. La leche le cayó entre los dedos, sobre las plantas, en el empeine, hasta el tobillo. Brillaba sobre el esmalte oscuro de mis uñas como un barniz blanco. Yo me quedé quieta, con las piernas todavía en el aire, dejando que se vaciara entero sobre mí.
Quedé mirando mis propios pies un momento. La corrida espesa empezaba a escurrirse despacio entre los dedos. Él estaba apoyado en el borde de la cama, recuperando el aliento, con la verga todavía dura colgándole gorda entre las piernas.
—Voy a buscar un trapo —dijo, y fue hacia el baño.
—No —le dije.
Se detuvo en seco. Se volvió a mirarme con una expresión que no era sorpresa exactamente, sino algo más cercano a la curiosidad.
—Hoy voy a salir así —le dije—. Quiero caminar por Praga con tu leche en mis pies todo el día.
Hubo un segundo de silencio. Después me sonrió de una manera que pocas veces le había visto.
Me puse los calcetines gruesos con cuidado, uno y después el otro. Sentí cómo el semen se distribuía al comprimir el pie contra la tela, pegajoso y tibio todavía, embarrándome los dedos, mojándome entre los nudillos. Me até las zapatillas, me puse el abrigo, agarré la mochila. Antes de salir me detuve un segundo en el espejo del pasillo: una chica normal con abrigo azul y zapatillas blancas. Nada de particular. Solo yo sabía lo que llevaba encima.
***
Praga en febrero tiene ese frío limpio que no moja pero cala. El puente de Carlos estaba casi vacío a esa hora, con la niebla baja sobre el río y las estatuas negras recortadas contra el cielo blanco. Caminamos despacio sobre los adoquines irregulares, tomados de la mano, sin itinerario fijo. Pasamos por el barrio judío, por una plaza con un mercadillo de artesanías, por calles tan angostas que dos personas apenas podían cruzarse. En un rincón, un músico tocaba algo con violín, una melodía que no reconocí pero que me pareció perfecta para ese momento.
Al principio me distraía constantemente con la sensación. Cada vez que pisaba fuerte notaba la leche de Tomás moviéndose entre mis dedos, caliente aún, marcándome con cada paso. Era imposible no pensar en eso. Nadie sabe que tengo su semen embarrándome los pies. Estoy caminando por una ciudad extraña con su corrida pegada a la piel, y si alguien pudiera verme... El pensamiento me ponía caliente, me humedecía el coño contra la costura del jean, de una manera que no tenía nada que ver con el lugar ni con el frío. Tomás no decía nada. Me miraba de vez en cuando con una sonrisa discreta, como si supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza, como si pudiera oler que estaba mojada.
Con las horas, la sensación cambió. La leche se secó contra la piel y el algodón de los calcetines, y ya no era húmeda sino una película tirante, casi imperceptible. Pero seguía ahí. Me acordaba cuando cruzaba un puente, cuando subía unos escalones, cuando Tomás me señalaba algún edificio y yo asentía sin estar del todo ahí. Soy suya. Estoy paseando por Praga con su leche pegada al pie, soy completamente suya, y nadie lo sabe. Era una calentura extraña, sostenida, que no pedía nada inmediato pero que no se iba tampoco. Sentía el coño hinchado contra la costura del pantalón cada vez que daba un paso largo.
Paramos en un café cerca del castillo. Era pequeño, con la barra de madera oscura y unas pocas mesas altas junto a la ventana. Pedimos dos cafés solos y nos sentamos a mirar pasar la gente afuera, abrigada y apurada. Tomás tenía las manos alrededor de la taza y me miraba con esa expresión tranquila que a veces me resulta imposible de leer.
—¿Todavía la sentís? —me preguntó en voz baja, acercándose un poco.
Me puse colorada de golpe. No había pensado en eso en el último rato y de pronto todo volvió: la sensación, la imagen de la mañana, su corrida seca contra mi piel. No pude contestarle con palabras. Asentí con la cabeza y miré para otro lado, mordiéndome el interior de la mejilla. Él me apretó la mano por encima de la mesa sin decir nada más, y en eso estuvo todo.
Seguimos caminando después del café, más despacio todavía. La tarde fue cayendo sobre Praga de a poco: las luces del puente se encendieron, el río se volvió más oscuro, el frío apretó un poco más. Compramos castañas asadas de un puesto en la esquina y las comimos caminando, pasándonoslas de mano en mano. Seguíamos juntos, en silencio la mayor parte del tiempo, pero era uno de esos silencios que pesan bien, que no necesitan ser llenados con nada.
***
Cuando cerramos la puerta del cuarto detrás de nosotros, la calentura que había llevado acumulando todo el día encontró por fin un lugar adonde ir. Todo lo que había ido acumulando, la sensación en los pies, el rubor en el café, la electricidad sostenida de las horas, salió de golpe en ese primer beso. Lo empujé contra la pared y lo besé con hambre, con la lengua, mordiéndole el labio. Le bajé la mano hasta el bulto del pantalón y se la apreté: ya la tenía dura otra vez, como un fierro contra la tela. Él me respondió de la misma manera, con las manos en mi cara primero, después en mi pelo, después en mis tetas, apretándomelas por encima de la remera. Nos quitamos la ropa sin orden ni cuidado, tirándola al piso, peleándonos con los cierres y los botones. Cuando me sacó los calcetines y vio mis pies todavía pegajosos, marcados con la huella seca de su leche, gimió en voz baja y me los besó.
Me tumbé en la cama. Él se arrodilló entre mis piernas, me las abrió bien con las manos y hundió la cara entre mis muslos. Me lamió el coño despacio, con la lengua plana, de abajo hacia arriba, una y otra vez, como si llevara horas esperando ese sabor. Yo ya estaba empapada de todo el día. Le escuché tragar mis jugos, hacer un sonido obsceno con la boca. Después me separó los labios con los pulgares y se concentró en el clítoris, chupándomelo como si fuera un caramelo, jugando con la punta de la lengua en círculos pequeños y firmes. Me arqueé contra su boca. Le agarré el pelo con las dos manos y se lo apreté contra mí, sin dejarlo respirar, casi montándole la cara. No me importó. A él tampoco.
Después me abrió más con las manos, hundiéndome dos dedos primero y luego tres, despacio al principio, hasta el fondo. Los curvó contra ese punto que él se sabía de memoria, me los sacó y me los volvió a meter con un ritmo lento que me hacía gemir cada vez más fuerte. Se agachó otra vez y volvió a comerme con la boca entera, pasando la lengua de arriba abajo, metiéndomela donde más me hacía falta, chupándome el coño con hambre mientras los dedos seguían entrando y saliendo. Yo le hundía los dedos en el pelo y me retorcía sobre las sábanas, con las piernas abiertas a más no poder, los talones clavados en su espalda, sintiendo cómo me iba desarmando pieza por pieza. Le rogué en voz baja, sin saber bien qué le pedía. Que pare. Que siga. Que me la meta. Cualquier cosa.
—Pedímelo bien —me dijo, separándose un segundo de mi coño, con los labios brillantes de mi humedad.
—Cogeme —le dije—. Metémela ya.
Se incorporó, se acomodó entre mis piernas y se agarró la polla con la mano. Pasó la punta gruesa por toda la raja, mojándose con mis jugos, frotándose contra el clítoris hasta sacarme un quejido. Después fue entrando lento. Primero el glande, abriéndome paso centímetro a centímetro. Después más, hasta llenarme por completo, estirándome por dentro con una presión deliciosa que me arrancó un gemido ronco. Se quedó quieto un momento, mirándome a los ojos, hundido hasta los huevos, respirando fuerte, como si los dos necesitáramos acostumbrarnos a ese peso exacto. Entonces empezó a moverse, profundo y constante, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter de un solo golpe, con las manos apoyadas a los lados de mi cabeza. Cada empujón me arrancaba un sonido distinto: un jadeo, un quejido, una puteada ahogada. La cama golpeaba contra la pared.
Me besó en la boca con la lengua, en el cuello mordiéndome, en la clavícula, y fue bajando con la lengua hasta mis tetas, mordiéndome los pezones, chupándomelos hasta dejarlos duros y rojos, sin dejar de cogerme hasta el fondo. Sentía cómo me chocaba exactamente el punto que me hacía aferrarme a sus hombros con las uñas. Me agarró las dos piernas y me las puso sobre sus hombros, doblándome casi en dos, y entonces sí la sentí entera, hasta arriba, embistiéndome con un ángulo que me hizo gritar contra la almohada.
—Decime que es mía —le escuché.
—Es tuya —le dije, sin aire—. Es toda tuya, todo es tuyo, mi coño es tuyo.
Me dio vuelta. Me puso boca abajo, me levantó el culo agarrándome de las caderas y me la volvió a meter desde atrás, con un solo empujón limpio que me arrancó un grito. Yo enterré la cara en la almohada. Él me cogió así, agarrándome del pelo, hundiéndome la cara en las sábanas con una mano y sosteniéndome la cadera con la otra. Cada embestida sonaba en el cuarto, piel contra piel, mojado, obsceno. Me dio una palmada en una nalga y otra en la otra, lo justo para que el ardor me llegara al coño y me lo hiciera apretar contra su polla. Le escuché decirme que me amaba entre un empuje y el siguiente, mezclado con una guarrada que no llego a repetir, y lo dije yo también porque era verdad y porque en ese momento no existía nada más que eso, que su verga abriéndome desde atrás, su mano en mi pelo y mi cara contra el algodón. Me perdí en la sensación, en el peso de su cuerpo sobre el mío, en la calidez de su piel contra la mía.
El orgasmo me llegó desde adentro hacia afuera, como una ola que se expande. Me apretó las caderas con las dos manos, me clavó hasta el fondo, y yo me corrí gritando contra la almohada, apretándome alrededor de su polla, temblando entera. Siguió moviéndose hasta que yo le pedí que parara, que no podía más, que estaba demasiado sensible.
Salió despacito. Yo me di vuelta y abrí la boca sin que me lo pidiera, todavía con el coño latiéndome. Era natural entre nosotros, parte de un lenguaje que habíamos construido sin hablarlo nunca. Lo tomé entre los labios y lo llevé hasta donde podía, sintiendo el sabor mío en su verga, saboreándolo, sacando la lengua para lamerle los huevos también. Le agarré la polla con la mano y se la masturbé apuntando a mi cara, con la boca abierta y la lengua afuera, mirándolo desde abajo. No tardó. Soltó un gemido grave y acabó: el primer chorro me cayó grueso entre la frente y el ojo, los siguientes en la mejilla, en los labios, en la lengua, en la barbilla. Me corrió hasta el cuello. Me quedé quieta un momento, sintiendo su leche caliente en mi cara, sin tragarla, dejándomela chorrear, con él mirándome desde arriba con la respiración cortada y la verga todavía dura en la mano.
Después nos fuimos a la ducha juntos. El agua caliente fue borrando el día de a poco: el frío de las calles, el cansancio en las piernas, la leche seca que todavía sentía entre los dedos de los pies, el semen fresco que todavía me chorreaba por la cara. Tomás me lavó la cara con cuidado, pasando el jabón despacio sobre mis mejillas, limpiándome con los dedos los restos que se me habían pegado en las pestañas. Yo apoyé la espalda contra el azulejo frío y lo dejé hacer.
Cuando nos metimos en la cama, él apagó la luz y me buscó en la oscuridad. Me recosté contra su pecho y le acaricié el brazo, siguiendo el contorno de su piel a ciegas.
—Mañana quiero que me cojas el culo —le dije en voz baja—. Quiero que me llenes de otra manera.
Sentí cómo apretaba el brazo alrededor de mi cintura.
—Mañana —dijo.
Y nos quedamos dormidos así, con Praga afuera y la habitación en silencio.
