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Relatos Ardientes

La noche que dejé que mi amigo me envolviera entera

Aquella noche con Mateo no debía pasar de una cena entre amigos. Una botella de malbec, dos copas y la conversación de siempre, esa que se va torciendo cuando el alcohol borra las fronteras de lo que se puede preguntar sin pedir disculpas después.

Mateo tenía la costumbre de soltar verdades a media voz. Llevábamos años así: cumpleaños, despedidas, separaciones, cada vez con una confesión nueva sobre la mesa. Yo lo escuchaba como quien escucha la lluvia, con calma, sin juicio, sin rebatir.

—Te voy a contar algo —dijo, y giró la copa entre los dedos.

—Otra vez —me reí—. ¿Qué es esta vez?

—Algo que no le he contado a nadie.

Bajó la mirada y por un segundo pensé que iba a confesar que estaba enamorado de mí. Llevaba esperando esa conversación desde hacía tiempo, sin saber muy bien qué iba a responder. Pero Mateo no me miró como un hombre enamorado. Me miró como un nene al que pillaron robando golosinas.

—Tengo un fetiche —dijo—. Uno raro.

—¿Cuán raro?

—Me gusta envolver a las chicas en film stretch. El de empaque, ese transparente.

Lo miré. Esperé un instante por si era una broma. No lo era.

—¿Envolverlas y…?

—Y todo lo demás.

Me serví más vino. No porque tuviera sed, sino porque necesitaba ocupar las manos en algo. Mateo bajó la voz y me explicó cómo lo hacía. Que primero las desnudaba por completo, sin prisa, mientras hablaba con ellas. Que después comenzaba a envolverlas desde los pies, vuelta a vuelta, despacio, hasta llegar a la cabeza. Que solo dejaba un hueco para la nariz. Que las cargaba hasta una mesa, las acostaba, y entonces tomaba unas tijeras pequeñas y empezaba a hacer agujeros: uno en la boca, dos para los pezones, otro entre las nalgas, otro entre las piernas.

—Y ahí —dijo, casi en un susurro—, ahí ya están listas.

Lo describía como quien explica una receta. Con cuidado, sin morbo, casi con ternura. Y a mí, mientras tanto, se me iba secando la garganta y se me iba humedeciendo todo lo demás.

Bebí un sorbo de vino. Crucé las piernas. Las descrucé. Le sonreí como si lo que estaba contando me pareciera una anécdota más. Por dentro, en cambio, me lo estaba imaginando. Imaginándome a mí. Tirada en una mesa, sin poder mover ni un dedo, oyéndolo respirar al lado mío mientras decidía dónde abrir el siguiente agujero.

—Voy un momento al baño —dije.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. Es el vino.

Me encerré en su baño y me apoyé contra la puerta. Tenía la respiración entrecortada y los pezones tan duros que me dolían contra la tela. Bajé la mano y me toqué con los dedos por encima de la ropa interior. Estaba empapada. Mordí la otra mano para no hacer ruido. Me imaginé el sonido del rollo de plástico desenredándose, la presión leve sobre los muslos, la forma en que el film se ajustaría a cada centímetro de mí. Me corrí en menos de dos minutos, en silencio, con la frente pegada al espejo.

Cuando salí del baño, Mateo había recogido las copas y se estaba poniendo la chaqueta para irse.

—Mañana madrugo —se disculpó—. ¿Te llamo el viernes?

—Llámame —dije, y le di un beso en la mejilla mucho más largo del que le daba normalmente.

***

Pasé la noche dándole vueltas. Me toqué dos veces más antes de dormirme, las dos pensando en lo mismo. Y a la mañana siguiente, sin haberlo decidido del todo, le escribí.

«Quiero probar lo que me contaste anoche.»

Tardó tres minutos en responder.

«¿En serio?»

«En serio.»

«Esta noche en mi casa. A las nueve.»

Pasé el día revolviendo el armario sin saber qué ponerme. Era absurdo: iba a estar desnuda y envuelta en plástico, ¿qué importaba la ropa? Pero algo en mí necesitaba sentirme deseada antes de entregarme. Acabé poniéndome un conjunto blanco de encaje, de los que reservo para fechas que importan, y encima una gabardina larga de cuero que me llegaba hasta las rodillas. Sin nada más.

Cuando llegué a su edificio, en el ascensor me temblaban las piernas. Pulsé el timbre. Mateo abrió y me miró de arriba abajo.

—Vienes muy vestida —dijo, con media sonrisa.

—Eso tiene arreglo.

Esperé a que cerrara la puerta. Me solté el cinturón de la gabardina y la dejé caer. El cuero hizo un ruido sordo al tocar el suelo.

Mateo no se movió durante un par de segundos. Después me agarró por la cintura, me apretó contra él y me besó como nunca me había besado antes. Fue un beso húmedo, hambriento, sin disculpas. Me giró, me empujó contra la pared y me dio un azote por encima de la tanguita. Me arrancó el sujetador de un solo movimiento. Me bajó la tanga por los muslos, la levantó con dos dedos, hundió la cara en ella, respiró, y se la metió en el bolsillo del pantalón. Nunca me la devolvió. A veces pienso si debería pedírsela.

—Quédate quieta —me ordenó.

Sacó el rollo de film del cajón de la cocina. Era un rollo industrial, mucho más grande que los del supermercado. Me llevó al medio del salón, me hizo separar un poco las piernas y empezó por los tobillos.

El plástico se ajustaba como una segunda piel. Sentí cómo me iba subiendo por las pantorrillas, los muslos, las caderas. Cuando llegó a las nalgas, apretó un poco más fuerte. Cuando llegó al vientre, me hizo respirar hondo. Cuando llegó al pecho, me apretó los brazos contra el cuerpo de modo que ya no podía mover ni los hombros. Siguió subiendo: cuello, mandíbula. Solo me dejó libres la nariz y los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí con los ojos.

—Una palabra de seguridad —dijo—. Si no puedes hablar, parpadeas tres veces seguidas. ¿De acuerdo?

Volví a asentir. Me gustó que hubiera pensado en eso.

Me levantó como si pesara la mitad. Yo era un paquete tibio entre sus brazos. Me posó sobre la mesa de vidrio del comedor y me ajustó la cabeza para que la nariz quedara hacia el techo. La calefacción del salón estaba subida al máximo. Lo había planeado. El bastardo lo había planeado todo.

Empecé a sudar antes de que sacara las tijeras.

—Voy a hacerte los agujeros —avisó—. Quédate quieta.

El primer corte fue cerca del pezón derecho. Sentí la punta fría de la tijera abrirse paso, y un segundo después mi pezón asomó por el agujerito como si saliera a respirar. Estaba tan duro que me dolía. Mateo se inclinó y me lo lamió despacio, en círculos, sin tocar otra cosa. Después hizo el segundo agujero sobre el otro pecho, y me lamió ese también.

Quería gritar. No podía. El plástico me apretaba la mandíbula y ahogaba cualquier sonido que no fuera un gemido sordo desde la garganta.

—Date la vuelta —dijo, y me ayudó a girar.

Quedé boca abajo sobre el vidrio. Los pezones, ya libres, rozaban la superficie fría y dura. Tenía todo el cuerpo cubierto de sudor por dentro de la envoltura. El plástico se había vuelto resbaladizo, pero seguía sin ceder un milímetro.

Sentí la tijera entre las nalgas. Un corte limpio, en línea recta, justo en el lugar exacto. Y después, nada. Mateo se apartó. Me dejó allí, inmóvil, esperando.

Lo oí desnudarse a mi espalda. Lo oí abrir un cajón. Lo oí untarse algo en las manos.

—Te voy a follar el culo —avisó—. Y no vas a poder moverte ni un poco.

Me cargó por última vez y me llevó al sofá. Me dejó boca abajo, con las caderas en el borde, los pies colgando, los pezones aplastados contra el cuero. Sentí sus dedos primero, fríos por el lubricante, abriéndose paso por el agujero del plástico. Después su lengua. Y por último, despacio, su polla.

Me corrí en cuanto entró del todo. No exagero. Me corrí del puro detalle de no poder cerrar las piernas, de no poder arquearme, de no poder hacer absolutamente nada salvo recibirlo. Era una sensación que no había tenido nunca: el cuerpo ardiendo por dentro de una piel falsa que no me dejaba escapar.

Me corrí otra vez con el primer empuje fuerte. Y otra cuando me agarró del pelo a través del plástico y tiró hacia atrás. Perdí la cuenta. Mateo me embestía sin freno y yo solo gemía contra el cuero, con la cara aplastada, con los ojos cerrados, con todo el cuerpo convertido en un nervio.

Cuando se corrió, me llenó por dentro con un calor que me recorrió la espalda. Se quedó así un rato, encima de mí, respirando contra mi nuca. Después se separó despacio y me dejó allí, todavía envuelta, todavía empapada por dentro y por fuera.

—Voy a buscar las tijeras —dijo.

—Mmm —fue todo lo que pude responder.

Se sentó en la butaca de enfrente, encendió la tele y abrió una cerveza. No podía moverme y, sinceramente, tampoco quería. Me gustaba quedarme así un rato más, oyéndolo respirar.

Y entonces sonó el timbre.

Mateo se quedó congelado.

—Soy yo —dijo una voz de mujer al otro lado—. He decidido pasarme. ¿Me abres?

Era su novia.

Lo vi mirarme con los ojos abiertos como platos. Yo no podía hablar. No podía moverme. No podía hacer nada salvo parpadear.

—Joder —murmuró—. Joder, joder, joder.

Me cargó como un saco, abrió la puerta del cuarto donde guardaba las herramientas y me dejó allí, sobre una alfombra vieja, entre cajas de tornillos y un taladro. Cerró la puerta sin hacer ruido. Y desde el otro lado, le oí abrir la puerta principal y soltar un «¡qué sorpresa!» tan falso que casi me reí dentro del plástico.

Me quedé allí, sola, envuelta, sudando, con su semen todavía dentro de mí, escuchando cómo le mentía a su novia.

Y empecé a planear cómo iba a contárselo todo cuando saliera de aquel cuarto.

Pero esa es otra historia.

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Comentarios (9)

Marianoo

que relato!!! me dejó sin palabras

CuriosaYoli

Por favor continuacion!! quede con muchas ganas de saber como sigue

LunaEscondida22

Me encantó como describe ese momento de decision, se siente muy autentico. Buen trabajo!

DiegoAR

jajaja esa parte donde describe el fetiche tan calmamente... me mató. Muy bueno

Beto_mdq

Me recordó un poco a cuando yo también me animé a algo así con alguien de confianza. Esa sensacion es inconfundible

VeronicaR92

Leí de un tirón, el ritmo es muy bueno y engancha desde el principio. Ojalá haya segunda parte!

PatriciaLectora

Esa mezcla de curiosidad y confianza que describe la narradora se siente muy real. Me gustó mucho, de verdad.

NandoPlaya

brutal!!! muy recomendado para los que les gusta el genero

NachoCba

Escribís más relatos de este tipo?? Si es así me suscribo desde ya jaja

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