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Relatos Ardientes

Lo que vi en pantalla me delató frente a ella

4.5 (20)

Llevábamos juntas poco más de un año, y yo todavía no le había dicho a Camila todo lo que quería. No porque no confiara en ella, sino porque ni yo misma sabía cómo nombrarlo. Había cosas que cruzaban por mi cabeza cuando estábamos en la cama, impulsos que empujaban desde adentro y que yo aplastaba antes de que llegaran demasiado lejos. Me convencía de que era raro querer eso. Que ella no lo entendería. Que cambiaría algo entre nosotras, y lo que teníamos era demasiado bueno como para arriesgarlo.

Así que lo guardaba. Lo dejaba existir solamente en mi cabeza, en ese espacio privado donde las cosas no tienen consecuencias.

Aquella noche de octubre estábamos las dos en el sofá de su apartamento, con la manta hasta la cintura y una copa de vino a medias en la mesita. Habíamos empezado la tercera temporada de una serie que nos tenía enganchadas desde hacía semanas, ese tipo de drama oscuro y tenso que te obliga a quedarte despierta hasta más tarde de lo que planeabas. Camila tenía la cabeza apoyada en mi hombro y yo jugaba con su pelo sin pensar en nada en particular. Afuera llovía. Era una de esas noches perfectas para no moverse de donde estás.

Entonces llegó la escena.

No era el centro del episodio, ni siquiera el momento más dramático. Era un instante de diez segundos que los guionistas habían puesto ahí casi de pasada. El personaje masculino, sin previo aviso, tomaba a su profesora del cuello con una mano y le pegaba la cara contra la pared. No con violencia ciega, sino con una calma que era peor que cualquier brutalidad. La sujetaba así, sin apretar demasiado, dejándola perfectamente consciente de que podría apretar si quisiera. La profesora no se resistía. Al contrario, dejaba caer el libro que tenía en la mano.

Algo en mí se tensó.

No fue un pensamiento consciente. Fue más físico que eso: una contracción en el estómago, el ritmo de la respiración cambiando de golpe sin que yo lo ordenara. Me quedé muy quieta, mirando la pantalla, esperando que la escena pasara y me liberara de lo que estaba sintiendo. Pero la cámara la sostenía. Y yo no podía dejar de ver.

Quiero eso. Quiero exactamente eso.

La idea fue tan clara y tan incómoda que me moví en el sofá, como si el movimiento pudiera dispersarla. Camila levantó la cabeza un momento, me miró, no dijo nada, y volvió a apoyarla en mi hombro. Yo respiré despacio. La serie siguió. Los personajes hablaban de cosas que yo ya no estaba procesando.

Seguía pensando en la pared.

Y entonces sentí su mano.

No sobre mi rodilla, donde la solía poner cuando estábamos viendo algo juntas. Sobre mi muslo, más arriba, con una presión diferente a todo lo que había sido antes esa noche. No era cariño. Era pregunta. Era «¿estoy entendiendo bien lo que acabo de ver?». Giré hacia ella lentamente y lo supe de inmediato: Camila me miraba con esa expresión que tenía cuando ya había llegado a una conclusión antes de que yo empezara a pensar.

Abrí la boca para decir algo, cualquier cosa, una broma, una salida lateral. No llegué a hacerlo.

Me besó.

O más bien me tomó la boca, porque fue eso exactamente: tomármela, con la mano subiendo por mi muslo mientras su lengua encontraba la mía. No era el tipo de beso que nos dábamos normalmente, ese beso cómodo de pareja que ya se conoce bien. Era más directo. Más declarativo. Como si las dos lo hubiéramos estado postergando demasiado tiempo sin saber que la otra también quería llegar ahí.

Su mano corrió la tela de mi ropa interior hacia un lado. Cuando me tocó con sus dedos, yo ya estaba muy excitada. El calor que había estado acumulándose desde la escena de la serie encontró salida de golpe. Metió un dedo despacio y el sonido que hizo contra mí era tan elocuente que casi me dio vergüenza.

Casi.

Empecé a mover las caderas. Camila no aceleró el ritmo, sino que lo redujo todavía más, con esa paciencia particular que tenía cuando quería dejarme loca. Esa crueldad pequeña y calculada me ponía más nerviosa que cualquier otra cosa que pudiera hacer.

—Por favor —dije. No era exactamente un ruego. Pero tampoco era otra cosa.

Ella no contestó con palabras. Me sacó los dedos despacio.

Antes de que pudiera protestar, los tenía en mi boca. No de forma delicada. Los metió directamente, sin preguntar, hasta el fondo. Yo los acepté. Los chupé. Sentí el sabor de mí misma en su mano y algo en eso me desorbitó por completo. Cuando empecé a ahogarme un poco, ella no los retiró, sino que esperó, sosteniéndome la mirada desde arriba con una calma absoluta. El reflejo llegó igual, brusco y sin aviso, y con él algo se soltó en mí que no sabía que había estado tan tenso todo ese tiempo.

Me miró.

—¿Bien? —preguntó, en voz baja.

—Sí —dije. Mi voz sonaba diferente, más grave.

—Bien —repitió ella.

Nos quitamos la ropa sin mucho orden. El vino cayó al suelo, afortunadamente la copa ya estaba casi vacía. La manta fue al suelo también. Camila se puso encima de mí y volvió a meter los dedos, esta vez sin ningún preámbulo, dos a la vez. Yo grité, y el sonido me sorprendió a mí misma, porque fue un grito de verdad, de los que salen solos antes de que la cabeza pueda filtrarlos.

***

Me escupió en la cara.

No lo había hecho nunca. Yo no lo esperaba y no lo había pedido, pero cuando la saliva me llegó a la mejilla algo se cerró en mi cabeza y algo completamente diferente se abrió al mismo tiempo. La miré. Ella me sostuvo la mirada sin pestañear, sin disculparse, sin preguntarme nada. No era el gesto agresivo de alguien que quiere hacer daño. Era otra cosa que me costó un segundo identificar: era ella haciéndome saber que podía, que yo se lo estaba dejando, que eso era exactamente de lo que se trataba esta noche.

Volvió a escupirme. Esta vez en los labios.

Instintivamente levanté la mano para limpiarme. Ella tomó mi muñeca y la apartó.

—No —dijo. Solo eso.

Los dedos no habían parado. Yo no pude seguir pensando con claridad.

Camila me conoce bien. Demasiado bien. Sabe cuándo estoy cerca y sabe cuándo tiene margen para alargar las cosas. Esa noche eligió alargar. Me llevó hasta el borde dos veces seguidas y dos veces me dejó ahí, colgada, sin terminar, jadeando en el sofá mientras la serie seguía en el televisor sin que ninguna de las dos le prestara ninguna atención.

La tercera vez agarró mi pelo y lo jaló hacia atrás, exponiendo mi cuello. La combinación de eso con lo que hacía con la mano fue demasiado. Me aferré a su brazo con las dos manos, clavé las uñas en su antebrazo, y me vine. Largo, intenso, con la espalda arqueada y los pies empujando contra el sofá, y ella sosteniéndome el pelo todo el tiempo como si necesitara anclarme.

Tardé un momento en recuperar algo parecido al ritmo normal de la respiración.

Camila me soltó el pelo despacio y se recostó a mi lado.

—¿Cuánto tiempo llevabas queriendo eso? —preguntó.

Pensé en esquivar la pregunta. Decidí que ya no tenía ningún sentido hacerlo.

—Mucho tiempo —dije.

Ella asintió muy despacio, como si lo hubiera sabido siempre y solo hubiera estado esperando que yo me pusiera al día.

***

Pero una vez nunca fue suficiente entre nosotras, y esa noche menos que ninguna otra.

Camila me puso boca abajo con una mano en mi espalda baja, un gesto que era más orden que cariño. Yo me acomodé sin que me lo pidiera dos veces, porque ya entendía cómo iba a funcionar el resto de la noche. Ella tenía sus propias reglas cuando estaba así, y yo me había pasado más de un año sin saber siquiera que existían.

Su boca llegó primero a mi espalda, siguió por la cintura, fue bajando con una lentitud que me hacía tensar cada músculo en anticipación. No iba a ningún lado con prisa. Saboreó cada centímetro con una atención que era casi exasperante, y cuando llegó adonde iba, yo cerré los ojos y me dejé por completo, sin pudor y sin pensarlo demasiado.

Después se comió todo lo que había dejado la primera vez. Lento, completo, sin saltarse nada. Escucharla mientras lo hacía era su propio tipo de tormento y de placer al mismo tiempo: ese sonido grave y concentrado que hacía cuando algo genuinamente le gustaba, que era distinto a cualquier otra cosa y que yo habría reconocido en cualquier parte.

Cuando terminó y se recostó a mi lado, yo todavía tenía las piernas flojas y la respiración irregular.

—Ahora tú —dijo, girándose boca arriba.

No me hizo falta ninguna instrucción adicional.

Me puse entre sus piernas y empecé por los muslos, porque ella me lo había enseñado así desde el principio: no se va directo al centro, se construye primero. Me tomé el tiempo. La escuché respirar. Fui notando qué la hacía moverse y qué la hacía contener el aliento, y fui ajustando según eso, como si estuviera leyendo algo que conocía pero que siempre podía entender un poco mejor.

Camila tiene una sensibilidad que va de cero a cien en cuestión de segundos si sabes lo que estás haciendo, y yo ya llevaba tiempo aprendiendo. Empecé con suavidad, luego con más presión, luego en ese ritmo constante que ella necesita cuando ya está cerca, ese ritmo que no cambia aunque ella apriete la cabeza contra sí y aunque el mundo se acabe.

Se aferró a mi cabeza con las dos manos.

No era gentil y yo no quería que lo fuera. Me enterró la cara y yo no me resistí, no me moví, no interrumpí nada. La escuché subir, la escuché llegar a ese punto donde la respiración se fragmenta y los sonidos se vuelven completamente involuntarios, y me lo tragué todo. Sin soltar. Sin dejar nada.

***

Después estuvimos un rato quietas, las dos boca arriba en el sofá, con el televisor todavía encendido y la serie ya en los créditos finales. La manta estaba en el suelo. Afuera seguía lloviendo. El apartamento olía a nosotras.

Camila fue la primera en reírse. Yo la seguí sin entender muy bien por qué, pero a veces la risa es la única respuesta que le queda al cuerpo después de que ha dado todo lo que tenía.

—¿Por qué no me habías dicho nada antes? —preguntó cuando paró.

—No sabía cómo empezar esa conversación.

—Bastaba con buscarme la escena y mandármela por WhatsApp.

Me reí más fuerte que antes.

Esa noche no hablamos de etiquetas ni de lo que significaba lo que había pasado ni de si íbamos a repetirlo. No hacía falta ninguna de esas conversaciones. Algunas cosas las dicen los cuerpos antes que las palabras y de manera mucho más honesta, y la nuestra llevaba demasiado tiempo con cosas pendientes.

Apagué el televisor pasadas las dos de la mañana. Me enrollé en la manta que recogí del suelo y me quedé mirando el techo mientras Camila se dormía con la mano sobre mi cadera.

Justo antes de que se le cerraran los ojos del todo, dijo en voz muy baja:

—La próxima vez te ato las manos.

No respondí.

Pero tampoco dormí muy rápido esa noche.

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4.5 (20)

Comentarios (8)

curiosa88

me encanto!!! que bien narrado, se siente cada segundo

Leti_sur

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo

MartinaK

me recordo a algo parecido, esa sensacion de que te descubren sin decir nada es muy intensa. muy bueno

NocheLibre23

y entonces? como siguio todo?? jajaja me dejaste con intriga total

SoledadBaires

Muy bien contado, transmite esa mezcla de nervios y alivio que solo quien lo vivio puede entender. Felicitaciones

Nuria_oscura

buenisimo!!!

diana_78

Me gusto mucho, tiene algo muy real que no es facil de lograr. Espero que sigas escribiendo mas relatos asi!

AnaSol72

Increible como diez segundos pueden decirlo todo. Muy bien narrado, de verdad

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