Acepté ser su esclava la noche de mi última prueba
Me ordenó esperarlo desnuda, esposada y con una maleta lista. Yo iba a decir que no, pero mi cuerpo llevaba semanas suplicando lo contrario.
Me ordenó esperarlo desnuda, esposada y con una maleta lista. Yo iba a decir que no, pero mi cuerpo llevaba semanas suplicando lo contrario.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Cuando cerró la puerta del despacho y me ordenó mirarme en el cristal, supe que esa noche no iba a salir intacta.
Llevaba un mes atado a su deseo. Esa noche, Selene decidiría cuándo, cómo y cuánto le dolería antes de permitirle por fin soltarlo todo.
Entró al bar buscando compañía barata. Salió de rodillas en un callejón, descubriendo que el placer y la humillación podían ser la misma cosa.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Su marido llegaba cansado y se dormía frente al televisor. Su jefe, en cambio, la miraba como si supiera exactamente lo que ella se imaginaba en la ducha.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Quitar las fotos, esconder mi ropa, ocultar la webcam y meterme en el cuarto de la plancha: esa noche mi mujer traería a un extraño y yo sería el único testigo.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Hace siete años que firmamos el divorcio y nunca dejé de buscarlo. Lo que extraño no es a él: es lo que me hace cuando nadie más nos ve.
Le dije que me gustaban sus pies y se rió. No imaginaba que esa tarde, mientras cuidaba a sus sobrinas, yo estaría de rodillas frente a su cama con sus zapatillas en las manos.
Hacía dos semanas que nadie me usaba como yo necesitaba, así que me puse el vestido más fácil de quitar y bajé al único sitio donde sabía que jamás me dirían que no.
Cuando vi el vídeo en su móvil supe que ya no había vuelta atrás: mi vecina sabía exactamente lo que quería de mí, y yo había caído en su trampa.
Cuando me senté frente a él con la lista en la mano, ya sabía que no había ido a revisar materiales. Mi jefe me había enviado para conseguir el descuento, y yo era la moneda.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
Llevábamos semanas buscando público en Telegram sin suerte. Esa noche, en un pinar a oscuras, alguien aparcó al lado y se quedó mirando lo que mi novia me pedía hacerle.