Clientes que nunca debería haber aceptado
En el trabajo sexual aprendes rápido que las personas no siempre son lo que parecen cuando llaman al teléfono. Los que hablan con más educación no siempre son los que mejor se portan. Los que parecen toscos a veces resultan los más respetuosos. Tardé varios meses en entender ese principio, y lo entendí de la peor manera posible, mediante experiencias que no me esfuerzo por recordar.
Empecé por necesidad, como la mayoría en este trabajo. Tenía veintitrés años, una renta que pagar sola y pocas alternativas que pudieran cubrir lo que necesitaba en el tiempo que lo necesitaba. Un conocido me explicó cómo funcionaba, me abrí un perfil en una plataforma de contactos y en cuestión de días tenía ya los primeros mensajes. El primer cliente no fue terrible, pero tampoco fue lo que imaginaba. Fue algo entre transacción y actuación, y yo aprendiendo a no mostrar lo que sentía realmente.
Con el tiempo establecí mis propias normas. La más importante: que se ducharan antes de que yo llegara o que lo hicieran en mi presencia. No era negociable. Aun así, con ciertos clientes, esa norma no servía absolutamente de nada.
***
El primero que me dejó una impresión difícil de borrar era un hombre de mediana edad, muy corpulento, que llegaba siempre en coche particular y pagaba en efectivo. Se duchaba, sí. El problema era que en cuanto comenzaba a moverse, empezaba a sudar de una manera que no tenía precedentes en mi experiencia. Un sudor denso, pegajoso, con un olor que era difícil de describir sin que resultara peor de lo que ya era.
A eso se añadía el problema de su tamaño. No me refiero a sus genitales, sino a su masa corporal. Era tan grande que acceder a ciertas partes de su cuerpo requería algo parecido a una acrobacia. Chupársela era un ejercicio de voluntad y de contorsión simultáneas: el ángulo era incómodo, el olor desde esa distancia era intenso, y en más de una ocasión tuve que hacer una pausa para controlar las arcadas. Él no parecía advertirlo, o no le importaba.
Para la penetración, la única posición que funcionaba era que me montara encima. Me la metía como podía entre el calor que desprendía y el sudor que lo cubría todo, y me movía hasta que terminaba. Tardaba bastante. Siempre tardaba bastante, y siempre dejaba una sensación de agotamiento que iba más allá de lo físico.
Me pregunté muchas veces después si debería haberlo rechazado desde el principio. Probablemente sí. Pero en ese momento el dinero tenía más peso que el instinto, y eso es algo que también tardé en aprender.
Después de la cuarta vez le dije que me había retirado temporalmente. No insistió.
***
Hubo un encargo que recuerdo con detalle, no porque fuera el más desagradable en términos físicos, sino porque fue el que mejor me mostró hasta dónde puede llegar la cosificación. Me contactó un grupo de hombres que buscaban a alguien para lo que llamaron una «sesión con espectadores»: cuatro participarían activamente y otros tres observarían. Me ofrecieron buen dinero y acepté.
Llegué a un piso en las afueras un viernes por la noche. Cuatro hombres de entre treinta y cincuenta años, ninguno especialmente agradable, y tres más sentados en sofás con cervezas en la mano como si esperaran el inicio de un partido de fútbol. Había música baja y poca luz, lo que no mejoraba ni empeoraba nada.
Me la chupé a cada uno por turno. Después me penetraron uno a uno, y entre dos de ellos llegaron a hacerme doble penetración, algo que no estaba en el acuerdo original pero que sucedió. Cuando todos habían terminado, eyacularon sobre mí. Y luego, como si fuera el broche de algo que nadie había acordado del todo, dos de los espectadores se levantaron del sofá y también me orinaron encima.
Recuerdo el olor que tenía encima cuando salí de allí. No es algo que desaparezca fácilmente, ni de la piel ni de la memoria. Me duché en el gimnasio de al lado, que todavía estaba abierto a esa hora, y luego otra vez al llegar a casa. No volví a aceptar encargos grupales.
***
No todos los clientes difíciles lo eran por higiene o por brutalidad. Algunos lo eran por los fetiches que traían consigo, a veces con una naturalidad que resultaba casi más perturbadora que el propio fetiche.
Uno de ellos era un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido, que llegaba siempre puntual y que pagaba con el dinero ya contado de antemano. Era educado, conversaba bien antes de empezar, preguntaba cómo estaba. En un contexto diferente habría sido una persona perfectamente agradable.
Su fetiche era la orina.
Quería que yo se la chupara después de que él hubiera orinado. Y después quería que lo orinara encima, en la ducha de su cuarto de baño, que tenía suelo de mármol y una alcachofa de diseño que a mí me parecía un desperdicio para lo que íbamos a hacer. Me lo pidió la primera vez con la misma calma con la que habría pedido el postre en un restaurante.
—¿Puedes orinarme después? —preguntó, mientras se desabrochaba el segundo botón de la camisa.
Tardé un momento en procesar lo que estaba diciendo. Luego dije que sí.
Dentro de los clientes que tuve, no era de los peores. Pagaba bien, no me pedía nada que pusiera en riesgo mi integridad, y siempre se mostraba agradecido al marcharse. Pero la ducha al salir siempre era larga.
***
De los que sí ponían en riesgo algo más que mi comodidad, el más llamativo era un hombre al que llamaré Andrés. Se presentó como empresario del sector ganadero, tenía una finca a las afueras de la ciudad con algunos animales, y una manera de hablar que intentaba proyectar autoridad en cada frase. Era uno de esos hombres que en la superficie presumen de conquistas femeninas, pero que cuando la puerta se cierra quieren ponerse a cuatro patas y que los traten sin contemplaciones.
Eso no era un problema para mí. Le gustaba el sexo duro, que lo atara, que lo insultara, que lo penetrara con un arnés y que le diera golpes con la mano abierta en las nalgas hasta que se enrojecieran. Le iba la humillación verbal y el control total. Era de los que sabían exactamente lo que querían y no se andaban con rodeos para pedirlo.
El problema llegó en la tercera sesión. Mientras descansábamos, con toda la calma del mundo y casi con tono administrativo, me preguntó si estaría dispuesto a dejarme penetrar por uno de sus caballos.
Pensé que bromeaba. No bromeaba.
Lo dijo con la misma expresión con la que habría propuesto cambiar de postura. Sin conciencia aparente de lo que estaba pidiendo, sin ningún indicio de que cruzara un límite que para cualquier persona sería obvio.
Me levanté, me vestí en silencio y me marché. Intentó decir algo cuando yo ya estaba en la puerta. No lo escuché. Conduje de vuelta a la ciudad con las manos apretadas sobre el volante y sin encender la radio.
***
Hubo otras peticiones que rechacé con menos drama pero con igual firmeza.
Un cliente quería que le defecara encima. Me lo pidió con la misma tranquilidad con la que habría pedido algo de beber, como si fuera un servicio más en una lista. Le dije que no.
Otro sacó una navaja de bolsillo de su chaqueta y me preguntó si podía hacerme un pequeño corte y lamerme la sangre. Lo describió como algo íntimo, especial, una forma de conexión. Le dije que no.
Con el tiempo aprendí que las negativas cortas funcionan mejor. Las largas invitan a la negociación, y hay cosas que no están en negociación.
***
No todos los momentos extraños venían de hombres.
Una mujer me contactó un jueves por la tarde. Cuarenta y pocos años, bien vestida, con una tensión en la mandíbula que debería haberme advertido de algo. Me contrató para dos horas en un hotel del centro, dijo que quería pasar un buen rato y que llevaba mucho tiempo sin tener sexo con alguien que le prestara atención de verdad.
La primera parte fue relativamente normal. Luego, mientras estábamos en lo más intenso, sacó el teléfono de la mesita de noche y empezó a hacer fotografías.
—Para mi marido —dijo, sin pausar lo que estaba haciendo.
No me había pedido permiso. Lo hizo con una sonrisa que no era de placer sino de satisfacción fría, la de alguien ejecutando un plan que llevaba semanas preparando. Yo era el instrumento de su venganza, y no me había preguntado si quería serlo.
Me detuve. Le pedí que guardara el teléfono. Me dijo que no me preocupara, que no salía mi cara. Como si eso resolviera algo.
Terminé el tiempo acordado y me marché antes de que intentara convencerme de nada más. No supe qué hizo con esas fotografías y tampoco quise saberlo.
***
El último cliente fue el que marcó el final de todo.
Se llamaba Rodrigo, o algo así, unos cuarenta y tantos años, cuerpo trabajado, y tomaba sildenafilo para prolongar la sesión. Me lo dijo nada más llegar, con cierto orgullo, como si fuera una ventaja que yo debería agradecer.
No lo era.
La sesión duró casi tres horas. Rodrigo tenía un pene grande y una energía que no decaía, y su concepto del buen sexo era la penetración continua, intensa, sin pausas ni consideraciones hacia el otro. Empujaba con fuerza constante, sin preguntarse si algo de lo que hacía resultaba doloroso. Le había explicado mis límites al principio de la sesión. Los ignoró, o los interpretó de una manera diferente a como yo los había formulado.
Al día siguiente me desperté con un dolor que no era normal. Me costaba caminar. Me costaba sentarme. Fui a urgencias esa tarde y el médico confirmó lo que temía: un desgarro interno. Medicación, reposo, sin esfuerzos físicos durante al menos dos semanas.
Estuve casi doce días sin poder moverme con normalidad.
Esos doce días los pasé pensando. En lo que hacía, en cuánto me costaba en todos los sentidos, en si la compensación económica justificaba seguir exponiéndome a algo así. La respuesta fue clara y no requirió demasiada deliberación.
Cerré el perfil la semana siguiente y no lo volví a abrir.
***
Cuento todo esto no para generar compasión ni para escandalizar. Lo cuento porque hay algo que mucha gente olvida cuando contrata a alguien para tener sexo: al otro lado de esa transacción hay una persona. Una persona con límites, con un cuerpo que puede dañarse, con una vida que no empieza y termina en esa habitación.
Pagar un servicio no te da derecho a ignorar lo que esa persona ha dicho que no está dispuesta a hacer. No te da derecho a hacer fotografías sin permiso, ni a proponer cosas que ponen en riesgo la integridad física de alguien, ni a durar tres horas simplemente porque te has tomado una pastilla.
Algunos de esos clientes, fuera de esas paredes, probablemente se comportaban con normalidad. Con sus familias, con sus compañeros de trabajo, con cualquier persona que no estuviera pagada para tolerarlos. Pero allí dentro, con el dinero de por medio, algo en ellos cambiaba. Como si el pago suspendiera las reglas básicas del trato entre personas.
No las suspende. No debería suspenderlas nunca.