Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Caminé por Praga con su leche en los pies

4.4 (45)

El primer sonido que reconocí fue el de la calefacción del cuarto, ese zumbido bajo y constante que casi te hace creer que estás en casa. Tomás dormía pegado a mi espalda con un brazo cruzado sobre mi cintura. Afuera, Praga todavía estaba oscura, pero ya no quedaba mucho para que amaneciera. Me quedé quieta un rato, sintiendo su respiración contra mi nuca, sin querer moverme y romper eso.

Bajamos a desayunar cuando ya había luz. El comedor del hotel era pequeño y tranquilo: cuatro mesas, una ventana que daba a los adoquines mojados de la calle, el olor a café recién hecho flotando en el aire frío. Nos sentamos uno frente al otro y estuvimos así un buen rato, comiendo sin apuro, riéndonos de nada, mirándonos. Ese tipo de mañanas en las que no hace falta decir nada importante para que todo esté bien.

Subimos después. Acordamos ducharnos por turnos para ganar tiempo. Yo fui primero: agua caliente, rápida, sin complicaciones. Me puse unos jeans oscuros, una remera fina y unos calcetines gruesos de lana que todavía no me até en las zapatillas. Mientras él entraba al baño, me tiré boca abajo sobre la cama con el teléfono en la mano y los auriculares puestos. Tenía una playlist armada para el viaje, canciones lentas, sin letra, y me entregué a eso.

No escuché la puerta del baño abrirse. Lo noté por la sombra.

Giré la cabeza y lo vi parado en el marco de la puerta, completamente desnudo, con el pelo oscuro pegado a la frente por el agua. Había salido a buscar la toalla que había dejado sobre la silla, pero se había quedado parado ahí, mirándome. Me reí. Era inevitable: estaba mojado de pies a cabeza, con cara de no entender qué le había pasado, y yo con los auriculares puestos en medio de una canción tranquila.

Me saqué un auricular.

—¿Olvidaste la toalla? —le dije, todavía sonriendo.

Él no respondió de inmediato. Siguió mirando. Entonces bajé los ojos y lo entendí: se le estaba parando la pija mientras me miraba los pies. Los tenía cruzados en el aire, las plantas hacia arriba, balanceándose despacio, relajados. Algo tan simple. Me mordí el labio para no reírme más fuerte.

—Acercate —le dije con voz baja, sin moverme de posición.

Se acercó hasta el borde de la cama. Yo me incorporé un poco, lo tomé de la cadera y lo metí en la boca despacito, sintiendo cómo se ponía completamente duro entre mis labios. Lo saboreé con calma, sin apuro, mirándolo de vez en cuando. Él tenía una mano apoyada en mi pelo y respiraba cada vez más agitado, casi en silencio.

Entonces me dijo, con la voz más baja que le conocía:

—Quiero acabar en tus pies.

Lo saqué de la boca. Lo miré un momento. Después junté las plantas de mis pies y se las ofrecí sin decir nada, o quizás dije algo como «hacé lo que quieras». Las palabras no importaban mucho. Lo que importaba era la cara que puso él al verlos: concentrado, serio de repente, como si no existiera nada más en el cuarto.

Se agarró la pija y empezó a masturbarse mirando mis pies, apoyando el glande contra la planta y frotando despacio al principio, después con más ritmo. Sentí el calor de su piel contra la mía, el roce firme. No tardó mucho. Soltó un gemido contenido y acabó encima de mis pies, varias veces, grueso y caliente. La leche le cayó entre los dedos, sobre las plantas, en el empeine. Brillaba sobre el esmalte oscuro de mis uñas.

Quedé mirando mis propios pies un momento. Él estaba apoyado en el borde de la cama, recuperando el aliento.

—Voy a buscar un trapo —dijo, y fue hacia el baño.

—No —le dije.

Se detuvo en seco. Se volvió a mirarme con una expresión que no era sorpresa exactamente, sino algo más cercano a la curiosidad.

—Hoy voy a salir así —le dije—. Quiero caminar por Praga con tu leche en mis pies todo el día.

Hubo un segundo de silencio. Después me sonrió de una manera que pocas veces le había visto.

Me puse los calcetines gruesos con cuidado, uno y después el otro. Sentí cómo la leche se distribuía al comprimir el pie contra la tela, pegajosa y tibia todavía. Me até las zapatillas, me puse el abrigo, agarré la mochila. Antes de salir me detuve un segundo en el espejo del pasillo: una chica normal con abrigo azul y zapatillas blancas. Nada de particular. Solo yo sabía lo que llevaba encima.

***

Praga en febrero tiene ese frío limpio que no moja pero cala. El puente de Carlos estaba casi vacío a esa hora, con la niebla baja sobre el río y las estatuas negras recortadas contra el cielo blanco. Caminamos despacio sobre los adoquines irregulares, tomados de la mano, sin itinerario fijo. Pasamos por el barrio judío, por una plaza con un mercadillo de artesanías, por calles tan angostas que dos personas apenas podían cruzarse. En un rincón, un músico tocaba algo con violín, una melodía que no reconocí pero que me pareció perfecta para ese momento.

Al principio me distraía constantemente con la sensación. Cada vez que pisaba fuerte notaba la leche de Tomás moviéndose entre mis dedos, caliente aún, marcándome con cada paso. Era imposible no pensar en eso. Nadie sabe lo que llevo encima. Estoy caminando por una ciudad extraña con él dentro de mis zapatos, y si alguien pudiera verme... El pensamiento me ponía caliente de una manera que no tenía nada que ver con el lugar ni con el frío. Tomás no decía nada. Me miraba de vez en cuando con una sonrisa discreta, como si supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza.

Con las horas, la sensación cambió. La leche se secó contra la piel y el algodón de los calcetines, y ya no era húmeda sino una película tirante, casi imperceptible. Pero seguía ahí. Me acordaba cuando cruzaba un puente, cuando subía unos escalones, cuando Tomás me señalaba algún edificio y yo asentía sin estar del todo ahí. Soy suya. Estoy paseando por Praga y soy completamente suya, y nadie lo sabe. Era una calentura extraña, sostenida, que no pedía nada inmediato pero que no se iba tampoco.

Paramos en un café cerca del castillo. Era pequeño, con la barra de madera oscura y unas pocas mesas altas junto a la ventana. Pedimos dos cafés solos y nos sentamos a mirar pasar la gente afuera, abrigada y apurada. Tomás tenía las manos alrededor de la taza y me miraba con esa expresión tranquila que a veces me resulta imposible de leer.

—¿Todavía lo sentís? —me preguntó en voz baja, acercándose un poco.

Me puse colorada de golpe. No había pensado en eso en el último rato y de pronto todo volvió: la sensación, la imagen de la mañana, la leche seca contra mi piel. No pude contestarle con palabras. Asentí con la cabeza y miré para otro lado, mordiéndome el interior de la mejilla. Él me apretó la mano por encima de la mesa sin decir nada más, y en eso estuvo todo.

Seguimos caminando después del café, más despacio todavía. La tarde fue cayendo sobre Praga de a poco: las luces del puente se encendieron, el río se volvió más oscuro, el frío apretó un poco más. Compramos castañas asadas de un puesto en la esquina y las comimos caminando, pasándonoslas de mano en mano. Seguíamos juntos, en silencio la mayor parte del tiempo, pero era uno de esos silencios que pesan bien, que no necesitan ser llenados con nada.

***

Cuando cerramos la puerta del cuarto detrás de nosotros, la calentura que había llevado acumulando todo el día encontró por fin un lugar adonde ir. Todo lo que había ido acumulando, la sensación en los pies, el rubor en el café, la electricidad sostenida de las horas, salió de golpe en ese primer beso. Lo empujé contra la pared y lo besé con hambre. Él me respondió de la misma manera, con las manos en mi cara primero, después en mi pelo, después en todas partes. Nos quitamos la ropa sin orden ni cuidado.

Me tumbé en la cama. Él se arrodilló entre mis piernas y me lamió despacio, con paciencia, sin ningún apuro. Sentí su lengua trabajar sobre mí, leyéndome, ajustándose a lo que me hacía cerrar los ojos y arquear la espalda. No hablamos. Solo los sonidos del cuarto, el roce de la tela, la respiración de los dos.

Cuando entró en mí fue lento. Primero un poco, después más, dejándome sentir cada parte. Me llenó completa y se quedó quieto un momento, mirándome a los ojos. Empezó a moverse así, profundo y constante, con las manos apoyadas a los lados de mi cabeza. Me besó en la boca, en el cuello, en la clavícula. Sentía su pija rozar exactamente el punto que me hacía aferrarme a sus hombros. Le escuché decirme que me amaba entre un empuje y el siguiente, y lo dije yo también porque era verdad y porque en ese momento no existía nada más que eso. Me perdí en la sensación, en el peso de su cuerpo sobre el mío, en la calidez de su piel contra la mía.

El orgasmo me llegó desde adentro hacia afuera, como una ola que se expande. Me aferré a sus hombros, lo apreté con las piernas, y gemí contra su boca con el aire cortado. Siguió moviéndose hasta que yo le pedí que parara, que no podía más, que estaba demasiado sensible.

Salió despacito. Yo abrí la boca sin que me lo pidiera. Era natural entre nosotros, parte de un lenguaje que habíamos construido sin hablarlo nunca. Lo tomé entre los labios y lo llevé hasta donde podía, saboreándolo, hasta que acabó: varios chorros calientes me cayeron en la mejilla, en los labios, en la barbilla. Me quedé quieta un momento, sintiendo su leche en mi cara, con él mirándome desde arriba.

Después nos fuimos a la ducha juntos. El agua caliente fue borrando el día de a poco: el frío de las calles, el cansancio en las piernas, la leche seca que todavía sentía entre los dedos de los pies. Tomás me lavó la cara con cuidado, pasando el jabón despacio sobre mis mejillas. Yo apoyé la espalda contra el azulejo frío y lo dejé hacer.

Cuando nos metimos en la cama, él apagó la luz y me buscó en la oscuridad. Me recosté contra su pecho y le acaricié el brazo, siguiendo el contorno de su piel a ciegas.

—Mañana quiero que me hagas el amor por atrás —le dije en voz baja—. Quiero que me llenes de otra manera.

Sentí cómo apretaba el brazo alrededor de mi cintura.

—Mañana —dijo.

Y nos quedamos dormidos así, con Praga afuera y la habitación en silencio.

Valora este relato

4.4 (45)

Comentarios (9)

LoboNocturno7

brutal!!! se hizo corto, queria mas

rosita92

Que relato mas intenso. Me dejo pensando todo el dia sin poder sacarmelo de la cabeza

ViajeroPerdido

me recordo una escapada que tuve en budapest hace unos años, esa mezcla de adrenalina y secreto en publico es inigualable jaja. Muy buen relato

NocheViajera

La ambientacion en praga le da un toque oscuro y mistico que encaja perfecto. Sigue escribiendo por favor!!

Marcos_BsAs

Increible como transmitis tanto con tan poco. Una de las mejores cosas que lei en este sitio, en serio

toteo

esperando el proximo!! saludos desde argentina

SombraK

jaja me imagine caminando por el casco historico asi... tremendo nivel de detalle emocional. Muy buena pluma

MaduroCastellano

Muy bien escrito, transmite esa tension interna de manera que te engancha desde la primera linea. Gracias por compartirlo

lagarto46

Por favor una segunda parte!! Quede con ganas de saber como siguio el viaje

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.